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Su verdadero nombre fue Lucila Godoy Alcayaga. Nace en Vicuña,
Chile en
1889; su padre fue profesor y su madre modista.
En 1900 ingresa a la escuela Superior para Niñas de Vicuña. En
1905 empieza
a escribir en algunos periódicos como El Coquimbo y La Voz de
Elqui, en
Vicuña. En 1917 la nombran inspectora del Liceo de Niñas, y así
empieza su
carrera de maestra.
Viaja a México en 1922, invitada por el entonces secretario de
Educación,
José Vasconcelos, y ayuda a realizar las reformas educativas en
México, la
mayoría de las cuales todavía tienen vigencia en nuestro país.
En 1925 se le
concede una pensión vitalicia como maestra, y es nombrada
secretaria de una
de las Ligas de Las Naciones, y al año siguiente la nombran
Secretaria del
Instituto de Cooperación Internacional de las Naciones Unidas en
Ginebra.
A partir de 1932 empieza a desempeñar cargos de cónsul en
diferentes países
del mundo; así es nombrada cónsul particular de Libre Elección,
y se va a
Génova Italia, pero declara abiertamente ser antifascista y no
puede ejercer
sus funciones en ese país.
En 1933 reemplaza al cónsul de su país en España; luego viaja
a Lisboa y a
Brasil. En 1941 recibe el nombramiento de Cónsul con carácter
vitalicio.
Este periodo de su vida fue muy triste, pues perdió a dos seres
muy
queridos; el escritor Stefan Sweig y su sobrino Juan Miguel, a
quien llamaba
Yin Yin y consideraba como su hijo.
En 1945 se convierte en la primera persona latinoamericana en
recibir el
Premio Nobel de Literatura. Gabriela tenía 56 años. En 1946 se
muda a vivir
a Santa Bárbara, Estados Unidos, y en 1951 le otorgan el Premio
Nacional de
Literatura. Muere en el Hospital Hemstead de Nueva York en 1957.
La obra de Gabriela Mistral es una de las más ricas en la
literatura de
habla hispana. Escribió poemas, narraciones y varios tomos de
poemas
infantiles titulados Ternura, que hasta la fecha son memorizados
y cantados
por niñas y niños de todo el mundo. Sus obras han sido
traducidas a varios
idiomas e influyó en la vena creativa de otros escritores como
Pablo Neruda
y Octavio Paz. Lo que más llama la atención en la obra de
Gabriela es la
pura emoción y ternura de sus poemas, y su estilo cálido y
natural.
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