MENSAJE
DEL SANTO PADRE
PARA
LA XXXIV JORNADA MUNDIAL
PARA
LAS COMUNICACIONES SOCIALES
"Anunciar a
Cristo en los Medios de Comunicación Social en el umbral del Tercer
Milenio"
Domingo
2 de julio de 2000

Queridos hermanos
y hermanas:
El tema de
la trigésima cuarta Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,
Anunciar
a Cristo en los Medios de Comunicación Social al alba del Tercer
Milenio, nos invita a mirar hacia delante considerando los desafíos
que nos esperan, y también a mirar hacia el pasado recordando el
nacimiento del cristianismo para tomar de esos orígenes la luz y
el valor que necesitamos. El centro del mensaje que proclamamos es siempre
Jesús mismo. "Ante Él se sitúa la historia humana
entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia"
(Incarnationis Mysterium, 1).
Los capítulos
iniciales de los Hechos de los Apóstoles contienen un conmovedor
relato de la proclamación de Cristo por sus primeros seguidores,
proclamación que fue a la vez espontánea, llena de fe y convincente,
realizada con el poder del Espíritu Santo.
Lo primero y más
importante es que los discípulos anunciaron a Cristo como respuesta
al mandato que él les había dado. Antes de ascender al Cielo
dijo a los Apóstoles: "Seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hch
1,8). Y a pesar de que eran hombres "sin instrucción ni cultura"
(Hch 4,13), respondieron rápida y generosamente.
Habiéndose
dedicado a la oración con María junto con los demás
seguidores del Señor, y actuando movidos por el Espíritu
Santo, los Apóstoles iniciaron su proclamación en Pentecostés
(cf. Hch 2). La lectura de aquellos maravillosos eventos nos recuerda
que la historia de la comunicación es como un proceso que va desde
el orgulloso proyecto de Babel con su carga de confusión e incomprensión
mutua (cf. Gn 11,1-9), hasta Pentecostés y el don de lenguas:
la comunicación es restaurada con su centro en Jesús, por
medio de la acción del Espíritu Santo. Anunciar a Cristo,
pues, conduce al encuentro entre las personas en la fe y la caridad al
más profundo nivel humano. El mismo Señor resucitado se convierte
en vínculo de una genuina comunicación entre sus hermanos
y hermanas en el Espíritu.
Pentecostés
es sólo el principio. Los Apóstoles no se arredran en la
proclamación del Señor ni siquiera cuando son amenazados
con represalias: "No podemos callar lo que hemos visto y oído",
dicen Pedro y Juan al Sanedrín (Hch 4,20). Incluso los sufrimientos
se convierten en instrumentos de la misión. Cuando se desata una
violenta persecución en Jerusalén después del martirio
de Esteban, forzando a los seguidores de Cristo a huir, "los que se habían
dispersado iban por todas partes anunciando la Palabra" (Hch 8,4).
El núcleo
vivo del mensaje que los Apóstoles predican es Jesús crucificado
y resucitado, que vive triunfante sobre el pecado y la muerte. Pedro dice
al centurión Cornelio y su familia: "Ellos lo mataron, colgándolo
de un madero; a él, Dios lo resucitó al tercer día
y le concedió la gracia de aparecerse... Y nos mandó que
predicáramos al pueblo y que diésemos testimonio de que él
está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste
todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él
alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados" (Hch 10,
39-43).
Es obvio que las
circunstancias han cambiado profundamente en dos milenios. Y sin embargo
permanece inalterable la necesidad de anunciar a Cristo. El deber de dar
testimonio de la muerte y la resurrección de Jesús y de su
presencia salvífica en nuestras vidas, es tan real y apremiante
como el de los primeros discípulos. Hemos de comunicar la buena
noticia a todos aquéllos que quieran escuchar.
Es indispensable
la proclamación personal y directa, en la que una persona comparte
con otra su fe en el Resucitado. Igualmente lo son otras formas tradicionales
de sembrar la Palabra de Dios. No obstante, al mismo tiempo debe realizarse
hoy una proclamación en y a través de los medios de comunicación
social. "La Iglesia se sentiría culpable ante el Señor si
no utilizara estos poderosos medios" (Papa Pablo VI, Evangelii Nuntiandi,
45).
No se exagera al
insistir en el impacto de los medios sobre el mundo actual. El surgimiento
de la sociedad de la información es una verdadera revolución
cultural, que transforma a los medios en "el primer Areópago de
nuestra época" (Redemptoris Missio, 37), en la cual se intercambian
constantemente ideas y valores. A través de los medios la gente
entra en contacto con personas y acontecimientos, y se forma sus opiniones
sobre el mundo en el que vive. Incluso ahí se configura su modo
de entender el sentido de la vida. Para muchos su propia experiencia vital
es en gran medida una prolongación de la experiencia de los medios
de comunicación (cf. Pontificio Consejo para las Comunicaciones
Sociales, Aetatis Novae, 2). El anuncio de Cristo debe formar parte
de esta experiencia.
Naturalmente, al
anunciar al Señor, la Iglesia debe usar con vigor y habilidad sus
propios medios de comunicación (libros, periódicos, revistas,
radio, televisión y otros). Los comunicadores católicos deben
ser intrépidos y creativos para desarrollar nuevos medios y métodos
en la proclamación. Pero, en lo posible, la Iglesia debe aprovechar
al máximo las oportunidades de estar presente tambien en los medios
seculares.
Los medios están
contribuyendo ya de muchas formas al enriquecimiento espiritual, por ejemplo
en los numerosos programas especiales que se transmiten a nivel mundial
por medio de satélites durante este año del Gran Jubileo.
En otros casos, sin embargo, expresan la indiferencia y hasta la hostilidad
que existe en ciertos sectores de la cultura secular hacia Cristo y su
mensaje. Es necesario un cierto tipo de "examen de conciencia" por parte
de los medios, que conduzca a una mayor conciencia crítica sobre
esa tendencia a un escaso respeto por la religiosidad y las convicciones
morales de la gente.
Una forma implícita
de proclamación del Señor puede hacerse a través de
producciones mediáticas que respondan a las auténticas necesidades
humanas, especialmente aquéllas de los débiles, los necesitados
y los marginados. Pero además de la proclamación implícita,
los comunicadores cristianos deben buscar modos de hablar explícitamente
de Jesús muerto y resucitado y de su triunfo sobre el pecado y la
muerte, en formas adecuadas a los medios que se usen y a la capacidad del
público.
Realizar esto con
acierto requiere capacidad y entrenamiento profesional. Pero también
requiere algo más. Para testimoniar a Cristo es necesario encontrarse
personalmente con él y cultivar esa relación a través
de la oración, la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación,
leyendo y meditando la Palabra de Dios, estudiando la doctrina cristiana
y sirviendo a los demás. Si todo ello es auténtico, será
mucho más por obra del Espíritu que nuestra.
Proclamar a Cristo
no es sólo un deber sino un privilegio. "El paso de los creyentes
hacia el tercer milenio no se resiente absolutamente del cansancio que
el peso de dos mil años de historia podría llevar consigo;
los cristianos se sienten más bien alentados al ser conscientes
de llevar al mundo la luz verdadera, Cristo Señor. La Iglesia, al
anunciar a Jesús de Nazaret, verdadero Dios y Hombre perfecto, abre
a cada ser humano la perspectiva de ser "divinizado" y, por tanto, de hacerse
así más hombre." (Incarnationis Mysterium, 2).
El Gran Jubileo del
aniversario número 2000 del nacimiento de Jesús en Belén,
debe ser una oportunidad y un desafío para que los discípulos
del Señor demos testimonio en y a través de los medios, de
la extraordinaria y consoladora Buena Noticia de nuestra salvación.
Que en este "Año de Gracia" los medios den voz a Jesús mismo,
con claridad y alegría, con fe, esperanza y amor. Proclamar a Cristo
en los medios al alba del nuevo milenio no es sólo parte sustancial
de la misión evangelizadora; constituye también un enriquecimiento
vital, inspirador y lleno de esperanza para el propio mensaje de los medios.
Que Dios bendiga
abundantemente a todos aquéllos que honran y proclaman a su Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, en el vasto mundo de los medios de comunicación
social.
Vaticano, 24 de
enero de 2000
Joannes
Paulus II
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