V. IMPLANTACIÓN DE LA IGLESIA EN EL PERÚ
La primera diócesis del Perú, la del Cuzco, cuyo obispo fue fray Vicente Valverde, abarcaba prácticamente todos los territorios conquistados conocidos en aquella época. Un territorio inmenso y difícil, cuyo cuidado pastoral era desproporcionado para las fuerzas evangelizadoras de que se disponía. Por ello, con el fin de facilitar la labor evangelizadora, Francisco Pizarro y el mismo obispo Valverde solicitaron a Carlos V que se procediese a la división de la diócesis cuzqueña en tres obispados. El Rey se lo pidió al Papa, de acuerdo al régimen del Patronato. De este modo, Pablo III creó el 4 de mayo de 1541 las diócesis de Los Reyes (Lima) y Quito, reduciéndose considerablemente el territorio de la diócesis del Cuzco. Aun así, siguieron siendo diócesis de enorme extensión. La del Cuzco incluía a Chile, y la de Lima llegaba por el Norte hasta Trujillo y parte de Piura, por el Sur hasta la ciudad de Arequipa y por el Oriente desde Chachapoyas hasta Huamanga (actual Ayacucho). Este es el territorio que tuvo que gobernar pastoralmente el primer obispo de Lima, fray Jerónimo de Loayza, de la orden de los dominicos. Loayza, quien había nacido en Trujillo de Extremadura (España) en 1498, entró en Lima el 25 de julio de 1543. Era trabajador y disciplinado en el cumplimiento de sus obligaciones, y juntaba a la energía y firmeza de carácter una personalidad afectuosa y persuasiva. Tenía las cualidades necesarias para salir adelante en su cargo en aquella época agitada de la Conquista. El 16 de noviembre
de 1547 la diócesis de Lima fue promovida a arzobispado. De ella
dependían en cierta manera las diócesis de Cuzco, Quito,
Popayán, Tierra Firme y Nicaragua, y las que fueron apareciendo
posteriormente: Asunción, La Imperial, Santiago de Chile y Charcas.
Los primeros dos concilios limenses y la obra del arzobispo Loayza Una de las primeras obligaciones de los Obispos era evangelizar a los indígenas, como lo estipulaban las reales cédulas emitidas por los reyes de España. Para hacer esto con mayor facilidad, a los Obispos les eran concedidos ciertos privilegios. Aun así, Loayza vio que todavía no había un plan de trabajo conjunto en tierras americanas y que las iniciativas individuales corrían el peligro de convertirse en infecundas y quedar comprometidas por el individualismo anárquico y disperso que por entonces había. Cada uno hacía lo que creía más conveniente, pero no había un trabajo en conjunto. Era, pues, necesario, sentar las bases de la Iglesia en el Perú, y para ello convocó el Primer Concilio Limense, que duró desde el 4 de octubre de 1551 hasta fines de febrero de 1552. Asistieron representantes de la arquidiócesis limeña, así como de las de Panamá, Quito y Cuzco, y también representantes de las órdenes religiosas establecidas hasta el momento en el Perú: dominicos, franciscanos, mercedarios y agustinos. El tema de este Concilio local fue la catequesis de los indígenas. Se insistió en que la doctrina debía enseñarse de manera uniforme. Había que adaptarse a la forma de pensar de los indígenas y ser particularmente cuidadosos en la transmisión de la fe. Para poder cumplir este objetivo, se estableció un sumario de los principales artículos de la fe, se ordenó redactar una cartilla con la explicación correspondiente en quechua, y se dio autorización para que los indígenas recibieran los sacramentos del bautismo, la penitencia y el matrimonio, debiendo haber una enseñanza previa. A nadie se le obligaba a recibir un sacramento por la fuerza. También se les admitía a la eucaristía, pero con mayores reservas. Igualmente, se dieron normas metodológicas bastante detalladas sobre la manera de enseñar el catecismo. Con el fin de fomentar la labor evangelizadora por parte del clero, se prescribió que ningún clérigo podría regresar a España sino después de haber realizado por lo menos cuatro años de trabajo pastoral con los indígenas. El II Concilio Limense fue convocado por Loayza para el 1º de febrero de 1567 en la Ciudad de los Reyes, con el fin de adaptar las normas del Concilio de Trento (1545-1563) a la realidad del Nuevo Mundo. Ya en octubre de 1565 el arzobispo había hecho publicar solemnemente en Lima los documentos del Concilio Tridentino. Contando con una numerosa participación de Obispos y prelados, el II Concilio Limense inició sus sesiones el 1º de marzo de 1567. A lo largo de las diversas reuniones, se leyó en común el texto íntegro del Concilio de Trento, hecho lo cual se emitió una profesión de fe católica y una abjuración de todas las herejías, en particular la luterana. Esto último estaba orientado más que nada a preservar la pureza de la fe de los españoles residentes en el Nuevo Mundo. Pero es en las indicaciones con respecto a la evangelización de los indios donde encontramos los puntos de mayor interés. Hay una mayor apertura en la administración de los sacramentos y un mayor empeño en la difusión de la fe cristiana. Los sacerdotes y agentes de pastoral debían instruir a los indios en sus lenguas aborígenes; por lo tanto, debían aprenderlas bien. Se enfatizó también la extirpación de todas las prácticas de idolatría y hechicería que aun subsistían entre los indios y que desvirtuaban la vivencia de una auténtica fe cristiana. Y junto con estas normas que apuntaban directamente a la transmisión auténtica de la fe, encontramos otras que tienen como objeto la promoción humana y la preocupación por la dignidad personal de los aborígenes: enseñar el aseo corporal, a no dormir en el suelo, a comer sobre una mesa, desterrar el uso de la coca, la deformación de las cabezas de los niños y las borracheras. A causa de las luchas civiles entre los conquistadores, al arzobispo Loayza le tocó gobernar una arquidiócesis en tiempos difíciles. Sin embargo, no obstante los peligros y el riesgo de rebeliones contra su autoridad pastoral, no dudó Loayza en combatir las codicias y los abusos de muchos españoles, a la vez que buscaba el cese de hostilidades y la reconciliación entre aquellos que eran hermanos en una misma fe. Hacía esto sin desconocer lo difícil de la situación, como escribió en una carta al Consejo de Indias: «Existen en el país tres mil ociosos pobres, que están siempre listos a tomar parte en las revueltas». Fueron muchas las obras que se deben a la dedicación que puso en su trabajo pastoral: iglesias, conventos, escuelas, hospitales. Donó grandes cantidades de dinero para la construcción de la Catedral y del Seminario. Creó parroquias como las de San Sebastián, Santa Ana y San Marcelo. Inició las fundaciones del monasterio de la Encarnación, San Agustín, la Concepción, San Pedro. Pero su obra principal fue la del Hospital de Santa Ana, cuyas obras se terminaron en 1553. La construcción fue realizada con fondos obtenidos por el arzobispo mediante la venta de alhajas, limosnas y un subsidio especial otorgado por el rey de España, Felipe II. El hospital estaba destinado principalmente a alojar a los indios enfermos, pues muchos de ellos, por falta de atención médica y de alimentación adecuada, morían en sus ranchos. Fray Jerónimo
de Loayza murió el 25 de octubre de 1575.
Santo Toribio de Mogrovejo y sus visitas pastorales Como sucesor de Loayza, el rey eligió a Toribio de Mogrovejo, quien ejercía como inquisidor en Granada, y, en ese momento, todavía no había recibido las órdenes sagradas. Era un laico al servicio de la Iglesia. Roma aceptó la sugerencia de su nombramiento y fue designado arzobispo de la Ciudad de los Reyes el 16 de marzo de 1579. Toribio había nacido en Mayorga, pueblo de León, en 1538, y tenía estudios de jurisprudencia en las universidades de Coimbra y Santiago de Compostela, graduándose en esta última universidad. Una vez consagrado obispo en la catedral de Sevilla, se embarcó para el Nuevo Mundo. Llegó a Paita en marzo de 1581, desde continuó por tierra su viaje a Lima, atravesando interminables desiertos de arena, preferentemente de noche para evitar el intenso y agotador calor del día. Entró solemnemente en Lima el 1 de mayo de 1581. Durante la mayor parte de su gobierno pastoral, Toribio se dedicó a viajar a lo largo y ancho de su diócesis, con el fin de conocer personalmente a los fieles cristianos que le estaban confiados y evangelizar a los que no conocían todavía la fe. A tal punto fue ésta una de sus preocupaciones, que de los 25 años de su gobierno, sólo 8 estuvo en Lima, y muchos le criticaron —injustamente, por cierto— el abandono en que supuestamente había dejado la ciudad. He aquí una breve reseña de los lugares que visitó Santo Toribio en cada uno de sus cuatro viajes pastorales: 1er. viaje (1584-1590): abarca toda la Sierra del Norte peruano, desde Lima hasta Cajamarca, y el Oriente montañoso de Chachapoyas y Moyobamba. Llegó a los poblados de Pativilca, Cajacay, Huaraz, Recuay, Pallasca, Conchucos, Cajamarca, Chachapoyas, Huacrachuco, Huánuco, Conchamarca, Sicaya, Huarochirí, San Damián, Cajatambo, Checras. 2do. viaje (1593-1599): 1ra. etapa (1593-1597): se inicia el 4 de abril de 1593 en Carabayllo y sigue hacia el norte por Aucallama, la costa de Ancash, Trujillo, Chiclayo y Lammbayeque, hallándose en Chachapoyas para la Semana Santa de 1597. 2da. etapa (1598-1599): luego de regresar por el mismo recorrido, dedica dos años a visitar las zonas adyacentes a Lima y el Callao, como los valles de Mala, Cañete, Chincha e Ica. 3er. viaje (1601-1604): visita Junín y Huánuco, considerables partes de Lima e Ica, y regresa por Cajatambo y Chancay a Lima. 4to. viaje (1605): por los arenales del norte, llega a Barranca, y remontando el río Pativilca llega a Cajatambo, la zona de Huaylas, baja a la costa por Casma y sube por el litoral a los valles de Pacasmayo y Chiclayo. El 11 de marzo lo encontramos en Motupe, y decide quedarse en la villa de Saña para celebrar la Semana Santa. Pero ya agotado por los agotadores trabajos de su vida evangelizadora y padeciendo intensas fiebres, fallece el Jueves Santo, 23 de marzo de 1605. Hemos de tener en cuenta lo difícil de la geografía del territorio peruano y considerar que en esa época no había caminos carreteros trazados y todo el recorrido debía hacerse a pie o a lomo de mula y caballo, en lugares inhóspitos, sufriendo las inclemencias del tiempo, bordeando precipicios, escalando alturas inimaginables. Tanto es así, que, después de Santo Toribio, no ha habido nadie que tuviera el coraje ni la audacia para realizar, en iguales circunstancias, recorridos semejantes al suyo. El mismo Santo Toribio
relata de manera resumida sus propias experiencias, en una carta al Papa
Clemente VIII, fechada en 1598: «He visitado por su persona cuando
todavía habría de recorrer muchísimas leguas no incluidas
en este recuento [...] muchas y diversas veces el distrito, conociendo
y apacentando mis ovejas, corrigiendo y remediando lo que ha parecido convenir
y predicando los domingos y fiestas a los indios y españoles, a
cada uno en su lengua y confirmando mucho número de gente [...]
y andando y caminando más de cinco mil y doscientas leguas, muchas
veces a pie, por caminos muy fragosos y ríos, rompiendo por todas
las dificultades y careciendo a veces yo y mi familia de cama y comida;
entrando a partes remotas de indios cristianos que, de ordinario, traían
guerras con los infieles, adonde ningún Prelado o Visitador había
llegado».
El III Concilio Limense La otra gran obra por la que se recuerda a Santo Toribio de Mogrovejo es el III Concilio Limense. No obstante los dos anteriores concilios llevados a cabo por iniciativa de fray Jerónimo de Loayza, todavía no se había podido penetrar adecuadamente las costumbres paganas de los indígenas, y la labor evangelizadora presentaba todavía mucha desorganización, descuido e improvisación. El Rey de España, conocedor de estos problemas, emitió unas Reales Cédulas de convocatoria de un tercer concilio (en Bajadoz, 19 de setiembre de 1580), con el fin de «poner en orden las cosas tocantes al buen gobierno espiritual de las almas de esos naturales, su doctrina, conversión y buen enseñamiento, y otras cosas muy convenientes y necesarias a la propagación del Evangelio y bien de la religión». En este concilio prácticamente estuvo representada toda la Iglesia en América del Sur y América Central presente en dominios españoles, puesto que se contó con la asistencia no sólo de los Obispos del Cuzco, Santiago de Chile, La Imperial, Paraguay, Quito, Charcas y Tucumán, sino que también hubo delegados de La Plata, Nicaragua y de las órdenes religiosas, que además enviaron a sus teólogos más insignes para que tomaran parte en las sesiones conciliares. Entre ellos cabe destacar al jesuita José de Acosta. Las sesiones fueron largas y laboriosas, puesto que el concilio duró desde el 15 de agosto de 1582 hasta el 28 de octubre de 1583. Dos fueron los grandes temas de la reunión conciliar: la promoción religiosa y social de los indígenas y la reforma del clero. Los Obispos tomaron posición a favor de la defensa de los indios frente a las injusticias que pudieran haberse cometido contra ellos: «Doliéndose gravemente este santo sínodo que no solamente en tiempos pasados se les hayan hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino que también el día de hoy procuran hacer lo mismo; ruega por Jesucristo y amonesta a todas justicias y gobernadores que se muestren piadosos con los indios, y enfrenen la insolencia de sus ministros cuando es menester, y que traten a estos indios, no como esclavos, sino como hombres libres y vasallos de la majestad real, a cuyo cargo los ha puesto Dios y su Iglesia. Y a los curas y otros ministros eclesiásticos mandan muy de veras que se acuerden que son pastores y no carniceros, y como a hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana» (tercera sesión, capítulo 3º). La enseñanza de la doctrina cristiana impartida a los indígenas debía ser lo más clara posible. Por este motivo, se decidió elaborar un catecismo único en castellano, quechua y aymara. El jesuita José de Acosta, basándose en el catecismo elaborado por encargo del Papa San Pío V, redactó el texto en castellano, que fue traducido luego a las lenguas de los indios por los eminentes lingüistas Juan de Balboa y Blas Valera. Ya para los años de 1584 y 1585 estaban listas las ediciones de los catecismos, que fueron los primeros libros impresos en América del Sur. Sin embargo, el Concilio no se dedicó exclusivamente a temas referentes a la enseñanza de la fe a los indígenas, sino que consideró importante también dar indicaciones claras y precisas sobre la promoción humana de los indios, basándose en la idea —siempre presente en la doctrina cristiana— de que no se puede construir una sólida vida espiritual si no existen previamente unas condiciones mínimas indispensables para una existencia humana y digna. «La vida cristiana y celestial enseña que la fe evangélica pide y presupone tal modo de vivir, que no sea contraria a la razón natural e indigna de hombres, y, conforme al Apóstol, primero es lo corporal y animal que lo espiritual e interior». Por eso mismo, no solamente se debía prestar la asistencia adecuada a los indios, sino también ofrecerles una educación que los llevara a vivir en condiciones dignas, lo cual incluía normas de conducta y urbanidad, orientadas más que nada al respeto propio y del prójimo. Pero a la vez que se mandaba esto, se buscaba que se llevara a cabo evitando todo actitud impositiva y autoritaria hacia los indígenas: «todo lo cual no se ha de ejecutar haciendo molestia y fuerza a los indios, sino con buen modo y con un cuidado y autoridad paternal». Para lograr estos objetivos, una de las condiciones ineludibles era que los clérigos tuvieran una vida ejemplar y una dedicación sacrificada a la labor evangelizadora. Lamentablemente, no siempre ocurría así. Había clérigos seculares que se dedicaban a actividades impropias de su estado de vida, como, por ejemplo, el juego (dados y naipes con apuestas) y negocios lucrativos. Algunos de ellos también tenían trato con mujeres, faltando al voto de celibato. Con el fin de cortar estos males, el Concilio prohibió a los sacerdotes y agentes pastorales dedicarse al comercio, la explotación industrial y todo lo que fuera negociación lucrativa. Además, dado que debían saber las lenguas de los indígenas para poder evangelizarlos, se facultó a los visitadores eclesiásticos para reemplazar a los curas que no las supiesen. El Concilio reglamentó también la admisión de indios y mestizos al sacerdocio. En la práctica, no se les admitía como candidatos. Y esto no por prejuicios raciales, sino porque la tradición idolátrica que venía desde antiguo todavía no había sido disipada del todo por la fe cristiana, y todavía convivían en la mentalidad indígena las nuevas creencias y costumbres traídas por la fe cristiana junto con prácticas paganas que eran contrarias a la fe. La experiencia demostró que ello constituía una dificultad de peso para una perseverancia en la fe y la práctica del celibato. Sin embargo, debemos tener en cuenta que estas disposiciones del Concilio respondían a las circunstancias del momento y, por eso mismo, no fueron consideradas nunca como de valor permanente. A medida que la evangelización fuera penetrando más en la mentalidad de los indígenas, la situación cambiaría. El III Concilio Limense
dispuso también la creación de seminarios diocesanos, de
acuerdo las disposiciones del Concilio de Trento. El mismo Santo Toribio
inauguró el de Lima, bajo la advocación de Santo Toribio
de Astorga. Es el mismo seminario que actualmente lleva el nombre del santo
arzobispo de Lima.
La extirpación de las idolatrías Hacia fines del siglo XVI y comienzos del XVII imperaba un gran optimismo entre las autoridades eclesiásticas y civiles del Virreinato, puesto que pensaban que la tarea de la evangelización ya estaba realizada y que los indígenas habían adoptado del todo la fe cristiana. Las vocaciones religiosas y sacerdotales iban en constante aumento, mientras que no faltaba lugar de la geografía peruana adonde no hubieran llegado los misioneros. Por todas partes había signos visibles de la implantación de la fe: capillas, ermitas y cruces (sobre todo en los lugares altos, cerros, etc.). Por otra parte, no había resistencia por parte de los pueblos indígenas frente a las exigencias de la nueva fe, y respetaban a los sacerdotes y a quienes representaban lo cristiano. Aparentemente, el paganismo había sido eliminado del Perú. Sin embargo, la obra evangelizadora todavía no estaba consumada. Así lo demostraron unos descubrimientos hechos entre 1607 y 1610 en las cercanías de Lima. Todo comenzó cuando el criollo cuzqueño Francisco de Ávila, cura de San Damián (Huarochirí), supo de la existencia de hechiceros, ídolos y amuletos, que los mismos indígenas mantenían a escondidas de los españoles. Los centros de prácticas idolátricas eran San Damián, San Pedro Mama y Santiago de Tuna, donde se adoraban a los ídolos de Pariacaca, Chaupiñámocc (su hermana), Macaviza y Cocallivia. El indio Hernando Páucar era el principal difusor de estas creencias ancestrales. Habiendo Ávila notificado de esto al provincial de la Compañía de Jesús —quien por entonces era el padre Diego Alvarez de Paz—, éste envió en junio de 1609 a dos jesuitas, los padres Pedro Castillo y Gaspar de Montalvo, quienes, junto con el cura cuzqueño, realizaron una vista de investigación, solicitando a los indios primero de manera benévola que entregaran todos los objetos a los que rendían culto idolátrico, y luego conminándolos de manera severa. Se reunieron centenares de ídolos y amuletos que, unidos a los que Francisco de Ávila ya había requisado anteriormente, llegaron a conformar numerosos fardos, los cuales, incluyendo también varias momias, fueron llevados a Lima por Ávila en varias cabalgaduras en octubre de 1609. La persistencia de estas creencias idólatras era un peligro para la fidelidad a la fe y la vida cristiana de los indígenas, pues ello conllevaba muchas veces costumbres contrarias a la dignidad humana. Por ello, se decidió que era necesaria una manifestación espectacular, que tuviese como finalidad arrancar de raíz los residuos de estas creencias. Es así que el entonces arzobispo de Lima, Bartolomé Lobo Guerrero, y el virrey marqués de Montesclaros decidieron realizar un «auto de fe» el 20 de diciembre en la Plaza de Armas de Lima, convocando a todos los indios de cuatro leguas a la redonda. En la tarde del día indicado, en presencia del Cabildo, del virrey y el arzobispo, y ocupando lugar preferencial Francisco de Ávila, se realizó el espectáculo. Colocados todos los ídolos sobre un tabladillo, el cura Ávila predicó a los indios, primero en quechua y luego en español. Luego, el indio Hernando Páucar, atado a un tronco, fue sentenciado a ser trasquilado (acción humillante dentro de la mentalidad indígena), sufrir doscientos azotes y ser desterrado a Chile. Finalmente, se quemaron todos los objetos idolátricos. Ávila sería
luego nombrado Visitador de la Idolatría, realizando pesquisas en
los pueblos de la serranía de Huarochirí, Yauyos y Chachapoyas,
llevando a cabo una intensa campaña de extirpación de la
idolatría, recorriendo caminos arduos y peligrosos, con riesgo de
la propia vida, y utilizando recursos propios en el financiamiento de esta
campaña. Lo acompañaron varios jesuitas. Descubrían
a los indios hechiceros, destruían adoratorios y enseñaban
con paciencia y benignidad la verdadera doctrina a los indios. La situación
fue tan grave, que el mismo arzobispo de Lima la describía así
en carta al rey Felipe II: «Todos los indios desde Pirú están
hoy tan idólatras como al principio cuando se conquistó la
tierra. Creo ha estado la falta en los que les han doctrinado, que solamente
han atendido a su provecho e interés y no al bien de las almas de
estos desventurados [...]. Háseles hallado innumerable multitud
de ídolos que adoraban por Dios, juntamente con cuerpos muertos
de sus antepasados, que todo se ha quemado y en lugar de los adoratorios
se han puesto muchas cruces» (23 de abril de 1613).
Principios y métodos en la campaña anti-idolátrica La «visita», el procedimiento por el cual se buscaba la extirpación de las idolatrías, implicaba todo un procedimiento de reeducación, que debía realizarse de manera pacífica y enérgica a la vez. La suavidad sola no sirve para descubrir los ídolos que los indios ocultaban, pero el proceder de manera enérgica solamente lo único que podía producir era desconfianza, recelo y resentimiento por parte de los aborígenes. Además, había que tener en cuenta el principio sentado por el padre José de Acosta (y que concuerda con toda la tradición cristiana): «Antes hay que quitar los ídolos del corazón que de los altares». Otro jesuita, el padre José de Arriaga, en su obra La extirpación de la idolatría en el Perú (1621) acentuaba la necesidad de usar de modestia, benevolencia y buenas maneras en la campaña anti-idolátrica; había que ganarse la amistad particularmente de aquellos indígenas que eran respetados por lo demás y que gozaban de autoridad, en particular de los caciques. ¿Cómo procedía el Visitador cuando llegaba a un pueblo? Uno de los sacerdotes se dirigía a los indios para tranquilizarlos y quitarles el miedo y se les convocaba al sermón muy temprano en la mañana y a la puesta del sol para el catecismo. A las ocho de la noche debía terminar la misa y la prédica. Durante el día el Visitador pedía a los pobladores que descubrieran las huacas (lugares de adoración) y los objetos ligados al culto idolátrico. Había un especial cuidado en interrogar al cacique y a los curanderos. Si se constataba el encubrimiento de las huacas o de su oficio de hechicero por parte de algún indio, se le castigaba públicamente, con alguna pena que implicara más humillación que daño físico (por ejemplo, ser trasquilado). El visitador debía ser afectuoso y comprensivo a la vez que severo y enérgico, incluso amenazando con castigos, haciéndoles notar a los indios que estaban excomulgados si no colaboraban, pero que podían ser perdonados y absueltos si confesaban y se arrepentían de sus idolatrías. Por este motivo, la autoridad eclesiástica debía tener cuidado de que el visitador nombrado fuera una persona de garantía moral, no inclinado al interés personal, y que tuviera un adecuado equilibrio personal y una intensa vida espiritual. Todo se apuntaba por escrito, para llevar cuenta de los procesos realizados. Una vez reunidos los objetos de culto idolátrico, se los llevaba a un lugar de las afueras del pueblo y se los quemaba en una gran hoguera. Luego, en el día señalado para la celebración de la Cruz, los hechiceros, llevando al cuello una cruz de gran tamaño junto con otras señales humillantes, debían hacer retractación pública de sus faltas y errores. Los más peligrosos y persistentes en sus errores eran llevados a Lima y recluidos en la Casa de Santa Cruz en el Cercado, donde cada día un sacerdote les explicaba la doctrina cristiana. Además, se dedicaban a labores manuales, como el hilado de lana. Al terminar la condena temporal, o una vez regenerados (rechazo del error y aprendizaje de la doctrina cristiana), eran dejados en libertad. Algunos murieron ya de viejos en esta casa. Había además otro establecimiento de carácter más educativo que punitivo, dedicado a los hijos de los caciques, el Colegio de Príncipe, para ir educando a las nuevas generaciones de indígenas antes de que estuvieran expuestas al contagio de la idolatría. Aunque aquí sólo damos cuenta de la situación en la jurisdicción de Lima, el asunto era muy semejante en otros lugares como Huamanga, Cuzco, Arequipa, Chuquiabo, Charcas y Quito, y no pocos misioneros se dedicaron con paciencia pero con tenacidad a combatir los brotes de idolatría que todavía seguían subsistiendo. Generalmente, estos esfuerzos fueron coronados por el éxito. Hay que reconocer, sin embargo, que parte de la culpa en la persistencia de costumbres idolátricas la tenían los mismos españoles, que muchas veces no daban testimonio de vida de la fe cristiana, más preocupados en sus intereses y en la ganancia temporal que podían obtener. Uno de los grandes misioneros que luchó contra la idolatría, el padre Luis de Teruel, denunciaba esta falta de testimonio cristiano, y decía que la causa de esta situación funesta «es que las Justicias no se ocupan más que en buscar sus provechos, y los curas su pie de altar, y no osan reprender ni obviar los males de que tienen noticia, y más la semana de Todos Santos, la mezcla que hacen con nuestras ceremonias santas, de las suyas en razón de los difuntos. Desde esta tierra [el Cuzco] hasta los Charcas no está plantada la Fe, por no se predicar, y andar la gente tan de leva, y alzada sin entrarle cosa de devoción espiritual. Antes parece que tienen odio, enemistad y mal sabor a las cosas de Dios, y casi tienen razón porque los que les enseñamos mostramos el último fin de enriquecer en breve tiempo. Y ha de ser con detrimento de las ovejas, que son trasquiladas sin piedad y amor. Y el trato que reciben de los españoles y corregidores es crudo e incomestible, y así se van fuera de sus pueblos a vagar y no se dejan conocer de sus curas y pastores. De donde están las iglesias por hacer, caídas otras, y maltratadas, sin ornamentos, y los pueblos asolados, sin haber ya quién dé tributo a su Majestad más que las pobres mujeres». Sin embargo, ante la conciencia del mal producido, hubo una reacción adecuada, intensificándose el trabajo de misiones. Incluso el arzobispo y el virrey destinaron fondos a estas visitas misioneras, para que los mismos indios que recibían la predicación no tuvieran que cargar con los gastos de los misioneros. El resultado fue beneficioso. Hubo abundantes conversiones sinceras, no logradas por la fuerza, sino con benignidad, paciencia y testimonio de vida cristiana. En 1619, el príncipe de Esquilache, por entonces virrey del Perú, informaba al rey que 20,893 personas habían sido absueltas del crimen de idolatría; 1,619 hechiceros y difusores de la idolatría habían sido procesados, y que habían sido destruidas más de 1,769 huacas e ídolos principales, 7,288 conopas y 1,365 cuerpos de difuntos. Se estima que hacia el año 1660 los indígenas ya estaban prácticamente evangelizados a fondo, y que el resurgimiento de la idolatría (incluso en forma oculta) ya no era posible a gran escala en el territorio del Virreinato.
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