IV. INICIOS DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL PERÚ


España en el siglo XVI

Si queremos llegar a entender plenamente el proceso por el cual se formó la identidad latinoamericana dentro del proceso de evangelización, debemos antes echar una ojeada a las características esenciales del ser español del siglo XVI.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, acababan de consolidar la Reconquista de España, expulsando definitivamente el dominio musulmán con la toma de Granada en el año de 1492. Se trató de un acontecimiento de múltiple significación, donde el factor religioso aparecía como el que primaba. Para los españoles, la expulsión del poder musulmán representaba no solamente una garantía de autonomía política para la Corona española, sino principalmente el triunfo de la fe católica y de la Iglesia sobre la religión de los infieles. Por eso mismo, muchos han hablado del espíritu de cruzada que modeló la mentalidad del pueblo español y que se plasmó en una mentalidad guerrera y combativa al servicio de la fe católica.

A la vez, se da en la sociedad española de entonces un momento cumbre, que encuentra su razón de ser en la primacía de la fe y en un deseo de plasmarla en los ámbitos de la sociedad. Por una parte, los esfuerzo teológicos y espirituales dieron lugar a la Reforma española, que, con el correr del tiempo, constituiría una respuesta adecuada a los problemas que plantearía lo que comúnmente se ha llamado con el confuso nombre de Reforma protestante, liderada por Martín Lutero y Juan Calvino. En realidad, el nuevo impulso a la vida de la Iglesia encuentra plasmación en los esfuerzos de los hombres de fe de España, mientras que la mal llamada Reforma protestante no produjo las renovaciones que decía buscar, y, debido a su carácter esencialmente conflictivo, culminó con las guerras religiosas y la división de Europa en confesiones cristianas diversas. En España se mantuvo la nota de unidad propia de la Iglesia y, a la vez, se dio un gran impulso a la vida espiritual cristiana, lo cual se tradujo en un proceso de reformas y austeras observancias.

Este espíritu de renovación se proyectará incluso en la nueva tarea que se presentaba: la conquista y evangelización del Nuevo Mundo. A esto irá unido el ideal caballeresco y heroico, que se desarrolló en la lucha contra los musulmanes durante la Reconquista, y que tendrá manifestaciones en lo religioso: el ideal de la santidad se presentará como un horizonte que conquistar y que requiere de una actitud caballeresca.

El Siglo de Oro español, que tiene muchas manifestaciones en el mundo de la cultura, fue también un tiempo privilegiado, donde el empuje misionero iría acompañado de hondas reflexiones éticas que ponían en primer plano la conciencia de la igualdad de todos los hombres, la noción de protección al débil, y un vigoroso concepto de la justicia que, impulsados por los teólogos juristas de la Universidad de Salamanca, constituyen una vigorosa plasmación de los principios sociales del cristianismo.

A esto hay que agregar el espíritu de aventura que impulsaba a muchos de los españoles, unido al deseo de lograr honra y fama a través de la búsqueda de poder y riquezas. El hecho de que haya estado presente esta motivación en muchos de los conquistadores no significa que haya tenido un carácter absoluto. El ideal evangelizador también estaba presente en los soldados y colonizadores españoles. Como en todas las realidades humanas, se entremezclaban motivaciones elevadas con otras de orden puramente terreno. Al respecto, son representativas las palabras del cronista Francisco López de Gómara, quien dice: «La causa principal a que venimos a estas partes es por ensalzar y predicar la fe de Cristo, aunque justamente con ella se nos sigue honra y provecho, que pocas veces caben en un saco».
 

El Patronato

Antes de abordar los hechos concretos que marcaron la evangelización del Perú, debemos examinar cuál fue el papel del Estado español y bajo qué forma se realizó esta grandiosa empresa.

En el año 1492 los Reyes Católicos lograron expulsar definitivamente a los musulmanes de España. La reconquista de Granada marca este acontecimiento, considerado no sólo como un triunfo de la nación española, sino también como una victoria para la Iglesia, que alejaban de esa manera el peligro del Islam de la cristiandad europea. Como recompensa por esta hazaña, el rey Fernando recibió del Papa Inocencio VIII el Patronato sobre la Iglesia en Granada. Consistía esto en la concesión de ciertos privilegios a la autoridad civil referentes a los asuntos eclesiásticos. Era en cierta medida una participación de los gobernantes terrenos en el gobierno de la Iglesia, efectuado con el fin de delegar algunos asuntos que, si bien son propios del poder espiritual, por diversos motivos éste no los puede llevar cabo con eficacia por el momento. El Patronato incluía el derecho de la Corona a percibir los diezmos que correspondían a la Iglesia, proponer a los candidatos a obispos y curas (sacerdote con alguna jurisdicción) y erigir nuevas diócesis, señalando sus límites o modificando los ya existentes. Todo ello debía someterse a la aprobación de Roma. Pero, de hecho, el gobierno de la Santa Sede sobre la Iglesia era indirecto. Se hacía por intermedio de los reyes de España. A cambio, la Corona debía apoyar financiera y administrativamente las obras de la Iglesia.

El mismo esquema del patronato sobre Granada seguiría el que le concedería la Santa Sede a España sobre los territorios del Nuevo Mundo. La Corona española quedaba encargada de la conversión del Nuevo Mundo y los diezmos que recibía debían destinarse al financiamiento de la obra evangelizadora.

Este acuerdo entre Roma y España tuvo aspectos positivos y negativos. Definitivamente, Roma no contaba con los recursos necesarios para llevar a cabo directamente la obra de evangelización del nuevo continente, mientras que España sí los tenía. Además, la nación española se caracterizaba por su adhesión entusiasta a la fe católica y era por entonces el Estado más poderoso y floreciente en toda Europa. Como se puede constatar por los acontecimientos históricos, España puso verdaderamente empeño, entusiasmo e interés perseverantes en la evangelización de los aborígenes de estas tierras. Aunque no falten aspectos negativos y cuestionables, el balance resulta positivo. Si observamos en la historia la manera habitual de proceder, lo que normalmente se hacía, y no generalizamos los casos aislados, no podemos menos que admirar la gran labor realizada por el Estado español y los misioneros españoles.

Pero, como toda realidad humana, el Patronato también tuvo inconvenientes. El hecho de que toda comunicación con Roma tuviera que efectuarse por intermedio de Madrid le dio un tinte nacional a la obra evangelizadora, además de impedir que la Santa Sede interviniera directamente en los asuntos religiosos y eclesiásticos de los dominios españoles. Además, esto favorecía la burocratización y la incorporación de las autoridades eclesiásticas al aparato político del Estado. Las órdenes religiosas, que dependían directamente del Papa, quedaban en cierta medida libres de este peligro, aunque también hubo algunos casos en que hubo cierta intromisión de lo político. Además, sucedió a veces que las autoridades civiles, apoyándose en el derecho de Patronato, llegaron a entrometerse de manera excesiva en asuntos que le correspondían exclusivamente a la autoridad eclesiástica, originándose conflictos de jurisdicción y competencia.

Hubo otro problema, no previsto en el momento de constitución del Patronato, que surgió con la Independencia y la transformación del Perú en República, como veremos más adelante. Los gobernantes, deseosos del mayor poder posible en sus manos, aunque eliminaron numerosos formas político-sociales-económicas propias del Virreinato, mantuvieron el Patronato, pues ello les daba potestad para intervenir en los asuntos eclesiásticos. Pero, a diferencia de España, no contribuyeron proporcionalmente al sostenimiento económico de la Iglesia. Durante la época republicana, el Patronato constituyó un obstáculo para la labor de la Iglesia, antes que una ayuda. Además, hemos de tener en cuenta que no todos los gobiernos republicanos fueron presididos por hombres creyentes. Muchos de ellos se guiaban por ideas liberales y laicistas, con un marcado tinte anticlerical, por lo cual el Patronato fue utilizado para atentar contra la independencia de la Iglesia.
 

Los primeros evangelizadores en el Perú: fray Vicente Valverde y la orden de los dominicos

Si bien la evangelización fue una obra conjunta de los españoles que llegaron a los territorios del Nuevo Mundo, quienes dieron un primer gran impulso a la obra misionera fueron mayormente los miembros de diversas órdenes religiosas.

Los primeros religiosos que vinieron al Perú fueron los dominicos. En la expedición de Pizarro, al partir de tierras españolas, se encontraban seis. Sin embargo, durante el viaje, debido a las duras penalidades que tuvieron que sufrir, dos de ellos murieron y otros tres dieron marcha atrás y se regresaron, quedando junto a Pizarro solamente fray Vicente Valverde, quien con ello dio muestra de su valor y de su generosidad para entregarse a la labor evangelizadora. Este religioso, quien sería nombrado posteriormente obispo del Cuzco, fue un gran defensor de los indígenas frente a los abusos de los españoles.

Lamentablemente, a Valverde sólo se le recuerda en la mayoría de los textos de historia por su actuación en el episodio de la captura de Atahualpa. A partir de este único hecho se pretende interpretar toda su personalidad y los hechos de su vida. Más aún, hay quienes lo han propuesto como símbolo de la acción de la Iglesia a lo largo de toda la historia de la Conquista y del Virreinato. De este modo se quiere ver a la Iglesia como una institución que favoreció la opresión y la injusticia contra los indígenas, lo cual resulta inexacto y no conforme con la verdad de los hechos históricos. Fuera de este discutido acontecimiento, Valverde desarrollaría una acción que resulta ejemplar, comenzando por el hecho de haber tenido el valor de acompañar la expedición conquistadora hacia tierras desconocidas, sin saber lo que iba a encontrar, contrariamente a algunos de sus hermanos dominicos que se regresaron.

Para entender la acción de este sacerdote en el episodio de Cajamarca, que todos conocemos a grandes rasgos por el curso de historia del Perú, se ha de saber qué era el proceso del «requerimiento» instaurado por los españoles en las acciones de conquista. Surgió como consecuencia de las experiencias tenidas en otros territorios conquistados anteriormente, principalmente en la zona del Caribe. Allí se habían cometido algunos atropellos y abusos contra los indígenas. Por respeto a la justicia, se buscó la manera de realizar una conquista de caracteres más moderados y que no recurriera a la violencia sino en caso de extrema necesidad. Para ello, un jurista español, Palacios Rubios, redactó una especie de proclama que debía ser leída ante los indígenas (con un traductor, para aquellos que no entendieran la lengua castellana) por el cual se les pedía a los indígenas que se sometieran al mandato benéfico del rey de España y se dejaran adoctrinar en la fe cristiana. Si aceptaban, serían respetados. En caso contrario, se haría uso de la fuerza y quedarían prisioneros.

El hecho de que se planteara un procedimiento así manifiesta la preocupación y la voluntad de hombres honestos de la España de entonces por que se respetara la justicia en la toma de posesión de las nuevas tierras conquistadas. Aunque lamentablemente, en los hechos, este procedimiento exigía por parte del conquistado una serie de conocimientos que no poseía, y aun hubo el caso de algunos capitanes llenos de malicia a los cuales no les interesaba si el requerimiento era escuchado o comprendido por los indígenas, bastando con que fuera leído para justificar luego sus acciones violentas. Sin embargo, también encontramos abundantes casos de españoles que buscaron respetar las exigencias de justicia que estaban en las bases del procedimiento legal del «requerimiento».

Por lo tanto, no se ha de ver en la proclama del P. Valverde frente a Atahualpa un simple formulismo, sino más bien la intención de pedir la colaboración del Inca y su pueblo para una evangelización pacífica. De hecho, resulta lamentable que, por la incomprensión debida a la diferencia de cultura entre los españoles y los indígenas, se suscitaran malentendidos que llevaron al uso de las armas.

De manera sucinta, he aquí cómo relata un cronista de la época, conocido como el Anónimo sevillano, el desarrollo de los acontecimientos: «Un fraile de la Orden de Santo Domingo con una cruz en la mano, queriéndole decir las cosas de Dios le fue a hablar [a Atahualpa] y le dijo que los cristianos eran sus amigos y que el señor gobernador le quería mucho y que entre a su posada a verle. El cacique respondió que él no pasaría más adelante hasta que le volviesen los cristianos todo lo que le habían tomado en toda la tierra y que después él haría todo lo que le viniese en voluntad. Dejando el fraile aquella plática con un libro que traía en las manos le empezó a decir las cosas de Dios que le convenían: pero él no las quiso tomar y pidiendo el libro al padre se lo dio, pensando que lo quería besar, y él lo tomó y lo echó encima de su gente y el muchacho que era la lengua, que allí estaba diciéndolo aquellas cosas, fue corriendo luego y tomó el libro y diolo al padre y el padre se volvió luego, dando voces, diciendo: salid, salid, cristianos y venid a estos enemigos perros que no quieren las cosas de Dios: que me ha echado aquel cacique en el suelo el libro de nuestra santa ley».

Para Atahualpa nada significaba el libro; para el dominico representaba algo sagrado, y, por eso mismo, interpretó el gesto del Inca como un acto de desprecio hacia la religión. En esto no se puede ver mala intención en la actitud del sacerdote. Tengamos también en cuenta lo tenso de la situación, donde los mismos españoles se hallaban en considerable inferioridad numérica y no tenían la certeza de que fueran a salir vivos del lugar. Asegura Pedro Pizarro, testigo del acontecimiento, que, mientras aguardaban en Cajamarca la entrada de Atahualpa y sus miles de guerreros, «muchos españoles... se orinaban de puro temor».

Si consideramos estos datos, el ataque fue un acto de arrojo, cuya victoria resultó sorprendente incluso para los mismos españoles. Los indios se atemorizaron ante los caballos y las armas de fuego, sin llegar a sospechar que, de haber efectuado resistencia, probablemente hubieran acabado con los españoles. Pero no estaba en la mentalidad indígena la idea de una entrega incondicional, que les llevara a sacrificar su vida por el Inca. Y menos aún podía darse esto en un gran Imperio sojuzgado por el miedo al más fuerte. Tan sólo recordemos las características tiránicas que había en el dominio de los Incas sobre los demás pueblos dentro del territorio del Incanato.

Atahualpa fue apresado y tuvo que entregar el oro que se le pedía por su rescate. Fue condenado a muerte, acusado de traición contra su hermano Huáscar. Sin embargo, se le trató con cortesía y benignidad, buscándose su conversión a la fe católica. Al final, recibió el bautismo de manos del Padre Valverde, antes de ser ahorcado por la pena del garrote.

Puede tal vez considerarse como injusto el proceso y el ajusticiamiento de Atahualpa (26 de julio de 1533). Pero no puede decirse de ninguna manera que fue tratado con crueldad. Además, siendo para los españoles la fe el valor supremo, la preocupación por que fuera evangelizado y conociera las verdades de la fe para alcanzar la salvación eterna contribuyó a humanizar las relaciones entre los conquistadores y el Inca (sin negar por ello los errores cometidos por los españoles). Sería malicioso intentar ver en el acto del bautismo de Atahualpa un acto de hipocresía. Por lo demás, el P. Valverde no hubiera podido evitar la muerte del Inca, pero sí podía buscar su conversión a través del diálogo, para darle aquello que consideraba de un valor supremo: la fe en el Señor Jesús.

Posteriormente, Valverde entró con Pizarro al Cuzco el 23 de marzo de 1534, y regresó luego a España para exponer las necesidades que planteaba la obra evangelizadora en los nuevos territorios conquistados. Fue nombrado obispo del Cuzco y fueron asignados seis dominicos para América. El 18 de noviembre de 1536 regresaba a su diócesis, la primera que se creó en América del Sur.

Valverde se convirtió en «Protector de los indios». Redactó varios informes en los que denunciaba los malos tratos y violaciones de derechos humanos de que eran víctimas los indígenas, especialmente en esos momentos tan convulsionados de las guerras civiles entre pizarristas y almagristas, que trajeron desolación y ruina a la ciudad del Cuzco. El levantamiento de Manco Inca empeoró los malos tratos de que eran víctimas los indios, hasta el punto de que Valverde llega a escribir que es difícil tarea «la de defender a esta gente de la boca de tantos lobos como hay contra ellos». En ocasiones, el obispo dominico logró que se encarcelara e impusiera multas a los españoles que cometían abusos contra los indios. Labor difícil, para la cual nunca llegó a tener un apoyo del todo eficaz.

Después de diez años de intensos trabajos apostólicos, Valverde fue muerto en circunstancias misteriosas en la isla de Puna (noviembre de 1541), cuando se dirigía al encuentro del gobernador Vaca de Castro con el fin de poner solución a la discordia y la falta de solidaridad y unión que había entre los españoles en el territorio que él gobernaba pastoralmente. Reflejan su valor y su fortaleza las palabras que en una ocasión escibiera al Rey de España: «Y Vuestra Majestad puede creer que después que entré en esta tierra yo he tenido tantos trabajos y tanta contradicción en servir a Dios y Su Majestad, que si no fuera porque Vuestra Majestad me tuviera por pusilánime y por hombre que no era para poner el pecho a estas cosas y otras mayores, ya me hubiera vuelto a Vuestra Majestad».

Se considera a Valverde como el fundador de la Orden de Predicadores (dominicos) en el Perú. La Iglesia y el convento de la orden en la ciudad de Lima se construyeron poco después de su muerte. A partir de entonces la orden dominicana desempeñaría un papel importante en la historia de la evangelización en el Perú.

Otro dominico, fray Tomás de San Martín, por ejemplo, dedicado a la labor de promoción humana de los indígenas, conseguiría donaciones en España que le permitieron la erección de escuelas en el territorio de esta provincia de la Orden (que abarcaba desde la actual Guatemala hasta lo que es hoy Argentina). Pero, en particular, consigue licencia para la fundación de la Real Universidad de Lima, efectuada el 12 de mayo de 1551, que recibiría 23 años más tarde el nombre de Universidad de San Marcos.

En 1553 fue elegido provincial el padre Domingo de Santo Tomás, quien, con el fin de llegar a los indígenas en sus propias lenguas, estudió la lengua quechua y elaboró una gramática de esta lengua, publicada en 1560 con el título de Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú llamado quichua. Nombrado obispo de Charcas (en la actual Bolivia) en 1563, trabajó intensamente en la evangelización de los indígenas, defendiendo también sus intereses frente los encomenderos y conquistadores que no actuaban de acuerdo a las exigencias de justicia de la fe cristiana. Murió en Chuquisaca el 28 de febrero de 1570.

Otro dominico digno de mencionarse es fray Gaspar de Carvajal, quien sucedió a fray Domingo de Santo Tomás como provincial de la Orden (1557-1561). En 1541 había acompañado a Gonzalo Pizarro en su expedición a la selva, territorio ignoto y totalmente desconocido en ese entonces. Cuando Francisco de Orellana decidió seguir adelante la navegación, separándose de Gonzalo Pizarro y desobedeciendo sus órdenes de terminar la expedición emprendida y regresar, Carvajal optó por acompañar al rebelde en una empresa que resultó ser sumamente temeraria y peligrosa. Los expedicionarios llegaron a padecer en un momento tal hambre, que se alimentaron de cueros, cintas y suelas de zapatos cocidos con hierbas. No faltaron momentos en los que estuvieron a punto de naufragar en los rápidos del río que navegaban, hasta que llegaron a otro río de inmenso caudal, al que bautizaron con el nombre de Amazonas (12 de febrero de 1542). En ocasiones fueron atacados a flechazos desde las riberas del río. A raíz de uno estos ataques, una flecha le vació un ojo al fraile dominico. Sin embargo, a pesar de estas y otras penalidades, de la cual salieron adelante los expedicionarios gracias a su valor, su fortaleza y, sobre todo, la fe y la confianza en Dios, pudieron llegar al Océano Atlántico el 26 de agosto de 1542, luego de una navegación de 244 días. Estas y otras peripecias del viaje no hubieran podido ser conocidas por las generaciones posteriores, si no es por la narración que escribió fray Gaspar de Carvajal, intitulada Relación del nuevo descubrimiento del famoso Río Grande de las Amazonas. Carvajal murió en el convento dominico de Lima el 12 de julio de 1584.
 

Los franciscanos y las misiones populares

La orden religiosa de los franciscanos llegó al Perú poco después de la muerte de Atahualpa, aunque fue en Quito (1533) donde se construyó el primer convento. El primer franciscano que pisó tierra peruanas fue fray Marcos de Niza, y poco después llegaron los padres Jodocko Ricke (nombrado Custodio para el Perú), Pedro Gosseal y Pedro Rodeñas.

Estos frailes dedicaron grandes esfuerzos en la evangelización de los indígenas de estas tierras. Ricke, además de enseñar la doctrina cristiana, enseñó a los indios técnicas de agricultura (arar con bueyes, hacer yugos, arados y carretas), la manera de contar con cifras, la gramática española, a leer y escribir, el arte de tocar instrumentos musicales de viento y cuerda, y otros oficios.

En Lima se construyó el segundo convento de la orden. Poco antes, hacia 1548, los franciscanos también se habían implantado en Trujillo y Cuzco.

En 1542 llegó al Perú una expedición de franciscanos, conformada por doce frailes, lo cual dio origen al nombre de la provincia peruana: de los Doce Apóstoles.

Los miembros de la orden franciscana se dedicaron más que nada a las misiones populares, conviviendo prácticamente con los indios y buscando transmitirles con su ejemplo la enseñanza cristiana. Esto originó también una serie de iniciativas orientadas a inculturar la fe cristiana entre los pueblos aborígenes. Entre estos intentos cabe destacar la obra de fray Luis Jerónimo de Oré, autor del Símbolo católico indiano (1588), que incluye además una gramática en quechua y aymara, una descripción geográfica del Perú e informaciones sobre las antiguas costumbres prehispánicas. Oré es también autor de un ritual de oraciones en lenguas nativas.
 

Los agustinos: el martirio del P. Diego Ruiz Ortiz

La orden de los agustinos se estableció en el Perú en mayo de 1551, llegando los primeros religiosos de la orden a Lima en junio del mismo año. También le pusieron una dedicación especial al trabajo misionero en poblaciones de indios. La razón de su eficacia evangelizadora estaba en el testimonio evangélico y la vida interior: llevaban fuera del convento la misma vida ascética y rigurosa que dentro de él, una vida con bastante disciplina, trabajando con dedicación, llevando a cabo con ardiente devoción e intenso fervor las actividades litúrgicas y de culto, siendo reconocidos por su estricta fidelidad a los votos hechos. Fueron muy apreciados por el pueblo, hasta el punto de que, durante algún tiempo después de su llegada, la gente de extracción popular y los indios se arrodillaban a su paso y algunos hasta les besaban las manos.

Perteneció a esta orden quien es considerado como el primer mártir del Perú, el padre Diego Ruiz Ortiz. Él, junto con los padres Juan de Vivero y Marcos García, habían sido encargados por el licenciado Lope García de Castro de la evangelización de los pueblos indígenas de Vilcabamba en la zona del Cuzco. Mediante su labor evangelizadora, en 1568 lograron la conversión y bautizo del inca Tito Cusi Yupanqui y de su mujer, y que se construyera una iglesia en Pucyura, no lejos de Vilcabamba. Pero la conversión de Yupanqui no había tocado ciertas zonas de su corazón, donde persistía aún la adhesión a formas idolátricas de culto. A raíz de esto, Yupanqui llegó a disgustarse con la labor de los agustinos, sabiendo que estos combatían toda forma de idolatría. Incluso llegó al extremo de castigar a un curaca por haber dejado bautizar a un hijo suyo. Instigados por su líder, muchos indios se opusieron a los agustinos en su labor de destrucción de ídolos y construcción de capillas católicas.

Finalmente, en territorio del inca sólo quedó el padre Ruiz Ortiz. Fray Marcos se había retirado a su parroquia de Pucyura y Huarancalla. Por entonces, Titu Cusi enfermó de indigestión, y aunque el padre Ruiz Ortiz intentó curarlo con una medicina preparada por él mismo, no pudo evitar la muerte del inca. Acusado por los familiares de haberlo envenenado, fue tomado prisionero por los indígenas, atado y flagelado cruelmente durante horas. Al día siguiente, fue obligado a celebrar Misa para que resucitase el inca. Inmediatamente después continuó la flagelación, fue obligado a beber inmundicias y, conducido a Vilcabamba, fue ejecutado de un golpe en la nuca, en un lugar conocido como Marcananay. El cadáver fue empalado en una lanza y enterrado cabeza abajo, para que no pudiese pedir al cielo por su salvación. Esto ocurrió entre mayo y julio de 1571.
 

Los jesuitas y las reducciones de indios

Los jesuitas llegaron al Perú en marzo de 1568, siendo recibidos cordialmente en Lima por el arzobispo Loayza, el goberndor licenciado Castro y los vecinos. Eran enviados por San Francisco de Borja, entonces General de la Compañía de Jesús, con la misión explícita de trabajar en la evangelización de los indígenas. Posteriormente esta orden estableció casas en el Cuzco, Potosí, Juli y Arequipa. También se erigieron centros misionales en La Paz, Panamá, Santa Cruz de la Sierra, Chuquisaca y Santiago de Chile. A sólo 30 años de haber llegado, los jesuitas ya estaban presentes en todo el territorio de América del Sur, desde Panamá hasta Chile.

En Juli (región del lago Titicaca), la Compañía de Jesús estableció un centro misional de primera categoría, donde se ensayaron métodos de evangelización que luego serían utilizados en las reducciones del Paraguay y en la famosa misión de Tucumán. Estos métodos eran referentes a la predicación, el arte, la liturgia, la educación, la labor asistencial (hospitales y reparto de limosna y víveres a los más pobres).

Cuando hablamos dereducciones, nos referimos a las misiones construidas por algunas órdenes religiosas en territorio de indios, particularmente entre los indios guaraníes en las zonas de Argentina, Paraguay y Brasil. Iniciadas hacia 1609, constituyeron una de las experiencias evangelizadores más interesantes de esta época. En ellas se daba un sistema de gran autonomía política y, a la vez que se anunciaba la Palabra de Dios y se introducía a los indígenas en la vida sacramental, se daba todo un proceso de educación cívica y artesanal de alcances mayores. Los logros económicos de las reducciones rivalizan con sus logros culturales. Tanto en los aspectos estructurales como puentes de piedra, molinos hidráulicos, subterráneos, canales de riego, fuentes de agua pura, como en los logros de sus curtidores, trabajadores en metal, imprenta e incluso arte pictórico, música y literatura, se percibe los resultados de un mestizaje cultural armónico y natural. Lamentablemente, los obstáculos que se presentaron, principalmente de orden político, condujeron al fracaso final de estas experiencias.
 

Otras órdenes religiosas

Sobre la orden de los mercedarios, las primeras noticias de que se dispone sobre su llegada a estas tierras son las referentes al nombramiento de Pedro de Vera en 1534 como representante. Dos años más tarde se abre el primer convento en San Miguel de Piura, de donde partirían los religiosos para las demás fundaciones a realizarse en Quito, Lima, Cuzco y Huamanga.

Entre las figuras más destacadas de la orden merece mencionarse el padre Diego de Porres. Antes de ser religioso, militó como soldado en las expediciones hacia tierras de chunchos y araucanos (Chile). Su gran energía vital le permitió, ya de mercedario, recorrer gran parte del territorio del Virreinato con afán apostólico, levantando más de 200 iglesias y capillas, bautizando a millares de indígenas, enseñando en todas partes la doctrina cristiana. Así resumía el mismo Diego de Porres la labor realizada por él en carta dirigida al Rey: «en todas las provincias del Perú, lugares sujetos a Vuestra Majestad he tenido a mi cargo muchas doctrinas y repartimientos, en los cuales he bautizado a más de setenta u ochenta mil ánimas y casado más de treinta mil, y hecho más de doscientas iglesias».

Por último, otra orden que vino al Perú en los inicios de la primera evangelización es la de los carmelitas, que llegaron el 4 de mayo de 1592 y establecieron casa en Lima.


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