I. CONSIDERACIONES PRELIMINARES


Realidad visible e invisible de la Iglesia

Estudiar la historia de la Iglesia no es un asunto fácil. Corremos la tentación de examinar los acontecimientos desde un punto de vista meramente humano, olvidándonos de que la Iglesia también contiene un elemento sobrenatural que debemos tener en cuenta para comprender su presencia en la historia. Igualmente, la constatación de realidades ligadas al pecado en la historia de la Iglesia puede llevarnos a emitir juicios incorrectos, si no comprendemos a la vez que la Iglesia ha sido santificada por Cristo y que el mal siempre se dará unido a toda realidad humana mientras vivamos en este mundo. Se hace necesario, pues, comprender brevemente qué es la Iglesia antes de estudiar algún momento de su presencia en la historia de los pueblos.

La Iglesia forma parte del designio de salvación de Dios. Es la asamblea de quienes son convocados por la Palabra de Dios para formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, son incorporados a Él y forman con Él un solo Cuerpo.

La Iglesia, por lo tanto, es una realidad que participa de la vida de Dios, y, a la vez, es una realidad formada por seres humanos que llevan en sí mismos las miserias propias de la condición humana. La Iglesia posee una realidad invisible, que solamente es accesible por la fe, y una realidad visible. Ésta última constituye el soporte a través del cual se manifiesta la realidad invisible. A través de la realidad humana de la Iglesia Dios manifiesta su gracia y su amor. Como enseña elCatecismo de la Iglesia Católica, «la Iglesia es a la vez:
—sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo;
—el grupo visible y la comunidad espiritual;
—la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo» (n. 771).

Teniendo en cuenta esta complejidad que presenta el ser de la Iglesia, no podemos examinar su historia solamente con criterios humanos. Una aproximación a ella utilizando solamente los métodos de las ciencias históricas no nos dará una comprensión plena de la presencia del Pueblo de Dios en el tiempo. En cierto modo, la Iglesia, a la vez que está presente en el tiempo, escapa, por otra parte, a las leyes de la historia. La gracia y el amor de Dios siempre se manifiestan en ella, incluso en situaciones que humanamente podrían ser consideradas como fracasos históricos.

Por este motivo, el estudio histórico de la Iglesia debe ser completado con una aproximación de fe, que nos permita descubrir cómo se cumple el Plan de salvación de Dios en cada uno de los momentos de la historia de su Pueblo.

Otra consecuencia que se saca del principio de la existencia en la Iglesia de una realidad visible y otra invisible, es que todo aquello que sea algo exclusivamente humano en la Iglesia es susceptible de transformación y modificación, mientras que lo esencial, aquello que Dios ha establecido de manera definitiva —que llegamos a conocer por medio de la fe— no puede cambiar. Hay que distinguir entre lo esencial y lo accidental. Lo visible en la Iglesia (lo institucional, por ejemplo) ha asumido diversas formas a lo largo de la historia, pero siempre se ha buscado respetar lo esencial, aquello que constituye el misterio profundo de la Iglesia. Querer conservar las formas exteriores sin llegar a comprender lo esencial es una tendencia que lleva a posiciones conservadoras al estilo del obispo cismático Mons. Lefebvre. Por el contrario, querer cambiar todo, incluso lo esencial, simplemente por adaptarse a los tiempos, terminaría por destruir la esencia de la Iglesia. Por eso mismo, se requiere discernir lo que es esencial en la Iglesia, lo que Dios ha dispuesto, y, a partir de ahí, comprender que eso puede plasmarse en diversas formas y expresiones concretas a lo largo de la historia.

Por este mismo motivo, no debemos tampoco condenar de manera apresurada las formas y expresiones concretas que ha habido a lo largo de la historia de la Iglesia. Si los hombres que las realizaron supieron mantenerse fieles a lo esencial, al misterio de la Iglesia, no hay rechazarlas, aunque esas formas nos parezcan ahora anticuadas. Fueron adecuadas en su tiempo. Se trata de comprender antes que de condenar de manera apresurada. Y luego descubrir de qué manera concreta debe expresarse el mensaje esencial de la fe en nuestros tiempos.
 

La Iglesia, santa y pecadora

Otro problema que se presenta, y sobre lo cual muchos hombres de nuestro tiempo presentan cuestionamientos, es lo referente a la santidad de la Iglesia. ¿Cómo una institución que se dice santa presenta tantos hechos escandalosos a lo largo de la historia? ¿Cómo puede seguir afirmando su propia santidad?

Para responder a ello, debemos comprender en qué consiste la santidad de la Iglesia. ElCatecismo de la Iglesia Católica dice: «La fe confiesa que la Iglesia no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama "el solo santo", amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios. La Iglesia, es, pues, "el Pueblo santo de Dios", y sus miembros son llamados "santos".
»La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y con Él, ella también ha sido hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios. En la Iglesia es en donde está depositada la plenitud total de los medios de salvación. Es en ella donde conseguimos la santidad por la gracia de Dios» (nn. 823-824).

Eso no significa que la santidad haya sido conseguida en plenitud por cada uno de los miembros de la Iglesia. Aun en aquellos que han vivido una mayor apertura a la gracia (los santos) encontramos imperfecciones que nos muestran que todavía necesitaban de purificación. En esta vida, los cristianos participamos de la santidad que nos ofrece el Señor Jesús, pero debemos luchar para que esa santidad crezca hasta la plenitud. La Iglesia es santa, pero necesitada de purificación, porque, aunque su santidad es verdadera, no es perfecta en este mundo.

En consecuencia, una verdad que siempre debemos tener como principio es que la Iglesia, aunque es santa, contiene en sí misma a hombres pecadores. Las acciones que ellos realizan llegan a veces a extremos escandalosos, y produce mucho más escándalo cuando estas acciones provienen de quienes son considerados representantes de la Iglesia. Sin embargo, eso no anula la fuerza de la gracia de Dios, y no podemos condenar por ello a la Iglesia. Hasta que venga el fin del mundo, en el corazón de los cristianos estará entremezclada la semilla del Evangelio con la semilla del mal.

La Iglesia no se escandaliza por el pecado. Considerándolo un mal, cree firmemente que el amor y la misericordia de Dios son mucho mayores y que triunfarán por encima de todas la miserias que se puedan encontrar incluso entre los mismos cristianos.

Podemos decir, pues, con el Papa Pablo VI que «la Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo» (Credo del Pueblo de Dios, 19).

No podemos pretender que no haya pecado en la historia de la Iglesia, pues todo hombre es pecador y necesita de la reconciliación ofrecida por Dios en el Señor Jesús. Pero debemos siempre tener presente que el amor de Dios es mucho más grande que el pecado y logra hacerse presente aun en situaciones que parecen ser totalmente contrarias a su Plan de salvación. Así ha sucedido a lo largo de los veinte siglos de historia que tiene la Iglesia.

A este respecto, conviene citar las palabras del Documento de Puebla, cuando hace una valoración de los cinco siglos de presencia eclesial en el continente latinoamericano: «Si es cierto que la Iglesia en su labor evangelizadora tuvo que soportar el peso de desfallecimientos, alianzas con los poderes terrenos, incompleta visión pastoral y la fuerza destructora del pecado, también se debe reconocer que la Evangelización, que constituye a América Latina en el "continente de la esperanza", ha sido mucho más poderosa que las sombras que dentro del contexto histórico vivido lamentablemente le acompañaron. Esto será para nosotros los cristianos de hoy un desafío a fin de que sepamos estar a la altura de lo mejor de nuestra historia y seamos capaces de responder, con fidelidad creadora, a los retos de nuestro tiempo latinoamericano» (Puebla, 10).
 

La misión evangelizadora de la Iglesia

La razón de ser de la Iglesia es ante todo evangelizadora. Una vez que el Señor Jesús cumplió su misión terrena para reconciliación de los hombres con Dios, le encargó a la Iglesia la misión de evangelizar: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).

El Documento de Puebla nos dice que «la evangelización es la misión propia de la Iglesia. La historia de la Iglesia es, fundamentalmente, la historia de la Evangelización de un pueblo que vive en constante gestación, nace y se inserta en la existencia secular de las naciones. La Iglesia, al encarnarse, contribuye vitalmente al nacimiento de las nacionalidades y les imprime profundamente un carácter particular. La Evangelización está en los orígenes de este Nuevo Mundo que es América Latina» (Puebla, 4).

Por eso mismo, el criterio para decidir sobre el triunfo o fracaso de la Iglesia no se halla en los éxitos políticos, sociales o económicos que haya o no haya tenido. Su triunfo solamente se puede determinar por la fidelidad que haya tenido a su misión, es decir, en qué medida ha hecho presente al Señor Jesús entre los hombres, hasta el punto de transformar su mentalidad y, sobre todo, su cultura; en qué medida la Iglesia ha hecho que las relaciones del hombre con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con el mundo creado estén impregnadas de la vida que se manifiesta en el misterio del Amor de Dios y que resplandece en el Hijo de Dios hecho hombre. Esto encuentra expresión especialmente en las vidas de los santos. Que la venida de los evangelizadores ha sido beneficiosa y ha dado verdaderamente frutos, se contempla en el surgimiento de personas santas, que reflejan la inmensidad de la dignidad humana en sus rostros. Los santos son fuente de transformación auténtica de la realidad que los rodea y son la garantía de que la presencia de Dios se ha hecho efectiva en la historia de los pueblos.

No nos referimos aquí solamente a los santos canonizados oficialmente por la Iglesia. Existen en la actualidad centenares de procesos iniciados en Roma para la beatificación de cristianos originarios de América Latina. Sin embargo, esa multitud de personas de vida santa constituyen solamente la punta del «iceberg». Existe una multitud de santos desconocidos en nuestras tierras, que, a través de la vivencia del amor, han hecho de América Latina el continente de la esperanza, una tierra que, a pesar de sus múltiples problemas, sigue siendo cristiana en sus raíces y todavía puede dar muchos frutos de fe, esperanza y caridad para que los hombres descubran y vivan la felicidad auténtica que solamente se encuentra en el Señor Jesús.

Para nuestras naciones, la presencia de la Iglesia se identifica con su misma existencia como pueblos, y aparece íntimamente unida a sus fiestas, sus celebraciones, sus instituciones, y, más aun, a todos sus sufrimientos y sus esperanzas. La compañía que lleva a cabo la Iglesia con los hombres en sus alegrías y sus angustias, en sus tristezas y sus esperanzas es quizás la mejor obra social que pueden realizar los discípulos del Señor Jesús. Se trata de un acompañamiento que no surge de cálculos interesados o de intrigas en busca de influencia y poder, sino que surge del amor mismo de Dios, que se da gratuitamente sin exigir nada a cambio. Solamente pide ser aceptado con el corazón abierto. Es un amor que se manifiesta en la Iglesia en la innumerables obras de caridad que toma a su cargo y en el surgimiento constante de tantos testigos del Evangelio, reconocidos oficialmente por la Iglesia o anónimos y desconocidos, que tuvieron como única recompensa la felicidad de haber desarrollado plenamente su humanidad a través de un amor entregado al Señor Jesús y a sus hermanos humanos. Olvidarnos de esos hombres y mujeres, olvidar el acompañamiento que la Iglesia ha prestado a los habitantes de este continente, sería ya no mirar los acontecimientos desde la óptica de la fe, sino desde criterios interesados o puramente humanos. Sería olvidarnos de la realidad del paso de Dios por nuestra historia.

Por eso mismo, la Iglesia nunca se ha escandalizado del pecado, de la debilidad o de las incoherencias de los hombres, porque ella anuncia al Señor Jesús, aquel que trae la reconciliación y el perdón, aquel que hace manifiesto el amor de Dios entre los hombres. Y esto no puede dejar de tener frutos y revertir en bien de todos los hombres.


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