EL REGRESO DE LOS MUERTOS VIVIENTES 3

Return of the Living Dead 3

Director: Brian Yuzna

Actores: Mindy Clarke, J. Trevor Edmond,  Kent McCord, Sarah Douglas, James T. Callahan

EUA
1993

 

A más de uno le resultará sorprendente que me anime a comentar una película de la serie B, más aún  cuando las dos primeras partes anteriores a esta película son auténticamente deleznables, superlativamente malas. Sin embargo, debo también compartir mi sorpresa cuando, al contemplar esta obra fílmica, me hallé ante un producto cinematográficamente sólido y de un contenido de matices metafísicos.

La película asume los mismos presupuestos que postulara George Romero en su ya clásico La noche de los muertos vivientes (1969): muertos que vuelven a la vida gracias a un gas utilizado como arma química y que asedian a los vivos para matarlos y alimentarse de sus cerebros, y que a su vez convierten en muertos vivientes a aquellos que son mordidos por ellos. Encontramos los mismos elementos del subgénero de terror llamado gore: muertes cruentas con exhibición de detalles macabros y chocantes, sangre y vísceras, desmembramiento de cuerpos vivos, etc.

Sin embargo, el director Brian Yuzna le da una vuelta de tuerca a la historia ya conocida, a través de una historia que nos estremece y sobrecoge. Lo que narra la película se puede resumir de la siguiente manera. El ejército está experimentando con muertos vivientes, mantenidos en toneles en estado de congelación, volviéndolos a reanimar para luego paralizarlos  mediante armas con balas de ácido paralizante. El objetivo: utilizarlos como arma biológica en posibles guerras. El hijo de un coronel del ejército, involucrado en este macabro experimento, logra infiltrarse junto con su novia en la base donde se realizan las pruebas, y son testigos de uno de estos experimentos, donde, por falta de precaución, dos de los expertos encargados del proceso son atacados por un muerto viviente y se convierten a su vez en muertos vivientes. Debido a este incidente, se decide trasladar al coronel a otro Estado, pero su hijo se niega a acompañarlo, pues quiere echar raíces en la localidad, y ya tiene novia. Fuga con ella en una motocicleta, y en el camino ocurre un accidente en el que ella pierde la vida. En su desesperación, no se le ocurre otra cosa que infiltrarse nuevamente en la base para emplear el gas en el cadáver de su amada y volverla a la vida. Una vez "resucitada", ella no percibe inmediatamente ningún cambio en su ser. Sin embargo, mientras ambos huyen, ella percibe un deseo incontrolable e inexplicable de sangre y carne humana, tomando conciencia progresivamente de que su transformación en un monstruoso muerto viviente es irrevocable, y que en algún momento terminará atacando a la persona a la que ama. Mientras tanto el ejército se lanza a la búsqueda de ambos jóvenes, para evitar que la plaga se extienda.

Esta historia no es nueva, y tiene su antecedente más remoto en esa obra maestra del cine que es La novia de Frankenstein (1935) de James Whale. Sin embargo, a diferencia de este film, aquí la historia adquiere rasgos más estremecedores y perturbadores. La joven inicia un proceso de auto-tortura y auto-mutilación para que el dolor aplaque esa ansia horripilante de carne humana, con el fin de salvaguardar la integridad de su amado. Todo ello en el contexto de una huida hacia ningún lado, que la ambientación nocturna y la iluminación con predominancia de tonos azules describe metafóricamente como un viaje hacia las profundidades, a través de ese recorrido de las cloacas subterráneas de la ciudad, perseguidos por el ejército, una pandilla de delincuentes, y auxiliados por un outsider, un marginal de buen corazón, que será posteriormente víctima del horror desencadenado por los manipuladores de cadáveres del ejército.

Por otra parte, el fenómeno de los muertos vivientes no se presenta como encarnación privilegiada del mal, sino como consecuencia pavorosa de la maldad de otros. Los miembros del ejército que desean experimentar con ellos aparecen como manipuladores de la muerte con el fin de producir más muerte. He aquí una vuelta de tuerca que subvierte los presupuestos de la serie: los muertos vivientes son víctimas de una cuasi-enfermedad provocada por otros, que les ocasiona una angustia incontrolable y patética, llevándolos a una miserable búsqueda de cerebros humanos, y, por lo tanto, son más dignos de compasión que de odio. Incluso no faltará en la película una sorprendente escena en que un muerto viviente terminará ayudando a los protagonistas para intentar evitar su captura por parte de aquellos miembros del ejército que han olvidado el carácter sagrado y personal de los cuerpos que manipulan e desean instrumentalizar.

La película somete al espectador a una acción trepidante y a un suspenso creciente, con escenas sumamente perturbadoras. Ciertamente, no nos hallamos ante un film para todos los gustos.

Sin embargo, por encima de toda esta parafernalia típica del género, orquestada esta vez con mano maestra, resalta el drama psicológico de ambos protagonistas: el joven que se resiste a ver definitivamente muerto al ser amado, la joven que preferiría estar verdaderamente muerta a sufrir el proceso de una putrefacción moral y física en un estado de degradación absoluta, dónde sólo la fuerza del amor le impide abandonarse a las tendencias malsanas que surgen de su interior, hasta el punto de preferir y buscar el dolor más atroz antes que hacerle daño a su amado.

De este modo, el tema de los muertos vivientes se convierte en el marco dentro del cual se desarrolla una historia de amor hasta la muerte, a la vez que una crítica a la falta de sentido de la sacralidad de los muertos en la sociedad moderna, que convierte a los cadáveres en objeto de manipulación, olvidando que han sido receptáculos de un ser personal, y, por eso mismo, también merecen ser respetados.


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