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I
Conocí a Esteban López el pasado Mayo, durante una feria
del Libro Antiguo. Un conocido común nos presentó en una
de las casetas, mientras rebuscábamos entre folletines y primeras
ediciones.
Congeniamos en seguida. Se preciaba de tener una de las bibliotecas
más completas y heterogéneas, y a menudo hablaba de sus
volúmenes con verdadera pasión. En tales instantes, un
brillo de estusiasmo y adoración aparecía en sus pequeños
ojos, casi invisibles tras sus enormes y turbias gafas.
Para Esteban, lo importante no era coleccionar, sino elegir muy bien
lo que se adquiría.
-En realidad -solía decir entusiasmado- lo que me apasiona de
este mundillo es la posibilidad de acceder a datos que se han ido perdiendo
con el paso de los siglos. Es lo que os pasa ahora con el "internet"
ese, que podéis contrastar las noticias según las diversas
fuentes, y países en los que se publican.
Pues con los libros antiguos pasa lo mismo. Descubres datos y hechos
históricos, que la historia ha ido olvidando...
Reconozco que sentía hacia él un poquito de envidia sana.
Soltero, y poseedor de una pequeña fortuna, Esteban podía
hacer lo que le viniera en gana, comprar cuantos libros quisiera -sin
preocuparse de su precio- y rellenar su casa de ajados volúmenes
sin que nadie le dijera nada.
Tras las vacaciones, recibí una llamada suya. Había aprovechado
el verano para realizar reformas en su domicilio, y pensaba dar una
pequeña fiesta para "estrenar" la casa. Me halagó
que contara conmigo, pues hacía pocos meses que nos conocíamos,
de modo que acepté su invitación sin pensarlo.
¿Han estado alguna vez en la casa de un bibliófilo? Me
refiero a uno de verdad, no a cualquiera de nosotros, poseedores apenas
de unos cuantos miles de volúmenes. La de Esteban se hallaba
en la zona de los Austrias, en el Madrid antiguo. Yo nunca había
presenciado algo igual. Más parecía el despacho del mago
Merlín que la residencia de un hombre actual. El salón,
de enormes proporciones, aparecía cubierto de arriba a abajo
por estanterías abigarradas de libros, aprovechando al máximo
el espacio para que cupieran más. Calculé que en esa estancia
debería tener más libros que yo en toda mi casa. Una de
las paredes, que llevaba hacia la amplia terraza -pues era un ático-
se hallaba cubierta de una barroca boisserie de madera de nogal (me
estremecí al pensar lo que le habría costado), cuyas estanterías
parecían contener los libros más antiguos y extraños.
No tenía televisión.
Los dormitorios y baños no se habían librado tampoco.
En los segundos había dispuesto unas estanterías cubiertas
de cristal, llenas, claro está, de libros. ("Por tener algo
que leer mientras me siento en la taza", decía Esteban con
una sonrisa pícara). La pasión de Esteban llegaba hasta
el punto de mantener enormes pilas de libros en el suelo de los pasillos.
Al comenzar la fiesta, algunos de los invitados apoyaron las copas en
dichas pilas, a modo de mesitas, lo cual provocó la justa ira
de Esteban, que acudió con un trapo a frotar las cubiertas, como
una madre que acude a consolar a su hijo al que han pegado otros muchachos.
Tras aquello, nuestro anfitrión sugirió llevar la fiesta
a la amplia terraza -el único lugar desprovisto de libros en
toda la casa-, lo cual fue bien acogido por la concurrencia. La noche
era cálida y agradable. Sonaban los "Golpes bajos"
en el equipo del Salón, y la gente se bebía sus copas
charlando, mientras contemplaba los tejados del casco antiguo de la
ciudad.
La vista era tan buena, que tras entrar para servirme otro malta, descubrí
que me habían quitado el sitio. El amplio pollete de la terraza
se hallaba plagado de invitados, como la barra de un garito en nochevieja.
No había ni un resquicio.
Frustrado, me dediqué a contemplar la entrada al salón,
y las ventanas que daban a la terraza. Una de ellas me llamó
poderosamente la atención. Era un óculo circular con extraños
dibujos de colores en el cristal, y cuya carpintería -de madera-
cruzaba en diagonal adoptando formas extrañas. Era indudable
que dicho óculo daba a una de las habitaciones, justo a un lado
del salón. Pero yo recordaba haber visto dicha habitación,
y no tenía más que una ventana corriente.
Me acerqué al anfitrión, que, cubata en mano, asediaba
a una delgaducha intelectual de pelo corto y gafas enormes. Me pareció
que no iba a tener gran éxito con ella, de modo que le interrumpí
sin nigún sentimiento de culpa.
-Oye Esteban -le susurré a bocajarro-. ¿A donde da esa
ventana circular?
Me miró, sonriendo con orgullo, como un niño al que han
pillado en una travesura especialmente brillante.
-Te lo enseñaré -me dijo.
Le seguí al interior. Se detuvo frente la boisserie de nogal,
atiborrada de primeras ediciones. Y me miró con una astuta sonrisa.
-Échale un vistazo a estos libros.- Le miré interrogativamente-.
Tómate tu tiempo.
Comencé a repasar los títulos, con una punzada de envidia.
El resto de los invitados continuaba fuera, charlando animadamente.
Había allí, primeras ediciones de Dumas, Dickens, Tolstoi,
amén de incontables folletines, las aventuras de Holmes publicadas
en la Strand, libros de historia y crónicas militares del año
de catapún...
Llevaba ya unos buenos diez minutos cuando mis ojos se posaron sobre
un voluminoso tomo titulado "Liber Ibonis", como el imaginado
por Clark Ashton Smith. "Qué curioso," pensé.
Y alcé la mano para sacarlo de la balda. Parecía estar
trabado, como fijado a la estantería por su esquina inferior.
Traté de hacerlo girar hacia abajo y entonces...
La elaborada boisserie se abrió, literalmente, como aquellas
entradas a cámaras secretas que aparecían en los folletines.
Me giré a Esteban que me sonreía orgulloso.
-He ahí la obra en cuestión- me confió con cierta
vanidad-. Pasa y echa un vistazo.
No tenía que decírmelo. Sintiéndome como un héroe
de novela gótica, penetré en la cámara secreta
que el excéntrico Esteban había construido en su propia
casa. Era una habitación de cierto tamaño, de unos dos
metros y medio de ancho por unos cinco de profundidad. Mi anfitrión
había concentrado en ella los volúmenes más raros
que imaginarse pueda, y para hacerles compañía, un antiguo
telescopio, numerosas estatuillas, astrolabios, arcaicos relojes de
sol... La luz de la terraza penetraba por el óculo coloreado,
bañando la cámara con un cálido resplandor.
-Para ciertas lecturas, hay que ambientarse -me explicó Esteban-.
Aquí guardo los grimorios, los libros esotéricos, las
crónicas de ordenes de caballería, los informes sobre
masonería, los libros prohibidos...
Mientras le escuchaba, mis ojos recorrían los lomos de algunos
de los volúmenes... Tenía, en efecto, algunos realmente
extraños; auténticos clásicos de la brujería
y la demonología.
-Esto te habrá costado una pasta...
-Pues la verdad es que si. Bueno ¿te refieres a la obra o a ese
libro? Es un algazife granadino. Me costó el doble de lo que
me he gastado en la obrita...
No sabía de lo que me estaba hablando, pero intuí que
se refería al antiquísimo volumen en árabe que
descansaba en una vitrina de cristal.
-No te vayas a pensar que yo me creo todas estas cosas -murmuró
Esteban en tono de disculpa-, pero hay que reconocer que tienen su encanto...
¡Ah! ¡Mira! -señaló un paquete que descansaba
en un escritorio-. Esta misma mañana he recibido un pedido. Con
todo lo de la fiesta, no he tenido ni tiempo de abrirlo. Ven.
Nos acercamos al elaborado escritorio, y Esteban me mostró, orgulloso,
los compartimentos secretos que, según él, habían
servido a su anterior propietaria para guardar sus cartas de amor. Despues,
agarró el paquete, que aparecía envuelto con la etiqueta
de "Librerias Paris-Valencia", una popular librería
valenciana especializada en facsímiles de libros raros y curiosos.
-Me ha costado un buen dinero que me vendieran el original -me confesó
Esteban mientras rasgaba el envoltorio con un barroco cortaplumas-,
pero el libro lo merece.
No quise ni pensar lo que habría pagado por aquello. Frente a
mí, liberado de su prisión de corcho y papel de estraza,
se hallaba un robusto volúmen de varios siglos de antigüedad,
encuadernado en cuero marrón, con tachones metálicos,
y titulado "Relación de todos los libros prohibidos y mandados
expurgar por la Santa Inquisición, en el año 1611 de nuestro
señor".
-Puro morbo -me dijo mi anfitrión, con un entusiasmo rayano en
el fanatismo-. La edición de 1611 es la que recoge todos los
títulos prohibidos hasta la fecha, en lugar de las vulgares crónicas
anuales que circulan por ahí.
Le confesé que no le veía el morbo por ningún lado.
En realidad estaba un poco molesto: con lo que a mi me costaba llegar
a fín de mes, y este tipo se gastaba auténticas fortunas
en libros raros... me parecía un despilfarro...
-Pues es muy sencillo -me contestó, sin percatarse de mi mal
humor-. El mejor sitio para buscar grimorios, o simplemente libros interesantes,
es éste. Todo lo bueno lo prohibían. Aquí aparecen
señalados muchísimos libros de los que nadie ha oído
hablar jamás.
En efecto. Mientras pasaba las páginas, pudimos observar, en
una preciosista y elaborada letra gótica, unas minuciosas descripciones
de lo que parecían debían de ser unos libros de los más
interesante. Herboristería, medicina, alquimia, filosofía,
tesis heréticas... e incluso algunos que aparentemente debían
de ser inofensivos, como el caso de varias crónicas militares,
o hasta novelas de caballería.
-Véte tu a saber porqué los prohibieron -me dijo Esteban-.
A lo mejor describían algunas cosas demasiado fuertecillas...
eróticas o heréticas, daba igual. Todo lo interesante
les parecía mal...
Se detuvo abruptamente, fijó la vista en la página, y
me miró entusiasmado. Tras mirarle, me fijé en el párrafo
que señalaba con el dedo.
"Compendio
de mitología espaniola"
Colección de antiguas leyendas y saberes desta tierra nuestra,
recopilados por Juan de Urnieta, en 1495
Impreso en Toledo, por Luis de Amador.
720 pags in folio
Denunciado por micer Jesús de Aragón
-¡Ahí lo tienes! -me dijo excitado- ¿Nunca te has
preguntado qué ha sido de las antiguas leyendas españolas?
¿Nunca hemos tenido nuestro Zeus, o nuestro Thor, o nuestro Mannanan
Mac Lir? ¡Pues lo teníamos! Pero estos jodíos han
impedido que llegarámos a saber de ellos...
-Pero ¿por qué habrían de prohibirlo? Nunca llegaron
a prohibir las obras clásicas griegas que trataban sobre los
dioses, ni las sagas vikingas... Que yo sepa, nunca se metieron con
la mitología...
-Pues con la nuestra sí. Precisamente con la nuestra... Vaya
pérdida. Ahora nunca sabremos nada sobre los dioses y héroes
que se adoraban aquí hace milenios...
-Hombre, Esteban, algo sí que sabemos... estaban Melkart, Llug,
Anteo...
-¡Extranjeros! Todos son dioses extranjeros. LLug era celta y
Anteo era un personaje de la mitología griega. No importa que
viviera aquí. ¡Leches! ¡Si ni siquiera Melkart es
del todo hispano! Me pregunto que ocurriría con ese libro. ¿Quemarían
todos los ejemplares?
-Aunque hubiera quedado alguno -le respondí excéptico-
ahora sería totalmente imposible de encontrar.
-No creas, no creas. Nada es imposible si sabes dónde buscar...
Y comentando aquel tema, regresamos a la fiesta.
II
No
volví a ver a Esteban en muchas semanas. A menudo me llamaba
para preguntar qué tal me iba, y para que le contara sobre nuestros
amigos comunes, pues últimamente no asistía a la tertulia
de los jueves por la noche, a la que había comenzado a aficionarse.
Tras las primeras llamadas, dejé de tener noticias suyas y me
correspondió a mí llamarle. En las contadas ocasiones
en las que le localicé, Esteban se mostró impaciente por
terminar la conversación, a la par que un poco misterioso, como
si deseara dejarme de inmediato para dedicarse a cierta ocupación
secreta.
Por fín, a finales de noviembre, recibí una llamada suya.
Me invitaba a cenar en su casa, pues decía tener algo interesante
que mostrarme. Parecía exultante, y con ese rasgo suyo de niño
travieso que mostraba cuando había conseguido algo especialmente
brillante o difícil.
Me presenté en su casa con dos botellas de vino: un Sangre de
Toro y un Gran feudo de Chivite. No estaba la cosa para Vega Sicilia.
-¡Hombre, chaval! -me recibió -¡Pasa, pasa!-. Le
seguí a la cocina, y le observé mientras metía
el clarete navarro en el congelador. Tenía jamón recién
cortado. Armado del plato y de la botella de tinto, me indicó
con señas que cogiese dos copas y le siguiera.
Al llegar al salón, vi abierta la boisserie, y la "Cámara
del misterio" a la vista. Esteban se encaminó hacia ella,
echando fugaces vistazos a la etiqueta de la botella de tinto.
-Bueno Esteban, chico, ¿a qué viene tanto misterio? -estallé
por fin, impaciente.
-Ya lo verás, ya lo verás... -Comenzó a descorchar
el vino.- Toma asiento.
La cámara seguía tal y como la recordaba, algo más
desordenada, quizá. Sobre el escritorio se hallaba, una vez más,
un paquete. Estaba abierto.
-En esta ocasión no he podido evitar abrirlo -me dijo mi anfitrión.-
Pero no era para menos...
Me acerqué al paquete y vislumbré un enorme y ajado volúmen
que tendría fácilmente quinientos años... Su grosor
era considerable; unas novecientas páginas, calculé mentalmente.
-Bueno, pues ahí lo tienes. - me dijo con orgullo-. Ya te dije
que todo se podía conseguir...
Confieso que ya ni me acordaba de a qué se refería. Pero
cuando leí el título del volúmen, parcialmente
gastado y con una gran mancha de humedad... "Compendio de mitología
espaniola"...
-¡Hostias, Esteban! No será....
-ES
Aquella velada la pasamos hojeando el tomo aquel, y picoteando algunos
hojaldres que mi anfitrión había comprado en el Corte
Inglés. Esteban me comentó que no se había molestado
en contarle a nadie lo del libro, pero que se había acordado
de mi.
-Al fin y al cabo eres el único que se percató de la existencia
de la cámara. Nadie más la conoce... Y demostraste saber
bastante sobre mitología local, de modo que pensé que
merecías verlo.
Mientras se lo agradecía con entusiasmo no pude evitar pensar
que quizás era que necesitaba compartir aquel hallazgo con alguien.
Necesitaba decirle a alguien "¡He conseguido un libro cojonudo!".
En aquel instante, me dió un poquito de pena.
El "Compendio..." era mucho más que un estudio sobre
mitología. Era EL ESTUDIO. Un completísimo tratado cosmogónico
que, según pude vislumbrar, se ocupaba tanto de dioses como de
reyes, héroes, ceremonias, ciudades... algunos de los cuales
me sonaban, por parecerse a sus homónimos griegos o fenicios.
Otros, en cambio me eran absolutamente desconocidos, nombres como Ptkaureón,
Kítamosh, Baeluk-Nagh... Pero había más. El "Compendio..."
mostraba, además, complejos ritos e invocaciones, signos extraños
que jamás había visto -excepto en algunas arcaicas inscripciones
íberas-, complejas disposiciones de altares y, en fín,
una miríada de datos que sobrecargó nuestros sentidos
a las pocas horas.
-Esto hay que verlo con calma -comentaba Esteban, mientras limpiaba
con su manga un rastro de frío Chivite que le había quedado
en la comisura de los labios.
-Desde luego -concedí. -Tiene demasiada miga como para verlo
de prisa. Pero ¿Crees que será cierto? Quiero decir que
es todo tan extraño... Bueno, hay algunos puntos en común
con partes de las mitologías griega y fenicia, pero hay otras
cosas tan diferentes... tan ajenas... ¿No podía ser que
a su autor se le fuera la cabeza y lo inventara todo?
Aquella observación no le hizo mucha gracia a Esteban.
-Hay que ver qué aguafiestas eres -me dijo medio riendo.- No
sé, no sé. Lo que me escama es que lo prohibiera la Inquisición...
No creo que lo hubieran hecho si su autor fuera un pobre loco inofensivo...
Bueno. Ya veremos...
Como quiera que eran ya más de las dos de la madrugada, me despedí
de mi amigo, y regresé a mi casa algo mareado por las dos botellas
de vino que nos habíamos trasegado.
Tres
días más tarde recibí una visita inesperada. Eran
más de las diez de la noche. Me encontraba terminando una traducción
cuando sonó el timbre de la puerta.
Esteban estaba en el umbral, pálido y desencajado. Me dirigió
una sonrisa forzada, poco convincente. Había miedo en sus ojos.
Alarmado, le invité a pasar y le pregunté si ocurría
algo.
-No... Bueno... -parecía dudar sobre si contarme algo-. Lo que
pasa es uno de mis vecinos se muda, y era el que tenía mis llaves
de repuesto...
-No me digas que te has quedado en la calle...
-No, no, qué va... pero verás... me gusta dejar un juego
de llaves a alguien de confianza por si las pierdo, o me atracan...
yo que sé...
Lo cierto es que yo hacía lo mismo, pero aquella noche, en boca
de Esteban, esas palabras adquirieron unos matices misteriosamente siniestros...
-Claro, hombre, lo que sea- le dije en tono apaciguador, aceptando un
manojo de llaves que Esteban me tendía.- Pero pasa, hombre, quédate
a cenar...
-No, lo siento. He quedado...
-¿Cómo va el "Compendio..."? ¿Has hecho
algún descubrimiento asombroso?
Aquello le cambió la cara. Me miró fijamente, con un destello
de locura en sus pequeños ojos. Tardó en responder, como
si discurriera sobre cuánto debía contarme.
-No te puedes ni imaginar, amigo, no te puedes ni imaginar...
Extrajo un "ducados" de una arrugada cajetilla de tabaco y
lo encendió con pulso tembloroso.
-Hay cosas en ese libro... cosas que no soñarías que pudieran
existir...
-Pero, hombre Esteban, es sólo un libro. ¿No le estarás
dando demasiada importancia? Venga. Pasa y tómate algo.
-¡No lo entiendes! -estalló Esteban histérico -
¡No es sólo un libro! ¡Es real! Todo aquello existió.
Todo. Y ha llegado hasta nosotros en forma de indicios, de tradiciones
incomprensibles, de costumbres extrañas, veladas por el paso
de la historia... ¿Nunca te has preguntado el porqué de
la importancia del toro en este país?
Aquello me sonaba totalmente ridículo. No pude reprimir una sonrisa
irónica.
-Porque somos unos machotes... -aquello no le hizo ni pizca de gracia,
de modo que intenté arreglarlo-. Pero no somos los únicos,
Esteban, la cultura minóica le rendía culto hace ya una
eternidad...
-Si, -respondió con una sonrisa grave, casi macabra-, desde los
albores del mundo... como tú dices, la cultura mediterránea
le rendía culto... y era un culto espantoso aquel, espantoso...
y universal... y no fue el único...
-Ya Esteban, pero ¿Un toro...?
-Los hombres tendemos a humanizar a los dioses, a darles formas humanas
o animales para aprender a aceptarlos, para que nuestras mentes pudieran
concebirlos, dándoles formas que pudiéramos reconocer...
pero su parecido se limitaba a ciertos rasgos... Eran... montruosos...
indescriptibles... y sus siervos... sus siervos...
Para aquel entonces, era evidente que mi amigo estaba en estado de shock.
Decir que me preocupé sería quedarse corto.
-Venga Esteban -le dije con voz firme-, debes de entrar y contarme eso...
Y tomarte algo. Y no aceptaré un "no".
Bastante a regañadientes penetró en el salón. Volé
a por unas cervezas, aunque luego me lo pensé, ya que tenía
intención de hacerle tomarse un valium. Cuando me asomé
al salón a preguntarle si quería algo caliente, le encontré
sentado, medio sonriente, afirmando con la cabeza y hablando solo, como
si hubiera llegado a una conclusión.
-Claro, -decía-, el laberinto... tiene gracia...
-¿De qué laberinto hablas?
Cuando me miró, sus ojos arojaban fuego.
-Hablo de uno de nuestros dioses ¿sabes? Sólo de uno.
Ptkaureón, la inmencionable bestia astada. Dejó aquí
su simiente, el muy bastardo... Nos tenía bien cogidos... y todavía...
todavía...
De súbito, pareció reparar en algo. Me miró con
pánico y corrió hacia la puerta. Evidentemente, traté
de detenerle, pero parecía poseído por alguna fuerza de
la naturaleza ¿Qué le había ocurrido a mi amigo?
Le seguí por las escaleras, pero al salir a la calle, me percaté
de que iba ataviado con sólo mi pijama, mi bata y mis zapatillas.
no estaba yo para correr por la calle, con la que estaba cayendo. Regresé
a mi casa.
III
Esa
misma noche, y durante los días siguientes, llamé por
teléfono a Esteban en numerosas ocasiones. O no estaba en casa
o no deseaba contestar.
Mi preocupación me llevó a pasarme por su casa, pero no
ví luz desde la calle, y no contestó al telefonillo.
Por fín, diez días más tarde, recibí una
visita que estaba temiendo. Un señor bastante serio, perteneciente
al cuerpo de policía, se presentó una tarde en mi domicilio
para preguntarme por Esteban.
-Dicen que le conocía bien- comenzó el agente.
-Pues si, éramos amiguetes, pero dígame ¿Le ha
ocurrido algo?
-Dígamelo usted
-¡Pero oiga! ¡Yo que sé! Usted sabrá por qué
ha venido.
El policía puso cara de malas pulgas. Parecía una de esas
personas que han llegado a pensar que todos los hombres son unos criminales.
-La tía del señor López, que por lo visto es su
única pariente, nos informó de que su sobrino llevaba
dos semanas sin visitarla, hecho que, según ella, no tenía
precedentes. En su trabajo no aparece desde hace más de una semana,
y no ha llamado, ni hay manera de localizarle. Y hemos accedido a su
vivienda con la llave del vecino -aquello comenzó a sonarme extraño-
y no había ni rastro del señor López. Por cierto,
hay que ver qué cantidad de libros viejos tiene... hasta huelen
mal, de lo viejo que es el papel. Y de él, ni rastro. Sus maletas
estaban en el armario. Vacías. Su pasaporte y documentación
en su despacho. Y no parecía faltar ropa del vestidor. Así
que, dígame ¿Dónde puede haber ido su amigo?
No supe qué contarle a aquel hombre, salvo que últimamente
Esteban parecía muy alterado. Le referí su visita de la
pasada semana, y que a partir de entonces no había tenido noticias
suyas, pero que no se me había ocurrido pensar que la cosa fuera
a ponerse tan fea.
Me dió la sensación de que, de algún modo, se percató
de que le ocultaba algo, pero ¿cómo contarle lo del "Compendio..."
y las fantasías de Esteban sobre malignos dioses astados...?
Tras insistir en que le llamara si recordaba algo que pudiera serle
útil, el agente se marchó de mi casa.
Aquella noche le estuve dando vueltas al asunto. ¿Dónde
se habría metido Esteban? Era más casero que un cangrejo.
No le gustaba salir de viaje, lejos de sus adorados libros. ¿Cómo
era posible que aquel libro le hubiera afectado tanto? Luego recordé
la llave que me había dejado. Por lo visto la excusa del vecino
era falsa. Esteban quería que yo tuviera una llave de su piso...
Eran las dos de la madrugada, y no podía dormir. Me vestí,
agarré las llaves de Esteban y bajé hacia el coche.
Llegué a casa de mi amigo veinte minutos más tarde. Las
calles de la ciudad estaban casi desiertas (Madrid nunca está
del todo desierta por la noche). La puerta de entrada no mostraba señales
de haber sido abierta, ni el precinto policial que yo esperaba (supongo
que he visto demasiadas películas). Entré en silencio
en la vivienda. Estaba a oscuras, en silencio. Una punzada de miedo
irracional me embargó con una fuerza terrible, y no se calmó
hasta que, a tientas, conseguí encontrar el interruptor de la
luz, e iluminar el vestíbulo. A pesar de ello, sentía
una extraña sensación... no sabría explicarlo...
una especie de... presencia...
Mientras avanzaba por la casa, iba encendiendo todas las luces. Me daba
igual que pudieran verse desde el exterior. No pensaba dejar lugar alguno
en penumbra aquella noche. Como me había dicho el agente, no
había rastro alguno de mi amigo, ni nada que pudiera indicar
su paradero. Entonces... Recordé.
Corrí hacia el salón plagado de libros, y mientras me
detenía en la estantería, comprendí el comentario
del agente acerca del olor a papel podrido de la librería...
solo que, evidentemente, no era papel...
Presioné hacia abajo el "Liber Ibonis", y la cámara
se abrió ante mí. La cámara... y el horror.
El interior de la cámara se hallaba destrozado. En un caótico
desorden de sangre y hojas de papel echas trizas... El suelo, bajo la
sangre, parecía haber sido grabado con extrañas inscripciones,
parcialmente borradas y desgastadas por lo que parecían ser...
enormes huellas con pezuñas...
Mi amigo yacía al fondo de la sala, convertido en una masa sanguinolenta...
tras mirar las marcas del suelo y su cadáver, que parecía
apoyado a la pared, comencé a llorar de espanto y a farfullar
incoherencias, reprochando a mi amigo que hubiera sido tan estúpido...
tan curioso...
Me acerqué a él, sollozando, y comprobé cómo
su torso destrozado parecía estar clavado a la pared, por un
objeto ancho que ya no estaba allí... Su rostro... mostraba la
más absoluta expresión de horror que imaginarse pueda,
un horror sobrehumano, extraterreno, y sus ojos... sus ojos parecían
haberse fundido, literalmente, dentro de las órbitas craneales,
derramando una grisácea sustancia gomosa sobre sus mejillas...
Evidentemente, vomité.
Abandoné la estancia, dando tumbos, profiriendo sonidos que no
eran ni alaridos, ni palabras del todo formadas...
Y mientras corría, presa del pánico, por las oscuras calles
de la ciudad, no podía dejar de recordar el destrozado torso
de mi amigo, como atravesado por un asta de descomunal tamaño...
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