La sombra proyectada © Dogon, Jorge R. Ogdon
 

La sombra proyectada

Dogon

Fue la otra noche, después de la última función, la "segunda de la noche", cuando la vi por primera vez. Yo salía de la garita del proyectorista - porque soy quien maneja el proyector, ya saben -, y me encontraba cerrando la puerta; fue entonces que, por el rabillo del ojo, me pareció percibir una suerte de sombra o algo así. Oscuro, era. Bueno, que, les decía, parecía deslizarse furtivamente por sobre el encalado de la pared del corredor.

Se imaginarán mi sobresalto: el cine silencioso totalmente, la pantalla ciega detrás del pesado telón desgarrado y desvaído, sin luz, sin imagen, sin diálogos, ni risas ni llantos, ni gritos de espanto ni tronar de pistolas y cañones. El ambiente de un cine al final de la jornada es de desolación, de falta de vida... de toda vida. El aire del lugar solamente iluminado muy débilmente, como en una casi total ceguera, por esas lamparitas rojizas o amarillentas, pero siempre mortecinas, que parecen pertenecer mejor a un nicho de cementerio que a un lugar de reunión de gente que viene a distraerse un par de horas.

Imagínenme con mi saco de lana marrón, mi gorra de visera gris, mis bigotes de morsa, acompañando las canas de mis sienes; calvo (por eso la gorrita) de pelos ralos y blanqueados por los años. Pesados años de proyectorista de este mismo cine decadente, enclavado por décadas a cincuenta metros de la bocacalle de Lexinghton y Onion Bulevard, entre la tienda de telas para mujeres "Body & Castle, Co.", a mi izquierda, y la de golosinas y tabaco "Ugly´s Delight", a mi derecha. Y vaya nombre que tenía la tienducha del viejo MacNanty, ¿eh? Bueno, décadas en las que mi único mundo han sido las películas proyectadas en el "Amazing Dreams", el callejón trasero de su edificio y la pensión de la "bruja Faith", como le decimos a la casera todos los que tenemos la desgracia de sobrevivir bajo su techo. Pero todo eso ya lo saben. Vamos, pues, al asunto en cuestión.

Decía, entonces, que me sobresalté y me volví largando un grito entrecontado, "¡¿Qué?!", o algo parecido, y, entonces, ya se había movido más allá de mi vista, estaba otra vez como visible por el rabillo del ojo, así como de reojo, ustedes me entienden. O sea que se había corrido como metro y tanto, más o menos, de donde la vi la primera vez que me percaté de ella. Bueno, pues que miré hacia ese lugar, y, entonces, ¡paf!, la muy maldita se había vuelto a desplazar otro tanto, llegando casi hasta donde el corredor hace un codo y lleva a la puerta de salida. Sí, esa con el viejo letrero luminoso, como en las películas. Así como bromeando conmigo mismo pensé, "Esta condenada no me va a ganar la carrera". En realidad, ahora pienso que lo dije para tranquilizarme, porque tenía miedo. Sí, m-i-e-d-o, con todas las letras, no me avergüenza admitírselos. ¿Porqué habría de negarlo, eh? Ya les conté cómo eran las condiciones del lugar, y más de uno habrá pensado que era tan lúgubre como mi propia vida, ¿eh?... ¡Qué me puede importar a mí!...

Bueno, la cosa es que la sombra esa, que no sé todavía si era eso, parecía esperarme en el rabillo de mi ojo derecho; esperarme para seguir esa insensata carrera, como dije... Pero, ¿me creen lelo o loco? ¡Claro que no era mi propia sombra! Pero, ¿con quién se creen que hablan? ¡Digo la verdad, a no dudarlo! Bueno, entonces, me preparé para llegar hasta ella lo más rápido posible, a ver si podía arrinconarla en el recodo que les dije, ya que la única llave de esa puerta colgaba del cinturón que sostenía mi pantalón. Sí, estas mismas llaves, mismo llavero, mismo cinturón y mismo pantalón de lanilla gris. Todo lo mismo, que es mi único vestuario desde que murió Marian, Dios la tenga en la gloria.

En fin, les decía que, de reojo, la percibía como latiendo, ... a la sombra, por supuesto. Sí, como un corazón de esos que muestran en los documentales médicos, pero distinto... Claro, hay que imaginarse a una sombra latiendo, yo comprendo. Pues nada, que en un instante me abalancé hacia ella, con la velocidad de movimientos que mi edad me permite. No inventaré nada. Me le eché encima lo más rápido que pude, les dije, pero, ¡nada! Ya sé, ya sé, sus miradas de incredulidad me hacen sentir mal, porque no estoy mintiendo, vamos, ¿con qué fin? ¿Acaso somos adolescentes alrededor de un fuego en medio del bosque, a medianoche? Vamos, ¿por quién me toman?... Y, si me dejaran hablar y no pusieran esas caras. Bah, que me importa a mí, porque, ¿saben?, la muy maldita había dado la vuelta al recodo y ya no podía verla, ¡ni de reojo! Como se imaginarán, literalmente me zambullí en el recodo ese y... ¡nada, no había nada!

Yo esperaba que estuviera a la vista de mi rabillo del ojo, sobre la puerta, aguardándome sin poder salir. Esperaba verla acorralada, entre la puerta y yo, sin posibilidad alguna de que se me escabullera de nuevo. Pero no, se había esfumado, así nomás... Increíble, ¿no es cierto? ¿Que qué hice? Pues nada, abrí la puerta y me marché sin mirar atrás, por el estrecho callejón, hasta la pensión. No, qué voy a comer nada, si ni siquiera pegué un ojo esa noche. No, claro que no. No, ya no le tengo miedo. Desde aquella vez, todas las noches me plantea el desafío, si no de ganarle, al menos de alcanzarla. Y claro, por supuesto que yo acepto el reto. Con la vida que he llevado desde la muerte de Marian, ¡cómo voy a rechazar lo único emocionante que me pasa en la vida! Y es astuta, ¡ja, vaya si lo es!... Pero hoy sé que voy a conseguirlo, que voy a ganarle la carrera... Es más, tengo el presentimiento de que si le gano podré cruzar la puerta sin tener que usar las llaves, ustedes me entienden ¿no?

No, no estoy para otra copa más. Tengo que irme ya, empieza la función vermut y tengo que enganchar los dos rollos de la nueva película. Bah, nueva, es más vieja que yo, pero a la gente le sigue atrayendo. No, no van tantos, pero sí los suficientes para ir tirando. Claro, la carrera es después de la "segunda de la noche", como siempre. Deséenme éxito. Si me ven mañana, es que habré perdido y les tendré que pagar una vuelta, pero si no, no duden de que habré triunfado y estaré gozando de mi premio. Y, como me tengo fe, será hasta nunca, amigos...

 

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