La obsesión onírica de Arthur © Dogon

La obsesión onírica de Arthur

Dogon

- Pero es de lo más normal, Arthur. Muchas personas sueñan que caen al vacío. Ya hace unos años el doctor Sigmund Freud de Viena demostró que, a pesar de los incontables entornos de las imágenes oníricas,... él decía que el trasfondo constante de esas fabulaciones nocturnas es el mismo. Las interpretaciones podrán variar según cada soñador o cada especialista, pero el nudo de la cuestión es el mismo: el temor a lo desconocido.

- Pero eso no me parece tan así, doctor, porque, a veces, esa caída se asocia a la sensación de volar, ... de elevar vuelo, mejor dicho y, aunque en muchas ocasiones me cuesta un Perú mantenerme volando, casi siempre es en situaciones en las cuales, que eso ocurra, es una bendición.

- Aunque, después de su gran esfuerzo, Arthur, usted cede al terror al verse caer, ¿no es verdad?

- ¡Así es, doctor! ¿Cómo lo supo usted?

- Porque es parte de la estructura de ese sueño. Lo que demuestra que lo que le digo es la verdad. Su recurrencia, en su caso, puede enseñar un ligero rasgo de obsesión, pero nada que no podamos solucionar. Tenemos que focalizarnos en el origen de ese sueño, Arthur, algún hecho que afectó negativamente su infancia, algún, como se dice... trauma.

- No puedo pensar en ninguna clase de evento, ¿cómo dijo?, trauma, eso...

- Evento traumático, Arthur. Sí, usualmente la caída onírica viene asociada al temor provocado por una ocurrencia temprana, muy conmocionante, que se oculta a la conciencia de esa manera, pero que, igualmente, emplea esa vía para manifestarse a aquella. Ocasionalmente, incluso, puede revelar el miedo a dejar de ser uno mismo.

- ¡Eso, doctor, eso! ¡Ha dado en el clavo! ¿Cómo explicarlo? "Miedo a dejar de ser uno"... ¡Eso es lo que siento en la pesadilla! Miedo a de dejar de ser yo..., es más, le diría que temo convertirme en otro.

- ¿Ve, Arthur? Ya nos vamos acercando al meollo de la cuestión. Pero, ¿por qué llama pesadilla a su sueño recurrente?

- Porque lo es, doctor, es una pesadilla espantosa. Tengo que contárselo todo, ¿no es cierto? ¡¿Solamente así me curaré, no?!

- Así es, Arthur. Pero, por Dios santo, Arthur, está temblando. Calma, calma, está en mi estudio, conmigo, todo está bien aquí, no debe temer nada.

- Es que sé que la próxima vez será la última, ¿entiende, doctor? ¿Ellos me matarán! ¡Qué, peor aun, se llevarán mi alma, me llevarán con ellos a esos lugares, doctor!

- Calma, Arthur, calma. Vayamos por partes, ¿quiénes son ellos? (Parece que además de una persistente obsesión, también está mostrando rasgos paranoides).

- Usted no sabe, doctor, no puede saberlo... Hay más cosas en este mundo..., eso sí lo sabe, ¿no? Bueno, no sé si decirle... Pues no sé si no me encerrará en un loquero, ¿eh?

- Arthur, le garantizo que no le veo tan mal como para llegar a ese extremo. ¿Porqué mejor no empezamos por el sueño y luego vemos esos otros temas?

- El sueño... Indecible, doctor, pero trataré. Mi único temor es que se produzca de nuevo... Se aparece bajo mil maneras diferentes... El sueño, digo, y a cualquier hora, también. Porque no es que me quede dormido, sino más bien que entro en una duermevela, o algo así, aun cuando estoy caminando, en el colectivo, en la calle, en cualquier parte. Lo curioso es que sigo haciendo todas esas actividades como si estuviera despierto... más bien, lúcido...

- En su estado de vigilia.

- Eso, doctor, estado de vigilia... ¡Por Dios, doctor, yo llevaba una vida normal, como la suya!

- Comprendo, Arthur, comprendo. Siga, por favor.

- Bueno, entonces es como si me atrapara, esta pesadilla. Me encuentro andando por unos parajes de oscuridad nunca vista, pero con suficiente luminosidad como para distinguir masas de negritud aun mayor, que se elevan estáticas como monumentales columnas o con perfiles de inimaginables construcciones,... atlánticas, faraónicas, babilónicas... No sé qué adjetivos ponerles ni con qué edificio erigido por manos humanas compararles. Eso, son incomparables. Majestuosos y, a la vez, me causan un enorme asco. Porque, ¿sabe, doctor? Nada de eso es humano. Es, creo, una imagen del Infierno... En serio, doctor. Pero no sueño con Satanás o su cohorte de demonios; no, señor, es otra cosa. En fin, que no hay nada vivo allí, doctor, eso lo entiende, ¿no? ¿Puede concebirlo, absolutamente nada vivo? No hay vegetación alguna ni animal de especie ninguna. Y hasta le diría que casi no hay cielo ni tierra ni nada parecido. No lo puedo explicar, doctor, es inútil...

- Vamos, Arthur, lo está haciendo muy bien.

- Pues nada, que entonces, cuando me doy cuenta del lugar en que me encuentro, empiezo a subir y subir por uno de esos edificios, o lo que sean, y lo hago por una escalera de piedra mohosa y fungosa, que pareciera que nadie ha hollado en millones de siglos... Oiga lo que digo, doctor, millones de siglos... Por eso también sé que no son de este mundo.

- Bueno, Arthur, pertenecen al mundo de sus sueños.

- No, doctor, no me refiero a eso. ¿Cómo puede alguien soñar con sitios y cosas que jamás podrían ser comparadas con nada de lo que existe? ¿Eh, dígame, doctor? Pero, bueno, no importa. No entendería, tampoco. La cosa es que cuando estoy ascendiendo esos centenares de miles de escalones, siento, detrás de mí, algo; no es un ruido o un rumor, ni veo sombras ni nada de eso, no, señor. Es algo que... ¡Por Dios, doctor, que me hace temblar de pies a cabeza!

- Por favor, Arthur, tiembla usted como una hoja. Cálmese o tendré que sedarlo.

- ¡No, eso no, doctor, no tengo que dormirme, por favor! Seguiré,... seguiré más tranquilo, se lo juro. Mire, escuche bien , doctor, por favor. Eso que viene detrás de mí, ¡ah, nunca lo veo, doctor, nunca! Pero está ahí, atrás mío, en pos de mí. Aunque lo peor viene ahora, doctor, preste atención. Cuando le siento, salgo disparando escaleras arriba, y subo y subo, escalón tras escalón, los voy dejando atrás, increíblemente sin fatigarme en lo absoluto. Claro, dirá usted, es un sueño persecutorio mezclado con el vuelo onírico y todo eso... ¡Aaahh, doctor, qué me pasa! Oooh..., por un momento sentí un gran dolor en el hombro... ¡Áaah!... Bueno, pues que eso no deja de estar constantemente detrás de mí, y yo sigo subiendo alocadamente, ahora sudando y bufando como un toro, y corro y salto y ya no doy más, pero mis piernas parecen seguir solas y mi cabeza arde con los fuegos del averno y..., entonces, llego a una puerta-trampa, que empujo como si fuera de cartón... ¡Aaah, doctor, duele, aaayy!

- Ya mismo le administro un sedante, Arthur, y deje de contarme esta historia ahora mismo.

- ¡Aaaaaaaaaahhhhh, corro..., corro,... no me atraparás, maldita cosa, nooo!

- Arthur, por Dios santo, ¡¿qué le ocurre?!

- ¡Nooooo, la terraza! ¡La terraza! ¡Negro arriba, negro abajo, todo negro y eso detrás de mí!... ¡Son más de uno... son todos ellos,... hambrientos, ahhh ahhh! ... El vacío... negro,... negro, el vacío... ¡Aaaaaaaaaahhhhhh, el Vaaaaacíiiiiiiiiiiiiiiooooooooo..............!

- ¡Santo cielo, Arthur, Arthur! ¡Oh, madre de Dios, qué horror! ¡¿Qué está ocurriendo aquí?! ¡Arthur!... ¡Noooo, Arthuuuuuuuuur!

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Cuando Scotland Yard llegó al consultorio del Dr. Michael Brand, le encontró, tanto a él como a su secretaria, en un estado de total conmoción nerviosa, y tuvieron que ser trasladados de urgencia al Backstreet Hospital, Londres W.C., donde siguen internados hasta el día de hoy: locura irreversible fue el diagnóstico inmediato. Lo que allí encontraron los agentes policiales está rodeado del más estricto secreto; lo único que se sabe es que un paciente suyo, de nombre Arthur (a secas, pues sus señas particulares no han sido reveladas ni filtradas a la prensa), fue encontrado muerto a palos o mazazos - así dicen -, ya que no le quedaba un hueso del cuerpo sano y el mismo se encontraba reducido a una repugnante masa de carne, sangre y huesos molidos. Un agente, que ha preferido permanecer anónimo, comentó que era como si lo hubieran dejado caer desde las nubes del cielo. Se especula que el Dr. Brand pudo, o no, haber sido el autor de tamaño homicidio. De una manera u otra, no se le juzga a los locos, aunque no se duda de que permanecerá en el hospicio de por vida, y que otro tanto ocurrirá con la señorita Janice Preston, su secretaria. Algunos rumores, no corroborados, hablan de una curiosa materia gelatinosa y pegajosa que fluía del cadáver, de una negritud nunca vista, que prontamente se evaporó sin dejar rastros.

Comentarios del señor James Stewards, columnista del Herald Sun News de Londres, 17 de octubre de 1907.

 

 

 

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