Herbert
West: Reanimador
H.P. Lovecraft
Traducción de Selina Frye
II. El Demonio de la Plaga
Nunca olvidaré aquel verano horrible hace dieciséis años, cuando como gas nocivo desde los salones de Eblis acechaba la fiebre tifoidea sobre Arkham. Es un azote satánico por lo que la mayoría recuerda el año, como un auténtico terror empollado con alas de murciélago sobre los montones de ataúdes en las tumbas del Cementerio Christchurch; aunque para mí existe un horror más grande en ese tiempo un horror conocido sólo por mí, ya que Herbert West ha desaparecido.West y yo estábamos haciendo el postgraduado trabajando en las clases de verano de la escuela médica de la Universidad de Miskatonic, y mi amigo había logrado una gran notoriedad a causa de que sus experimentos se dirigían a la revivificación de la muerte. Después de la matanza científica de incontables animalitos, el trabajo estrambótico se había detenido al parecer por orden de nuestro escéptico decano, el Dr. Allan Halsey; si bien West había continuado desempeñando ciertas pruebas secretas en su deslucida habitación de la pensión, y en una terrible e inolvidable ocasión, había cogido un cuerpo humano de su tumba en el área de los alfareros, en una granja desierta más allá de la Colina Meadow.
Yo estaba con él en aquélla odiosa ocasión, y le vi inyectar en las quietas venas el elixir con el que pensaba restaurar en cierta medida los procesos químicos y físicos de la vida. Había acabado horriblemente en un delirio de terror que, gradualmente, atribuimos a nuestros nervios sobrecargados y después de eso, West nunca pudo liberarse de una enloquecedora sensación de sentirse perseguido. El cuerpo no había estado bastante fresco; es obvio que para restaurar los atributos mentales normales, un cuerpo debe ser muy fresco; y el incendio de la vieja casa nos había impedido enterrar la cosa. Habría sido mejor si hubiéramos sabido que estaba enterrado.
Después de esa experiencia, West había dejado sus investigaciones durante algún tiempo; pero como el celo del científico naciente retornaba lentamente, de nuevo volvió a importunar a las autoridades de la facultad, suplicando usar la sala de disección y los especímenes humanos frescos para el trabajo que el estimaba tan abrumadoramente importante. Sus ruegos, sin embargo, fueron totalmente en vano; porque la determinación del Dr. Halsey era inflexible, y el resto de profesores apoyaban el veredicto de su jefe. En la teoría radical de la reanimación, no vieron nada, sino que los caprichos inmaduros de un joven entusiasta cuya descuidada figura, pelo rubio, ojos azules con gafas, y voz suave, no les dieron indicios del poder sobrenatural poco menos que diabólico del frío cerebro que contenía. Ahora puedo ver como fue después y tiemblo. Aumentaba la rigidez de su cara, pero nunca envejecía. Y ahora, el Asilo Sefton ha tenido el contratiempo y West ha desaparecido.
West chocó desagradablemente con el Dr. Halsey, cerca del final de nuestro último período de estudiantes, en una disputa verbal que le dio menor reputación que al bondadoso decano en cuanto a urbanidad. Sentía que era, innecesaria e irracionalmente, retrasado en un trabajo soberanamente colosal; un trabajo que, ciertamente, podría conducirle a un pleito en los años posteriores, pero que deseaba comenzar mientras todavía poseyese las facilidades excepcionales de la universidad. Esa vieja idiosincrasia que ignoraban sus resultados singulares sobre animales, y que persistían en su negativa de la posibilidad de la reanimación, eran detestables y totalmente incomprensibles para un joven con el temperamento lógico de West. Solamente una gran madurez podría ayudarle a entender las limitaciones mentales crónicas del tipo profesor-doctor el producto de generaciones de patético puritanismo; benevolente, concienzudo, y algunas veces gentil y afectuoso, sin embargo siempre limitado, intolerante, costumbrista, y carente de perspectiva. La edad tiene más caridad para estos caracteres incompletos aunque medio contaminados, cuyo pésimo vicio auténtico es la falta de coraje, y que al final son castigados por el ridículo general hacia sus pecados intelectuales pecados como el ptolomeismo, calvinismo, antidarwinismo, antiniestzenismo, y todo tipo de sabatarianismo y legislación superflua. West, joven a pesar de sus maravillosas adquisiciones científicas, tenía escasa paciencia con el bueno del Dr. Halsey y sus ilustrados colegas; y cuidaba y aumentaba el resentimiento, asociados a un deseo de demostrar sus teorías a esas personalidades obtusas en un estilo llamativo y sensacional. Como la mayoría de los jóvenes, se abandonaba a la elaboración de sueños de venganza, triunfo magnánima absolución final.
Y entonces, había llegado el azote, riendo burlonamente y letal, desde las cavernosas pesadillas del Tártaro. West y yo nos graduamos más o menos en el tiempo de su comienzo, pero permanecimos para un trabajo adicional en la escuela de verano, así que estábamos en Arkham cuando rompió con furia demoníaca sobre la ciudad. Aunque todavía no éramos médicos licenciados, teníamos nuestro título y fuimos frenéticamente empujados al servicio público según crecían los heridos. La situación apenas estaba controlada, y las muertes se sucedían demasiado frecuentemente para el sepulturero local, completamente desbordado. Los entierros sin embalsamamiento se efectuaban en rápida sucesión, e incluso el Cementerio Christchurch recibiendo sepulcros, estaba abarrotado de ataúdes de muertos sin embalsamar. Esta circunstancia no se encontraba sin efecto sobre West, que pensaba a menudo en lo irónico de la situación ¡tantos especimenes frescos, sin embargo ninguno para sus investigaciones perseguidas!. Estábamos espantosamente ajetreados, y la terrible tensión mental y nerviosa hacía que mi amigo pensase morbosamente.
Pero los gentiles enemigos de West no estaban menos atosigados con sus deberes. La universidad había sido cerrada, y todos los doctores de la facultad de medicina estaban ayudando a luchar contra la plaga tifoidea. El Dr. Halsey en particular se había distinguido por su sacrificado servicio, aplicando su habilidad extrema con toda la fuerza de su corazón a casos que muchos otros rehuían a causa del peligro o la aparente desesperanza. Antes de acabar el mes, el valiente decano había llegado a ser un héroe popular, sin embargo parecía inconsciente de su fama, ya que bregaba por guardarse del colapso con cansancio físico y nervioso. West no podía detentar admiración por fortaleza de ánimo de su enemigo, sino que a causa de esto estaba más decidido a probarle la verdad de sus asombrosas doctrinas. Aprovechándose de la desorganización de la tarea universitaria y las regulaciones sanitarias municipales, una noche logró conseguir de contrabando de la sala de disección de la universidad, un cuerpo recientemente fallecido, y en mi presencia inyectó una modificación nueva de su solución. La cosa de hecho abrió los ojos, pero solamente los fijó en el techo con una mirada de horror petrificante antes de colapsarse en una laxitud de la cuál nadie podría avivarlo. West dijo que no estaba bastante fresco el aire caliente del verano no favorecía los cadáveres. Esa vez apenas estábamos cogidos antes de que incineráramos la cosa, y West dudaba la conveniencia de repetir su abuso sobre el laboratorio de la universidad.
La cima de la epidemia se alcanzó en Agosto. West y yo estábamos poco menos que muertos, y el Dr. Halsey murió el día Todos los estudiantes asistimos al apresurado funeral el día 15, y compramos una impresionante corona, aunque posteriormente fue bastante empequeñecida por los homenajes enviados por los ricos ciudadanos de Arkham y por el municipio. Casi fue un evento público, porque el decano había sido, a buen seguro, un benefactor público. Después del enterramiento, todos estábamos algo deprimidos, y pasamos la tarde en el bar de la Casa Mercantil; aunque West, aunque agitado por la muerte de su adversario principal, dejó helado al resto de nosotros con referencias a sus teorías célebres. La mayoría de los estudiantes se fueron a casa, o a diversos quehaceres, mientras surgía el anochecer; pero West me convenció para ayudarle a pasar bien la noche. La casera de West nos vio llegar a su habitación alrededor de las dos de la mañana, con un tercer hombre entre nosotros; y le dijo a su marido que, a todas luces, cenamos y bebimos vino bastante bien.
Aparentemente, esta matrona avinagrada esta en lo cierto; alrededor de las 3 de la madrugada toda la casa se despertó por unos gritos que provenían de la habitación de West, cuando derribaron la puerta, nos encontraron a los dos inconscientes sobre la alfombra manchada de sangre, apaleados, arañados y magullados, y con los restos destrozados de las botellas e instrumentos de West alrededor nuestro. Solamente una ventana abierta anunciaba que había sido de nuestro asaltante, y muchos se preguntaban como había podido viajar después del fantástico salto desde el segundo piso al prado que debía haber realizado. Había algunas vestiduras extrañas en la habitación, pero West apenas recuperó el conocimiento les dijo que no pertenecía al extraño, sino que eran muestras recabadas para análisis bacteriológicos en el curso de las investigaciones sobre la transmisión de enfermedades infecciosas. Le ordenó quemarlas tan pronto fuera posible en la espaciosa chimenea. Ambos declaramos a la policía ignorancia sobre la identidad de nuestro último camarada. Era, dijo West, un extraño afable que habíamos encontrado en algún bar céntrico de un lugar indeterminado. Habíamos estado bastante alegres, y West y yo no deseábamos tener que buscar y encontrar a nuestro belicoso camarada.
Esa misma noche presenciamos el principio del segundo horror de Arkham el horror que, para mí, eclipsó la plaga misma. El Cementerio Christchurch fue la escena de un terrible asesinato; un guarda había sido arañado hasta morir de una manera no solo demasiado horrible para describir, sino elevando la duda acerca de la gestión humana de la acción. La víctima había sido vista con vida bastante después de media noche el amanecer reveló el inefable asunto. El director de un circo de la ciudad vecina de Bolton fue interrogado, pero juraba que ninguna bestia había escapado de su jaula en ningún momento. Aquellos que encontraron el cuerpo, advirtieron una huella de sangre dirigiéndose al sepulcro de la entrada, donde un pequeño charco rojo yacía justo sobre el cemento del exterior de la puerta. Una huella débil se dirigía hacia el arbolado, pero pronto desaparecía.
La noche siguiente los demonios danzaron sobre los tejados de Arkham, y una demencia antinatural ululaba en el viento. A través de la ciudad enardecida, había avanzado una maldición de la cuál alguien dijo que era más grande que la plaga, y de la cuál alguien murmuraba que era la personificación del alma diabólica del la plaga en sí. Ocho casas fueron registradas por una cosa anónima que esparció una muerte roja en su despertar en total, diecisiete mutilados y restos amorfos de cuerpos fueron dejados atrás por el monstruo mudo y sádico que se arrastraba afuera. Unas pocas personas lo habían medio visto en la oscuridad, y dijeron que era blanco y parecía un mono deforme o un diablo antropomorfo. No había dejado tirado absolutamente todo lo que había atacado, sino que a veces había estado hambriento. El número de asesinados por ello eran catorce; tres de los cuerpos habían sido encontrados en casa y no tenían vida.
Sobre la tercera noche bandas desesperadas de buscadores, dirigidos por la policía, lo capturaron en una casa de la calle Crane, cerca del campus de Miskatonic. Habían organizado la búsqueda con cuidado, manteniéndose en contacto por medio de estaciones telefónicas voluntarias, y cuando alguien en el distrito universitario comunicó haber oído arañar en la persiana de una ventana, la trampa se montó rápidamente. A causa de la alarma general y las precauciones, solo hubo dos víctimas más, y la captura se realizó sin mayores accidentes. La cosa finalmente fue detenida por un proyectil, aunque no mortal, u fue despachado al hospital local en medio de la excitación y el odio general.
Eso había sido un hombre. Eso estaba claro a pesar de los ojos nauseabundos, la simiesca voz, y el salvajismo demoníaco. Cubrieron sus heridas y lo transportaron al asilo de Sefton, donde golpeó su cabeza contra los muros de una celda acolchada durante dieciséis años hasta el reciente acontecimiento, cuando escapó bajo circunstancias que a pocos gusta mencionar. Lo que más había disgustado a los buscadores de Arkham fue el hecho que advirtieron cuando la cara del monstruo fue lavada la burla, su increíble parecido a un conocido y sacrificado mártir que había sido enterrado solo tres días antes el finado Dr. Allan Halsey, benefactor público y decano de la escuela de medicina de la Universidad de Miskatonic.
El desaparecido Herbert West y yo estábamos enormemente disgustados y horrorizados. Esa noche me estremecía al pensar en ello; me estremecí más que esa mañana cuando West murmuraba a través de sus vendajes, ¡Diablos, no estaba bastante fresco todavía!.