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El
Necronomicon:
perdido y reconquistado
Mark
Burrell
A
manera de prólogo, y con motivo de la reedición de los relatos
de la época intermedia de Lovecraft, he creído oportuno efectuar
una breve reseña a título divulgatorio de la actualidad del controvertido
y polémico Necronomicón, supuesta biblia del siniestro y primitivo
ciclo mitológico pergeñado por el propio Lovecraft a lo largo
de sus relatos y conocido como el "culto de Cthulhu".
De dicho "culto"
sólo diré lo indispensable: que profesa la creencia en que nuestro
planeta fue habitado hace billones de años por una raza de seres
preternaturales (los "Primordiales"), que por diversas
razones se hallan hoy replegados y que, ya ocultos en las profundidades
terrestres, ya guarecidos en sistemas planetarios cercanos, planean
una nueva e inminente invasión; no será necesario añadir que tal
invasión presupone el exterminio de la estirpe humana. Pues
bien, como ya es fama, una de las técnicas literarias que Lovecraft
y sus "discípulos" más empleaban para darle veracidad
a este mito es la de citar - directa o indirectamente - libros
antiguos y poco conocidos, poseedores de una sabiduría ancestral,
terrible, secreta y prohibida. La mayoría de estos libros, en
los cuales el Necronomicón era el más importante, fueron
recusados como completamente falsos por los críticos y eruditos
en un principio, allá por la década en treinta. Pero el correr
del tiempo, sin embargo, depararía una sorpresa sardónica y casi
macabra.
Desde que en 1956
fueran hallados los ahora célebres Manuscritos Pnakóticos en
Israel, escritos que formaban parte esencial del corpus bibliográfico
lovecraftiano, los adeptos a esta literatura no dejaron de presentir
que el vago y numinoso Necronomicón, compendio del horror
y el espanto, estaba cerca. Por cierto, el index de los
"rnitos de Cthulhu" contenía ya algunas obras de existencia
reconocida aun por los escépticos más radicales: el Thesaurus
Chemicus en Bacon o la Polygraphia de Trithemius, verbigracia,
mencionados eventualmente por sus nombres rimbombantes y exóticos;
de ahí a suponer que quizá ninguno de los libros aludidos por
los escritores del círculo de Lovecraft fuera falso había sólo
un paso, paso que poco a poco fue siendo dado. En la década del
cuarenta, durante el furor de las ediciones póstumas (por
obra y gracia de la editorial Arkham, de Derleth y Wandrei), los
tenaces filólogos descubrieron que tanto la Turba Philosophorlim
como los Vermis Misteriis - de un tal Ludwig Primm
- eran libros verídicos, con alguna que otra copia durmiendo en
oscuros anaqueles de bibliotecas non sanctas. La ola de
revelaciones exhumatorias continuó, así, casi ininterrumpidamente,
hasta que en 1986, exactamente treinta años después de que los
Manuscritos Pnakóticos volvieran a ver la luz, el abominable,
execrable, e infame Necronomicón (o más propiamente, Nekronomikón)
emergió desde la noche de los tiempos. Mr. Joseph Walters,
que antes del hallazgo era un anónimo arqueólogo bostoniano y
ahora es el nuevo hombre fuerte de la Scott Meredith Inc. (la
agencia literaria poseedora de los derechos de Lovecraft), dio
con los tan preciados pergaminos originales en una excavación
en la ciudad de Kalat, Pakistán, en la región donde se extienden
las ruinas de Mohenjo-Daro (literalmente: "ciudad de los
muertos"); lo sugestivo del lugar, sumado a la ya de por
sí siniestra sugestividad de la obra, acreditan un informe más
detallado.

Max Ernst, El ángel del hogar
Portada del
libro Del más allá y otros relatos
Editorial Altamira, Argentina.
Como ya lo revelaran los periódicos
capitalinos en las dos o tres notitas que le dedicaron al descubrimiento
en su momento (sabida es la renuencia que los fanáticos del autor
de El color que cayó del cielo le tienen a los medios masivos
de comunicación), se trata de una serie de pergaminos carcomidos
y anónimos, casi al borde de la descomposición, redactados en
un griego contaminado con elementos orientales (la cultura Gandhara,
a la que sin dudas pertenece la obra y que floreció en la
zona, era un cruce de hindúes prevédicos y griegos alejandrinos).
Las primeras suposiciones de Walters y su equipo (que tal vez
sean también las últimas, ya que los manuscritos han sido depositados
en una vitrina sellada al vacío, a la espera de que el Gobierno
decida a qué museo adjudicárselos), datan este ejemplar del Necronomicón
hacia el siglo II DC, al menos a juzgar por el estado de los
pliegos y por las características del idioma. Al igual que con
tantas otras cosas, la farsa lovecraftiana parece radicar en el
contenido de la obra, ya que no en su existencia: queda dicho
que el tenebroso Reglamento de los Muertos (nekro-nomikós,
en griego) sí existe, pero queda por decir que ni su autor
es el "árabe loco" Abdul Alhazred, ni su tema es el
culto de Cthulhu". La posibilidad de que se trate de una
traducción de un original árabe escrito en Damasco y titulado
Al Azif, como afirmaba Lovecraft, está prácticamente descartada:
la cultura árabe no se desarrolló sino hasta muchos siglos después
de la escritura del manuscrito en cuestión, por lo que Abdul Alhazred
- su supuesto autor - podría haber sido una especie de profeta
o divulgador de estos cantos (cual infausto San Pablo) o, más
probablemente, un personaje ficticio soñado por H. P. L. Olaus
Wormius, por su parte, el presunto traductor al latín, seguramente
no existió; el hecho de que un farsante de la talla del conde
de Cagliostro jurara haber leído la "versión de Wormio"
acaba con toda duda al respecto.
Ahora bien, ¿qué es, entonces,
el Necronomicón? De acuerdo con el extenso artículo que
el propio Walters publicó en el Boston Annual Philological
Digest, trataríase al parecer de una suerte de oda oscurantista,
un alucinado poema épico - el genero épico estaba entonces aún
en boga, pero siempre se lo usaba para cantar temas "nobles"
o "bellos"- sobre la genealogía y la naturaleza de los
primeros dioses que gobernaron el planeta. Estos dioses, los inefables
"Primordiales", son algo así como divinidades paganas
de la tierra y el agua, más cercanas a un Satanás (recuérdese
que en muchos cultos pseudocristianos, Satán es el señor de la
Tierra, en oposición al Señor del Cielo) que a los viajantes interestelares
que se nos describe en El que susurra en las tinieblas. Obviamente,
la analogía con la Teogonía de Hesíodo rápidamente condujo
a que dicha obra fuera reconocida como principal fuente de inspiración
literaria; el problema de la inspiración temática es más arduo
de resolver, pero la hipótesis más fuerte por el momento es la
de que el Necronomicón estaría basado en algún culto antiquísimo
del norte de la India, una mitología bárbara sepultada posteriormente
por la colonización griega y similar, seguramente, a las crueles
religiones practicadas en la mismísima Kalat (donde se ejercitaba
la más horrorosa clase de necrofagia: la patrofagia) y en la Meseta
de Leng (tantas veces mencionada por el deliberadamente equívoco
Lovecraft corno Leng plateau, en especial en su En las
montañas de la locura). La idea de que el abominable panteón
de criaturas sea una pura invención del autor, cuya identidad
queda sabiamente oculta, no ha sido siquiera considerada, ya que
los poetas de la antigüedad (si es que se puede llamar "poeta"
al inventor de semejantes atrocidades) jamás trazaban épicas sobre
meras fantasías, sino que siempre se apoyaban en tradiciones o
leyendas de cierta circulación social.
Ni qué decirlo: el buen Ech-Pi-El
(como él mismo se apodaba en sus cartas) no pudo haber leído el
Necronomicón, pero no hay duda de que lo conocía de nombre y sabía
muy bien la siniestra fama que lo envolvía, fama ya cantada por
Yeats en su saga folclórica irlandesa y recordada al pasar por
Dante Gabriel Rosetti en una epístola a William Blake: such
obscure mysteries as fit for the Necronomicon - readers and other
books of dark science as well (citado por Frank Belknap Long).
La grandeza de Lovecraft reside en la capacidad de aunar diversas
ideas en un sólido conjunto común, de crear y recrear (he ahí
la clave: la mistificación, tan cara a Poe) un coherentísimo mundo
propio a partir de pequeños mundos parciales; en este sentido,
el Necronomicón no es más importante que las literaturas
de Machen y Dunsany, autores que difícilmente puedan omitirse
a la hora de explorar las raíces de la obra de Lovecraft. Después
de todo, en el original hallado por Walters (si es que se trata
de el original), ni siquiera se menciona al gran Cthulhu o al
ignoto "Sello de R'lyeh", por no decir que ni remotamente
se utiliza el lenguaje de los Primordiales (Ph'nglui mglw'nafh
Cthulhu R'Iyeh wgah-nagl fhtagn!, según podemos leer en La
sombra sobre Innsmouth), lenguaje que Lovecraft confesó
haber inventado intentando expresar en fonemas humanos los sonidos
guturales de los seres babeantes y escabrosos que pueblan sus
cuentos. Y mucho menos (siempre según Walters) hay noticias de
aquel dístico hermético de Alhazred citado por vez primera en
La ciudad sin nombre (cuento que inaugura la serie de los
mitos de Cthulhu):
"Que no está muerto
lo que yace eternamente
Y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir".
En el facsímil del primer pergamino,
que el Boston Digest publicó en 1987, se pueden apreciar
la austera portada y los dos primeros versos de la obra, que no
condicen con lo que Walters afirma haber leído, ya que no son
hexámetros y están redactados en un griego clásico y prolijo (el
dialecto llamado "koiné", o lengua común"). Es
probable, sin embargo, que estos dos versos liminares -y varios
versos más - se diferencien levemente del resto (en total, unos
1020); como sea, son significativos en cuanto, siendo parte de
un poema épico, no respetan ningún canon métrico (lo cual para
los griegos era un escándalo estético), y también en cuanto, siendo
los primeros, permiten entrever el carácter general de la obra.
"Lego tó deinós khaos tu ontu próto khrónu / TÚ diós athánatos
hos einai kai uk einai": "Canto lo terrible del
Caos de las cosas anteriores al tiempo, de los dioses inmortales
que son y que no son". Nótese que el autor declara que su
canto va más atrás del tiempo conocido por los hombres, un momento
protohistórico en que aparentemente reinaba el caos y el horror
(el vacío y el desorden eran las entidades cósmicas más temidas
por los griegos), un momento en el que había "otros"
dioses, anteriores a Zeus y su estirpe, que son inmortales"
(pero no increados, porque tienen un origen). El estilo barroco
y la tendencia demonológica ya son evidentes desde el principio
mismo; Walters ha señalado que hay un verso en el que los primordiales
(hoi protoi) están descriptos con nada menos que siete
adjetivos, todos igualmente perversos.
Contrariamente a lo que siempre
se creyó, es imposible que haya existido alguna vez una traducción
española. Tal tesis resultaba plausible justamente por el presunto
origen árabe de la obra; descartado ese origen, queda descartada
también la versión castiza (parodiada por Fco. Torres Oliver y
R. Llopis). Dadas las cosas, el ejemplar hallado en Pakistán parece
ser el único que se conoce, y la cuestión de la fama de la obra
se traslada ahora al problema de su difusión mundial a lo largo
de veinte siglos; si el poema es lo que promete ser (aún no se
ha iniciado la traducción total del manuscrito, y no sería raro
que los trámites burocráticos la demoren varios años más), es
de comprender que su nombre haya circulado con tanta asiduidad,
especialmente entre los esoteristas y los pseudocientíficos.
Por el momento, la que también
sigue creciendo es la popularidad del propio Lovecraft, popularidad
que ya desborda lo meramente literario: la labor de Hans Ruedi
Giger y Stuart Gordon, entre tantos otros, ha transportado la
iconografía lovecraftiana al campo de la plástica y el cine, asegurándole
una permanencia y una revitalización constantes. Amigo de lo latente,
lo sepuleral, lo larval, lo profundo y lo temporariamente inhumado,
Lovecraft está siendo, hoy por hoy, objeto de una exhumación que
lo resignifica, lo reformula y lo despierta de su sueño poroso
y angustiante para traerlo a un mundo no menos pesadillesco: el
de la realidad tangible, moderna y cotidiana.
Mark
Burrell
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