La Escalera
© Wilbur Whateley
Desde que tuve uso de razón siempre sentí la presencia, nunca supe de qué o quién se trataba, pero daba vueltas en mi cabeza, la angustia era constante, siempre tuve miedo de quedarme sólo en aquella cueva. Si tenia MIEDO cuando estaba acompañado, como deberían ser mis sensaciones si me dejasen sólo, en algún momento de soledad, mi mente no podía soportar todo aquello, ni siquiera imaginar cuales serían los horrores que me esperaban en la soledad, siempre que lo pensaba me horrorizaba, no sabría nunca describir el estado de desamparo que me producía aquella palabra: "SOLEDAD".
Cuando bajaba, desde la cueva que era nuestro hogar, la escarpada escalera labrada en el interior de la roca de la montañosa ladera, jalonada por enorme ARCOS por los que llegaba una luz tenue y mortecina, haciendo giros extraños llegando a pequeñas terrazas, para volver a comenzar el descenso sin salirse del interior de las paredes rocosas.
Siempre miraba con cuidado a través de los arcos y veía la altura a la que estabamos situados, si no se hubiese escuchando el siseo, de los, que en mi mente, eran sobrecogedores monstruos, hubiera podido decir que estaba ante un espectáculo maravilloso, desde allí se podían divisar las montañas vecinas de menor altura, enmarcadas por aquellos arcos.
El Gran Valle por donde discurría aquel río, siempre de color oscuro, surcado de cuando en cuando por alguna sombría embarcación empujada por misteriosas ruedas que producían un ruido a veces ensordecedor, por el que salían volando asustadas todas las aves, no sabría decir cual era la oculta fuerza que las impulsaba, pero parecían muy pesadas, me quedaba contemplándolas hasta que desaparecían por el horizonte limitado de aquella ventana, luego siguiendo la verdosa y frondosa silueta de las copas de los arboles que jalonaban el río me distraía esperando mientras contemplaba las maravillosas y parduzcas criaturas que volvían a refugiarse volando entre sus ramajes hasta que apareciase otra nave similar, que llegase por cualquiera de los extremos visibles de aquel segmento del Gran Río.
Siempre me dijeron que algún día nosotros también viajaríamos en aquellas naves, pero que de momento no me acercase al Gran Río ni a ellas, porque podría morir ahogado o arrollado.
A veces me detenía a escuchar los jadeos, pero continuaba descendiendo hasta que de pronto, asustado, comenzaba una frenética huida, un alocado descenso para tratar de escapar de aquellos gruñidos hasta que llegaba a la salida, de lo que para mi parecía una macabra galería en vez de un esplendoroso espectáculo y verdadera obra de arte, nunca hemos conocido la historia de los artífices de aquella maravilla, aunque ahora transcurrido el tiempo soy capaz de apreciar su verdadera belleza.Al otro extremo de la escalera, ya en la falda de la montaña, cuando ya había perdido de vista la entrada y encontraba a mis amigos o a alguien de nuestra tribu era cuando me permitía detenerme tomándome, entre sofocos, apenas sin aliento, un respiro.
Al crecer perdí el miedo e incluso me permitía jugar en la escalera con mis amigos, pero nunca me gusto quedarme solo en ella.
Luego comenzábamos la marcha por el sendero hasta el "Templo de la Sabiduría" donde varios sabios llegados del "Gran Templo de los Dioses" nos impartían sus enseñanzas.
Imagen de la Portada del Homenaje