El horror de Henry Crine
© Brown Jenkin
El caso de la misteriosa muerte de Henry Crine nunca fue resuelto, o por lo menos no del todo. La policía local no se encontraba segura de lo que había acontecido esa noche. No hallaron ni una pista convincente. Los oficiales que descubrieron el cadáver de Henry, vivieron el resto de sus vidas con un horroroso recuerdo.
Henry era un hombre trabajador. Habitaba alejado de la antigua Providence, en una lujosa mansión construida entre unas extensas granjas. Era realmente extraño contemplar una mansión inmensa en aquellas tranquilas zonas.
Luego de la muerte de su padre, que en paz descanse, Henry heredó la mansión y una pequeña fábrica. Los años transcurrieron y Henry fue recuperándose de ese terrible dolor. Se dedicó exclusivamente a la administración de la fábrica. Meses después, terminó sus estudios en la especialidad de egiptología.
En 1938 se pudo en contacto con un grupo de egiptólogos: Ernie Ball era un joven brillante que se convirtió en amigo íntimo de Henry. Un año después, Ernie fue convocado para iniciar una expedición a Egipto. Durante ese periodo Henry visitaba constantemente la fábrica para controlar que todo marchara tal como él lo deseaba. Generalmente realizaba esas visitas durante la mañana. Cuando llegaba el mediodía, regresaba a su morada para descansar, y dedicarse a otros quehaceres.
En 1942 la vida de Henry tomó un rumbo diferente. Una mañana, muy temprano, se dirigió a la estafeta de correos de la ciudad para retirar un paquete que provenía de Egipto. La policía halló, después de la muerte de Henry, la carta que se encontraba anexa al paquete. Ésta estaba escrita a puño y letra por el mismo Ernie Ball. El contenido consistía en un libro y la carta, en la que Ernie le pedía a Henry que realizara un examen del libro e hiciera un estudio sobre esa auténtica reliquia, que ponía a su disposición.
Uno de los motivos que condujeron a Henry a su incesante investigación, fue los inusuales acontecimientos que experimentaron la expedición al hallar ese abominable libro. Según las confesiones de los sirvientes, Henry regresó a su morada trayendo consigo una excitación nunca vista en él. Ese día ni siquiera bajó a almorzar.
El mayordomo llegó a observar el libro. Según su descripción, poco convincente para la policía, el libro tenia relieves de jeroglíficos egipcios. A pesar de los reducidos conocimientos del mayordomo, éste pudo observar que ciertos relieves no pertenecían a la cultura egipcia. Eran más fantásticos y al mismo tiempo impíos.
Transcurrieron así varios meses, y cada vez las visitas de Henry a la fábrica fueron disminuyendo. Según rumores que corrían por el pueblo, Henry se dedicaba exclusivamente al estudio del libro. Los sirvientes estaban extrañados por la conducta de su amo. Ellos sabían que él se ocupaba de la egiptología en ocasiones muy especiales, pero tal comportamiento era algo anormal en su persona.
Desde el primer día que hojeó el libro, se encerró en la biblioteca para no ser interrumpido en sus labores. El hallazgo del libro y el descubrimiento de esa desconocida tumba egipcia, donde se encontró, eran sucesos importantes en su vida.
Los sirvientes en más de una ocasión golpeaban a la puerta. Gritaban eufóricos llamando a su amo. Pero éste parecía no oírles. El silencio que reinaba en el interior de la biblioteca impacientaba a los sirvientes. Solo oían de vez en cuando ciertos susurros de su amo, como si leyera pasajes del libro.
A finales de 1942, Henry fue adquiriendo una actitud extraña. Se mantenía en silencio, cosa no muy habitual en él. Según March, la cocinera, parecía como si constantemente meditara, como si no se encontrara ahí.
A mediados de 1943, Henry trabajaba ya hasta muy tarde. No descansaba. Durante este periodo se dedicó también a redactar cartas a su colega. Según los sirvientes, raras veces salía de la biblioteca. Más de una vez los criados intentaron desprenderlo de sus estudios, pero no lo consiguieron.
A principios de 1944, Henry clausuró la entrada a la biblioteca. Los criados no comprendían a qué extremos habían llegado su obsesión por el libro.
Un período aún más extraño dio comienzo en 1945. Henry se comportaba de manera inusual. Era aun más reservado que antes. Su apariencia personal había sufrido un terrible cambio. El brillo de sus ojos había desaparecido, y su descuido personal era algo evidente para los criados. Durante este periodo, algunos de ellos rehusaban continuar sus labores en la propiedad de Crine, luego del suceso inexplicable que aconteció noches atrás.Henry no bajó a cenar esa noche. Durante ya algunas semanas, Henry se comportaba de manera insidiosa, como si se encontrara trazando algún plan. Josh McLona, el anciano jardinero de los Crine, despertó bruscamente a los demás criados. Aseguraba haber oído ruidos provenientes de la biblioteca. La gran mayoría volvió la cama creyendo que los ruidos eran inciertos, que eran inventos de Josh.
Algunos lo siguieron. Subieron lentamente las escaleras, atentos a lo que les susurraba Josh. Se plantaron frente a la puerta de la biblioteca. Golpearon sin obtener respuesta alguna. Luego de unos minutos uno de los criados retrocedió desesperado. Una fetidez, que emanaba por debajo de la puerta, provocó que algunos criados retrocedieran horrorizados.
Unas horas después, retumbaron los ominosos gritos de Henry. Aparentemente recitaba una especie de cántico, según lo que narró Josh. Los criados que se encontraban frente a la puerta retornaron a sus habitaciones, menos Josh. Él continuó de pie, soportando aquella fetidez que lo asediaba. Según confesó, no sólo oyó los indecibles gritos de Henry, oyó algo más. Era algo así como un susurro que hasta entonces se encontraba desapercibido.
Los criados, horrorizados, llamaron a la policía. Aparecieron media hora después e interrogaron a todos los criados sobre lo que había sucedido. Éstos comentaron que, en los últimos días, su amo se comportaba de manera extraña y furtiva. La mayoría lo atribuyeron al libro que había adquirido su amo. La policía se pregunta, al igual que la mayoría de los criados, qué clase de sacrilegios había cometido Henry Crine. Minutos después, la policía ascendió a la planta alta, decidida a acabar con el misterio. Llamaron a la puerta unas cuantas veces. Al no obtener una respuesta, decidieron, como última alternativa, derribar la puerta.
Patearon incesantemente la puerta, hasta que cedió. La sensación que experimentaron los tres oficiales, fue algo casi anormal. Se introdujeron en la biblioteca, volviendo a cerrar la entrada. Lo que hallaron esa noche en la biblioteca, permaneció como un secreto que nadie debería revelar. Ninguno de los tres agentes dijo nada. Sólo algunos de los aldeanos oyeron cierta noche en la taberna a Bob Filten, que uno de los agentes, totalmente ebrio, no paraba de gritar:
" No, no, no estoy loco, lo vi, ja, ja... esparcido entre los lujosos muebles... el cadáver de Crine, ja, ja... derretido..."
Imagen de la Portada del Homenaje