Homenaje a la © Nueva Logia del Tentáculo I Aniversario Enero 2002

Un deseo profundo

© Hoda de Sansara


Frutas del Mar, Foto de la Cena Homenaje © Henry Armitage

Había mucha humedad, los cristales de mis lentes estaban empañados por lo que tenía dificultad para fijar mi vista en el horizonte. Es algo común en esta época del año, el ambiente se encuentra cargado ya que mi ciudad es costera y la brisa marina se levanta por las noches como una dama noctámbula que intenta impregnar con su aroma todo lo que toca.

No era muy tarde, pero había anochecido hacía escasa una hora. La noche estaba cerrada, sin luna, solo un cielo repleto de estrellas que junto a las luces de los chiringuitos daban algo de luz a aquella playa. A ella le recordaba a esos cuentos infantiles donde los protagonistas guardan pequeños insectos parecidos a luciérnagas en un bote de cristal para usarlo de linterna. Por eso mismo, me pidió que fuéramos a pasear al paseo marítimo. Le gustaba observar las estrellas y jugar a inventar nuevas constelaciones, mientras yo le agarraba por la cintura disfrutando al unísono cada cual de su visión. Ella se entusiasmó por la brillantez de aquel cielo veraniego y nos adentramos en la playa. Caminamos descalzos por la arena mirando las huellas que dejábamos atrás, de vez en cuando se paraba y ponía sus pies sobre los míos, e inclinándose de puntillas me besaba. Llegamos a la orilla y allí nos sentamos, no era la primera vez que lo hacíamos, y solía descansar su cabeza sobre mi hombro mientras hablaba en susurros, tan dulces que tenía que contener mis instintos más lujuriosos para no tenderme sobre ella y comérmela a besos.

Pero aquella noche no pude disfrutar de sus dibujos celestiales pues como dije tenía empañadas las lentes y me costaba tener que sacar continuamente el pañuelo para limpiarlas y que en seguida se volvieran a empañar. Así que cerré los ojos y saboreé el olor marino, mientras me hablaba de su mitología soñada. Acaricié su cuerpo, mmm, tenía una piel de tacto peculiar, menos suave de lo habitual en cualquier mujer, pero tersa y fría, con lo que a veces, cuando la tocaba me daba la impresión de que era sobrenatural, más especial que cualquier otra persona.

Sentí el parpadeo de una luz procedente de un barco pesquero que yacía a unos doscientos metros de la orilla. El puerto estaba cerca de donde nos gustaba sentarnos, pero aquí se estaba más cómodo, la playa era amplia y de arena fina, y sin tanto olor a pescado ni madera hinchada.

De repente ella me tomó la mano, tras un tremendo destello procedente del cielo. Me asusté, su tacto frío sin esperarlo y aquella luz brillante. Quise abrir los ojos pero me susurró al oído que los mantuviera cerrados para pedir mi deseo. Había sido una estrella fugaz, una estrella que corre iluminando los corazones esperanzados. En aquel instante la amé con toda mi alma, apreté su pequeña mano dentro de la mía porque me daba la impresión de que si la soltaba la perdería para siempre, ¡era tan bonito todo lo que sucedía a su lado!. Y pedí mi deseo. Al principio deseé un nuevo coche, luego preferí aprobar la signatura de ciencias que me había quedado para septiembre, pero finalmente deseché todos esos sueños superficiales y quise dedicarle aquel deseo a ella. Deseé que fuera realmente diferente a todas las demás, como una sirena, sobrenatural. Me excité al pensar en aquello, nunca me había sobrepasado con ella, su dulzura me hacía respetarla en gran medida. Pero un impulso me llevó a retirar cuidadosamente su cabello dorado y besar su cuello, suavemente, pero no por ello menos apasionado. Quería poseerla, hacerla mía, sentirme fundido en su carne y en su alma. Conocer hasta su más mísero secreto. Algo raro noté en el aroma de su perfume, al acercarme a su piel desnuda y posar mis labios sobre ella, noté un fuerte olor salino y un aire fresco. Seguidamente algo se movía, abriéndose y cerrándose como una grieta palpitante. Abrí mis ojos asustado ante aquel tacto maldito pero el cristal de mis gafas me impedía ver con claridad de lo que se trataba. Ella pegó un respingo y se separó bruscamente de mí. Su respiración se hizo más pronunciada.

- ¡Que has hecho! ¡Que has hecho!- Gritaba mientras se desplomaba en el arenesco suelo de la playa y seguidamente su figura se arrastró hacia la orilla. Me quité las gafas angustiado e intenté correr hacia ella para alcanzarla, pero mi miopía me impidió ser diestro y caí de rodillas en aquella fina arena. Solo vi una silueta femenina que se zambullía en el agua mientras me miraba. Si, eran sus ojos.

No volví a saber de ella después de esa noche de verano, después de ese deseo que pudo convertirla en una hija del mar. Aún recuerdo sus fantásticas historias sobre aquellos Dioses Primigenios, tan hermosas y misteriosas. E intento pronunciar sus canciones esperando que me escuche y algún día vuelva a mi lado. Quizás, si con la próxima estrella cierro los ojos y lo deseo con fuerza, vuelva a aparecer de nuevo.

Imagen de la Portada del Homenaje

 

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