Los Vigilantes
Brown Jenkin
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Me encontraba viajando a través de la extensa carretera sur. Me deslizaba, dentro de mi automóvil por aquella pavimentada lengua de cemento, con rumbo fijo a la casa de mi querido amigo. La dispersada vegetación verde se extendía semejante a una gran mancha, sobre todo la tranquila zona montañosa. Las altas montañas tenían un extraño aspecto anormal. Tal vez esto se debía a mis fatigados ojos. No lo sé.
Tomé desprevenidamente varias curvas, bordeadas por desgastados cercos de madera. Transcurrieron brevemente unos minutos cuando el inmenso paisaje se tornó más interesante para mis ojos. Las raras montañas que se asemejaban a inmensos titanes, se encontraban alejadas. Empezaron a mostrarse grandes campos, donde abundaban las hermosas y coloridas flores. Eché un ligero vistazo a un arrugado papel. Leí detenidamente una dirección desconocida por mí, y la retuve en mi mente.
Empecé a leer los letreros de la pasiva urbanización. Doblé sorpresivamente tomando un camino de arena rojiza. Seguidamente doblé de nuevo por un angosto sendero. Detuve de golpe mi automóvil al ver que la dirección era la correcta.
Bajé muy deprisa del auto, y me acerqué dudoso al portón enrejado. En el preciso instante de abrirlo, un frío helado recorrió mi cuerpo, dejándolo inexplicablemente inmóvil. Pero vencí esos pavorosos miedos y abrí lentamente el portón de hierro. Este emitió un chirrido metálico insoportable. Crucé el jardín de la casa. Se encontraban con un aspecto descuidado tanto el jardín como la casa. Las plantas habían crecido de forma incontrolada, y la gran mansión se encontraba en un aspecto lastimoso.
Subí tropezando de manera torpe los desgastados tablones de la entrada, y toqué tranquilo a la puerta. Se abrió suavemente la despintada puerta. Me atendió un extraño anciano, que me comunicó en seguida que mi amigo se encontraba impaciente por mi llegada. Aparentemente el anciano era el único sirviente que residía allí. El interior de la gran mansión era bastante armonioso y valioso. El anciano me condujo hasta una amplia estancia, que resultó ser la sala principal. De pie, en una pose de cansancio, se encontraba mi buen amigo Carlos.
La débil luz que se introducía por la ventana causaba un brillo estelar, en los dorados cabellos de mi amigo. Nos sentamos en unos grandes sillones acolchados.
- Te mandé llamar urgentemente, por una razón que sólo tú comprenderás - me comentó Carlos con una voz ronca.
Lo observé fijamente a sus resplandecientes ojos, y prosiguió:
- Tal vez me consideres un lunático, pero te ruego que me escuches - me dijo - Quiero pedirte que me acompañes esta misma noche la iglesia del pueblo. En realidad ya no es una iglesia porque la cerraron. Según me comentaron, en ella se celebraban cultos y religiones prohibidas.
Me incorporé intrigado y lo tomé fuertemente del brazo, y murmuré:
- ¿Qué clase de religiones?
- No lo sé, eso espero averiguar. Hace tres semanas inicié una intensa investigación sobre su anómala arquitectura y sobre sus cultos - me respondió emocionado.
Esa misma noche, salimos en dirección a la misteriosa iglesia. No se encontraba ningún alma vagando por las calles del pueblo, o por lo menos eso observamos a través de la ventanilla de mi auto.
© Cyrus Llanfer
Al fin logré divisar vagamente el aspecto espectral de la iglesia. Era una voluminosa construcción que constaba de dos naves laterales, que terminaban en largas escaleras con rumbo al oscuro campanario.
Echamos una rápida ojeada a la inmensa puerta principal, pero nuestros intentos fueron en vano, estaba cerrada. Entramos precavidamente en la amplia nave derecha, y hallamos con sorpresa que una de las ventanas estaba rota. Nos metimos por esa entrada y encendimos en seguida nuestras linternas. En el interior se encontraban viejas sillas alargadas. Había un antiguo altar con unos desconocidos adornos. Detrás de toda la habitación hallamos inesperadamente unas escaleras. Ascendimos lentamente, percibiendo cualquier ruido. Al finalizar la escalera, nos encontramos en un corredor demasiado largo según me pareció, el cual recorrimos asustados. Abrimos una descolorida puerta. La habitación de encontraba a oscura, pero en ella se hallaba una ventana, de donde ingresaban luces amarillentas.
Nos acercamos curiosos a una gran mesa. En ella encontramos un antiguo libro. Su tapa era de un color rojizo, que mi amigo no supo identificar de qué material era. Lo abrió curioso y empezó a traducir lo que decía, ya que se encontraba escrito en latín.
Me comentó de manera breve su contenido. Según lo que me comentó hablaba de un tal culto a Cthulhu. Sobre unos tales Primordiales. Y también sobre unos supuestos dioses: Azathoth, Nyarlathotep, Yog-Sothoth y otros. Pero en ese preciso instante surgieron de la oscuridad unas desconocidas formas humanoides. Se acercaron con pasos cortos y seguros a nosotros. Entonces se volvieron visibles a causa de interponerse, frente a la gran ventana. Eran unos seres inhumanos y horrorosos. De su cuerpo de desprendían gelatinosos tentáculos. Uno de estos vigilantes tomó a Carlos y lo arrastró forzadamente a la oscuridad. Escapé de esa diabólica iglesia. En el momento en que me encontraba saliendo por la ventana rota sonó un grito ensordecedor, proveniente de las mismas tinieblas, que según creo decía esto: ¡Iä Shub-Niggurath Cthulhu Fhtang!
Todavía cuando recuerdo como despedazaban a Carlos, me estremezco ¿Qué enigmáticos cultos se practicaban ahí? ¿Quién es Cthulhu?
¿Quiénes son los Primordiales? Tal vez nunca obtenga la verdadera respuesta, lo único que comprendo en realidad es la mortal imagen, de esos oscuros vigilantes, envueltos en la fria oscuridad.
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