Lo vi en el transcurso de una noche de insomnio, al pasear desasosegado tratando de recuperar la paz y las viejas imágenes. El traslado a Nueva York había sido un claro error porque la búsqueda del prodigio y la magia en el hormigueante dédalo de calles venerables que se deslizan sinuosas desde patios, plazas o muelles hasta el infinito o en majestuosas torres y agujas que se alzan faraónicas bajo apacibles lunas, esa búsqueda, decía, sólo había desembocado en una sensación de horror y depresión que pesaba sobre mí con un asfixiante parálisis.

El proceso habia ocurrido paulatinamente. Recuerdo la primera vez que vi la ciudad en el crepúsculo, desde un puente: se ofrecía imponente sobre las aguas, con sus cúspides y pirámides casi irreales suspendidas en una especie de levitación como si fueran flores entreasomadas en medio de la bruma violácea de los estanques.

Vi cómo lentamente se iban encendiendo las ventanas, en un nivel apenas superior a infinitas corrientes de luces como de luciérnagas que parpadeaban mientras se movían. La ciudad parecia un firmamento saturado de estrellas, una réplica terrenal del espectáculo que las cúspides y las estrellas jugaban en el cielo, y nada tenia que envidiar a Ios deslumbramientos de Carcassonne, Samarcanda, El Dorado o cualquiera de esas ciudades legendarias. Al poco tiempo me llevaron hasta esos sitios que tanto deleitaban mi fantasía, las tortuosas callejuelas que separaban fachadas de ladrillo a la vista con columnatas que en otros tiempos habían servido para enmarcar sillas de mano doradas o carrozas barrocamente trabajadas. Un gran entusiasmo se apoderó de mí al descubrir todas estas cosas con las que tanto habia soñado, porque estaba seguro de que eran la llave que me abriría la puerta al reino de la poesía.

Pero no me llegaría el éxito y la prosperidad como poeta. La impiadosa luz del día sólo me entregaba suciedad y un grosero amontonamiento de piedra que se derramaba horizontalmente y hacia arriba, en una cruenta imagen que contradecía la que me brindaba la luna con su magia y encanto. Durante el día, las calles hervían en multitudes de extranjeros gordos, oscuros, de facciones duras y ojos pequeños, gente taimada, incapaces de soñar o de buscar alguna afinidad con el paisaje que los albergaba, hostiles al hombre de ojos azules que lleva en su alma las calles verdes y los puros campanarios de los pueblos de la Nueva Inglaterra.

Esto hizo que en vez de la inspiración poética, con la que tanto había soñado, sólo consiguiera una corrosiva depresión y una inimaginable soledad. Por su propio peso, se me hizo evidente una terrible verdad que nadie se habia atrevido a formular: esa ciudad hecha de piedra y desmesura no es una prolongacion de la vieja Nueva York, como Londres lo es de la vieja Londres o París del viejo París. El cuerpo chapuceramente embalsamado de la vieja Nueva York aún estaba con vida. Al llegar a esta comprobación, dejé de dormir tranquilo. Sólo recobré cierta precaria calma a medida que adquiría la costumbre de no salir durante el día y en cambio hacer de la nache mi reino, en esos momentos en que la oscuridad alentaba los restos espectrales del pasado, cuando en los viejos pórticos parecían reaparecer las graciosas figuras que en otras épocas los transitaron. Sólo esas reminiscencias me permitieron escribir unos pocos poemas. Era duro y tuve que luchar denodadamente contra los deseos de volverme con los míos; no lo hice para evitar la sensación de que regresaba en ignominioso fracaso.

Precisamente durante una de aquellas excursiones nocturnas conocí al hombre. Fue en una suerte de plazuela ignota y oscura del barrio de Greenwich. Frecuentaba ese lugar porque en mi ignorancia lo había supuesto un punto de concentración de poetas y artistas. Pronto descubrí que los pretendidos poetas y artistas no eran más que charlatanes exaltados, que su fama no era más que papel picado y cuyas existencias eran la negación de todos los valores de la poesía y el arte. Sin embargo, continué amando aquellas antiquísimas callejuelas, las ignotas plazas y los patios interiores. Me esforzaba por imaginarlas como habían sido en un principio, en los tiempos en que Greenwich era un pueblito que aún no habia sido tragado por la gran ciudad. Paseaba por allí en las horas previas al amanecer, cuando ya habían desaparecido los trasnochadores, tratando de reinventar los espiritus que las sucesivas generaciones debían haber depositado en esos lugares. Esta actividad era la típica que me mantenia atado a la ciudad y la que me proporcionaba alguna de las visiones que buscaba el poeta que yacía en mi interior.

El hombre apareció alrededor de las dos de la madrugada, durante una neblinosa madrugada de agosto. Yo recorría algunos de esos patios interiores, a los que se accedía a traves de unos pasadizos oscuros al pie de altos edificios; sin duda, en los orígenes debieron conformar una pintoresca red de callejuelas alegres. Me habían hablado de esos patios y al verlos entendí porque no figuraban en ningún mapa ni plano de la ciudad. No obstante, el hecho de que hubiesen sido totalmente olvidados los tornaba mucho más interesantes para mí, razón por la cual los visitaba casi todas las noches. Mi entusiasmo me llevó a conjeturar que tal vez formaban parte de un conjunto mucho mayor encajonado entre otras moles de piedra y ladrillo, con abandonadas viviendas atiborradas de extranjeros y amparados por enjambres de artistas furtivos, de esos cuyas tareas huyen de la publicidad y de la luz del día.

Pese a que no le di el menor pretexto, el hombre igualmente se dirigió a mí, probablemente al reparar en mi actitud y en el entusiasmo con que observaba cada puerta, cada aldaba, cada escalera, cada baranda. Su casa permanecía oculta por las sombras. El hombre llevaba sombrero muy grande que hacia juego con la amplia capa que caía de sus hombros. Había algo en Él que me produjo una vaga inquietud, antes aún de que pronunciara palabra alguna. Era muy delgado, casi esquelético, con una voz cavernosa y, aunque parezca inexplicable, no profunda. Me confesó que hacía días me venía observando durante mis paseos nocturnos y que le habia complacido que, como a él, a mí también me apasionara la búsqueda de los restos del pasado. Me ofreció guiarme en esas incursiones y poner a mi disposición la versación de un experto en tales exploraciones, la que indudablemente habría de ser infinitamente mayor que la de un recién llegado.

Al hacerme esta generosa oferta, la luz amarillenta de una ventana me permitió ver su rostro por primera vez. Sus rasgos denotaban nobleza y una hermosura que ni siquiera la vejez había conseguido desdibujar; todo aquel rostro irradiaba un refinamiento y un linaje que nada tenían que ver ni con la época ni con el lugar en el que nos encontrábamos. Quizás esa misma circunstancia, el desajuste con la ciudad o su excesiva palidez fueran las fuentes del desasosiego y la incomodidad que me inspiraba. Pero a pesar de ello acepté su oferta y dejé que fuese mi guía en aquellos días monótonos, donde la búsqueda de vestigios del pasado era la única actividad que me mantenía vivo. Después de todo, era un gran favor de la suerte que me hubiese topado con alguien cuyas investigaciones llevaban una enorme ventaja a las mías y que, además estuviese dispuesto a compartirlas conmigo.

Por lo general el hombre era poco afecto a la conversación superflua y así andábamos durante horas en las que sólo quebraba el silencio para hacer las imprescindibles referencias a nombres, fechas y cambios. Algunas veces nos veíamos obligados a marchar en puntas de pie, a saltar alguna tapia de ladrillo, a internarnos gateando por algun pasadizo cuya longitud y oscuridad terminaban por anular todas las referencias geográficas que yo procuraba mantener. Todo lo que veíamos eran cosas viejísimas y maravillosas o al menos asi lo parecían bajo la mezquina luz que a veces conseguía llegar hasta ellas. Columnas, rejas de hierro fundido, ventanas con magníficos dinteles bajorrelieves extrañísimos, portales cuya belleza no había conseguido anular el óxido ni el abandono... estas eran las cosas que íbamos encontrando en esa suerte de viaje laberíntico hacia el pasado.

No encontrábamos a nadie y a medida que avanzábamos cada vez eran mas infrecuentes las ventanas encendidas. Los primeros faroles de las calles eran de los que funcionaban a base de aceite y tenían forma romboidal. Mas adelante, observé que cada tanto aparecía alguno de vela. Poco después llegamos a un patio envuelto en la más densa oscuridad, tanto que mi guía me tomo con su mano enguantada para ayudarme a avanzar hasta una angostísima puerta de madera practicada en un muro de altura descomunal. Al trasponerla desembocamos en un callejón con faroles espaciados cada siete casas, unos faroles sorprendentemente coloniales, cónicos en su parte superior y agujereados a los lados. En el sentido que lo tomamos, el callejón era una cuesta extrañamente empinada si se tiene en cuenta la zona de Nueva York en la que nos encontrábamos. La senda concluía en un muro recubierto de hiedra, tras el que se veía una cúpula blanca y las copas de unos árboles que se mecían suavemente. En el muro había una puerta de poca altura, arqueada, en roble asegurado con grandes tachas. El hombre extrajo una llave y la abrió. Me invitó a seguirlo por lo que parecía un sendero de gravilla hasta el pie de una escalera de piedra frente a una casa cuya puerta, como la vez anterior, abrió con una llave.

Al entrar sentí que me descomponía debido al malsano aire que nos recibió, un ambiente tal vez no renovado en muchos siglos. Como mi guía pareció no inmutarse, hice lo que pude por disimular mi malestar. Subió por una escalera que describía un semicírculo, atravesamos una inmensa sala e ingresamos a una habitación cuya puerta cerró con llave tras de nosotros. Con mucho cuidado procedió a correr las cortinas de tres ventanas por las que comenzaban a entreverse las primeras luces del día. A continuación buscó en la chimenea un trozo de pedernal y muy diestramente encendió un espléndido candelabro, mientras me hacía señas para que mantuviera silencio.

La iluminación me permitió comprobar que nos encontrábamos en una gran biblioteca con sus paredes revestidas en madera, seguramente construida a comienzos del siglo XVIII. Entre los estantes, colgados en las paredes, se veían algunos buenos retratos de familia, ahora muy deslucidos, aunque con un vago parecido con el hombre que ahora me invitaba muy cortesmente a que me sentara en un asiento frente a una encantadora mesita Chippendale. Antes de sentarse frente a mí, el hombre se quitó lentamente los guantes, el sombrero y la capa, y mostró con cierta ampulosidad un traje típico del periodo georgiano, que incluía el correspondiente calzado. Luego se sentó con exquisitos modales en un sillón cuyo respaldo tenía forma de lira.

Despojado de la capa y el sombrero, su aspecto se tiñó de una longevidad que hasta entonces no había advertido y me pregunte si esta notable vejez no sería la causa de la inquietud que me habia invadido. Finalmente habló y advertí que su voz cavernosa, extrañamente modulada, a veces era presa de un levísimo temblor. Por momentos tenía dificultades en seguirlo, pero mientras lo escuchaba crecía dentro de mí una creo que indisimulable sensación de miedo.

- Señor - comenzó a decir el hombre -, se encuentra usted ante una persona de costumbres muy excéntricas, pero que no necesita pedir disculpas por su indumentaria ante alguien de su tacto y aficiones. Seducido por otros tiempos mucho mejores, no he tenido la menor vacilación en adoptar sus costumbres, su indumentaria y sus modos. Con esto no ofendo a nadie. Tengo la dicha de haber conservado el lar de mis antepasados, aunque éste quedó aprisionado por dos ciudades. De un lado, por Greenwich, cuyos suburbios llegaban hasta aquí poco después de 1800, y al otro, por Nueva York, que en 1830 la anexó. Existen muchas razones para conservar este lugar y nunca me he desligado de ninguna de ellas. El primer propietario se posesionó de este solar en 1768. Era estudioso de determinadas artes y a traves de ellas realizó algunos hallazgos vinculados con ciertos influjos que se producían en esta parcela de terreno y que merecían la mas celosa custodia. Ahora desearía mostrarle algunas consecuencias de estos influjos. Confío en que usted mantendrá el más estricto silencio sobre lo que verá. A esta altura sé que puedo confiar en mi capacidad para escudriñar a los hombres y que, en su caso, puedo contar con su interés y su discreción.

Mantuvo silencio durante un momento en el que no pude hacer otra cosa que asentir con la cabeza. Sentía miedo. No obstante, para mí no había nada más amenazante que el acontecer cotidiano de la Nueva York diurna. Por lo tanto, si aquel hombre era un chiflado inofensivo o un iniciado en artes siniestras, no me quedaba mas alternativa que seguirlo, porque él era el único que podía propender a satisfacer mis necesidades interiores.

- Mi antepasado - continuó con su extraña voz - creía que en la voluntad de un ser humano residen ciertas cualidades excepcionales, de un poder incalculable aplicable no sólo a la propia personalidad sino también a todas las fuerzas y elementos de la naturaleza e incluso a factores y dimensiones que trascienden a la simple naturaleza. ¿Me creería usted si le confiara que acostumbraba burlarse de cosas para nosotros tan incuestionables como el tiempo y el espacio? ¿Que dio nuevos sentidos y alcances a los ritos de ciertos pieles rojas que en el pasado acostumbraban acampar sobre esa misma colina? Los mestizos descendientes de estos indígenas se irritaron mucho cuando se construyó este edificio y mostraron una no menos irritante tozudez en visitar esta tierra durante los plenilunios. Por años se las ingeniaron para entrar furtivamente todos los meses con el propósito de celebrar toda vez que podían sus ritos secretos. En el 68, el propietario los sorprendió en plena ceremonia; el espectaculo que presenció lo conmovió profundamente. Llegó a un acuerdo con ellos por el que les permitía que vinieran a sus terrenos cuando lo desearan a cambio de que le enseñaran el sentido último de los extraños ritos. Así llegó a saber que esas practicas las habían heredado tanto de sus ancestros como de un holandés ya muy viejo en tiempos de los Estados Generales. El propietario, deliberadamente o no, les facilitó a los indios un ron de tal calidad que una semana después de la revelación era el la única persona viva que conocía el secreto. Ahora, señor, es usted el primer extraño que conoce la existencia de tal secreto y créame que nunca me hubiese permitido hablar de estos asuntos si no lo hubiese visto tan entusiasmado con las cosas del pasado.

Un estremecimiento recorrió mi cuerpo al notar la creciente locuacidad del hombre y al comprobar la antigüedad de su manera de hablar.

- Sin embargo, señor - prosiguió -, debe usted saber que lo que el propietario aprendió de los mestizos aquella vez fue una insignificante parte de todo cuanto después llegó a averiguar. Era un hombre que había estudiado en Oxford y mantenido prolongadísima correspondencia y trato con un famoso químico y astrologo de París. Rápidamente se dio cuenta de que el mundo es algo más que aquello a lo que nosotros consideramos mundo, algo más de lo que los mortales creen y de que los verdaderos sabios podían inhalarlo o exhalarlo como si se tratara de un buen tabaco de Virginia. Somos capaces de hacer comparecer aquello que queremos, así como también podemos hacer desaparecer de nuestro entorno lo que no queremos. No se trata de que esto sea así en un sentido lato, pero esporádicamente puede producir fenómenos muy interesantes. Sospecho que a usted le agradaría disponer de ciertas épocas una apreciación mucho mas nítida que la que le podría brindar su imaginación. Le ruego que deponga cualquier tipo de miedo ante lo que ahora voy a mostrarle. Acerquémonos a la ventana y, por favor, guarde silencio.

El hombre me tomó de la mano y me condujo a una de las dos ventanas que claramente no habían servido para la renovacion del aire en la amplia habitación por vaya a saber cuánto tiempo. El contacto de su mano generó un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo. Su piel, si bien seca y con la densidad apropiada, era helada y extraña tanto que estuve en un tris de desasirme. Ya en la ventana, el hombre hizo correr las corinas de seda amarilla y me invitó a que mirase hacia la oscuridad del exterior. Por unos momentos no vi mas que una miríada de lucecitas muy a lo lejos. AI cabo de un breve rato, como consecuencia de un furtivo movimiento de la mano de mi anfitrion - así al menos me lo pareció -, me encontré con una inmensa superficie de follaje agreste, no cultivado, en lugar del mar de tejados que lógicamente cabría esperar desde aquel punto de observación. Hacia mi derecha, las aguas del Hudson brillaban con cierta malignidad y frente a mí titilaba una suerte de gigantesca marisma sobrevolada por infinitas luciérnagas nerviosas. Cesó el resplandor que había convocado con su mano y apareció una torva sonrisa en el rostro del viejo brujo.

-Así era antes de mí... antes del viejo propietario. Intentémoslo de nuevo.

Sentí un horror que me dejaba sin fuerzas, un horror mucho más intenso que el que me producía la detestada ciudad en todo su conjunto.

- ¡Dios! - exclamé -; ¿puede hacer lo mismo con cualquier epoca?

Al responderme afirmativamente descubrí los oscuros muñones de lo que en otra epoca debieron ser dientes. Estuve a punto de caerme. Ello evitó con su siniestra mano y volvió a hacer el gesto de poco antes.

Otra vez el relámpago que ahora iluminó un paisaje que no me era del todo extraño. Se trataha de Greenwich, el Greenwich de otro tiempo, con sus tejados y sus hileras de fachadas, muy parecido a como se lo veía hoy, aunque todo recortado contra calles muy verdes o praderas cubiertas por una alta hierba. También se veía brillar la marisma y tras ella, muy a lo lejos, se apreciaba toda Nueva York, con las iglesias de la Trinidad, de San Pablo y la Brick Church por sobre todas, el conjunto recortado sobre un azulino fondo del humo de las chimeneas. La visión me llevó a que automáticamente me pusiese a aspirar para tratar de aferrar de otro modo aquel espectáculo idílico pese al terror que me embargaba.

- ¿Sería posible alejarse mas? - pregunte atemorizado. Tuve la sensación de que él compartía este temor, pero pronto apareció su sonrisa maligna.

- ¿Más? Lo que puedo mostrarle lo dejaría helado. Puedo ir tanto más hacia atrás como más hacia adelante, muy adelante... vea, vea, si se atreve...

Y mientras me desafiaba, su mano trazó otro gesto que convocó un nuevo relámpago, mucho más deslumbrante que cualquiera de los dos anteriores. A los pocos segundos se presentó ante mí una visión terrible que seguirá atormentándome mientras viva. Vi el cielo infectado de extraños seres o artefactos voladores y bajo ellos una ciudad negra, amenazante, sembrada de enormes terrazas de piedra y sacrílegas pirámides que se alzaban desafiantes hacia la luna. Contemplé imprevistas galerías aereas atestadas nauseabundamente por gentes amarillas, de ojos rasgados, sin duda los pobladores de aquel pandemonium, vestidas uniformemente en rojo y naranja, entregados a danzar un insensato son de timbales que a veces degeneraba en un demencial estrépito de crótalos y de unos cuernos sordos cuyo reptante gemido se alzaba y descendía como si se tratara de las olas del océano aplastadas por una gruesa capa de betún aceitoso. Presencié, como digo, este atroz espectáculo y oi perfectamente la infernal orgía cacofónica que le era propia. No había duda; se trataba de la condensación de todo el honor que aquella ciudad cadáver me había inspirado desde siempre. Olvidé la advertencia de guardar silencio y rompí a gritar con toda mi fuerza, como si en aquella exteriorización se me fuera la vida, hasta que sentí el temblor de los muros en torno de mí y comencé a desmoronarme.

Al disiparse el relámpago comprobé que mi anfitrión también temblaba. Un mal disimulado terror se superponía apenas al gesto de furia que en su rostro habían dibujado mis gritos. Tambaleó, se aferró a las cortinas del mismo modo como poco antes lo había hecho yo y agitó la cabeza como un animal que ha caído en una trampa. En verdad, tenía motivos, puesto que aún sobre el eco de mis gritos comenzó a oirse un rumor inequívocamente infernal que de inmediato atrapó todos mis sentidos. Era un crujir siniestro y furtivo que avanzaba por la escalera en semicírculo que había al otro lado de la puerta, un rechinar que surgía de una horda de pies descalzos o en mocasines que subiesen en pos de nosotros. No mucho después, el ruido era el del picaporte de latón, acompañado del fulgor que producía su movimiento bajo la tenue luz del candelabro. El viejo continuaba aferrado a las cortinas, arañándolas con sus garras, mientras me escupía:

- ¡La luna llena!... maldito... maldito escandaloso... con tus gritos los has Ilamado... los has llamado y vienen por mí... Con sus mocasines, sus pies muertos... que Dios los confunda, ¡malditos demonios de piel roja!... no fui yo quien puso veneno en el ron... ¿no conservé intacta vuestra maldita magia?... ¿os emborrachásteis hasta reventar y ahora queréis culparme?... ¡fuera!... ¡Dejad ese picaporte!... nada tenéis que hacer aquí...

Tres golpes fuertes, pero cuidadosamente asestados sacudieron la puerta. Una espuma blancuzca brotó de la boca del brujo delirante. La desesperación determinó que reorientara su terror convertido en furia hacia mí. Avanzó siempre tambaleante hacia la mesa donde me encontraba apoyado. No dejaba de agarrar la ahora tensa cortina amarilla con una mano, mientras que con la otra tiraba manotazos hacia mí. Uno de ellos, más violento que los anteriores, provocó el desprendimiento de la cortina de su alta barra, con lo que la habitación se inundó en un torrente de luz que proyectaba la luna llena que refulgía en un cielo cada vez más claro. Aquel desborde hizo palidecer la luz del candelabro y reveló una nueva oleada de descomposición en la malsana habitación, que ahora mostraba revestimientos carcomidos, el suelo roto, la chimenea en jirones, los muebles astillados y los tapices como colgajos innobles. Con indecible horror comprobé que el mismo proceso de deterioro que durante siglos había convertido a todos aqueIlos objetos en las ruinas que ahora presenciaba, se desarrollaba con una aceleración vertiginosa en el anciano que, mientras se encorvaba y ennegrecía tambaleante, no dejaba de avanzar hacia mí moviendo como aspas los brazos con la intención de que sus garras de buitre pudiesen llegar hasta mí. Únicamente sus ojos permanecían intactos iluminados por una candescencia que crecía a medida que su rostro se encogía carbonizado.

Volvieron a oirse los golpes, esta vez más insistentes y con sonido a metal. El ser que había estado delante de mí era ahora apenas una cabeza que infructuosamente trataba de arrastrarse por el suelo irregular y roto, siempre en mi dirección y lanzándome de tanto en tanto escupitajos de una ponzoña inmortal. Mientras tanto arreciaban los golpes contra la puerta que ya era incapaz de resistir el insistente asedio; así pronto pude ver el resplandor de un tomahawk trasponiendo la madera vencida. Estaba paralizado y como en un sueño observé que los restos de la puerta se desplomaban ante el impulso de una sustancia negra que provenía de los ojos relucientes y malignos. Se volcó como una densa mancha de aceite sobre el mar, derribó uno de los tabiques de la habitación y una silla, se extendió por el piso, como buscando los ennegrecidos despojos de la cabeza, cuyos ojos, sin embargo, seguían despidiendo su fulgor maligno hacia mí. La mancha rodeó la cabeza y lentamente la engulló. Luego comenzó a retroceder arrastrando su presa, pero sin tocarme. Llegó hasta la puerta y se encaminó hacia la escalera, repitiendo los mismos sonidos que antes, sólo que esta vez alejándose.

El suelo sobre el que me apoyaba cedió y en medio de un estrépito mucho más mundanal vine a dar con mi humanidad en la habitación de abajo, llena de densas telarañas. La luna continuaba brillando a través de las ventanas. Con su luz, mientras me incorporaba del lecho de cascotes y restos de artesonado del techo defondado, pude ver como el infernal torrente de negrura centelleante pasaba en búsqueda de la puerta del sótano. Casi de inmediato advertí que el suelo de la habitación en la que me encontraba también empezaba a ceder. Arriba, en la cúpula, se oyó una especie de estallido que fue seguido por la caída de un objeto que no llegué a divisar en sus perfiles. Terminé de sacarme de encima los escombros y corrí hacia la puerta. Estaba cerrada de tal modo que me era imposible abrirla. Tomé una silla y con ella rompí la ventana, por donde me arrojé hacia el pasto inculto del exterior, donde la luz de la luna danzaba extrañamente sobre la maleza. Llegué hasta la tapia y volví a comprobar que la puerta estaba cerrada con llave. Apilé unos cuantos cajones desparramados por Ios alrededores, me apoyé sobre ellos, conseguí llegar hasta lo alto y afenarme a una especie de urna de piedra que la coronaba.

Pese a mi extenuación, recuerdo haber visto sólo curiosas paredes y ventanas, asi como viejas techumbres de tipo holandés. Por ninguna parte se divisaba la empinada calle que habíamos tomado para llegar hasta aquel sitio. Por su parte, la niebla que subía desde el río, a pesar del resplandor de la luna, contribuía a desdibujar todos mis parámetros geográficos. De pronto, la urna a la que permanecía aferrado comenzó como a contagiarse de mi propio vértigo; poco después mi cuerpo se desprendió rumbo a un destino que aún hoy desconozco.

La persona que me encontró conjeturó que debía de haberme arrastrado durante un trecho considerable pese a los huesos rotos, puesto que el rastro de sangre que había dejado se proyectaba mucho más allá de donde él se había atrevido a mirar. La lluvia que poco después cayó terminó de borrar cualquier conexión con el escenario donde había sufrido tan terrible ordalía. Todo lo que conseguí saber fue que saliendo desde un punto desconocido había llegado en esas condiciones hasta un patio pequeño y lóbrego frente a Perry Street.

Nunca se me ocurrió siquiera volver a esos laberintos infernales ni tampoco me atrvería a enviar a nadie hasta allí. Ignoro qué ser era el que tuve la desdicha de encontrar. La ciudad, como tantas veces lo he dicho, est muerta y sembrada de ignotos horrores. No sé cuál habrá sido su destino final. Por mi parte, he retornado a casa, a pasear por las dulces calles de Nueva Inglaterra impregnadas por la familiar brisa marina del atardecer.

Traducción Copyright © de Jon Wakeman

 

Nueva Logia del Tentáculo

Copyright © 2001

 

STARMEDIA        CERRAR