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Dogon ©
Hoy me sentí bien. Logré no responder las preguntas difíciles de mis opositores. Eso es a lo que llamo gobierno. Ya sé, la verdadera competencia no es con ellos, es con mis propios acólitos; con esos que dicen apoyarme; con esos quienes, en realidad, se apoyan en mí. ¡Ah, si no fuera porque soy el que sabe todo de todo y de todos! Ellos simplemente creen, pero yo, yo en verdad sé. Lo sé todo, como aquella enciclopedia de mi remota niñez.
No, no debo recordarme así, tan cándido, tan inocente, tan expuesto. Es ahora – bueno, desde hace tiempo – que conozco la verdad. Por eso la oculto, porque es terrible. Por eso hay que esconderla. Y, nada mejor para encubrirla, que entreverarla con mentiras. La mentira es el mejor lugar para guardar la verdad, para tenerla vigilada: nadie puede descubrirme, nada puede desvelarme.
Es bien cierto que el silencio es un gran poder. Allí se encuentran, inaccesibles, todas las palabras y todos los discursos posibles. Nadie lo sabe, todos lo creen. Es más fácil creer una mentira que querer saber la verdad. Y que crean lo que quieran, porque la única realidad es lo que se sabe que es; lo demás es rebatible, modificable, maleable, como lo son los que creen. Pero yo sé. Sé cómo manejarlos. Conozco aquello que aún ellos ignoran de sí mismos. Por algo durante mucho tiempo me ocupé de ampliar mi conciencia de los otros (y son tantos). Sí, mucho más que de mí mismo, que me deje crecer a la bartola.
Por eso, hoy soy el que manda. Conozco sus más recónditos secretos, incluso los que ellos ni siquiera imaginan, porque no desean saberlos. Ellos ya están medio muertos y yo sé que la Muerte siempre me encuentra completamente vivo. ¡Ah, si supieran lo que es la Vida, abandonarían sin dilación sus insensatas esperanzas por una mejor vida en el improbable futuro del paraíso eterno! Pero es preferible que desconozcan lo que les espera entonces, porque así ponen en mí todas sus expectativas. Así seguirán dependiendo de mí, de mi poder. Es por eso que les gobierno, a todos ellos. A ver si todavía se liberan de mi embelesamiento. Eso sería mi ruina, y yo no estoy para arruinarme, sino para seguir consolidando mis cimientos y elevando a las alturas mi monumento de poder.
Ellos creen – pero no saben – que estoy en todas partes. Estoy tanto en todo que nada parece manifestarme. Lo que soy, no lo parezco, ni parezco lo que soy: soy inconcebible, inabarcable e inolvidable. ¡Oh, sí! Me ocupo muy bien de que siempre me recuerden. Que recuerden que dependen de mí y no se olviden de cuánto me necesitan: muchísimo. Yo soy indispensable; el único imprescindible. Es imposible hacer algo sin mi conocimiento ni mi intermediación. Todos me requieren para hacer algo, por eso me invocan a cada rato. Soy ineludible, como la Vida, como la Muerte. Por supuesto, ha habido algunos – muchos, a fuerza de ser franco – que han pretendido penetrar en mis secretos, como si eso fuera posible. Mi sabiduría está velada como una puerta abierta. El principio de la seguridad es que nunca se está seguro, así que, ¿para qué cerrarla? Es imposible para ellos atravesar su umbral y recorrer la habitación de mi poder. Nunca me he permitido perder el misterio, a ver si todavía pierdo el poder, yo, que todo lo puedo. Y, sí, ellos me lo permiten. Han elaborado sus vidas en torno a mí, porque, después de todo, ¿quién les da el sustento tan deseable? ¿quién alienta sus anhelos, sus deseos, sus pasiones? Yo, y mi poder, que todo lo puede.
Me han empuñado tan firmemente – o eso creen – que ya no pueden dejar de aferrarse a mí, como náufragos en un insondable océano ignoto, al cual, sobre todo, temen. Y, ¿quién querría soltar la tabla de salvación? Nadie. Nadie quiere ahogarse en las aguas de la libertad, como hago yo. Mejor que el responsable sea otro. Mejor que sea yo, que de eso, lo sé todo.
Bien mirado, no dudo en que soy enciclopédico, pero no permito que me hojeen así nomás. Sólo les dejo creer que, al consultarme, pueden saber alguna cosa. Aumenta el caos, engendro el orden. Ciertamente, les dejo creer lo que quiero, nada más, que tanto conocimiento junto enceguece. Muchos se entusiasman creyendo que se han vuelto sabios, intelectuales, científicos; si hasta hay quienes han sido llamados genios, como si su incompleta sapiencia los rescatara de su infinita ignorancia. Ellos piensan, yo siento; por eso les domino. Cuanto más se esfuerzan por penetrar en mis dominios, menos me entienden. Y mi poder crece, se alimenta de su insaciable soberbia, y cada vez los comprendo más a todos, como un muro que los contiene, aunque ellos crean que así los protejo.
Claro que ninguno de ellos entiende de qué se trata eso del poder. Nunca lo sabrán. No son lo suficientemente impávidos como para eso. Si supieran que alcanzar el bienestar es una cuestión de intrepidez, se contentarían con las incomodidades. Para eso hay que ser ilimitado, innegable, insólito; diría que hasta bizarro. Mejor así, si no, dejaría de ser quien soy. Me he encargado juiciosamente de que fuera de ese modo: he puesto tantas facilidades en el camino que llegar a mí se ha vuelto una meta inalcanzable para ellos, porque, para asegurarme que lleguen a destino, siempre me pongo más lejos. Y cómo les cuesta alejarse de sí mismos.
Pero la verdad permanece oculta, como el corazón de una cebolla que se pudiera desmenuzar capa por capa sin llegar jamás a su corazón. Soy inaccesible porque soy implacable. Soy la sombra de todos ellos y su única luminaria. Ellos quieren ser como yo – y lo afirman tal cual en sus libros -, pero yo soy como ninguno, aunque me parezca a todos, porque estoy en todos ellos, todo el tiempo. Sé que nunca serán como yo, porque ellos solamente son mis súbditos, desde y por siempre.
Ya sé que querrían saber quien soy, pero esa es la verdad, y la verdad no puedo decirla, porque es intolerable: nadie la resistiría. ¡Recuérdenlo! Y agradezcan que existo, porque únicamente yo sé porqué les he creado.
© 1997, 2001, Jorge R. Ogdon. Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la Ley n° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina.
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