Un cuaderno de cenizas

Dogon ©


John Dee, Necronomicón, © Esoterica Archives

Sé que mucha gente siente desagrado al momento de hablar de la Muerte. A veces, me he contestado que se debe a que se creerán inmortales. De esta vida, digo y me confirmo, que el alma imperecedera es. Y, ¡cuánto sufrimiento puede llevar consigo de este mundo! Y, peor aún, ¡cuanto más puede encontrar en el otro!

Por eso quiero que me cremen, y así lo he dispuesto expresamente en mi testamento. Sólo espero que el inepto de mi sobrino, Matthew Wharton, cumpla mi voluntad sin demora. Con toda mi voluntad. Que me cremen a mí y a esos libros. ¡Malditos libros del demonio! Sí, espero que no sea estúpido como yo, que quise saber más, y demasiado nunca es suficiente. No, tenía que ir más lejos. ¡Y hasta dónde me llevaron, Dios mío!

Desde éste, mi lecho de muerte, le espero en vano. Sé que para cuando llegue estaré alejándome de todo lo humano. ¡Ya estoy en sus "manos"! ¡Ja, si seré gracioso, "manos", ja, ja, ja! Aah, si tuviera fuerzas me levantaría y le prendería fuego por mí mismo a la biblioteca y a toda la maldita casa. Pero me lo impiden, la falta de fuerzas físicas y morales. Ya estoy acabado, presto a ser pasto de esas cosas innominadas que reptan y se arrastran por túneles infrahumanos, que recorren todo el cementerio de Dunwich, de punta a punta. Sí, ningún cadáver escapa a su canibalismo siniestro. Aunque eso no sea lo peor, que después de todo es solamente carne muerta. No, lo peor es su sed de espíritus, su insaciable sed, que nunca se apaga.

¡Para qué habré querido saber el destino de los cadáveres! ¡Yo, que pronto seré uno! ¡Maldigo el día de mi curiosidad y maldigo al maldito Necronomicón! Ese, ese es el primero que debe ser incinerado, hasta esparcir sus cenizas en el viento más feroz, para que no quede nada de él. Al menos, la copia que yo tengo desaparecerá conmigo. Ninguno de los bibliotecarios, ni de Buenos Aires, ni de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, ni tan siquiera algunos en posesión de ciertos coleccionistas que no ignoran las consecuencias, nadie, digo, me ha hecho caso. ¡Pagarán por eso, ignorantes! Pero yo, yo Flinders Wharton, no soy estúpido.

Ellos han querido convencerme para que no lo haga, ni que creme mi cuerpo, pero lo haré, y haré que ese infame libro y todos sus similares que poseo tengan el mismo destino..., el fuego del Infierno.

Sólo espero que mi sobrino llegue a tiempo, porque, por momentos, siento esa fuerza oscura, que muy bien sé de donde procede, que me llena del vigor necesario para desplazarme hasta la biblioteca y quemar el testamento. ¡Ja, ja, ja, no podrá conmigo, ja, ja, ja! Ya dije que no soy estúpido, para algo me até completamente, excepto la mano derecha, que ocupo con la lapicera fuente con que escribo esto, para que mi sobrino pueda saber cómo morí y por qué es necesario incendiarlo todo, hasta mi cuerpo mismo. Pero, especialmente, los libros, los condenados libros.

¡Ooohh, ese cántico otra vez! ¡Dios os condene al infierno, bastardos, hijos de la Maldad! ¡Aaaaaggghhh... basta, bastaaaaaa! No me obligaréis, no, nooooo......

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- ¿Señor Wharton? - dijo el atildado oficial.

- Sí, soy yo - respondió con un respingo el distraído Matthew.

- No tengo buenas noticias para usted, señor Wharton.

- Me lo imaginaba. Algo ya me adelantó su asistente.

- Así es. La casa se perdió totalmente por el incendio, sólo quedan algunos cimientos humeantes.

- ¿Y mi tío?

- Humm... No sé como decírselo, señor Wharton.

- Está muerto, ¿no es así? Nadie pudo haber sobrevivido, dicen.

- En efecto, pensamos que murió en su cama, pero hay algo extraño en eso.

- ¿Qué dice?

- Parece que su tío estaba amarrado a la cama al momento de declararse el siniestro...

- ¡¿Cómo?!

- Como lo oye, señor Wharton, se había atado a su propia cama. Pero lo raro es que, aunque encontramos las amarras de cuero, que debe haber tomado del manicomio que dirigía, no encontramos su cuerpo.

- ¡Pero eso es imposible, si estaba atado como dice!

- Claro que sí, excepto que se haya liberado en un rapto de cordura e intentado escapar de ese infierno de fuego y humo.

- ¿Me está diciendo que puede estar vivo?

- No lo hemos encontrado en el interior de la vivienda, pero tampoco en los alrededores, aunque es algo prematuro afirmar nada. Por ahí anda dando vueltas por el bosque, quién sabe.

- Dios mío, tendría que haber venido cuando me escribió por primera vez, hace más de dos meses.

- No creo que sirviera de mucho. Parece ser que este trance le sobrevino de manera inesperada. No soy psicólogo ni quiero jugar de tal, pero conocí a su tío y no era un orate ni un demente.

- Claro que no, agente Sundance, claro que no. Si bien soy ingeniero y tengo poco que ver con la psicología y los manicomios, sé que mi tío era muy bien considerado por sus colegas.

- En fin, no sé. Por ahí el estar tanto al lado de esos perdidos le terminó afectando la cabeza, qué puedo saber yo. Yo persigo delincuentes.

- Así que se perdió todo, me dice.

- Oh, no, no todo, señor Wharton.

- ¿Quedó algo?

- Parece que su tío, antes de prender fuego a la casa, sacó al jardín un montón de libracos viejos. Seguramente deben ser de gran valor anticuario, de lo que no entiendo mucho más que de psicología, pero lucen bien viejos y raros. Mi asistente me dijo, vaya pelmazo, que uno, en especial, parecía encuadernado en piel humana. ¿Se imagina, señor Wharton? Seguro que el humo afectó el cuero y ese tonto campechano ya lo tomó con su natural superstición. Ser agente federal no significa ser culto, ya sabe. Y menos los que me asignan en esta región alejada de todo lo que pueda significar cultura.

- Unos libros, ¿eso es todo? En fin, si es como dice usted, por ahí puedo resarcirme de algo. Y si el cuerpo de mi tío desapareció, no habrá gastos de funeral, ¿no es así?

- Así es, señor Wharton. Bueno, los tengo acá en la patrulla. Vamos que se los entregaré.

- Sí, gracias, Agente Sundance, ya estoy con usted.

Matthew se entretuvo encendiendo un cigarrillo. Su mirada cayó sobre el cuaderno quemado, casi reducido a cenizas que Sundance le había mostrado en un comienzo, diciéndole que fue encontrado junto a la cama de su tío, como si hubiera estado escribiendo en él al momento de desaparecer o calcinarse. No se animó a tocarlo, no supo bien porqué. Quizás porque su atención estaba concentrada en un casi imperceptible cántico que le llegaba desde el baúl del auto patrulla estacionado ante el local de la Comisaría de Dunwich.


© 2001, Jorge R. Ogdon. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Es propiedad.

 

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