Una visita a Innsmouth

Dogon ©


Foto © Harald Sund /The Image Banken

 

Dedicado al Dr. Henry Armitage

Uno de los aspectos sobresalientes de la marea matutina es la cantidad de despojos de naufragios que deja amontonados en la playa, sobre la arena húmeda y a merced de sus habitantes y a mano de los que viven en el aire.

No hay más que caminar descalzo por esos lugares para darse cuenta del hechizo que ejercen las historias de piratas en las costas bajas de la bahía, blanca y azulada.

Al echar un vistazo profundo a la lejanía marina, uno nota inmediatamente los temibles dedos negros de los arrecifes, y de uno en especial, que todos los años, desde los orígenes de la navegación, han despanzurrado a los navíos audaces que se atrevieron a buscar refugio en la bahía durante una tormenta, o fueron tan incautos de aproximarse a estas costas para reabastecerse de provisiones y agua potable.

Uno puede imaginarse la escena de los afanosos marineros, luchando denodadamente contra el huracanado viento, la azotaína (*) de la lluvia a cántaros y el peligro devorador de las encrespadas olas; sus ojos desorbitados, sus bocas abiertas en gritos de advertencias y terrores, sus mandíbulas endurecidas a rabiar, apretando maldiciones y "diablos-y-culebras", todos ellos destinados a reposar en el sarcófago silencioso del fondo de las aguas, descansando entre sirenas, tritones y caballitos de mar, bajo la celosa mirada de Neptuno y la amenaza constante de su Tridente. Pero nada puede hacerle imaginar a una persona el otro escenario, aquel de los confiados que entregaban sus vidas a seres que no se puede calificar siquiera de "humanos degradados". Oh, no, nada puede describir a esos lugareños de Innsmouth.

Hoy, uno entrevé a lo lejos las deliciosas piruetas de los delfines rotadores y el vuelo de los cormoranes, chillando a medida que se alejan y vuelven a acercarse a las orillas arenosas de ese lugar tan histórico, con tantas historias de piratas, naufragios, tesoros y destinos truncados. Puede llamar la atención de alguno muy atento, el hecho de que ninguno de esos animales se aproxime al arrecife que puntualmente se ha señalado.

Desde lo alto de una cima cercana al mar, unas ruinas de negrura poco natural aseguran al curioso que, alguna vez, existió allí una fortaleza o una torre o torreón de alguna especie - y es bien cierto que no ser trata de un faro, ni que exista allí un fantasma responsable de los naufragios de estos dos últimos siglos -, aunque nadie pueda decir desde cuándo está allí, en ruinas e incompleto por donde se le mire, ni quiénes lo habitaron, ya que los escasísimos supervivientes a la tragedia que todos conocen se limitan a repetir que ignoran la identidad de sus moradores y que jamás, desde que Innsmouth existe y ellos tengan memoria, se supo que allí pudiera vivir alguien.

Uno se da cuenta enseguida de que el sitio fue una fortificación de alguna clase, porque su masa rocosa se alza imponente hacia las alturas, al filo de un risco inconquistable que mira a las bravías aguas. Existe un único sendero; bah, apenas una "huella" deslucida y agreste - que trepa hacia un precario y milenario "puente" natural, que otrora fuera un árbol gigantesco y que desde hace eones yace echado en una suerte de inercia fosilizada. Al extremo opuesto del mismo, se alcanza a distinguir - a una distancia de más de doscientos metros - el umbral de un pórtico vetusto y decaído, cuyos muros derruidos están invadidos por una hiedra perniciosa y por unos hongos que no parecen deberse a la humedad, la cual, sin embargo, satura la piedra al punto de que ésta parece exudar un líquido viscoso de horrible apariencia.

Esforzándose con la mirada, uno puede alcanzar a ver parte del oscuro y tenebroso corredor en dosel que continúa al portal desgajado, que se pierde hacia el interior de la maciza construcción.

No faltan los relatos, hechos en voz queda alrededor de las jarras de cerveza en las tabernas arruinadas y moribundas del puerto de Innsmouth, que dicen que durante los episodios monstruosos del invierno de 1927-1928, cuando un grupo de federales se animó a cruzar el puente petrificado y se internó intrépidamente a través de ese portal y a lo largo de ese corredor espantoso, en su afán de capturar algunos miembros más de cierta secta innombrable, pues bien, nunca más volvió a saberse de ellos, aunque algunos bocadillos (*) dicen que se escucharon escalofriantes alaridos de terror pánico, acompañados de un extraño sonido chapoteante y jugoso, que retumbaba con una violencia inusitada - la gran mayoría de los pobladores aseveraba, hace ya unos años, que parecía como si se estuviera produciendo un cataclismo -; sea como fuera, las autoridades parecen haber considerado conveniente no volver a indagar por el lugar, optando por confiar en que nadie fuera lo suficientemente idiota como para hacerlo por su cuenta.

Dicen que, desde entonces, nadie intentó esa hazaña de nuevo, siguiendo los sabios consejos de los ancianos del pueblo, quienes ya desde su más tierna infancia habían sido aleccionados a evitar acercarse demasiado a la que, en esos tiempo lejanos, llamaban "la Torre de Jack", en memoria de vaya uno a saber qué olvidada leyenda del siglo XVIII. Hay historiadores folklóricos que apuntan que tal denominación tiene que ver con "Jack el Cachiporro", un pirata de menor cuantía que, alguna vez y haya lejos en el tiempo de las colonias, asoló las costas de Massachussets, hasta que los ingleses le echaron el guante y le hicieron bailar de la punta de un cadalso, a la vista del ya existente pueblo de Innsmouth.

Si no fuera porque el claxon del ómnibus está llamándonos para regresar a Arkham y seguir con nuestro "tour", me hubiera animado a intentar cruzar el pontón osificado, para develar esos tantos misterios cautivantes y temibles que encierra "la Torre de Jack", pero, cuando uno se embarca en estos "charters" no puede hacer su voluntad, sino la del programa de visitas. Al menos, pude tomarle un par de fotos y anotar algunos datos sueltos. Aunque nunca olvidaré la imagen del puerto de Innsmouth, sus decadentes habitantes y la ominosa torre de la colina.

Quizás alguna vez publique un artículo sobre esto.


© 2001, Jorge R. Ogdon. Queda hecho el depósito que marca la Ley n° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Es propiedad.

Azotaína: Es un término familiar que en España se suele pronunciar sin el acento en la vocal que se señala en el relato, aquí se mantiene tal y como utilizó la palabra su autor. [Nota del Editor]

Bocadillos: entiéndase "comentarios". Se trata de un localismo que se utiliza en Argentina y que procede del lenguaje de los comics. Éstos insertan los diálogos en "bocadillos". Así, por ej., "insertar un bocadillo", un comentario. [Nota del Autor]

 

Copyright © 2001

 

STARMEDIA        CERRAR