Los gatos en la Obra de Lovecraft

 

Los Gatos en la Obra de Lovecraft

Henry Armitage

Tournee du chat noir
Théophile Alexandre Steinlen

H.P. Lovecraft adoraba a los gatos y con frecuencia aparecen como protagonistas en sus relatos. El ejemplo más claro se encuentra en Los Gatos de Ulthar (1920), donde una Ley Municipal prohibe que ninguna persona pueda matar a un gato, ya que antes de que la ley se promulgase, una pareja de ancianos vivía en una lúgubre cabaña en Ulthar a la que ningún gato se podía acercar, porque encontraban una muerte segura. Hasta que un día pasó por Ulthar un carromato en la que viajaba un chico llamado Menes al que siempre le acompañaba su mascota, un pequeño gato, que desapareció en la casa de los viejos. Menes, al enterarse de la siniestra fama de la pareja, realiza una especie de conjuro de mal de ojo. Esa noche, todos los gatos de Ulthar desaparecen y regresan lustrosos y relamiéndose a la mañana siguiente: Los habitantes del pueblo no volvieron a ver a los viejos, que nunca más dieron señales de vida.

En algunos relatos y poemas los gatos incluso tienen nombre, como el poema Sam Perkins o Nigger-Man de Las Ratas en las paredes. De hecho Lovecraft tenía un gato llamado de esa manera y que desapareció en 1904. En lo que respecta a ese nombre, que hoy podría ser considerado despectivo, hay que decir que a principios de siglo Nigger (Negro) no tenía el sentido ofensivo que se le da hoy día en inglés. En todo caso, este gato, este Hombre-Negro, simplemente desempeña el papel de animal de compañía que detecta la presencia de esas ratas que se oyen tras las paredes y que pueblan todo un mundo subterráneo de terrores ancestrales.

A mediodía caminaba ya por una calle principal de Nir, donde había estado anteriormente. Era esta ciudad el lugar más alejado que él había visitado tiempo atrás en aquella dirección. Poco después llegaba al gran puente de piedra que cruza el Skai, en cuyo tramo central los constructores habían sellado su obra con el sacrificio de un ser humano hacía mil trescientos años. Una vez al otro lado, la frecuente presencia de gatos (que erizaban sus lomos al paso de los zoogs) anunció la proximidad de Ulthar; pues en Ulthar, según una antigua y muy importante ley, nadie puede matar un solo gato. Muy agradables eran los alrededores del Ulthar, con sus casitas de techumbre de paja y sus granjas de limpios cercados; y aún más agradable era el propio pueblecito, con sus viejos tejados puntiagudos y sus pintorescas fachadas, con sus innumerables chimeneas y sus estrechos callejones empinados, cuyo viejo empedrado de guijarros podía admirarse allí donde los gatos dejaban espacio suficiente. Una vez que notaron los gatos la presencia de los zoogs y se apartaron, Carter se dirigió directamente al modesto Templo de los Grandes Dioses, donde, según se decía, estaban los sacerdotes y los viejos archivos; y ya en el interior de la venerable torre circular cubierta de hiedra - que corona la colina más alta de Ulthar- buscó al patriarca Atal, el que había subido al prohibido pico de Hathea-Kla, en el desierto de piedra, y había regresado vivo.

Carta 865, SL V, Arkham House

    Carta a William Lumley

Estimado Sr. Lumley:

El sueño que tuve sobre la Ciudad del Gato Negro fue realmente muy fragmentario. Se trataba de una ciudad como labrada en piedra y sus casas parecían estar colgadas en las paredes de unos acantilados. Se parecían a algunas ciudades dibujadas por Sime para ilustrar los relatos de Dunsany, de hecho hay ciudades parecidas en España [*]. La ciudad parecía que había sido construida por y para seres humanos hace eones, pero sus habitantes actuales eran felinos, que parecía que habían vivido allí una eternidad. Realmente no sucedía prácticamente nada en el sueño, pues se trataba solamente de una imagen aislada del lugar, donde los gatos deambulaban por las calles de la ciudad de una manera ordenada y racional, como si se dirigieran a sus obligaciones diarias.

Suyo afectísimo,

    H.P. Lovecraft

       

[*] Sin lugar a dudas H.P. Lovecraft se está refiriendo a las Casas Colgantes de Cuenca.

Henry Armitage

 

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