H.P.
Lovecraft adoraba a los gatos y con frecuencia aparecen como protagonistas
en sus relatos. El ejemplo más claro se encuentra en Los
Gatos de Ulthar (1920), donde una Ley Municipal prohibe que
ninguna persona pueda matar a un gato, ya que antes de que la
ley se promulgase, una pareja de ancianos vivía en una
lúgubre cabaña en Ulthar a la que ningún
gato se podía acercar, porque encontraban una muerte segura.
Hasta que un día pasó por Ulthar un carromato en
la que viajaba un chico llamado Menes al que siempre le acompañaba
su mascota, un pequeño gato, que desapareció en
la casa de los viejos. Menes, al enterarse de la siniestra fama
de la pareja, realiza una especie de conjuro de mal de ojo. Esa
noche, todos los gatos de Ulthar desaparecen y regresan lustrosos
y relamiéndose a la mañana siguiente: Los habitantes
del pueblo no volvieron a ver a los viejos, que nunca más
dieron señales de vida.
En
algunos relatos y poemas los gatos incluso tienen nombre, como
el poema Sam Perkins o Nigger-Man
de Las Ratas en las paredes. De hecho Lovecraft tenía
un gato llamado de esa manera y que desapareció en 1904.
En lo que respecta a ese nombre, que hoy podría ser considerado
despectivo, hay que decir que a principios de siglo Nigger
(Negro) no tenía el sentido ofensivo que se le da hoy
día en inglés. En todo caso, este gato, este Hombre-Negro,
simplemente desempeña el papel de animal de compañía
que detecta la presencia de esas ratas que se oyen tras las paredes
y que pueblan todo un mundo subterráneo de terrores ancestrales.
A
mediodía caminaba ya por una calle principal de Nir, donde
había estado anteriormente. Era esta ciudad el lugar más
alejado que él había visitado tiempo atrás
en aquella dirección. Poco después llegaba al gran
puente de piedra que cruza el Skai, en cuyo tramo central los
constructores habían sellado su obra con el sacrificio
de un ser humano hacía mil trescientos años. Una
vez al otro lado, la frecuente presencia de gatos (que erizaban
sus lomos al paso de los zoogs) anunció la proximidad de
Ulthar; pues en Ulthar, según una antigua y muy importante
ley, nadie puede matar un solo gato. Muy agradables eran los alrededores
del Ulthar, con sus casitas de techumbre de paja y sus granjas
de limpios cercados; y aún más agradable era el
propio pueblecito, con sus viejos tejados puntiagudos y sus pintorescas
fachadas, con sus innumerables chimeneas y sus estrechos callejones
empinados, cuyo viejo empedrado de guijarros podía admirarse
allí donde los gatos dejaban espacio suficiente. Una vez
que notaron los gatos la presencia de los zoogs y se apartaron,
Carter se dirigió directamente al modesto Templo de los
Grandes Dioses, donde, según se decía, estaban los
sacerdotes y los viejos archivos; y ya en el interior de la venerable
torre circular cubierta de hiedra - que corona la colina más
alta de Ulthar- buscó al patriarca Atal, el que había
subido al prohibido pico de Hathea-Kla, en el desierto de piedra,
y había regresado vivo.

Carta
865, SL V, Arkham House
Estimado
Sr. Lumley:
El
sueño que tuve sobre la Ciudad del Gato Negro fue realmente
muy fragmentario. Se trataba de una ciudad como labrada en piedra
y sus casas parecían estar colgadas en las paredes de unos
acantilados. Se parecían a algunas ciudades dibujadas por
Sime para ilustrar los relatos de Dunsany, de hecho hay ciudades
parecidas en España [*]. La ciudad parecía
que había sido construida por y para seres humanos hace
eones, pero sus habitantes actuales eran felinos, que parecía
que habían vivido allí una eternidad. Realmente
no sucedía prácticamente nada en el sueño,
pues se trataba solamente de una imagen aislada del lugar, donde
los gatos deambulaban por las calles de la ciudad de una manera
ordenada y racional, como si se dirigieran a sus obligaciones
diarias.
Suyo
afectísimo,