"PARA SER GRANDE, SÉ ENTERO."

 FERNANDO PESSOA

Tengo compasión de las estrellas, 
Que brillan hace tanto tiempo, 
Tanto tiempo... 
Siento compasión por ellas. 

¿Es que no habrá un estar cansado 
En las cosas, 
En todas las cosas, 
Como en las piernas y los brazos? 

Un cansancio de existir, 
De ser, 
Sólo de ser, 
El ser, un triste brillar o sonreír... 

¿No habrá, en fin, 
Para las cosas que son, 
No la muerte, mas sí 
Otra especie de fin, 
O una gran razón 
-Algo así 
Como un perdón? 
 

de "CANCIONERO"


Duermo. Si sueño, al despertar no sé 
Qué cosa yo soñé. 

Duermo. Si duermo sin soñar, despierto 
A un espacio abierto 
Que desconozco, pues que desperté 
A lo que aún no sé. 

Es mejor no soñar ni no soñar 
Y nunca despertar. 
 

de "CANCIONERO"


Mi ser vive en la Noche y el Deseo, 
mi alma es un recuerdo que hay en mí. 
 

de "OTROS POEMAS".



 
IV 
 
Cuanto más hondamente pienso, más 
Profundamente me descomprendo. 
El saber es la inconsciencia de ignorar... 
 



 
V 
 
Sólo la inocencia y la ignorancia son 
Felices, mas sin saberlo. ¿Lo son o no lo son? 
¿Qué es ser, sin ser en el saber? Ser, como la piedra, 
Un lugar nada más. 
 

 
AUTOPSICOGRAFIA 
 
El poeta es un fingidor. 
Finge tan completamente 
Que hasta finge ser dolor 
El dolor que en verdad siente. 

Y quienes leen lo que escribe 
En el dolor leído sienten 
No los dos que el poeta vive 
Mas sólo aquél que no tienen. 

Y así por las vías rueda 
Y entretiene a la razón 
El tren girando con cuerda 
Que se llama corazón. 
 

de "CANCIONERO"


Peores males hay que estar enfermo, 
dolores hay que no duelen ni en el alma 
y que dolorosos son más que los otros. 
Hay angustias soñadas más reales 
que las que trae la vida, hay sensaciones 
sentidas con sólo imaginarlas 
más nuestras que la propia vida. 
Hay tanta cosa que sin existir 
existe, existe demoradamente 
y demoradamente es nuestra y es nosotros... 
Sobre el verde turbio del anchuroso río, 
los circunflejos blancos de gaviotas... 
Sobre el alma, el aleteo inútil 
de cuanto no fue, ni pudo ser, y es todo. 

Dame más vino, que la vida es nada. 
 

de "CANCIONERO"



 
XVI 
(............................................................) 
 Mas allá 
De la muerte y de la inmortalidad, 
¿No habrá algo mayor? ¡Ah, debe haber, 
Más allá de vida y muerte, ser, no-ser, 
Un innombrable supertrascendente, 
Eterno incógnito e incognoscible! 
 
¿Dios? Náusea. ¿Cielo, infierno? Náusea, náusea. 
¿Para qué pensar, si aquí ha de detenerse 
El corto vuelo del entendimiento? 
¡Más allá! Pensamiento, ¡más allá! 
 

de “PRIMER FAUSTO”.  

ALBERTO CAEIRO

XXXII 

Ayer por la tarde un hombre de ciudad 
hablaba ante la puerta de la posada. 
También hablaba conmigo. 
Hablaba de la justicia y de la lucha por la justicia, 
y de los obreros que sufren, 
y del trabajo constante, y de los que pasan hambre, 
y de los ricos, que tienen anchas las espaldas por eso. 

Y al mirarme vio lágrimas en mis ojos 
y sonrió complacido, creyendo que sentía 
el odio que el sentía y la compasión 
que él decía que sentía. 

(Pero yo apenas lo escuchaba. 
¿A mí qué me importan los hombres 
y lo que sufren, o suponen que sufren? 
Que sean como yo, y no sufrirán. 
Todo el mal del mundo viene de que a unos les  
                                               importen los otros, 
sea para hacer el bien, sea para hacer el mal. 
Nuestra alma y el cielo y la tierra nos bastan. 
Querer más es perderlos y ser desgraciados.) 

Lo que estaba pensando 
mientras el amigo de los hombres hablaba 
(y eso me había conmovido hasta las lágrimas) 
era en cómo el murmullo lejano de los cencerros, 
aquel atardecer, 
no parecía las campanas de una ermita 
donde fueran a misa las flores y los regatos 
y las almas sencillas como la mía. 

(Alabado sea Dios, que no soy bueno 
y tengo el egoísmo natural de las flores 
y de los ríos que siguen su camino 
preocupados sin saberlo 
tan sólo por florecer e ir discurriendo. 

Es ésta la única misión que hay en el mundo, 
ésta: existir claramente 
y saber hacerlo sin pensar en ello.) 

El hombre había callado, y miraba la puesta del sol. 
Pero ¿qué tiene que ver con la puesta del sol quien odia y  ama? 
 

de «EL GUARDADOR DE REBAÑOS» (1911-1912) 


XXXIII 

Pobres de las flores en los arriates de los jardines  
                                          simétricos. 
Parecen temerosas de la policía... 
Pero tan buenas son que florecen del mismo modo 
y poseen la misma sonrisa antigua 
que tuvieron para el primer mirar del primer hombre 
que las vio recién aparecidas y las rozó levemente 
para saber si hablaban. 
 

de «EL GUARDADOR DE REBAÑOS» 


Hablas de civilización, y de que no debe ser, 
o de que no debe ser así. 
Dices que todos sufren, o la mayoría de todos, 
con las cosas humanas por estar tal como están. 
Dices que si fueran diferentes sufrirían menos. 
Dices que si fueran como tú quieres sería mejor. 
Te escucho sin oír. 
¿Para qué habría de querer oír? 
Por oírte a tí nada sabría. 
Si las cosas fueran diferentes, serían diferentes: 
                                                   /esto es todo. 
Si las cosas fuesen como tú quieres, serían solo 
                                                /como tú quieres. 
Ay de tí y de todos los que pasan la vida 
queriendo inventar la máquina de hacer felicidad ! 
 

de «POEMAS INCONJUNTOS» (1913-1915) 


Si después de morir queréis escribir mi biografía 
no hay nada más sencillo. 
Tiene sólo dos fechas: la de mi nacimiento y la de mi 
                                                             /muerte. 
Entre una y otra todos los días son míos. 

Soy fácil de definir. 
Vi con furia. 
Amé las cosas sin ningún sentimentalismo. 
Nunca tuve un deseo que no pudiese realizar, 
                              /porque nunca cegué. 
Incluso oír nunca fue para mí más que un 
                              /acompañamiento de ver. 
Comprendí que las cosas son reales y diferentes, 
                                      /todas, las unas de las otras; 
lo comprendí con los ojos, nunca con el pensamiento. 
Comprenderlas con el pensamiemnto sería encontrarlas a todas           
                                                     iguales. 
Un día me vino el sueño, como a cualquier niño. 
Cerré los ojos y dormí. 
Y además, fui el único poeta de la Naturaleza. 
 

de «POEMAS INCONJUNTOS»



Poco me importa. 
Poco me importa, ¿qué? No sé: poco 
                                     /me importa. 
 

                                de «POEMAS INCONJUNTOS 

XLIV 

Me despierto en la noche de pronto 
y ocupa mi reloj la noche entera. 
No siento la Naturaleza de ahí afuera. 
Mi cuarto es una cosa oscura con paredes vagamente 
                                                           /blancas. 
Fuera hay un sosiego como si nada existiera. 
Tan sólo el reloj prosigue su ruido. 
Y esa pequeña cosa de engranajes que está encima 
                                                            /de mi mesa 
ahoga toda la existencia de la tierra y el cielo... 
Casi me pierdo pensando en qué significa todo esto, 
pero me detengo y me siento sonreír en la noche con 
                                          /la comisura de los labios, 
porque la única cosa que mi reloj simboliza o significa 
al llenar con su pequeñez la noche enorme 
es la curiosa sensación de que llena la noche enorme 
con su pequeñez. 
 

de «EL GUARDADOR DE REBAÑOS» 


Bastante metafísica hay en no pensar en nada. 

¿Lo que pienso del mundo? 
¿Sé yo lo que pienso del mundo? 
Si me enfermase, pensaría. 

¿Qué idea tengo de las cosas? 
¿Qué opinión sobre las causas y los efectos? 
¿He meditado sobre Dios y el alma 
Y sobre la creación del mundo? 
No sé. Para mí pensar en esto es cerrar los ojos 
Y no pensar. Y correr las cortinas 
De mi ventana (que no tiene cortinas). 

¿El misterio de las cosas? ¿Sé lo que es misterio? 
El único misterio es que alguien piense en el misterio. 
Aquel que está al sol y cierra los ojos 
Comienza a no saber lo que es el sol 
Y piensa cosas llenas de calor. 
Si abre los ojos y ve al sol 
No puede ya pensar en nada 
Porque la luz del sol vale más que los pensamientos 
De todos los filósofos y todos los poetas. 
La luz del sol no sabe lo que hace 
Y por eso no yerra y es común y buena. 

¿Metafísica? ¿Qué metafísica tienen esos árboles? 
La de ser verdes y copudos y hechar ramas 
Y dar frutos a su hora -nada que nos haga pensar, 
A nosotros, que no podemos dar por ellos. 
¿Qué metafísica mejor que la suya, 
No saber para qué viven 
Ni saber que no lo saben? 

“Constitución íntima de las cosas...” 
“Sentido íntimo del universo...” 
Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada. 
Es increíble que pueda pensarse así. 
Es como pensar en razones y fines 
Mientras reluce al comenzar la mañana 
Y al flanco de los árboles la sombra 
Va perdiéndose en un oro vago y lustroso. 

Pensar en el sentido último de las cosas 
Es aumentarlo, como cavilar sobre la salud 
O llevar un vaso de agua a la fuente. 
El último sentido íntimo de las cosas 
Es que no tienen sentido íntimo alguno. 

No creo en Dios porque nunca lo he visto. 
Si el quisiera que yo creyese en él 
Sin duda que vendría a hablar conmigo, 
Empujaría la puerta y entraría 
Diciéndome: ¡Aquí estoy! 

(Tal vez esto suene ridículo 
Para aquel que, por no saber lo que es mirar las cosas, 
No comprende al que habla de ellas 
Con el modo de hablar que enseña el verlas de verdad.) 

Si Dios es las flores y los árboles, 
Los montes, el sol y el claro de luna, 
Entonces creo en él, 
Creo en él a todas horas, 
Toda mi vida es oración y misa, 
Una comunión con los ojos y los oídos. 

Pero si Dios es los árboles y las flores, 
Los montes, la luna, el sol, 
¿Para qué lo llamo Dios? 
Lo llamo flores, árboles, montes, luna, sol. 

Si él se ha hecho, para que yo lo vea, 
Sol y luna y flores y árboles y montes, 
Si él se me presenta como árbol y monte 
Y claro de luna y sol y flor, 
Es porque quiere que yo lo conozca 
Como árbol, monte, luna, sol, flor. 

Y yo lo obedezco 
(¿Sé yo más de Dios que Dios de sí mismo?), 
Lo obedezco viviendo espontáneamente, 
Como uno que abre los ojos y ve, 
Y lo llamo luna y sol y flores y árboles y montes 
Y lo amo sin pensar en él 
Y lo pienso con los ojos y los oídos 
Y ando con él a todas horas. 
 

de «EL GUARDADOR DE REBAÑOS» 

     RICARDO REIS

Para ser grande, sé entero. Nada 
       Tuyo exageres o excluyas. 
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres 
       En lo mínimo que hagas. 
Así en cada lago la luna entera 
       Brilla, porque alta vive. 
 

de «ODAS»


Ya sobre la frente vana se me agrisa 
El cabello del joven que perdí. 
       Mis ojos brillan menos. 
Derecho a besos ya no tiene mi boca. 
Si tú aún me amas, por amor no ames: 
       Traición harías conmigo 
 

de «ODAS»


Todo cuanto cesa es muerte, y la muerte es nuestra 
Si para nosotros cesa. Aquél arbusto 
      Fenece y va con él 
      Parte de mi vida. 
En todo cuanto miré me quedé en parte. 
Con todo cuanto vi, si pasa, paso. 
      La memoria no distingue, 
      De lo que vi, qué fui. 
 

de «ODAS»


Lo que sentimos, no lo que es sentido, 
Eso tenemos. Claro, el triste invierno 
Cual a la suerte acojamos. 
Haya invierno en la tierra, no en la mente. 
Y amor a amor, o libro a libro, amemos 
      Nuestra calavera breve. 
 

de «ODAS»


Lidia, ignoramos. Somos extranjeros 
Dondequiera que estemos. 

Lidia, ignoramos. Somos extranjeros 
Dondequiera vivamos. Todo es ajeno; 
Ni nuestra lengua habla. 
Hagamos de nosotros mismos el retiro 
Donde escondernos, tímidos ante el insulto 
Del tumulto del mundo 
¿Qué más quiere el amor que no ser de los otros? 
Cual un secreto dicho en los misterios, 
Sacro sea por nuestro. 
 

de «ODAS»

Nada queda de nada. Nada somos. 
Un poco al sol y al aire retrasamos 
La irrespirable tiniebla en que nos pese 
La humilde tierra impuesta, 
Cadáveres aplazados que procrean. 

Leyes hechas, estatuas vistas, odas acabadas: 
Todo tiene hoyo propio. Si nosotros, carnes 
A las que un sol íntimo da sangre, tenemos 
Ocaso, ¿por qué no ellas? 
Somos cuentos contando cuentos; nada. 
 

de «ODAS»



 

¡Tan pronto pasa todo cuanto pasa! 
¡Muere tan joven ante los dioses cuanto 
     Muere! ¡Todo es tan poco! 
Nada se sabe, todo se imagina. 
Circúndate de rosas, ama, bebe 
     Y calla. Lo demás es nada. 
 

de «ODAS»



 

Aguardo, ecuánime, lo que conozco: 
Mi futuro y el futuro de todo. 
Todo en el fin será silencio, salvo 
Donde el mar bañe la nada. 
 

de «ODAS»



 

Viven en nosotros innúmeros; 
Si pienso o siento, ignoro 
Quien es que piensa o siente. 
Soy tan sólo el lugar 
Donde se sienta o piensa. 

Tengo más almas que una. 
Hay más yos que yo mismo. 
No obstante, existo. 
Indiferente a todos. 
Los hago callar: yo hablo. 

Los impulsos cruzados 
De cuanto siento o no siento 
Disputan en quien soy. 
Los ignoro. Nada dictan 
A quien me sé: yo escribo. 
 
 

de «ODAS»

ALVARO DE CAMPOS

TABAQUERIA 
 

No soy nada. 
Nunca seré nada. 
No puedo querer ser nada. 
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo. 

Ventanas de mi cuarto, 
Cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién son 
(Y si lo supiesen, ¿qué sabrían?) 
Ventanas que dan al misterio de una calle cruzada constantemente por la gente, 
Calle inaccesible a todos los pensamientos, 
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta, 
Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres, 
Con el de la muerte que traza manchas húmedas en las paredes, 
Con el del destino que conduce al carro de todo por la calle de nada. 

Hoy estoy convencido como si supiese la verdad, 
Lúcido como su estuviese por morir 
Y no tuviese más hermandad con las cosas que la de una despedida, 
Y la hilera de trenes de un convoy desfila frente a mí 
Y hay un largo silbido  
Dentro de mi cráneo 
Y hay una sacudida en mis nervios y crujen mis huesos en la arrancada. 

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y encontró y olvidó, 
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo 
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, 
Y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro. 

Fallé en todo. 
Como no tuve propósito alguno tal vez todo fue nada. 
Lo que me enseñaron  
Lo eché por la ventana del traspatio. 
Ayer fui al campo con grandes propósitos. 
Encontré sólo hierbas y árboles 
Y la gente que había era igual a la otra. 
Dejo la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de pensar? 

¿Qué puedo saber de lo que seré, yo que no sé lo que soy? 
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tantas cosas! 
¡Y hay tantos que piensan ser esas mismas cosas que no podemos ser tantos! 

¿Genio? En este momento 
Cien mil cerebros se creen en sueños genios como yo 
Y la historia no recordará, ¿quién sabe?, ni uno, 
Y sólo habrá un muladar para tantas futuras conquistas. 
No, no creo en mí. 
¡En tantos manicomios hay tantos locos con tantas certezas! 
Yo, que no tengo ninguna ¿puedo estar en lo cierto? 
No, en mí no creo. 
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo 
Genios-para-sí-mismos a esta hora están soñando? 
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas 
-Sí, de veras altas y nobles y lúcidas- 
Quizá realizables, 
No verán nunca la luz del sol real ni llegarán a oídos de la gente? 

El mundo es para los que nacieron para conquistarlo 
No para los que sueñan que pueden conquistarlo, aunque tengan razón. 
He soñado más que todas las hazañas de Napoleón. 
He abrazado en mi pecho hipotético más humanidades que Cristo, 
He pensado en secreto más filosofías que las escritas por ningún Kant. 
Soy y seré siempre el de la buhardilla, 
Aunque no viva en ella. 
Seré simpre el que no nació para eso. 
Seré siempre sólo el que tenía algunas cualidades, 
Seré siempre el que aguardó que le abrieran la puerta frente a un muro que no tenía puerta, 
El que cantó el cántico del Infinito en un gallinero, 
El que oyó la voz de Dios en un pozo cegado. 
¿Creer en mí? Ni en mí ni en nada. 
Derrame la naturaleza su sol y su lluvia 
Sobre mi ardiente cabeza y que su viento me despeine 
Y después que venga lo que viniere o tiene que venir o no ha de venir. 
Esclavos cardíacos de las estrellas, 
Conquistamos al mundo antes de levantarnos de la cama; 
Nos despertamos y se vuelve opaco; 
Salimos a la calle y se vuelve ajeno, 
Es la tierra y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido. 

(Come chocolates, muchacha, 
¡Come chocolates! 
Mira que no hay metafísica en el mundo como los chocolates, 
Mira que todas las religiones enseñan menos que la confitería. 
¡Come, sucia muchacha, come! 
¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes! 
Pero yo pienso y al arrancar el papel de plata, que es de estaño, 
Echo por tierra todo, mi vida misma.) 

Queda al menos la amargura de lo que nunca seré, 
La caligrafía rápida de estos versos, 
Pórtico que mira hacia lo imposible. 
Al menos me otorgo a mí mismo un desprecio sin lágrimas, 
Noble al menos por el gesto amplio con que  arrojo, 
Sin prenda, la ropa sucia que soy al tumulto del mundo 
Y me quedo en casa sin camisa. 

(Tú que consuelas y no existes, y por eso consuelas, 
Diosa griega, estatua engendrada viva, 
Patricia romana, imposible y nefasta, 
Princesa de los trovadores, escotada marquesa del dieciocho, 
Cocotte célebre del tiempo de nuestros abuelos, 
O no sé cual moderna -no acierto bien la cual- 
Sea lo que seas y la que seas, ¡si puedes inspirar, inspírame! 
Mi corazón es un balde vacío. 
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco, 
Me invoco a mí mismo y nada aparece. 
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta. 
Veo las tiendas, la acera, veo los coches que pasan, 
Veo los entes vivos vestidos que pasan, 
Veo los perros que también existen, 
Y todo esto me parece una condena a la degradación 
Y todo esto, como todo, me es ajeno.) 

Viví, estudié, amé y hasta tuve fe. 
Hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por ser él y no yo. 

En cada uno veo el andrajo, la llaga y la mentira. 
Y pienso: tal vez nunca viviste, ni estudiaste, ni amaste, ni creíste 
(Porque es posible dar realidad a todo esto sin hacer nada de todo esto.) 
Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que cortan el rabo 
Y el rabo salta, separado del cuerpo. 

Hice conmigo lo que no sabía hacer. 
Y no hice lo que podía. 
El disfraz que me puse no era el mío. 
Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí. 
Cuando quise arrancarme la máscara, 
La tenía pegada a la cara. 
Cuando la arranqué y me vi en el espejo, 
Estaba desfigurado. 
Estaba borracho, no podía entrar en mi disfraz. 
Lo acosté y me quedé afuera, 
Dormí en el guardarropa 
Como un perro tolerado por la gerencia 
Por ser inofensivo. 
Voy a escribir este cuento para probar que soy sublime. 

Esencia musical de mis versos inútiles, 
Quién pudiera encontrarte como cosa que yo hice 
Y no encontrarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente: 
Pisan los pies la conciencia de estar existiendo 
Como un tapete en el que tropieza un borracho 
O la esterilla que se roban los gitanos y que no vale nada. 

El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta y se instala contra la puerta. 
Con la incomodidad del que tiene el cuello torcido, 
Con la incomodidad de un alma torcida, lo veo. 
El morirá y yo moriré. 
El dejará su rótulo y yo dejaré mis versos. 
En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos. 
Después, en otro momento, morirán la calle donde estaba pintado el rótulo 
Y el idioma en que fueron escritos los versos. 
Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto. 
En otros planetas de otros sistemas algo parecido a la gente 
Continuará haciendo cosas parecidas a versos, 
Parecidas a vivir bajo un rótulo de tienda, 
Siempre una cosa frente a otra cosa, 
Siempre una cosa tan inútil como la otra, 
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real, 
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el misterio de la superficie, 
Siempre ésta o aquella cosa o ni una cosa ni la otra. 

Un hombre entra a la Tabaquería (¿para comprar tabaco?), 
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí. 
Me enderezo a medias, enérgico, convencido, humano, 
Y se me ocurren estos versos en que diré lo contrario. 

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos 
Y saboreo en el cigarro la libertad de todos los pensamientos. 
Fumo y sigo al humo con mi estela, 
Y gozo, en un momento sensible y alerta, 
La liberación de todas las especulaciones 
Y la conciencia de que la metafísica es el resultado de una indisposición. 
Y después de esto me reclino en mi silla 
Y continúo fumando. 
Seguiré fumando hasta que el destino lo quiera. 

(Si me casase con la hija de la lavandera 
Quizá sería feliz). 
Visto esto, me levanto. Me acerco a la ventana. 
El hombre sale de la Tabaquería (¿guarda el cambio el la bolsa del pantalón?), 
Ah, lo conozco, es Estevez, que ignora la metafísica. 
(El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta). 
Movido por un instinto adivinatorio, Estevez se vuelve y me reconoce; 
Me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Estevez! y el universo 
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza y el Dueño de la Tabaquería sonríe.

 
Fernando Pessoa: imaginó una multitud de sujetos, una variedad de existencias singulares y alternativas en las que se multiplicaba hasta la propia disolución. Entre sus criaturas imaginarias (sus célebres heterónomos) descollan tres poetas. A cada uno de ellos, Pessoa le confirió no sólo un nombre propio sino también una biografía y, sobre todo, una poética.  Alberto Caeiro es  "el poeta materialista", aquel que con versos secos rechaza los laberintos del pensar e invita a gozar de las sentidos; Ricardo Reis  es el refinado constructor de arquitecturas parnasianas; Alvaro de Campos, el vanguardista desesperado que interroga, con rabia y escepticismo, el vacío de su propia existencia y, por extensión, la del hombre contemporáneo. No son simples pseudónimos sino precisas existencias literarias, en un doble sentido: invenciones de Pessoa y escritores que conciben y ejercen estéticas personalísimas. Pessoa fue -probablemente como cada uno de nosotros- un inigualable inventor de sí mismo. Y es -como muy pocos- una de las voces imprescindibles de la poesía del siglo veinte. Nació en Lisboa en 1888 donde murió, de un cólera hepático, en 1936.
Para elaborar este suplemento, se tuvo en cuenta la selección y traducción realizada por José  Antonio Llardent (Madrid, 1995). La traducción de "Bastante metafísica hay en no pensar en nada" y "Tabaquería" pertenece a Octavio Paz. 
Ilustraciones del interior: Vicente Rojo. Dibujo de biografia : Carlos Giorgis.