Uqbar, el pavor vermiforme

Ráfaga de Viento de Lucien Lévy-Dhurmer

Henry Armitage

Todavía hoy no consigo recordar cómo llegué a Uqbar, si es que Uqbar es un lugar al que se pueda llegar, porque ni siquiera tengo claro qué es exactamente Uqbar. Lo único que recuerdo es que una mañana me levanté con el ánimo de salir de viaje hacia la Meseta de Leng. Tuve que comprobar varias veces la realidad de mis intenciones, puesto que me daba la impresión que me encontraba viviendo uno de mis profundos sueños. Miré hacia abajo y allí estaban mis pies, me palpé el cuerpo y noté que estaba completamente vestido, con ropas de abrigo y dispuesto para el largo viaje. Para hacer una última comprobación, me puse a buscar un espejo. Pero abandoné la idea ante la sospecha de que pudiera descubrir el reflejo de alguien o algo indeseable.

La Metrópolis en el centro mismo de la Meseta era un yermo gélido... Y a partir de aquí, todos mis recuerdos se desconectan, todas mis vivencias se hunden en un caos de sensaciones extrañas. Los pies, que sentía incomprensiblemente muy calientes, me llevaron por un laberinto de calles estrechas, con portales como covachas y mujeres pintarrajeadas como muñecas de guiñol. No sé cómo, llegué a un portalón entre dos inverosímiles columnas. La puerta se dibujaba como un mapa de cristales en forma de rombos y trapecios, varias capas de polvo y un pequeño cartel amenazador que decía:
"Intenta volver más tarde".

Una vez más una nube de olvido llenó unos recuerdos que no lograban llegar con claridad. En todo caso, Uqbar apareció frente a mí, detrás de mí y alrededor de mí. Eran columnas de libros, paredes hechas de papel y suelos tapizados con las variopintas cubiertas de los libros. La curiosidad me atrajo a unos legajos amarillentos, que crujían como insectos apergaminados. Y, de pronto, se empezaron a abrir unas bocas que parecían bostezar o fingir gritos de pavor, digo que fingían gritos porque Uqbar era como una losa de silencio irrompible. Solamente se dejaba sentir el tacto y el olor de los crujidos como de saltamontes de celofán.

Todo volvió a una cierta normalidad, cuando apareció un hombrecillo, que hablaba como colocando las vocales sobre almohadas. Tenía una voz hipnótica y los dedos cambiantes. Pude contemplar sus manos enfundadas en mitones, que ocultaban unas palmas llenas de oscuros presagios, pero que dejaban al descubierto esos dedos de apariencia inestable: Unas veces parecían garfios, otras largas ramas desnudas y otras fungosidades verdosas. Oí que me decía su nombre: "George Angell", mientras sus labios se curvaban para indicarme que le siguiera. Bajamos unos escalones de piedra, cubiertos de una gasa aceitosa y pequeñas bocas cerradas. Para evitar resbalarme, fui tanteando la oscuridad de las paredes, que resultaron ser inmensas columnas de libros apilados. Oí la voz que alumbraba la dirección de mis pasos por aquellos pasillos forrados de libros encuadernados, oí que la voz me señaló la última frontera de mis recuerdos diciendo: "Este es el libro que estabas buscando". Las tapas estaban cubiertas de caracteres parecidos al árabe y entre la tupida maraña de tinta pude ver el dibujo de un gusano blanco, un dibujo que dejó de ser un gusano y un gusano que dejó de ser un dibujo para convertirse en una alimaña viva, una especie de dedo que reptaba como una serpiente. Todo parecía una locura, pero el fin llegó cuando el libro me mordió la mano y las columnas de libros empezaron a desplomarse a mi alrededor.

 

 

Copyright © 2001

 

STARMEDIA        CERRAR