Diamantes en el cielo

Ráfaga de Viento de Lucien Lévy-Dhurmer
Henry Armitage
Hay personas que parecen estar destinadas a encontrarse cara a cara con Entidades Malignas. Hay lugares en la tierra que encarnan abismos de una negrura blanda y amorfa. Personas y lugares condenados a cruzarse en ejes que confluyen en mi frente, como una señal grabada con el magma rojo y candente de volcanes infernales.
Quise huir de la belleza enfermiza de Nueva Inglaterra, donde el paisaje daba a mis ojos sus colores viciados. Los árboles respiraban todas las bocanadas de aire que yo necesitaba y, cuando les daba la espalda, sentía su resuello empapando mi nuca. No quería volver a escuchar las aguas aceitosas y espesas que encharcaban los cauces de ríos tupidos de juncos y cañas. No quería volver a escuchar las letanías interminables de las chotacabras, los whirpoorwills de la canción:
The sound of whirpoorwills
Was the song of Death
The old songs of Dunwich
Took all my Breath."El sonido de las chotacabras era la canción de la muerte y las viejas canciones de Dunwich se llevaron mi aliento, se llevaron mi suerte". Ese canto de los whirpoorwills parecía un mal presagio de lo que iba a ocurrir muy lejos de esos lugares saturados de leyendas innombrables.
El Departamento de Historia Antigua de la Universidad de Miskatonic me había concedido una beca para rastrear las raíces más profundas del folklore local en las Viejas Tierras de Inglaterra. Era un trabajo que me apasionaba, pero que emprendía con una cierta aprensión. Cuando llegué a Londres, apenas tuve tiempo de echarle un vistazo a los fabulosos tesoros que guarda el Museo Británico, ya que ese mismo día me llevaron hasta Liverpool, donde se encontraba la Fundación Etnofónica Loosoth.
A pesar de que la lluvia caía implacablemente, las cortinas de agua eran como velos borrosos que me permitían adivinar la extraña belleza de la campiña inglesa. Enseguida comprendí que toda la oculta maldad de Nueva Inglaterra se encontraba aquí, a mi alrededor, agazapada en algún lugar de esos prados tapizados de un verde crepuscular, un verde sin brillo. A medida que nos acercábamos a Liverpool la naturaleza parecía contener el aliento y el aire se iba cargando de un olor a salitre y a algas muertas. De pronto, me vino a la mente la imagen de un charco con aguas con un color violáceo, que recordaba el hígado que tanto he odiado desde niño: Un charco de hígado, precisamente lo que quería decir Liverpool.
Para ahuyentar mis pensamientos y espantar los malos presagios, me entretuve en hojear un libro sobre las Leyendas de Liverpool editado por la Fundación Loosoth, que tenía el enigmático título de Whirpoorwills & Liverpool. De hecho era una edición destinada a la divulgación, aunque la mayor parte de su contenido procedía de un antiguo manuscrito encuadernado a mano entre dos tapas de madera negra o ennegrecida por el uso. Por desgracia ese valioso volumen desapareció sin dejar rastro de la Biblioteca del Museo Británico junto con una copia bastarda y zafia del Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred. En mi mente empecé a jugar con las palabras "Chotacabras y Liverpool" --- Whirpoorwills, Whirpool, Liverpool, Loosoth... y no sé cómo, llegó a mis pensamientos el nombre de Lennon, en asociación fónica con Loosoth y Liverpool. Yo soy un viejo profesor chapado a la antigua que nada sabe de música moderna, pero indirectamente llegaron hasta mí noticias de la muerte ritual (?) de John Lennon, que se había empeñado en vivir en ese maldito edificio de Nueva York, el mismo donde Polanski había rodado "La Semilla del Diablo". Aunque no le hice mucho caso entonces, alguien me había susurrado al oído que miembros de una secta satánica habían acabado con la vida del cantante, porque "sabía demasiado".
La sirena de una fábrica me devolvió bruscamente a la realidad de una ciudad plomiza manchada de una niebla pálida como el capullo de un gusano de seda.
Me acomodaron en un apartamento abuhardillado en la plata alta de la Fundación. Tenía dos ventanas estrechas y abovedadas desde las que podía ver los tejados ruinosos de la parte más antigua de la ciudad. A pesar de la llovizna y la atmósfera húmeda y mohosa, del exterior se filtraba una luz lechosa que arañaba la madera crujiente del suelo y apuñalaba los paisajes desvaídos de Turner colgados en las paredes. Todo me resultaba extrañamente familiar: La cama de una elegancia victoriana y de una comodidad espartana, una mesa de roble y un butacón tapizado en rojo, una pared cubierta materialmente de libros y la otra pared, donde la habitación perdía su altura y cubría su desnudez con unas inexplicables argollas de hierro oxidado. Al mirarlas, sonreí nerviosamente. Aunque me encontraba solo, miré a mis espaldas furtivamente y utilicé dos de las argollas que estaban a la altura apropiada para estirarme y desentumecerme de los rigores del viaje. En ese momento fijé más la vista en una especie de cartelitos que había junto a las argollas, eran tan diminutos que tuve que acercarme con mis gafas de lupa para leer lo que decían. Y cuando mis ojos fatigados y cuajados de lágrimas estaban a punto de asomarse al misterio, me sobresaltó unos golpes secos en la puerta. Me sorprendió el contraste entre la brusquedad de la llamada y la amabilidad que surgió... al otro lado del umbral de la puerta.
- Me han pedido que le acompañe y que le enseñe lo poco que se puede ver en Liverpool - Dijo el joven con un marcado acento que me recordaron un sonido de flautas dulces. Llevaba el pelo como el de un paje de las fiestas cortesanas de la Edad Media, gafas redondas con monturas metálicas y un traje llamativamente sencillo. - Después de un viaje tan pesado, seguramente le apetecerá tomar un bocado en una taberna que conozco.
Se llamaba "Grotto Inn" o algo parecido. No consigo recordarlo bien. Además sería incapaz de volver al lugar, ya que el joven me llevó por un intrincado laberinto de callejuelas, que resonaban con el empedrado bajo nuestros pies.
Toda la locura comenzó en aquel lugar y aquella misma noche, aunque todas mis referencias espaciales y temporales hayan sufrido una deformación casi surrealista. Lo último que recuerdo con claridad es la vieja melodía "Lucy in the Sky with Diamonds" (L... S... D... !!) que invadió alguna parte de mi espíritu y me llevó a un extraño lugar. Cuando abrí los ojos, vi un suelo húmedo, cubierto de grandes losas de piedra. Al levantar la cabeza, noté su tacto como mucoso en mi mejilla. En mi cara sentía crecer largos filamentos verdes de moho y unas legañas blandas cubrían mis ojos. Tenía la mirada turbia, pero podía ver a mi alrededor gracias a una fosforescencia que parecía salir de las paredes y de unas fosas subterráneas que rompían la rugosa irregularidad del suelo. Esas fosas me llegaron a obsesionar, ya que no podía ni imaginar qué descarnadas alimañas podrían estar acechando en su interior. Tenía la sensación de estar infinitamente solo y, al mismo tiempo, ominosamente muy acompañado. Sobre mi espalda y en mi nuca llegué a sentir las muescas profundas de unos ojos pesados, de unas miradas plomizas, de unos párpados hinchados. Aunque nunca pude recuperar el movimiento, mis pies (en sentido casi virtual) consiguieron llevarme por interminables galerías y arrastrarme escaleras arriba por millares de escalones pegajosos. Por fin, conseguí parpadear y abrir de par en par los ojos, siempre con la mirada a ras de suelo, para ver sobre un charco pantanoso, de aguas violáceas que recordaban un puré de hígado, el reflejo de las estrellas: Diamantes sucios en el cielo.
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