Curiosidad
de los Gatos de Ulthar

Detalle
del Barranco del Infierno
Los
auténticos aficionados a las narraciones de H.P. Lovecraft
somos unos creyentes ejemplares, somos los más propensos
a creer la Palabra del Maestro como artículo de fe. Sabemos
que las criaturas que pueblan sus relatos fueron fruto de su imaginación,
pero nos resistimos a dar la espalda a lo intangible, a lo que
se crea en el seno fecundo del miedo. Precisamente ésa
es la clave: el miedo. Nadie en su sano juicio puede afirmar que
el miedo no exista y no hay lovecraftiano, por muy devoto que
sea, que mantenga que el miedo es algo ficticio que inventó
Lovecraft. Pero, el miedo es una abstracción o, dicho con
otras palabras, el miedo es humo, es nada. La misma reflexión
se podría hacer sobre la bondad o sobre la fugacidad de
la vida, sobre el Infierno o sobre el Necronomicon.
El
Barranco del Infierno es un paraje singular por su belleza sencilla,
tan característica del Mediterráneo. Carece de los
atributos retóricos de los escenarios del Romanticismo.
El sol generoso del día baña la tierra de escasa
vegetación y las estrellas parpadeantes de la noche cuajan
el cielo, en el que la brisa del mar ha barrido todo vestigio
de nubes. El Barranco del Infierno tiene muchos puntos de contacto
con las Montañas de la Locura o, al menos, con su referente
geográfico real. Son lugares antagónicos en cuanto
al clima, pero comparten esa exaltación de la naturaleza
que excluye al ser humano.
Los
gatos, tan queridos por Lovecraft, son animales misteriosos, que
en su aparente docilidad doméstica guardan toda la esencia
de la naturaleza salvaje. Por otro lado, su cualidad más
definida es la curiosidad. Así pues, con esta curiosidad
felina y con la fe de un creyente lovecraftiano me asomé
a estos delirantes precipicios en busca de una explicación
a ese Infierno, que daba nombre al Barranco.

Desde
la Villa de Benimaurell
Subiendo
desde la costa del Mediterráneo, nos adentramos en lo más
profundo del Valle de Laguar para llegar a la villa de Benimaurell.
Son muchos los pueblos valencianos que van precedidos de este
prefijo árabe, que significa hijo de y que designa
la casta o procedencia familiar. Y así, con este mismo
sabor morisco nos encontramos con un pequeño pueblo soñoliento,
con sus estrechas y empinadas callejuelas, dormitando como un
gato blanco calentándose al sol. Las calles del pueblo
son como regueros de casas encaladas, que se arraciman en lo alto
de la montaña y, en apariencia, no dan paso a continuar
la escalada; pero, de uno de sus rincones, parte un camino rural
que lleva a la cumbre, en una encrucijada que distribuye varios
caminos entre los que se encuentra el punto de partida, hacia
el Barranco del Infierno. Después de 4 kilómetros
el camino de tierra, que va ondulándose alrededor de la
pequeña sierra que corona el Valle, se llega a los altos
de Les Juvees, desde donde se puede contemplar el Barranco en
todo su esplendor. El cartel parece animar al caminante fatigado
con el anuncio de 1 kilómetro hasta Benimaurell, pero es
una esperanza engañosa, pues el atajo supone una aventura
de descensos y escaladas para atravesar el Valle de parte a parte.
Informe
de la Expedición elaborado por Henry Armitage
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- El Pastor del Barranco