CUATRO FORMAS DE AMAR A UNA PEQUEÑA

Colaboración de Isabela, agradezco mucho tus inacabables mails, con pensamientos, chistes, y sin fin de documentos que mas de una vez me han arrancado una sonrisa, muchas gracias :)

(Por Sue Monk Kidd)
- ¡ Mamá!, ven a ver!
- Me llamó mi hija Ann, de diez años, desde la puerta trasera.
¿Ahora qué?, me dije, sentada en mi silla favorita disfrutando de unos minutos de paz luego de un frustrante día con mis dos hijos.

Hacía una semana que habían terminado las clases y los niños se pasaban el día en casa comportándose como potros salvajes. Saltaban en las camas,perseguían al perro por todas partes, derramaban refrescos, se peleaban por el control remoto de la televisión y se quejaban de que no tenían nada que hacer: las eternas desdichas de las vacaciones de verano.

Esa mañana, mientras regaban las flores del jardín, se bañaron a manguerazos. Terminaron con los tenis empapados y la ropa chorreando ... Fue el colmo.
- ¡Vaya cada uno a su cuarto ! -ordené.
Y así había sido toda la semana. Yo ya tenía la cara crispada en un gesto de enfado permanente. Varias veces al día me plantaba frente a los niños y les dada un sermón sobre su conducta, pero las cosas seguían igual.

- ¡ Mamá ven a ver ! - rompió de nuevo el silencio la voz de Ann.
Entonces entró corriendo y se detuvo junto a mí, jadeante.
- Hay una ardilla afuera - dijo,
- Ahora no puedo ir, estoy leyendo - le expliqué.
- Pero mamá...
- Ahora no.
Después de pensar en algo que la mantuviera ocupada, le propuse:
- ¿Por qué no haces la tarea de la escuela dominical?.
La semana pasada anterior le habían dejado la tarea de hacer un librito en el que ilustrara con dibujos cuatro formas de amar a alguien: un maestro, un padre, un vecino, un amigo... podía incluir a quien ella quisiera.

- Está bien me contestó, tan quedo que apenas la oí.
Más tarde fui a verla a su cuarto. Acababa de terminar el trabajo ¿Puedo verlo? - pregunté.
Ann se enredó en un dedo un mechón de su pelo castaño.
- ¡Anda! - insistí.
Finalmente aceptó y me puso el librito en las manos.
La portada decía "Cuatro formas de amar a un niño, por Ann Kidd".
Al releer el título me di cuenta de que era un mensaje dirigido a mí. Empecé a explicarle que el objetivo del trabajo era expresar las formas en que ella, y no yo, podía amar a alguien, pero de pronto callé.

¿Acaso estará sintiendo tanta falta de amor?, me dije, y pasé a la página uno.

"Vaya a ver ardillas y cosas así con sus hijos", decía. Abajo había un dibujo de una mamá sonriente y una niñita mirando una ardilla al pie de un árbol. Al verlo comprendí, por primera vez desde que empezaron las vacaciones, que había tratado a los niños como si fueran un estorbo y no como los seres queridos cuya vida supuestamente debía compartir y disfrutar.
Busqué a Ann con los ojos, pero se había ido del cuarto.

En la página dos decía: "Cuando los niños hagan desorden, abrácelos un poco". Sonreí al ver el dibujo que había hecho: una niña y su madre extendiendo los brazos para estrecharse. Los abrazos habían escaseado esa semana, sobre todo cuando los niños hacían desorden. Apenas un rato antes los había enviado a su cuarto, cuando quizá los momentos en que se ponían difíciles eran precisamente aquellos en que debía abrazarlos para hacerlos sentir amados.

"Deje hablar a los niños", decía en la página tres. Al mirar el dibujo pensé en todas las ocasiones en que los reprendí y en mi tendencia a quejarme de ellos sin darles oportunidad de decir nada. Entonces me pregunté: ¿Acaso mis hijos no tienen derecho a hacer guardar silencio a sus padres para poder decirnos lo que piensan y lo que sienten?.

En la última página decía: "Ríase mucho". ¿Se refería a los manguerazos de la mañana? ¿Acaso reírme me habría ayudado a ver las cosas desde otra perspectiva y a darme cuenta de que, al fin y al cabo, no había sido más que agua?

Cerré el librito. Sí, los niños se habían portado mal, pero yo tambièn: al no compartir mi tiempo con ellos, al castigarlos sin mostrar cariño, al sermonear sin escuchar, al olvidar el sentido del humor... En ese instante comprendí que el amor que demuestro en los momentos de quejas, batallas líquidas, refunfuños e interrupciones es quizá el más esquivo de todos y tambièn el más importante. Ann regresó al cuarto y se quedó mirando el librito, que yo aún tenía entre las manos. La abracé y le guiñé el ojo.

Al otro día, mientras trajinaba en la cocina, miré por la ventana y vi la ardilla de Ann. Corrí al cuarto de la niña y la encontré mojando un pincel en un frasco de pintura roja.

- ¡ Ven, de prisa ! - le dije - ¡ La ardilla está aquí !
Dío tal respingo que tiró el frasco de pintura, y al intentar detenerlo se manchó la manga de la blusa. Estuve a punto de rendirme a uno de esos arranques de ira típicos de las madres de niños pequeños, pero justo a tiempo recordé las Cuatro formas de amar a un niño y, en vez de regañarla, me reí. Al fin y al cabo era más que pintura... y afuera nos esperaba un momento dulce y fugaz que atrapar y atesorar en el corazón de una niña...




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