Periódico Diocesano

Indice

Don José Luis
Homilia del Jueves Santo
20 de abril de 2000

"Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía"  (1 Cor. 11,23-26)

Hermanos:

Nos hemos reunido en este jueves santo del año Jubilar para celebrar aquella cena en la cual Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno, sacramento de su amor.

Los textos sagrados nos han llevado al momento solemne en el que Dios ordena a Moisés el rito para celebrar la cena pascual. Debía ser un día memorial y lo celebrarían como fiesta en honor del Señor, de generación en generación. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, nos transmite lo que pasó en la última cena de Jesús con sus discípulos: Jesús “tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. “Éste es el cáliz de la nueva alianza que se sella con mi sangre” y San Juan en el evangelio centra su atención en la acción que hace Cristo al lavar los pies de sus apóstoles en el transcurso de la cena. Termina San Juan con las palabras de Jesús: “les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”. Éste es el mandato de Jesús. Constituye servidores a sus discípulos.

La Eucaristía, centro de la vida de la iglesia

Aunque nuestra atención y nuestros ojos pudieran centrarse en la acción del lavatorio de los pies, la acción más trascendental de este jueves santo está sin duda en la hermosa herencia que Cristo nos ha dejado: el sacramento de su amor, es decir, la EUCARISTÍA. En “este misterio se encierra toda la vida de la iglesia. Este sacramento ha alimentado durante dos mil años a innumerables creyentes. De él ha brotado un río de gracia ¡Cuántos santos han encontrado en él no sólo el signo, sino como una anticipación del paraíso! (carta del Papa a los sacerdotes, 2000 No. 9).

Jesús entregó el sacramento de su amor en la noche del primer jueves santo de la historia a sus discípulos, los primeros sacerdotes, y es a través de ellos y sus sucesores que se ha transmitido a la iglesia hasta nuestros días. “A partir de ese núcleo de discípulos que escucharon estas palabras, se ha formado toda la iglesia, extendiéndose en el tiempo y en el espacio como un pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Id. No. 6). Por eso se afirma que la Eucaristía hace a la iglesia y la iglesia hace la Eucaristía. Una es para la otra, ambas se necesitan, si no hay Eucaristía, tampoco habrá Iglesia. Ella es el centro, el manantial, la cumbre de la iglesia que camina hacia el Padre. “El misterio eucarístico, en el que se anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su venida, es el corazón de la vida eclesial”. (Id. No. 10).

Bien ha comprendido el pueblo al adorar a Cristo presente en la ostia consagrada y cantarle: “Mi Jesús sacramentado, yo te adoro y te bendigo, porque oculto en el sagrario, has querido estar conmigo” o “cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor...” y bien lo comprenden muchos cristianos al desear la presencia del sacerdote en sus comunidades, porque saben que si no tiene a Jesús en su pueblo, hay una gran ausencia que nada puede llenar.

Esta riqueza de su presencia misteriosa en la santa Eucaristía, ha querido ponerla en las manos frágiles de los sacerdotes; en esa debilidad humana Jesús quiso poner el sello sacramental de su presencia. Por eso el apóstol Pablo, conocedor de la miseria humana, afirma que “llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros”. (II Cor. 4, 7).

Conscientes de esa debilidad humana, al celebrar la misa crismal con los presbíteros de la diócesis y sabedores de que en la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte la oscura presencia del pecado, hemos rogado a Dios que nos mire con clemencia, que perdone nuestras culpas como cuerpo de presbíteros y como miembros de su Iglesia y nos conceda acercarnos al sacramento de su amor con más limpieza. Y por esto, porque la fuerza viene de Dios y no de nosotros, sabemos que el pueblo de Dios continúa creyendo en la fuerza de Cristo, que actúa a través del ministerio de sus sacerdotes.

Haced esto en memoria mía

Este misterio de nuestra fe, como llamamos al misterio eucarístico en el que se anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su venida, “es el corazón de la vida eclesial”. Para nosotros sacerdotes tiene, además, un significado verdaderamente especial: es el centro de nuestro misterio e implica un servicio que va desde el anuncio de la Palabra, a la santificación de los hombres a través de los sacramentos y a la guía del pueblo de Dios en la comunión y en el servicio. Sin embargo, la Eucaristía es la fuente desde la que todo mana y la meta a la que todo conduce para toda la iglesia.

“Haced esto en memoria mía” (Lc. 22, 19): Las palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los que continuarán el ministerio de los primeros apóstoles. A ellos, Jesús entrega la acción, que acaba de realizar, de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, la acción con la que Él se manifiesta sacerdote y víctima. Cristo quiere que, desde este momento en adelante, su acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los sacerdotes. Diciendo “haced esto” señala el sujeto llamado a actuar, es decir, instituye el sacerdocio ministerial y que es uno de los elementos constitutivos de la misma Iglesia. (Carta 2000, No. 10).

Hacer esto en memoria de Cristo quiere decir que la acción celebrada por los sacerdotes, hace presente en toda generación y en cualquier rincón de la tierra la obra de Cristo. Si los apóstoles se encontraban tristes por su partida, Jesús les dice: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros”.

(Jn. 14, 18). Sí, volverá y estará presente en su vida y “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). No es una presencia simbólica, sino viva en medio de nosotros.

Y, finalmente, hermanos, con la acción de lavar los pies a sus discípulos, da a ellos y a todos sus seguidores, de todos los tiempos, una lección que contiene el máximo honor que se pueda pretender en su iglesia: el de ser servidores. Éste es el contenido profundo de la acción que realizamos en esta tarde en toda la Iglesia. Que ella nos haga reflexionar sobre nuestras actitudes de auténtico servicio en medio de la comunidad.

Hace apenas unos cuantos días que el Santo Padre firmaba en el Cenáculo donde Jesús celebró la primera Eucaristía, la carta que por más de 20 años ha enviado en este día a los sacerdotes de todo el mundo y en ella asienta que el Cenáculo es el lugar del “nacimiento eucarístico” de Jesús. “Aquí comenzó para el mundo una nueva presencia de Cristo, una presencia que se da ininterrumpidamente donde se celebra la Eucaristía y un sacerdote presta a Cristo su voz, repitiendo las palabras santas de la institución”. (Carta, No. 13).

“Esta presencia eucarística ha recorrido los dos milenios de la historia de la iglesia y la acompañará hasta el fin. Para nosotros sacerdotes, religiosos y fieles es una alegría y una fuente de responsabilidad estar vinculados a este misterio... Con el corazón lleno de admiración y gratitud a Cristo agradezcamos estos dones de su presencia misteriosa y real, de su sacerdocio y la lección del servicio para todos y entremos en el triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Amén.

 

Excmo. Dn. José Luis Amezcua Melgoza
Obispo de Campeche

STARMEDIA        CERRAR