Médico de familia, la verdadera historia
Ayer por la tarde (y juro que fue por accidente) encendí la televisión y estaban echando una reposición de "Médico de Familia"... con gran esfuerzo por mi parte pude estar atento a la pantalla no más de 10 minutos y durante ese tiempo ya mi enfermizo cerebro empezó a manipular y distorsionar la realidad sobre los protagonistas de la serie... quería inventar como sería lo que no se nos muestra de los personajes que aparecen tan felices y bobalicones... entonces me puse a escribir (intentando ser fiel en todo momento a todo lo que sabemos de los personajes).... Se supone que lo que he escrito os debe de hacer reir !!! no tiene ningún valor literario (no me lo tomeis en cuenta) !! solo lo hize para calibrar lo mal que estoy !!! :-)
Por supuesto si no sabes nada de la serie no hace falta que lo leas.... :-)
"Hola, mi nombre es Nacho M.
Perdónenme pero no puedo desvelar mi nombre completo para no ser reconocido. Trabajo como médico de cabecera en un centro de salud de las afueras de Madrid. Aparentemente soy un tipo feliz: esposa fiel, hijos a los que alimentar, y todo lo que un hombre de mi edad puede desear. Pero, y este es el motivo de mi declaración, yo y toda mi familia llevamos una peligrosa doble vida que ocultamos, y que a continuación me dispongo a detallar.
El caso más sangrante de todos, lo admito, es el mío. A veces me pregunto si mis vecinos sospecharán acerca de donde puedo sacar las ingentes cantidades de dinero que necesito para mantener a una esposa, a la madre de ésta, a 3 hijos, un sobrino, a mi padre, a una criada, a las mascotas (todos en la misma casa) y por si todo esto fuera poco permitirme también ciertos lujos extras. ¿Serán tan ilusos que creerán que con el sueldo de un funcionario medio de un hospital uno puede alimentar a tantas bocas?. Pues no se puede. Ni mucho menos. La mayor parte de mis ingresos provienen de mis buenas actitudes como Gígolo y son destinados en su mayoría para paliar mi adicción a las drogas y al juego que arrastro desde hace ya mucho tiempo. En la consulta del ambulatorio uno conoce a muchas mujeres maduras que requieren de mis servicios personales para, como bien dicen ellas, solucionar los problemas que la medicina general aún no puede arreglar. Es un trabajo sin sobresaltos, tranquilo, con una clientela agradecida y habitual que paga bien y que se adapta a mis horarios.
Pero no siempre ha sido así: en tres ocasiones, siendo yo aún un lego en la profesión, con las prisas del momento (o por algún que otro problema técnico) pues pequé de ingenuidad y las consecuencias no pudieron ser más catastróficas: 3 churumbeles, mis tres hijos a los que tengo que criar, a los que engañé sobre su procedencia contándoles que su supuesta madre (mi ficticia ex mujer) falleció cuando ellos eran muy pequeños. Gajes del oficio (para hacer más creíble esta historia hasta tuve que contratar a una modelo para fotografiar un supuesto pasado en común).
El matrimonio con mi esposa actual fue una farsa (hasta el viaje de novios fue un fracaso). Yo no la soporto ni la he soportado nunca. Es una pija reciclada inaguantable, frígida, vegetariana convencida, que sufre de hemorroides. Afortunadamente para mí trabaja como locutora en una emisora de radio por las noches: cuando llega a casa ya estoy profundamente dormido (gracias a un fuerte somnífero que yo mismo me auto receto) y no me consiguen despertar ni sus ronquidos ni la fetidez de su halitosis ni el tufillo corrompido de sus ruidosos pedos (además le sudan los pies). ¿Por qué me casé con ella? Aún no lo sé. Quizá lo hice para no escuchar cuchichear al vecindario o para contentar a mi prole que me exigían como regalo de Navidad a una mamá (¿por qué no me pudieron pedir como hacen todos los niños una consola o una Barbie?). Si hubiera sabido que se traía del brazo a su madre no lo hubiera hecho jamás.
Mi suegra es aún peor que mi mujer. Esquizofrénica, alcohólica (se bebe hasta el agua de los ceniceros) y fumadora empedernida y enganchada a las pastillas anti-ansiedad y anti-depresivas se ha acomodado en mi hogar de la misma forma que las garrapatas lo hacen en la epidermis de los perros; por si todo esto fuera poco tiene todas las papeletas para sufrir de demencia senil dentro de pocos años. No veo el día en que podamos internarla en un geriátrico y con ella a mi padre. El abuelo (así lo llamamos) se ha ido calmando con la edad, y con los continuos viajes del INSERSO en los que le cuelo. Estas vacaciones son de lo mejor para tranquilizar a los ancianos: se los llevan a una playa recóndita de Alicante durante la temporada baja, y allí los dejan con dos o tres balones de Nivea durante quince días. Cuando regresan han envejecido 10 años: un fabuloso invento del Gobierno para disminuir la creciente población de la 3ª edad. En su época, el abuelo, militó en las juventudes hitlerianas, puso en práctica el amor libre y fumo hierba durante los 60 (entonces llevaba el pelo a lo afro y se hacía llamar Doctor Calor). Aún hoy en día sigue contándonos sus batallitas pero, como he dicho antes, ya no está para muchos trotes, a lo más que llega es a hojear las revistas guarras que guarda bajo su cama. Las mismas revistas que ya descubrió mi sobrino, al que también tenemos que soportar en casa.
Seguramente estarán interesados en saber que hace él aquí: su madre (mi hermana) después de parirlo a los 25 años se metió a monja para quitarse toda responsabilidad y me lo colocó a mi. Como sus votos de castidad nunca fueron muy robustos volvió a caer en la tentación de la carne años después y la expulsaron del convento (la pillaron con un monaguillo descarriado), pero el niño ya nos había tomado cariño (no sé porqué) y aquí sigue: es un gandul, pastillero, bakalaero y violento. Incluso dejó a un amigo suyo paralítico en una historia que prefiero no recordar. Lo tratamos como a cualquiera de mis 3 hijos. La mayor de mis vástagos se encuentra sumergida en la edad del pavo, anoréxica o bulímica (va por épocas) requiere los servicios de un psicólogo para intentar controlar sus altibajos emocionales. Mi único hijo varón es tonto. Es el típico niño que va de gracioso por la vida y no se da cuenta de que la gente no se ríe con él... sino de él. No tiene arreglo, los intentaremos meter en un circo o alistar al ejercito profesional cuando cumpla los 18 (aunque esta última opción está muy difícil de lograr porque para entrar se necesita un coeficiente intelectual superior a 80). La única que me proporciona una relativa felicidad es mi niña pequeña. Los pediatras me alarman sobre su extraña obsesión por acuchillar a sus muñecas y quemar al hámster, dicen que es una psicópata en potencia, pero yo no les hago caso a las habladurías de esos incompetentes envidiosos.
Todas éstas criaturas de Dios, como comprenderán, necesitan de ciertas atenciones que ni yo ni su bastarda madrastra les podemos dar, por esa razón contratamos a una sirvienta. Me da vergüenza reconocerlo pero estoy perdidamente enamorado de ella. Me imagino que la culpa de que esto haya sucedido será el morbo que me provocan sus aires de pueblerina cándida y el escuchar a escondidas las barbaridades que su pervertido novio le dice cuando se quedan a solas en la cocina. Entre cacerolas y sartenes la pasión se puede desbocar.
Lo más increíble de todo esto que os acabo de contar es que el vecindario nos considera una familia ejemplar y no saben nada de nuestros secretos privados. Dicen que incluso podríamos ser los protagonistas de una serie de televisión que sirviera para realzar los valores familiares en los tormentosos tiempos que corren. Yo no puedo más que dejar esbozar una tímida sonrisa y preguntar: ¿cuanta audiencia creéis que podríamos alcanzar?. "