TEORIA GAIA
La superficie de la Tierra
funcionaría como un ser vivo.
Tyler Volk, biólogo de la
Universidad de Nueva York, asegura que actúa como una gran “red química”.
Lo que le permitiría autorregularse o descompensarse.
Esta discutida hipótesis nació en los años 60
UN
TODO
La Tierra sería una suma
de “comunidades bioquímicas” según algunos científicos.
La llamaron Gaia, igual que
a la diosa griega de la Tierra. Y atrajo tanto a místicos y ateos como a químicos,
ecologistas, oceanógrafos, microbiólogos y geólogos. En los años setenta nacía
una de las más atractivas y polémicas hipótesis científicas: la idea que la
superficie de nuestro planeta funciona como un organismo vivo gigante, un todo
interconectado.
Hoy la hipótesis Gaia
vuelve a estar en el candelero. Quien la defiende es Tyler Volk, profesor de
biología en la Universidad de Nueva York e investigador de la agencia espacial
estadounidense (NASA). Un científico especializado en el crecimiento de las
plantas de cultivo en sistemas cerrados.
Volk tiene 47 años y se
transformó en un miembro activo del directorio de la Sociedad Gaia, un centro
especialmente creado para la investigación interdisciplinaria de aquella hipótesis.
Volk divide su tiempo entre
la ciudad de Nueva York y la de Nuevo México, donde pasa los veranos en una
casa rodante en las montañas Mogollón. Es autor del libro El cuerpo de Gaia:
hacia una fisiología de la Tierra, recientemente publicado en los Estados
Unidos.
Cuando el químico James
Lovelock expuso por primera vez la hipótesis Gala admitió que se encontraba en
los límites de la ciencia.
¿Qué piensa de la teoría
original?
Gala surgió con una
estupenda metáfora y una visión científica muy particular. El núcleo de la
hipótesis se basó en la constancia de la temperatura, el clima, los gases y el
ambiente oceánico. La pregunta del millón que Lovelock formulo fue: ¿Por qué
el oxígeno atmosférico está constantemente en el 21 por ciento, el nivel
necesario para mantener la vida compleja? Pero yo creo que la clave hay que
encontrarla en otro aspecto: en el flujo de la vida, de los procesos químicos
de todos los organismos sobre el planeta.
¿Pero cómo se mide,
concretamente, algo tan diverso como el flujo de la vida en todo un planeta?
Lo que yo hago es analizar
la productividad química global. Estudio en qué medida los diferentes
elementos cruciales para la vida se reciclan o pasan de organismo a organismo.
Yo a esto lo llamo “la razón de reciclaje”.
Tomemos como ejemplo el
carbono, el corazón de la vida en nuestro planeta. Si lo único disponible
fuera la cantidad esparcida a partir de rocas y volcanes, un átomo de carbono
podría ser liberado al medio ambiente, utilizado una sola vez por un organismo
y después enterrado. Pero no es eso lo que sucede. El carbono es tomado por un
organismo y luego reciclado, o bien porque el organismo muere y pasa a formar
parte una vez más de los recursos de la biosfera, o porque es comido por otro
organismo, o porque libera carbono como desecho. Un solo átomo de carbono es
reciclado 200 veces antes de ser enterrado. Para ser más gráficos, la razón
de reciclaje del carbono es una especie de equipo de básquet que se pasa
constantemente la pelota, y después de 200 pases la retira.
Sabemos que la vida se basa
en el carbono, pero ¿qué importancia tiene la “razón de reciclaje” de
otros elementos?.
Los flujos de todos los
elementos son profundamente reveladores. La razón de reciclaje del nitrógeno,
por ejemplo, es muy alta, tal vez 1.300. Y no es coincidencia que los flujos de
los diez o doce elementos más importantes de nuestro medio ambiente estén en
proporción aproximada a los flujos de esos mismos elementos en nuestros
cuerpos. Eso muestra la unidad de la vida.
¿Qué otras cosas descubrió
estudiando la “razón de reciclaje” de los elementos en nuestro planeta?
Que somos algo más que
predadores y presas. Comer es sólo una forma de transferencia química. Cuando
lo que un organismo desecha sale al mundo, puede pasar a formar parte de la atmósfera,
el océano o el suelo, puede llegar a formar parte de una vasta red química. El
dióxido de carbono que uno exhala mientras camina en el parque tiene las mismas
posibilidades de ser absorbido por un árbol en un bosque de China que por
cualquier planta de ese parque.
Además, los flujos de
sustancias químicas nos brindan una nueva manera de clasificar las formas de la
vida según sus funciones reales. Podemos entender al mundo como una sinfonía
de “comunidades bioquímicas”. Las plantas, las algas y muchas bacterias
pueden ser clasificadas como una sola comunidad bioquímica de
fotosintetizadores. Después estaría la comunidad de los respiradores, que
exhalan dióxido de carbono (casi todo, desde las ranas hasta las amebas). También
la comunidad de los fijadores de nitrógenos, que toman nitrógeno gaseoso y lo
transforman (básicamente, los microbios).
¿A qué asociación
pertenecemos nosotros? ¿A los respiradores? -Yo diría que somos “la asociación
que conoce a todas las otras asociaciones”. No somos sólo respiradores. También
podemos fijar el nitrógeno sin la ayuda de ¡as bacterias. Ellas usan enzimas,
nosotros calor en las fábricas y así fabricamos fertilizantes. Y tomamos
combustibles fósiles como el carbón y el petróleo y los quemamos. Somos la
primera asociación que agrega algo a los flujos químicos con dispositivos
ubicados fuera de nuestros cuerpos.
¿Esta manera de comprender
el “metabolismo global” (el de la Tierra) nos podría abrir la posibilidad
de estudiar la vida en otros planetas?
Tal vez. Sabemos, por
ejemplo, que el oxígeno no podría existir en su nivel actual en nuestro
planeta si no existiera vida. El oxígeno es un gas demasiado reactivo y se
combinaría con otros elementos y rápidamente descendería a niveles bajos. Así
que la proporción de gases en la atmósfera de un planeta puede darnos una
clave acerca del tipo de organismos que se encuentran a cientos de años luz de
distancia. Tal como Lovelock señaló inicialmente, podremos contemplar el
espectro de luz que refleja un planeta y traducir esa fluctuación de ondas
luminosas en conocimiento de la proporción de gases que estamos viendo.
Entonces sabríamos si hay vida orgánica.
Su versión de Gaia parece
casi tan romántica y mítica como la de Lovelock. ¿Cree realmente que ha
separado la metáfora de la ciencia o todavía está seducido por ella?
He tratado de ser más
riguroso al usar la frase “metabolismo global” en vez de “organismo
global”. Pero tal vez sólo lo haya logrado en parte.
¿Es una manera de
conectarnos con el mundo viéndolo y sintiéndolo como el yo y no como un otro?
Es una de las razones por
las que pintábamos cabezas de leones en cuerpos humanos, por las que
convertimos en dioses al viento y la lluvia. Si realmente siento que estoy
viviendo dentro de Gaia, si todo el cuerpo de la biosfera se convierte en mi yo,
entonces yo formo parte del mundo. Es importante aflojar el concepto del yo,
porque si lo extendemos probablemente querremos comprometernos con el mundo,
actuar en él, no verlo simplemente como un recurso para obtener comida.
En ese sentido, entonces,
la metáfora de Gaia sigue siendo un canto de sirena tan poderoso como siempre.
--Así es--. Tal como en la
ciencia. Si uno quiere adorar el misterio, estudiar el metabolismo global es una
buena manera de empezar.
A principios de la década
del setenta, a medida que el deterioro de la capa de ozono, la contaminación de
ríos, las lluvias ácidas y la extinción de especies se convertían en
problemas de todos los días, una extraña hipótesis comenzaba a sonar con
fuerza: que el planeta Tierra es, lisa y llanamente, un organismo vivo.
Los primeros defensores de
la hipótesis fueron el químico inglés James Lovelock y el biólogo
estadounidense Lynn Margulis. A la idea se la llamó hipótesis de la Gaia, en
honor a la diosa griega Gaia, o Gea, que representa a la Tierra.
Al igual que todo ser vivo,
según Lovelock, el planeta sería capaz de autorregularse y hacer frente a
posibles descompensaciones que lo pondrían rn peligro.
Además tendría otras
características propias de un ser viviente: podría ingerir materia y energía,
dispondría de una memoria evolutiva y hasta sería capaz de excretar sus
desechos.
Y si la Tierra vive, ¿cuál
es el papel que le queda al ser humano sobre ella? Los defensores de la hipótesis
sostienen que la humanidad pasaría a ser el sistema nervioso del planeta. Los
humanos serían células que transmite información en varias direcciones para
así conformar una nueva autoorganización.
Así como la hipótesis de
Gaia ganó seguidores, también muy pronto aparecieron sus críticos. Gran parte
de la comunidad científica le cuestionó la falta de pruebas rigurosas y
contundentes que comprueben que la Tierra es, efectivamente, un organismo vivo.