TONI
NEGRI*
Dos
ideas fundamentales están la base de Imperio, el libro que he escrito a
cuatro manos con Michael Hardt, entre la guerra del Golfo y la de Kosovo.
La primera es que no existe un mercado global (en la forma en que se habla
desde la caída del Muro de Berlín, es decir, no solamente como paradigma
macro-económico sino como categoría política) sin forma de estructura
jurídica, y que el orden jurídico no puede existir sin un-poder que
garantice su eficacia. La segunda es que el orden jurídico del mercado
global (que nosotros llamamos "imperial") no enmarca simplemente
una nueva figura del poder supremo que tiende a organizar: registra también
nuevos potenciales de vida y de insubordinación, de producción y de
lucha de clases. Desde la caída del Muro de Berlín, la experiencia política
internacional ha confirmado ampliamente esta hipótesis. Ha llegado pues
el momento de abrir una verdadera discusión y de verificar de forma
experimental, los conceptos (mejor, las denominaciones) que nosotros
proponemos, con el fin de renovar la ciencia política y jurídica a
partir de la nueva o organización del poder global. Habría que estar
loco para negar que actualmente existe un mercado global. Basta pasearse
por Internet para convencerse de que esta dimensión global del mercado no
representa solamente una experiencia originaria de la conciencia económica,
o incluso el horizonte de una amplia práctica de la imaginación (como
nos cuenta Fernand Braudel a propósito del final del Renacimiento), sino
una organización actual. Más aun: un nuevo orden. El mercado mundial se
unifica políticamente en torno a lo que, desde siempre, se conoce como
signos de soberanía: los poderes militar, monetario, comunicacional,
cultural y lingüístico. El poder militar por el hecho de que una sola
autoridad posee toda la panoplia del armamento, incluido el nuclear; el
poder monetario por la existencia de una moneda hegemónica a la que está
completamente subordinado el mundo diversificado de las finanzas; el poder
comunicacional se traduce en el triunfo de un único modelo cultural,
incluso al final de una única lengua universal. Este dispositivo es
supranacional, mundial, total: nosotros lo llamamos "Imperio".
Pero todavía hay que distinguir esta forma imperial de gobierno de lo que
se ha llamado durante siglos el "imperialismo". Por ese término
entendemos la expansión del Estado-nación más allá de sus fronteras;
la creación de relaciones coloniales (a menudo camufladas tras el señuelo
de la modernización) a expensas de pueblos hasta entonces ajenos al
proceso eurocentrado de la civilización capitalista; pero también la
agresividad estatal, militar y económica, cultural, incluso racista, de
naciones fuertes respecto a naciones pobres.
En
la actual fase imperial ya no hay imperialismo -o, cuando subsiste,
es un fenómeno de transición hacia una circulación de valores y
poderes, a escala del Imperio. Lo mismo que ya no hay Estado-nación: se
le escapan las tres características sustanciales de la soberanía
-militar, política, cultural-, absorbidas o reemplazadas por los poderes
centrales del Imperio. Desaparece o se extingue así la subordinación de
los antiguos países coloniales a los Estados-nación imperialistas, al
igual que la jerarquía imperialista de los continentes y de las naciones:
todo se reorganiza en función del nuevo horizonte unitario del Imperio.
¿Por qué llamar "Imperio" (insistiendo sobre la novedad de la
fórmula jurídica que el término implica) a lo que podría considerarse
simplemente como el imperialismo norteamericano posterior a la caída del
Muro de Berlín? Sobre esta cuestión, nuestra respuesta es clara:
contrariamente a lo que sostienen los últimos defensores del
nacionalismo, el Imperio no es norteamericano; además, en el transcurso
de su historia, Estados Unidos ha sido mucho menos imperialista que los
británicos, los franceses, los rusos o los holandeses. No, el Imperio es
simplemente capitalista: es el orden del "capital colectivo",
esa fuerza que ha ganado la guerra civil del siglo XX. Por tanto, luchar
contra el Imperio en nombre del Estado-nación pone de manifiesto una
total incomprensión de la realidad del mandato supranacional, de su
imagen imperial y de su naturaleza de clase: es una mixtificación. En el
Imperio del "capital colectivo" participan tanto los
capitalistas norteamericanos como sus homólogos europeos, lo mismo
quienes construyen su fortuna sobre la corrupción rusa como los del mundo
árabe, de Asia o de África, que pueden permitirse enviar sus hijos a
Harvard y su dinero a Wall Street.
Está
claro que las autoridades norteamericanas no podían rechazar su papel de gobierno imperial. Sin embargo Michael Hardt y yo
pensamos que habría que matizar esto. En adelante, la propia formación
de las elites norteamericanas dependerá ampliamente de la estructura
multinacional del poder. El poder "monárquico" de la
presidencia norteamericana sufre la influencia del poder "aristocrático"
de las grandes empresas multinacionales, financieras y productivas, lo
mismo que ha de tener en cuenta la presión de las naciones pobres y la
función movilizadora de las organizaciones de trabajadores, en resumen,
del poder "democrático" de los representantes de los explotados
y excluidos. De ahí la reactualización de una definición del poder
imperial "a lo Polibio"[1],
que daría a la Constitución norteamericana una expansión que le
permitiera desarrollar, a escala mundial, una multiplicidad de funciones de gobierno e integrar en sus propias dinámicas la
construcción de un espacio público mundial. El famoso "fin de la
historia" consiste, precisamente, en este equilibrio de las funciones
real, aristocrática y democrática, fijado por una Constitución
norteamericana ampliada de manera imperial al mercado mundial. En
realidad, muchas de las pretensiones dominadoras del Imperio son
completamente ilusorias. Lo que no impide, sin embargo, que su orden jurídico,
político y soberano sea sin duda más eficaz (y, desde luego, más
totalitario) que las formas de gobierno que le han precedido. Porque se
arraiga progresivamente en todas las regiones del mundo, influyendo sobre
la unificación económico-financiera como un instrumento de autoridad del
derecho imperial. Y lo que es peor, profundiza su control sobre todos los
aspectos de la vida. Por eso subrayamos la nueva cualidad "biopolítica
" del poder imperial, con el acontecimiento que ha significado su
emergencia; a saber, el paso de una organización "fordista" del
trabajo, a una organización "postfordista", y del modo de
producción manufacturero a formas de valorización (y de explotación) más
amplias: formas sociales, inmateriales; formas que invaden la vida en sus
articulaciones intelectuales y afectivas, los tiempos de producción, las
migraciones de los pobres a través de los continentes... El Imperio
construye un orden biopolítico porque la producción se ha hecho biopolítica.
En otras palabras, mientras que el Estado-nación se sirve de dispositivos
disciplinarios para organizar el ejercicio del poder y las dinámicas del
consenso, construyendo así, a la vez, cierta integración social
productiva y modelos de ciudadanía adecuados, el Imperio desarrolla
dispositivos de control que invaden todos los aspectos de la vida y los
recomponen a través de esquemas de producción y de ciudadanía que
corresponden a la manipulación totalitaria de las actividades, del medio
ambiente, de las relaciones sociales y culturales, etc. Si bien la
deslocalización induce a la movilidad y a la flexibilidad sociales,
aumenta también la estructura piramidal del poder y el control global de
la dinámica de las sociedades afectadas. Este proceso parece ahora ya
irreversible, bien se trate del paso de las naciones al Imperio, del
desplazamiento de la producción de la riqueza de las fábricas a la
sociedad y del trabajo a la comunicación, o bien de la evolución de
modos de gobierno disciplinarios hacia procedimientos de control. ¿Cuál
es la causa de esta transición? En nuestra opinión, es el resultado de
las luchas de la clase obrera, de los proletarios del Tercer Mundo y de
los movimientos de emancipación que han atravesado el antiguo mundo del
socialismo real. Se trata de una aproximación marxiana: las luchas que
generan el desarrollo, los movimientos del proletariado producen la
historia. Así, las luchas obreras contra el trabajo taylorizado
aceleraron la revolución tecnológica que, a su vez, condujo a la
socialización y a la informatización de la producción. Igualmente, el
irreprimible empuje de la fuerza de trabajo en los países post-coloniales
de Asia y África engendró a la vez sobresaltos en la productividad y
movimientos de población que han convulsionado las rigideces nacionales
de los mercados de trabajo. Finalmente, en los países llamados
socialistas, el deseo de libertad de la nueva fuerza de trabajo técnica e
intelectual hizo saltar la vetusta disciplina socialista y, por lo mismo,
destruyó la artificial distorsión estalinista del mercado mundial. La
constitución del Imperio representa la reacción capitalista a la crisis
de los viejos sistemas que servían para disciplinar la fuerza del trabajo
a escala mundial. Al mismo tiempo inauguró una nueva etapa de lucha entre
los explotados y el poder del capital. El Estado-nación, que encerraba la
lucha de clases, agoniza, como lo hicieran antes que él el Estado
colonial y el Estado imperialista. Atribuir a los movimientos de la clase
obrera y del proletariado esta modificación del paradigma del poder
capitalista es afirmar que los hombres extraen su liberación del modo de
producción capitalista. Y es tomar distancias respecto a los que derraman
lágrimas de cocodrilo por el final de los acuerdos corporativistas del
socialismo y del sindicalismo nacional, como los que lloran por la belleza
del tiempo pasado, nostálgicos de un reformismo social impregnado del
resentimiento de los explotados y de los celos que -a menudo- se disfraza
de utopía. No, nos encontramos dentro del mercado mundial, e intentamos
ser los intérpretes de esa imaginación que soñó, un día, con unir a
las clases explotadas en el seno de la Internacional Comunista. Porque
vemos cómo de ahí nacen fuerzas nuevas. ¿Las luchas pueden convertirse
en lo suficientemente masivas e incisivas como para desestabilizar, e
incluso desestructurar la compleja organización del Imperio? Esa hipótesis
incita a los realistas de todo pelaje a la ironía: ¡El sistema es tan
fuerte! Pero, para la teoría critica, una utopía razonable no tiene nada
de raro. Además, no hay otra alternativa porque estamos siendo explotados
y dirigidos en este Imperio, y no en otro lugar. Imperio que representa la
actual organización de un capitalismo en plena reestructuración, después
de un siglo de luchas proletarias sin equivalente en la historia de la
humanidad. Nuestro libro supone, por tanto, cierto deseo de comunismo.
De
hecho, el tema central que aparece a través de todos estos análisis se
reduce a una sola cuestión: ¿cómo puede estallar, en el Imperio, la
guerra civil de las masas contra el capital mundo? Las primeras
experiencias de batallas, declaradas o subterráneas, en este nuevo
territorio del poder, proporcionan tres índices preciosos. Estas luchas
exigen, aparte de un salario garantizado, una nueva expresión de la
democracia en el control de las condiciones políticas de reproducción de
la vida. Se desarrollan en los movimientos de poblaciones más allá del
marco nacional, aspirando a la supresión de las fronteras y a una
ciudadanía universal. Comprometen a individuos y multitudes que intentan
reapropiarse de la riqueza producida gracias a instrumentos de la producción
que, a causa de la revolución tecnológica permanente, se han convertido
en propiedad de los sujetos; más aun: en auténticas prótesis de sus
cerebros. La mayor parte de estas ideas nació durante las manifestaciones
parisienses del invierno de 1995, aquella "Comuna de París bajo la
nieve" que exaltaba mucho más que la defensa de los transportes públicos:
el autoreconocimiento subversivo de los ciudadanos de las grandes
ciudades. Nos separan algunos años de aquella experiencia. Sin embargo,
en todos los lugares en que se han llevado a cabo luchas contra el
Imperio, han puesto de manifiesto un fenómeno por el que se han empleado
a fondo: la nueva conciencia de que el bien común es tan decisivo en la
vida como en la producción, tanto más que el bien "privado" y
el "nacional", por utilizar términos envejecidos. Sólo el
"común”[2]
se dirige contra el Imperio contra el imperio.
[publicado
en Le Monde Diplomatique, Enero 2001, pg 13]
* Antiguo dirigente histórico del grupo Pottere Operaio, Negri cumple actualmente, en la cárcel de Rebibbia (Roma) una pena de treinta años de prisión por 'insurrección armada contra el Estado" y de cuatro años y medio por "responsabilidad moral" en los enfrentamientos entre militantes y policía en Milán, entre 1973 y 1977 Tiene derecho a salir durante el día. En su exilio de catorce años en París [antes de su reingreso en prisión] fue agregado de cursos en la Escuela Normal Superior y profesor en la Universidad París VIII, así como en el Colegio Internacional de Filosofía.
[1] Nacido entre el año 210 y el 202, Polibio, exilado en Roma tras el hundimiento de la potencia macedonia, se convirtió en el principal historiador de la victoria de Roma sobre Cartago, y de la expansión romana hacia Oriente. Pragmático, intentó explicar las causas de los acontecimientos históricos que presenció. Murió alrededor del 126 antes de J. C.
[2] NDLR: El "común" es un concepto en el que trabaja Toni Negri. No es el "bien común" sino el "común", en referencia a Spinoza.