El Dios del Unicornio Desnudo
Richard Lupoff(Con el pseudónimo de Ova Hamlet)

     Era una noche fría de invierno y el sonido de los cascabeles en los aparejos de los caballos que arrastraban carruajes penetraba a través de los remolinos amarillos de niebla de Limehouse, donde el Támesis vira y se arremolina y oscuras siluetas de los marineros revolotean a través de los sombríos pasajes y a través de los antiguos cristales ondulados de las ventanas de mi modesto piso para recordar a un triste viejo que aún existían jaraneros dispuestos a anunciar las alegres fiestas navideñas.
    Mi mente se escapó a anteriores y más alegres navidades de mi juventud que transcurrieron entre los nativos salvajes del Afganistán barbárico antes de que una bala me interrumpiera la carrera en las fuerzas de Su Majestad, provocando mi envío a casa y el retorno, en último término, a la vida civil.  En mi casa en Londres había intentado satisfacer mis modestas necesidades estableciendo una consulta en la calle Harley, pero me vi obligado a buscar alojamiento con otra persona de mi misma clase para poder llegar a fin de mes.
    Eso fue el principio de la feliz y duradera asociación con el más audaz detective de nuestro tiempo -y quizá de todos los tiempos-.  Un soltero convencido, mi asociado tuvo contactos con la persuasión femenina, mostrando siempre la mayor caballerosidad y amabilidad durante todo el tiempo que yo le conocí.
 Sin embargo, sólo en una ocasión se dejó seducir por conceptos románticos referidos al sexo más débil, y en todos los años que siguieron a este incidente se cuidó mucho de mencionar nunca el nombre de la persona implicada.
    Con ocasión de mis propios matrimonios, nos felicitó a  mí y a mi futura mujer efusivamente, me asistió supervisando la labor de los empaquetadores y cargadores en la mudanza de mis bienes personales de nuestra residencia de solteros, y mantuvo un interés amistoso, aunque algo distante, en mi bienestar hasta que las exigencias del destino dictaron el fin de mi estado marital y la vuelta a nuestra residencia de Baker Street.
     Ahora todo eso era parte del pasado.  El gran detective se había retirado y ahora se dedicaba a la apicultura en las colinas de Sussex.  Tras mi último ensayo de matrimonio que terminó en algo parecido a un desastre, volví a 221B, para encontrarlo ocupado por un extraño.  Tras preguntar a la siempre fiel señora Hudson, averigüé, entre apretones de mano, llantos y sollozos, que mi asociado -debería decir mi ex asociado- se había marchado con todas sus pertenencias, con la famosa daga, con los ficheros de recortes de periódico, el gramófono, el gasógeno y la malvada aguja.
      Hasta las patrióticas siglas V.R., marcadas con agujeros de bala en el apreciado friso de caoba de la señora Hudson, habían sido rellenadas y barnizadas para borrar las huellas de cualquier ocupación anterior de la casa, y solamente una sensación familiar falsa y estéril marcaba las habitaciones que había ocupado durante tanto tiempo.
      Me entristeció tanto esta noticia que apenas pude aceptar la oferta de la señora Hudson de arenques y bonitos, regados con un vaso de Cháteau Frontenac de 1809, antes de volver al frío de la noche.
       ¡Estaba desconsolado!
       En un estado empobrecido, tanto económica como emocionalmente, caminé sin rumbo por las calles de la más grande de las ciudades, tropezando con los cuerpos bien abrigados de los últimos compradores y los primeros juerguistas, guiado por un instinto maligno a través de barrios cada vez más bajos, descuidados, peligrosos y de mala reputación.  Al fin me encontré ante la fachada de un edificio que en poco tiempo habría de convertirse en mi morada.
       Una lámpara de gas parpadeaba tras de mí, lanzando extrañas y misteriosas sombras.  El claqueteo de las herraduras de los caballos sobre los adoquines se entremezclaba con los chirridos de los aparejos y con algún lejano grito pidiendo auxilio que, en Limehouse, más vale no investigar, a no ser que uno quiera arriesgarse a compartir la misma desgracia que la de la persona a la que había acudido a socorrer.
        Una cartulina en la ventana del bajo anunciaba que había un piso en alquiler en el edificio.  El estado de la cartulina demostraba que la casa llevaba mucho tiempo deshabitada, y en virtud de esta ingeniosa deducción pude regatear con el desagradable e incivilizado dueño hasta un precio que caía dentro de mis estrechas posibilidades económicas.
        Aprendí a observar y a deducir de mis observaciones de mi asociado, y ahora me vengaría de las humillaciones que tuve que pasar para aprenderlo, pues me iban a ahorrar alguna que otra libra esterlina de mi precaria economía.
        Apenas me había establecido en mi nuevo dominio oí las pisadas de un pie menudo en el descansillo que había delante de mi puerta, y luego los golpes de una pequeña, pero decidida mano en la pesada y por mucho tiempo desatendida puerta.
        Por un instante me permití el lujo de imaginarme que la puerta me revelaría un oficial elegantemente uniformado, o un golfillo de la calle del tipo que mi asociado algunas veces empleaba, o la familiar y ruidosa figura de la señora Hudson, o quizá incluso la alta y esbelta figura de mi propio asociado.  Pero no había hecho más que levantarme de mi raída pero cómoda butaca cuando la realidad me golpeó y me di cuenta que ninguna de estas personas conocía la ubicación de mi nueva vivienda.
        Era mucho más probable que fuera algún oscuro habitante de Limehouse para comprobar la valía de un nuevo inquilino.
        Saqué mi pequeño pero potente revólver de su sitio entre mis pertenencias y lo metí en el bolsillo de la bata.  Avancé cautelosamente hacia la puerta de la habitación y tiré del pestillo.
        El pestillo hacía un ruido espantoso por la falta de uso.  La puerta se abrió, revelando a la persona que menos hubiera esperado como capaz de encontrarme ni de tener una razón para venir a verme aquí.
        Casi no podía creer lo que veían mis ojos.  Debimos de quedarnos unos quince segundos mirándonos en silencio.  Yo, con los ojos tan abiertos como la boca por el asombro.  De repente me di cuenta de los escuálidos alrededores entre los que me encontraba mi visita y el descuido personal en el que había abandonado mi apariencia física.  Mi pelo, antes espeso y castaño, se había vuelto cano y ralo con el paso de los años.  Mi bigote era amarillo por la nicotina y estaba manchado de vino y cerveza negra.  Mi batín estaba deshilachado y marcado con el recuerdo de muchas comidas solitarias.
      Por el contrario, mi visita tenía una figura que quitaba el aliento: elegante más que bella, había soportado los años transcurridos desde nuestro último encuentro con la gracia e imperturbabilidad que la habían marcado en un momento de su vida como la belleza más famosa de los escenarios dramáticos y en otro momento como la mujer por la que se había arriesgado un trono, y que, finalmente, fue salvado.
       -¿Puedo entrar? -preguntó La Mujer.
       Ruborizado hasta la raíz de los cabellos, me eché hacia atrás y le indiqué que no sólo podía entrar, sino que sería la invitada de honor.
       -Debo pedirle perdón -dije yo por este grosero recibimiento. ¿Podrá perdonarme, señorita ... ? ¿Debería decír madame..., Su Alteza? -me detuve ante la duda de cómo dirigirme a mi distinguida visita.
       Mientras tartamudeaba y enrojecía de vergüenza, no podía dejar de observar la apariencia de La Mujer.
       Era tan alta como recordaba, un palmo o así más que yo; casi tan alta como mi viejo asociado. Su pelo, apilado a la moda europea de la época, en un moño sobre su magnífica cabeza, brillaba tanto que parecía reflejar cada temblor de la llama de mi lámpara parpadeante de queroseno.  Sus rasgos faciales eran perfectos, tan perfectos como recordaba en ocasión de nuestro primer encuentro muchos años antes, y su figura, como manifestaba su ropa bien ajustada -moda de la época- que llevaba con el aplomo de alguien que está acostumbrada desde hace mucho tiempo a los mejores sastres y modistas del continente, era tan elegante y apetecible como la de una colegiala.
        Entró en mis modestas habitaciones y mientras comprobaba que no había ningún ladrón al acecho en la húmeda oscuridad del descansillo se instaló cómodamente en una silla de madera que acostumbraba a utilizar cuando, pluma en ristre, practicaba esos ejercicios de embellecimiento literario, por los que tantas veces me reñía mi asociado.
     Me volví para quedarme mirando a mi visita, sentándome  tan cerca de su figura magnética como permitía el decoro.  A esta corta distancia era evidente que su aire despreocupado no estaba, sin embargo, carente de nerviosismo y angustia.  Intenté sonreír amablemente a La Mujer, y respondió como esperaba.
     -¿Le importa sí voy directamente al grano, doctor? -preguntó.
      -Claro, claro, señorita...
      -En privado puede dirigirse a mí simplemente llamándome Irene -dijo elegantemente.
      Yo incliné la cabeza en modesta gratitud.
      -Seguramente está sorprendido de que haya podido seguirle la pista -dijo La Mujer-, pero me ha sucedido algo que debe paliarse con la mayor urgencia.  En otra ocasión les visité a usted y a su asociado en horas de grave crisis, y ahora que el problema es de dimensiones similares vuelvo a visitarles.
      -Mi asociado se ha retirado -expliqué tristemente-.  Si desea, puedo intentar ponerme en contacto con él por telégrafo.
   Ahora dedica todo su tiempo a un negocio de apicultura y tengo serias dudas de que se le pueda convencer para que abandone Sussex.
      -Entonces usted me tendrá que ayudar.  Por favor, doctor, no habría venido hasta aquí, ni habría interrumpido su soledad si no fuera por lo desesperado de mi actual situación.
      Mientras decía esto se echó hacia delante y me tocó la muñeca con sus fríos dedos.  Era como si pasaran corrientes galvánicas desde su organismo hacia el mío a través de los dedos.  Me sentía inspirado y reactivado. ¡La Mujer estaba en apuros! ¡La Mujer había venido a mí en una hora de necesidad!  No podía ni pensar en rechazarla, ahora menos, cuando caía sobre mis hombros la responsabilidad de mi mentor.
       -Pues claro, Su Alt... Irene -sentía cómo volvía a enrojecer hasta la raíz de los cabellos al pronunciar su nombre de pila.
       -Sí es tan amable de aguardar un momento mientras busco un bloc y algo para escribir para tomar nota de los detalles más sobresalientes de su historia.
       Me levanté y busqué un papel y una pluma, luego regresé al sitio que había dejado ante mi encantadora visita.  Por un momento, pensé en ofrecerle una taza de té con pastas y mermelada, pero me reprimí por la situación precaria de mi despensa y mi monedero.
       -Proceda, por favor -dije.
       -Gracias.  Supongo que no tengo que darle mi dirección ni detalles concernientes a mi domicilio actual -empezó a decir La Mujer.  Tras ver que confirmaba esto con la cabeza dijo simplemente-: El Dios del Unicornio Desnudo ha sido robado.
       -¡El Dios del Unicornio Desnudo! -exclamé.
       -¡El Dios del Unicornio Desnudo!
       -¡No! -grité incrédulamente.
       -¡Sí! -contestó serenamente-. ¡El Dios del Unicornio Desnudo!
       -Pero... pero, ¿cómo puede ser posible?  El mayor tesoro de arte nacional de...
       -¡Ssshhh! -me acalló con la mirada y volviendo a echar mano de mi muñeca-. ¡Por favor!  Aun en lugares más familiares y recónditos que éste, no deberá mencionar el nombre de mi tierra natal adoptiva.
       -Claro, claro -murmuré, recuperándome rápidamente-. Pero no veo cómo el Dios del Unicornio Desnudo pudo haber sido robado.  No es.... pero espere, tengo aquí un libro de reproducciones artesanales.  Examinemos una foto de la estatua para verlo.
       -Lo tengo grabado a fuego en la memoria, doctor.  Lo veo ante mis ojos día y noche.  No tengo ninguna necesidad de examinar una mala imitación de un artista, pero busque su libro, si lo desea, para ver la representación de la obra maestra de Méndez-Rubirosa.
       Crucé la habitación y regresé con un pesado volumen encuadernado, lo abrí cuidadosamente y empecé a pasar sus hojas de vítela hasta llegar al grabado de la obra capital del escultor Méndez-Rubirosa, el Dios del Unicornio Desnudo.
       Según recordaba, la obra estaba moldeada en platino y adornada con piedras preciosas.  Los ojos del dios eran rubíes y los de los unicornios aglutínados venerablemente alrededor de sus pies eran zafiros y esmeraldas.  Las astas de los unicornios eran del más fino marfil, incrustado con oro afiligranado. La base de la estructura era un bloque sólido de ónice abrillantado, incrustado con jade de Pekín.
     -Pero el Dios del Unicornio Desnudo es el tesoro nacional de Boh... -me di cuenta y paré justo a tiempo-.  Si se hace público el robo, la mismísima corona estaría de nuevo en peligro,
     -Eso mismo -dijo la mujer conocida como La Mujer-. Y se ha recibido un mensaje que amenaza con exhibir públicamente la escultura en la plaza de San Wrycyxlwv si no se paga un rescate de ochenta trillones de grudniks.  El límite de tiempo dado es de cuarenta y ocho horas desde ahora.  Puede usted ver, doctor, lo desesperados que estamos mi marido y  yo. Por eso vine a verle.  Usted es la única persona, si su colega insiste en seguir con sus abejas, que me puede ayudar.
     Un millón de ideas pasaron por mi pobre cerebro en esos momentos.
     -¡La plaza de San Wrycyxlwv! -exclamé.
     -¡La plaza de San Wrycyxlwv! -confirmó ella.
     -¡Pero ese es el lugar nacional de reunión de su enemigo más fiero e implacable
     -Precisamente, doctor.
     Me froté la barbilla pensatívamente y me di cuenta del espantoso rastrojo de barba incipiente que mermaba mi apariencia.
     -¿Y son ochenta trillones de grudniks? -repetí.
     -Sí, ochenta trillones de grudniks -dijo ella.
     -Eso es, aproximadamente, cuarenta coronas, nueve libras y tres peniques -computé.
     -Eso, o una cantidad cercana, que en la práctica es lo mismo -asintió mi encantadora visita.
     -Cuarenta y ocho horas -dije yo.
     -Aproximadamente, dos días -confirmó La Mujer.
     -Ya veo -asentí, frotándome la barbilla de nuevo-.  Y
 dígame, Su Alt..., digo Irene, ¿ha contestado usted o su marido a esta exigencia?
     -Mi esposo ha ordenado al primer ministro que les dé largas mientras yo venía clandestinamente en busca de su ayuda.
  La suya y la de... -se quedó callada, mirando por los cristales empañados a la farola de gas de la calle envuelta en niebla-,... pero me dice usted que él no está disponible.
      -Y su distinguido hermano.  Estoy seguro de que se acuerda  de su distinguido hermano -afirmé.
      -Claro.
      -Lo suspendieron -suspiré.
      -¿Suspendido? -preguntó ella espantada.
      -Suspendido -repetí yo.
      La Mujer sacó un diminuto pañuelo de su manga de encaje con dedos finos y aristocráticos.  Se secó brevemente los ojos. Este era el momento, me recordaba un diablo interior, en el que una persona carente de escrúpulos del sexo masculino podría iniciar un avance disfrazado de simpatía y compasión. Pero mientras combatía esta debilidad secreta, La Mujer recobró la compostura por completo.
      -Sólo hay una cosa que hacer, doctor -dijo firmemente-. Nadie más puede ayudarme.  Tiene que venir conmigo. ¡Tiene que ayudarme!
      Me levanté sin mediar palabra y me puse el impermeable, la capa, la gorra y las botas de agua, y extendí mi brazo a la todavía temblorosa pero agradecida Irene.
 


   II



      Antes de marchar de mis modestas habitaciones, me paré para montar la mortal trampa contra malhechores, conectada con el daguerrotipo automático y con un cubo de agua encima de la puerta.  Luego tiré hacia dentro de la cuerda del pestillo, y volviéndome a mi encantadora acompañante, dije:
      -A su servicio, señora.
      Bajamos la escalera, comprobando en cada descansillo la presencia de ladrones o traidores, y logramos salir con éxito a la noche de Limehouse.  Estaba empezando a caer una neblina que mojó los restos de nieve sucia, convirtiéndolo en un barrillo de nieve grisácea.  Mi acompañante y yo nos abrimos camino a través de las callejuelas donde retumbaban ecos hasta salir a la carretera del Muelle de India Occidental, lugar de tantas y tantas fecharías infames y de atrocidades inexplicadas.
     Un escalofrío irreprimible recorrió mi cuerpo mientras atravesábamos una plaza de suelo adoquinado.  Por un momento me imaginé que era la plaza de San Wrycyxlwv, y ante el ojo de mi mente se levantaba la silueta gris-plateada cargada de joyas del Dios del Unicornio Desnudo.  El tesoro artístico nacional del país adoptivo de La Mujer y la causa potencial de revolución y anarquía en el antiguo principado.
     De algún sitio surgió un grito que rasgó la noche de Limehouse.  Si se trataba de una vagabunda intentando salir del Támesis cubierto de niebla o de alguna infortunada víctima de la oleada de crímenes reinante en las calles de este barrio bajo, desde luego no tenía intención de averiguarlo.
     Pasó a nuestro lado un taxi con las cortinas echadas, el chófer abrigado en la oscuridad y los cascabeles de las humeantes bestias negras tintineando en la noche.
     Mi acompañante y yo caminamos nerviosamente a través
de la impenetrable oscuridad, sólo iluminada por las luces de los establecimientos de clase baja donde la escoria de Limehouse jaraneaba.  Tuvimos la buena fortuna de ver un taxi aparcado que estaba descargando pasajeros, un par de marineros de aspecto espantoso en busca de un lugar en el que malgastar los escasos restos de su sueldo de marinero que quedaban tras ser desvalijados y engañados por los parsimoniosos dueños y los deshonestos contables que suelen abundar en los barcos.
     Estaba a punto de llamar al taxista cuando mi acompañante me paró en seco con un siseo y un apretón en el brazo.
     Un segundo taxi se paró delante de la taberna y sus insalubres pasajeros se bajaron y se alejaron.  Subimos al taxi, e Irene dio instrucciones suaves al conductor que miraba inquisitivamente por la ventanilla del compartimento de viajeros.
     El primer taxi partió y mi acompañante se inclinó hacia mí y me dijo:
     -Pensaba que a estas alturas sabría que no se puede coger el primer taxi que se encuentre.
     -Pero acababa de llegar -protesté yo-.  No hay ninguna
posibilidad de que un malhechor sepa que estamos buscando un medio de transporte justo en este lugar y a esta hora para enviar un taxi en nuestra búsqueda.
      En este momento, nuestra conversación se vio interrumpida por un destello y un gran estruendo justo delante de nuestro taxi.  El otro vehículo había estallado en una masa de llamas, y las lenguas anaranjadas de fuego lamían el cielo expulsando nubes de humo negro y aceitoso.
      -¡Increíble! -dije asombrado-. ¿Cómo sabía que ... ?
      La Mujer sonrió mientras nuestro chófer habilidosamente rodeaba al primer taxi, ahora vomitando llamas violentamente en mitad de una intersección de la carretera del Muelle de la India con una calle muy transitada que partía del Támesis y llegaba hasta un barrio más seguro y más respetable que Limehouse.
      Pasamos por numerosas calles, algunas en ferviente actividad y tan iluminadas como si fuera el mediodía; otras, sin embargo, misteriosamente oscuras.  A estas alturas, tenía la impresión de que me sería imposible encontrar el camino de vuelta, y por supuesto, no tenía la más mínima idea de dónde estábamos en ese momento.  Por fin, el taxi paró al lado de un techado donde individuos vestidos de todas las maneras imaginables entraban y salían.
      Caballerosamente fui a medias con el costo del taxi a pesar de la vergonzante situación deficitario de mi economía.  Bajamos del taxi a los mojados adoquines de otra plaza londinense rodeada de tiendas y restaurantes que estaban todos cerrados por lo tarde de la hora.  Sin mediar palabra, mi acompañante me llevó cuidadosamente hacia el techado, y bajamos por unas sucias y mal iluminadas escaleras hasta llegar a una plataforma iluminada por un tipo de luz totalmente desconocida por mí. Las llamas parecían estar completamente encerradas en unos globos minúsculos de cristal y ardían con una extraña regularidad y estabilidad.  Cómo obtenían el aire para realizar la combustión estaba más allá de mi comprensión, pero mi acompañante se negó a permanecer el tiempo suficiente para que pudiera averiguarlo.
      Pasamos al lado de un enorme cartel con un plano de la zona de Ladbroke Grove y, depositando los billetes en una especie de barrera giratoria, cruzamos la plataforma para esperar... No sabía muy bien qué.  Había railes de ferrocarril ante nosotros, y mi duda sobre si era una estación de algún tipo se disipó cuando apareció un tipo y modelo de tren que yo desconocía por completo.  El tren se paró y nos subimos, tomamos asiento y viajamos en un extraño e incómodo silencio hasta que mi acompañante me indicó que debíamos bajarnos de este extraño tren.
    Volvimos a la superficie de la tierra y descubrí que estábamos ante una amplia zona despejada tan grande como un campo de cricket, aunque su superficie en vez de ser de césped, estaba compuesta de un material duro y arenoso que no mostraba ninguna de las características usuales de una sustancia natural.
    Mi acompañante me cogió la mano y me guió por la superficie endurecida hasta hallarnos al lado del aparato más extraño que había visto en mi vida.
    Era tan largo como un vagón de tren y descansaba sobre ruedas, dos bastante grandes en un extremo y una pequeña en el otro.  El cuerpo principal parecía ser un cilindro de unos cinco metros de largo y recubierto con una lona tirante que ahora brillaba con la llovizna de la noche.
    Había dos carlingas situadas en la parte superior del aparato, con escudos curvos de celuloide o cola de pescado delante de cada uno y una serie de complejos mandos y botones en uno de ellos.  Unas proyecciones sobresalían de los laterales y de la parte posterior de la máquina, y una gran estructura de madera, no muy distinta de una hélice marina adosada a un extremo, acoplada a una máquina negra y aparentemente muy potente, que yo supuse sería un motor incorporado como los que se usan ocasionalmente en pequeñas embarcaciones experimentales.
    Lo más raro de todo eran las cuatro aspas que proyectaban de la parte superior de una varilla montada sobre el aparato cuyos extremos se doblaban hacia abajo por su propio peso.  Iban y venían con las ráfagas del viento helado y saturado de agua.
    Mi acompañante metió la mano en la carlinga más cercana
y sacó un casco para ella y otro para mí, demostrándome silenciosamente cómo debía colocármelo.  Estaba hecho de cuero blando y protegía completamente el cráneo del usuario.  Se enganchaba una tira por debajo de la barbilla que aseguraba una buena adaptación del casco.  Había también unas gafas con lentes transparentes que se podían poner sobre los ojos para protegerlos del viento y la humedad, o se podían levantar sobre la frente para facilitar la mejor visibilidad cuando las condiciones eran menos adversas.
      Mi acompañante puso un pie sobre una de las proyecciones laterales y se metió elegantemente en una de las carlingas.  Por medio de gestos silenciosos me indicó que emulara sus acciones, y sin ánimo de defraudar a esta persona tan valiente y competente, accedí, subiéndome a la proyeccción lateral y desde allí a la segunda carlinga, donde me hallé sentado sobre un cojín de cuero que no era demasiado incómodo.
      Mi acompañante se volvió para indicarme mediante gestos que me asegurara por medio de unos cinturones que debía cruzar sobre mi regazo.  De nuevo, accedí, observando cómo abrochaba sus cinturones, y me quedé boquiabierto al ver a un mecánico ataviado con un mono cubierto de grasa correr por el campo hacia nuestra máquina, echar mano de las aspas de madera que asemejaban una hélice aérea y hacerlas girar.
      Mi acompañante hizo una señal al mecánico con los dedos gordos de la mano hacia arriba, ajustó algunos de los mandos que tenía ante sí y el motor que había en esa extraña nave cobró vida.  Después de esperar unos minutos para que se calentara el motor, mi acompañante hizo gestos al mecánico, quien sacó las cuñas que había ante las ruedas del vehículo y empezamos a rodar hacia delante con una aceleración increíble, el viento flagelándonos, haciendo muy de agradecer el casco y las gafas que me dio mi acompañante.
      Antes de que tuviera tiempo de preguntarme por el destino de este viaje extrañamente propulsado, me distraje con un sonido que venía justamente de encima de nosotros y se mantenía en consonancia con nuestra aceleración.  Dirigí la mirada hacia arriba con la esperanza de encontrar la fuente de estos extraños sonidos y descubrí que provenían de las cuatro hélices adosadas a la torreta por encima de la carlinga donde me hallaba sentado.
      Las hélices estaban girando tan rápidamente que apenas podía seguirlas con la vista, y doble susto me llevé cuando sentí cómo el extraño aparato, en el que me hallaba atado, empezó a levantarse del suelo y se desplazaba sin punto de apoyo por el aire.
      Debí soltar un grito de puro asombro, pues mi acompañante se volvió para mirarme con una sonrisa tan llena de confianza y seguridad en sí misma que me eché a reír en voz alta por el pánico momentáneo que se apoderó de mí y me prometí no permitir que nada interfiriera en el disfrute de esta experiencia imprevista.  Podía faltar el Dios del Unicornio Desnudo, podía estar el gran detective concienzudamente dedicado a sus abejas en las colinas de Sussex -en estos momentos, de no estar en la cama, quizá estuviera ocupado en la delicada y peligrosa tarea de segregar a la reina-, pero yo estaba en la gloria, y estaba decidido a disfrutar de esta experiencia que se me brindaba.  Ya tendría tiempo más tarde de ocuparme de los problemas.  Volamos -sí, utilizo la palabra literalmente y muy consciente de lo que estoy diciendo- en un gran círculo alrededor de Londres, viendo la salida del sol sobre el distante canal en el este, pasando quizá sobre la mismísima cabaña donde mi anterior asociado ahora vivía y cuidaba de sus abejas.  Luego tomamos rumbo norte, pasando por encima de bosques y prados verdes, dejando Inglaterra, Gales, Escocia y las islas Orkney atrás.
     No hablamos, pues no se podría oír nada aunque lo intentásemos por encima del zumbido de los motores que hacían girar la hélice aérea que nos daba el empuje horizontal a través del cielo, a la vez que arrastraba a las aspas arremolinadoras sobre nuestras cabezas.  Lo que me sorprendió fue ver a mi acompañante que, de cuando en cuando, se levantaba y medio salía de su carlinga para alcanzar unos recipientes que vaciaba en una tobera sobre el cuerpo de la nave delante de su escudo de celuloide.
      El sol ya había salido completamente, y el cielo era de azul norteño, con alguna nube de puro blanco que moteaba su monótona regularidad.  No se divisaba ni tierra ni huellas de humanidad en la chispeante superficie acuática bajo nosotros.  No sé cuánto tiempo ni cuán lejos habíamos viajado hacia el norte, aunque se notaba que el aire a nuestro alrededor era cada vez más frío y yo cada vez agradecía más haberme abrigado bien antes de abandonar mis habitaciones de Limehouse, cuando apareció bajo nosotros en la distancia el destello de un blanco cegador.
      Mi acompañante echó mano del último recipiente de combustible que había en el vehículo y vació su contenido en la tobera que había usado previamente ante su escudo.  Mirando por encima de su hombro hacia mí, señaló con el dedo hacia delante y gritó una serie de palabras que se me escaparon por el zumbido del motor y la riada de aire que pasaba por mis oídos recubiertos de cuero.
       Pero pronto entendí el significado de lo que me quería decir pues, bajo su cuidadoso mando, la nave empezó a descender hacia lo que ya reconocía ahora como nada menos que un gran bloque de hielo de las regiones del Polo Norte de nuestro, planeta.  Nuestra nave volaba cada vez más bajo y las aguas oscuras bajo nuestras ruedas extendidas mostraban icebergs irregulares y, más hacia delante, enormes glaciares.
       Las formaciones montañosas de hielo pasaban rápidamente por debajo de nuestra nave mientras volábamos en las capas más bajas de la atmósfera, y después apareció una explanada de blanco reluciente.  Cruzamos esta área despejada y, al rato, mi acompañante viró la nave hasta describir círculos descendiendo lentamente en espiral ante una formación que yo en principio había interpretado como una escultura de hielo de belleza no habitual, y que sólo después de un buen rato me di cuenta que era un edificio.
       Hasta aquí, en el lugar más remoto del Polo Norte, había llegado la mano del hombre.  Casi lloré por la audacia y la belleza de la construcción.  Sólo el aterrizaje del vehículo en el que me hallaba consiguió distraerme de este pensamiento.  El vehículo rodó por el hielo duro y paró delante de la entrada de aquel precioso edificio.
       Una ráfaga de viento levantó una nube de nieve contra la parte expuesta de mi cara.  Me relamí, saboreando la clara pureza de los cristales que se derretían.  No surgió señal de vida ni de actividad del edificio, nadie salió a recibirnos.
       Mi acompañante se levantó de su asiento, dio un salto y aterrizó elegantemente sobre la superficie helada sobre la que descansaba nuestra nave.  Yo hice otro tanto, aunque sintiendo en mis huesos y tendones la diferencia de edad.  Luego entramos en el edificio.
       Antes de que hubiéramos llegado al portal, dije:
       -Irene, ¿qué lugar es éste?  Yo tenía entendido que íbamos a su capital.  Muy contrario, hemos venido al Polo Norte del planeta, una región que siempre se creía deshabitada, a excepción de los osos polares, pingüinos y gaviotas.  Pero, de pronto nos encontramos con esta magnífica construcción.  Le suplico que me lo aclare.
     Se volvió hacia mí con la deslumbrante sonrisa que había cautivado los corazones y el aplauso del público de todo el mundo y que, además, la había unido a una de las cabezas coronadas de Europa en el matrimonio más deslumbrante que ha visto este siglo.
     -Por favor, tenga paciencia unos minutos, doctor.  Le será aclarado todo una vez que estemos dentro de la Fortaleza.
     -¿La Fortaleza? -dije sin saber cómo reaccionar.
     -La Fortaleza de la Soledad.  La estructura sobre la cual descansa, que aparenta ser parte del hielo, es en realidad de mármol, mármol puro y blanco tomado de un depósito secreto y transportado clandestinamente hasta aquí.  Dentro se hallan las personas que han solicitado su presencia.  De los que soy una voluntaria y honrada agente.
     Pasamos bajo el enorme umbral y recorrimos largos corredores en los que retumbaban nuestras voces hasta entrar en una habitación ocupada por una única persona, un gigante bronceado que se hallaba sentado en posición de profunda meditación.  Me dio la impresión de que estaba completamente quieto, pero a los pocos segundos me di cuenta de que estaba ocupado en una serie de ejercicios solitarios que me parecieron sorprendentes.
     Ante mis propios ojos estaba haciendo trabajar sus músculos, unos contra otros, hasta que una fina película dé sudor cubrió su enorme porte.  Vocalizaba suavemente y me di cuenta que estaba haciendo malabarismos matemáticos de cabeza con un número de doce cifras, multiplicando, dividiendo, sacando raíces cuadradas y cúbicas.  Se volvió hacia un aparato que emitía ondas sonoras de frecuencias que desaparecían más allá de lo audible, al menos para mí, pero al parecer, por la expresión en su cara, él sí las detectaba.
     Cuando terminaron, miró a mi acompañante y a mí.  Habló con una voz que inspiraba confianza y obediencia.
     -Hola, Patricia -dijo informalmente-.  Veo que accedió a venir contigo.  Estaba seguro de que lo haría.
     Se levantó de su asiento, cruzó la habitación y abrazó a la mujer conocida como La Mujer con sus, musculosos brazos. Pero el afecto que había en el abrazo era claramente fraternal quizá de primos- y nada más.
      -Y usted, señor -dijo el gigante bronceado volviéndose hacia mí y estirando su potente mano en saludo varonil-, tiene que ser el doctor John H. Watson, ¿no es así?
      Le di la mano todo lo fuerte que pude, y debo confesar que me sentí muy aliviado de recibir mi mano de vuelta en una pieza, y sin que los huesos estuvieran más deformados de lo que ya estaban.
      -Eso es. ¿Puedo tener el honor de conocer sus credenciales, señor?
      Sonrió amablemente y dijo:
      -Claro claro, me llamo Clark Savage Jr. Tengo algunos títulos académicos que acumulé a través de los años.  La mayor parte de mis amigos me llaman Doc, y me sentiría muy honrado si usted también lo hace.
      Por alguna razón me sentí más halagado que ofendido por esta apertura e informalidad, y no tuve inconveniente en llamarle por el nombre preferido por él, Doc.
      -Supongo -dije yo como respuesta- que se evitará mucha confusión si usted me llama como me llamaba el más íntimo de mis amigos, simplemente Watson.
      -Estaré encantado de hacerlo -dijo el gigante bronceado.
      -¿Oí cómo se refirió a nuestra acompañante femenina con el nombre de Patricia?
      Doc Savage asintió con su cabeza color cobre, densamente poblada de pelo:
      -Es mi prima.
      Yo, perturbado, dije:
      -¿Pero no es ... ? -me volví hacia La Mujer y me dirigí directamente a ella-: ¿Pero no es usted Irene Adler, en la actualidad Su Alteza Real ... ?
      -¡Por favor! -interrumpió la encantadora mujer-.  Para Doc soy su prima, Patricia Savage.  Para usted y su asociado soy otra persona.  Dejemos eso a un lado, se lo ruego.
      Sus palabras me confundieron aún más, pero me daba la impresión de que bajo las circunstancias del momento, no tenía más remedio que acceder a lo que se me pedía.
     -Debe perdonarme, Watson -dijo el gigante bronceado-.
 Mi prima me ha asistido en un engaño sin importancia, necesario para traerle aquí, a mi Fortaleza de Soledad polar.  Si se llega a saber algo en las capitales del mundo sobre este encuentro al que le he llamado secretamente, estallaría una ola de crímenes sin precedentes en la historia de nuestro planeta.
-¿Quiere decir que... -tartamudeé boquiabierto-, que el Dios del Unicornio Desnudo no ha sido robado? ¿Que no se está pidiendo un rescate de ochenta trillones de grudniks? ¿Que no lo van a exhibir públicamente en la plaza de San Wrycyxlwv si no se paga el rescate? ¿Que todo esto ha sido una especie de fraude?
    -Oh, en cuanto al robo, desde luego que ha habido un robo, doctor Watson -dijo La Mujer-.  El Dios del Unicornio Desnudo no está y todo lo que le dije que iba a suceder sucederá si no se recupera.  Pero esto es sólo una mínima parte de la amenaza mundial.
    -Exactamente -dijo Doc Savage-.  Yo acabo de regresar de un viaje por el mundo, escapando de las garras de un canalla sin igual en los anales del crimen.  Lo que está ocurriendo aquí hoy es nada menos que una junta de guerra, una junta de guerra contra una amenaza a la estructura ordenada y los justos procederes del orden establecido en todo el mundo.  Alguien, cuya identidad, y no digamos nada de su base de operaciones, es un misterio envuelto en un rompecabezas y todo esto dentro de un enigma.
    -Bien dicho -asentí-. ¿Pero estamos nosotros tres solos entre las fuerzas del orden, la civilización y este canalla?
    -No nosotros tres, doctor -dijo La Mujer-.  Yo debo abandonarles ahora.  Mi papel ya ha terminado.  Es hora de que yo deje el escenario donde se representa este drama y vuelva al lado de mi marido para observar y rezar por aquellos en cuyas manos se encuentra el destino del mundo.
    Una vez más intercambió un casto abrazo con el hombre de bronce, me dio la mano efusivamente y desapareció de la habitación.  Al rato oí el ruido de su máquina que recobraba de nuevo vida, con el zumbido y el uop-uop-uop, que significaba que los rotores estaban levantando el cuerpo cubierto de lona en el helado aire del ártico, y que luego se desvanecería gradualmente en la distancia.
     Estaba solo en la habitación con el gigante bronceado, Doc Savage.
      -Por favor, venga conmigo, Watson -dijo al fin.  Me sentí como si no tuviera otra alternativa que obedecer.  Anduvo con paso decidido hacia una puerta, manipuló un aparato que yo supuse era una alarma infinitamente más avanzada que la que había dejado en mi piso de Limehouse, y se echó a un lado, dejándome paso libre a la siguiente dependencia.  Me encontré en una sala que habría dejado atrás el más lujoso de los clubes masculinos de Londres, Chicago o incluso Shanghai.
      Paredes recubiertas de madera se elevaban hacia un alto techo laboriosamente tallado, del cual colgaban lámparas de hierro forjado.  Emanaba una luz tenue de las velas que era suplementada por medio de luces artificiales cuidadosamente ocultas.  Las paredes estaban tapizadas de filas y filas de libros en grupos de idéntico tamaño y color con encuadernaciones del más fino bucarán y cuero.  Los títulos, estampados a mano en el más fino oro, reflejaban la luz.
      Al otro lado de una espesa alfombra oriental de exquisito gusto y muy trabajada, se veía una pequeña porción de suelo lujosamente enlosado, expuesto ante una chimenea ornamentada donde crepitaba un fuego de belleza indescriptible que emitía una fragancia delicada y placentera.
      Las hinchadas butacas de cuero y madera oscura elaboradamente labrada estaban desperdigadas por la habitación, y todas, menos un par de ellas que contrastaban por estar vacías, estaban ocupadas por hombres de porte imponente, aunque vestidos de manera algo excéntrica.
      En una silla se encontraba una figura musculosa, vestida enteramente de gris.  Pelo gris, cara gris, túnica y pantalones grises.
   Mientras estaba de pie en el umbral de la puerta, levantó sus fríos ojos de muerte para mirarme, de mis fuertes botas británicas hasta mi desvanecida cosecha de pelo.  Saludó con la cabeza, pero no habló.
      La silla que había a su lado estaba ocupada por un hombre vestido de negro de los pies a la cabeza, excepto en ciertas partes, donde se dejaban entrever sus ropas escarlatas.  Tenía el cuello vuelto hacia arriba, ocultándole parte de la cara, y un sombrero de alas echado hacia delante.  Sólo asomaban sus ojos destellantes y su nariz aguileña entre el ala del sombrero y el cuello levantado.  Con una mano jugaba con un extraño anillo de ópalo que llevaba puesto en un dedo de la otra mano.
     A su lado, había un hombre con una expresión que contrastaba con el resto, pues era pueril y abierta, pelo algo rizado y rubio, y ojos azules que brillaban como chispas.  Llevaba un jersey ajustado, pantalones también apretados con una ancha tira que recorría los laterales, además de botas altas y muy brillantes.  Por alguna razón, me dio la impresión de ser americano -los demás también, aunque éste iba más lejos y sugería la figura de un gran atleta de universidad-, un hombre de Harvard, supuse.
     Más allá, otro individuo joven, con apariencia de ser abierto de carácter.  Este llevaba un traje rojo de cremalleras que iba muy bien con su rojo pelo rizado.  Más allá se encontraban dos personas de porte atlético y muscular.  Uno, prácticamente desnudo, vestía únicamente unos aparejos cargados de armas; el otro, vestido con indumentaria ordinaria, parecía un hombre fuerte y competente.
     Sólo había dos más.  Uno de ellos era otra figura de capa oscura y sombrero, una figura extrañamente parecida a la del hombre de nariz aguileña, con la diferencia de que no dejaba entrever el rojo chillón que aliviaba los oscuros colores de su indumentaria.  Pero poseía unos hilos plateados que recubrían sus ropas, dando la sensación de estar envuelto en una enorme tela de araña.
     El otro era un joven de semblante agradable, aunque con algo de la indolencia que caracteriza a los muy ricos.  Me miró con una  expresión amistosa y abierta, y me sorprendió ver el cuello del revés y la coloración monótona en un tono suave de verde jade de su traje, que por lo demás se puede decir que no tenía nada de particular.

   III



     -Señores -oí decir a Doc Savage tras de mí-, les presento a nuestro último miembro, el doctor John H. Watson, residente hasta hace poco de 221B Baker Street, en Londres, Inglaterra. Doctor Watson -continuó diciendo el gigante de bronce-, pase y siéntase como si estuviera en su casa.  Esta es nuestra biblioteca.  Los millares de volúmenes que ve recubriendo las paredes de esta habitación contienen las biografías, públicas y secretas, de los hombres aquí reunidos.  Incluso algunos de sus propios trabajos referentes a su anterior asociado han encontrado sitio en esta habitación, como ha tenido ocasión de comprobar su asociado en más de una ocasión.
     -¿Holmes, aquí? -dije tragando saliva-, Pues nunca me  dijo nada... Ni siquiera me insinuó que...
     -¿No, Watson? -respondió el gigante de bronce-. ¿Nunca le contó nada de los años que pasó en el Tíbet? ¿Ni de aquellos transcurridos en los Estados Unidos bajo el nombre de Al-tamont?
     -¡Claro! -dije golpeándome en la frente con la palma  de la mano-. ¡Claro que sí!  Y yo nunca...
     -No sea demasiado duro consigo mismo, Watson.  Ahora  que ha llegado la hora de que usted entre en servicio, ha venido a la Fortaleza de Soledad, y tiene la oportunidad de hacerle un favor al mundo... y a determinados individuos que se encuentran dentro de este mundo.  Pero primero, permítame presentarle a los demás miembros.
     Me tomó por el codo y fui haciendo la ronda por las diferentes butacas, dando la mano a los hombres que previamente había observado.  Cuando me acercaba a cada uno de ellos, se presentaba:
     -Richard Benson, El Vengador -dijo el hombre de gris.
     -Kent Allard, La Sombra -rió espantosamente el hombre de nariz aguileña.
     -Gordon.  De Yale, promoción del treinta y cuatro, mis  amigos me llaman Flash.
     -Curtis Newton, señor, algunas veces me llaman Capitán  Futuro.
     -John Carter, capitán retirado de la caballería de los Confederados.
     -David Innes, de Connecticut y el Imperio de Pellucidar.
     -Richard Wentworth, hijo el segundo de los hombres ataviados de negro-, conocido por algunos como La Araña.

      Incluso en ese momento, cuando me estaba dando la mano, detecté algo de sospecha y envidia entre él y el hombre que daba en llamarse La Sombra.
     Y, finalmente, el hombre vestido con el traje clerical verde:
     -Om -dijo, haciendo una señal con las manos antes de extenderme una según la costumbre occidental-. Jethro Dumont, de Park Avenue en Nueva York.  También conocido como
el doctor Charles Pali y El Lama Verde.
     -Es un honor- conseguí pronunciar-. Nunca había soñado que fueran personas de verdad.  Siempre pensé que eran quimeras de imaginaciones febriles.
     -Se ha pensado a menudo lo mismo de su buen amigo y asociado de Baker Street. ¿No le parece, Watson? -dijo el gigante de bronce, Doc Savage.
     Admití que ese era el caso.
     -Estoy asediado por ambos lados -dije-.  Por un lado están los que sostienen que mi buen amigo y asociado, cuyos casos he recogido lo mejor que he podido durante todos estos años, es un producto de mi imaginación y que no existe en el mundo real en absoluto.  Mientras que por otro lado, el caballero que me sirve de agente literario, el doctor Arthur Conan Doyle, es acusado de escribir los relatos que yo le entrego y que él vende a las revistas de mi parte.
     Miradas de comprensión y de simpatía me llegaban de todos los presentes.  Pensé de nuevo en los volúmenes que recubrían las paredes de esta biblioteca.  De entre todas mis amistades sólo las hazañas de mi asociado merecieron mis modestos esfuerzos como cronista.
     -Con respecto a esta asamblea de aventureros... ¿Están todos los que son? -pregunté a la colectividad y acepté la cómoda butaca que me ofrecía Doc Savage.
     De nuevo se oyó el suave zumbido de discusiones mientras las figuras coloridamente ataviadas intercambiaban comentarios sobre mi pregunta. Luego, uno de ellos -creo que fue el hombre de Yale, Gordon- me contestó en el papel, tácitamente designado, de portavoz de todos ellos.
     -Nosotros sólo,somos los representantes actuales de un movimiento cuya lista de asociados es mucho mayor.  Desde los días de nuestro fundador, cuyo retrato cuelga sobre la chimenea, hasta este momento, ha habido cientos como nosotros.  Sus nombres están inscritos en el pergamino de honor que está al lado de la ventana.
     Primero señaló hacia el cuadro al que había hecho referencia, y luego a una ventana estrecha y alta a través de cuyos cristales térmicamente aislantes se podía ver el principio de la larga noche ártica.  Primero me desplacé hacia el fuego rugiente y miré hacia arriba al cuadro elegantemente ejecutado en un marco barroco.  El pintor había realizado su trabajo en tonos pardos, ocre marrón y castaño.  La cara que me miraba fijamente mostraba fortaleza e inteligencia, y un aire despreocupado. El traje era el de un caballero francés del siglo anterior. Bajo el lienzo había una placa pequeña con una sola palabra: D'artagnan.
     Tras un homenaje momentáneo y silencioso al sujeto del cuadro fui paseando sobre la espesa alfombra al pergamino previamente señalado por el americano Gordon.  Su encabezamiento era una simple frase, donde las letras iniciales de cada palabra formaban a su vez una palabra de una sola sílaba, cuyo significado, tengo que admitir, se me escapaba.  El encabezamiento del pergamino decía «Personajes Unidos en Liga de Protectores».  Los nombres inscritos bajo esto, eran, desde luego, muy numerosos, incluyendo no sólo a todas las personas que había en esta habitación (exceptuándome a mí, claro), sino los de muchos otros, de los cuales una selección al azar incluía nombres tan familiares como los de Jules de Grandín, Anthony Rogers, sir Dennis Nayland Smith, Jimmy Dale, Arséne Lupin, Kimball Kinnison, Nicholas Carter, Stephen Costigan y muchas columnas más.
     -¡Una compañía estupenda! -no pude dejar de exclamar cuando hube completado mi lectura del pergamino adornado-. Si me permiten la pregunta, me gustaría saber cómo se financia este establecimiento. ¿Quién lo mantiene en funcionamiento? ¿Quién enciende los fuegos, hace las comidas y sirve las libaciones?
     -Tenemos lacayos de sobra, doctor Watson -comentó el hombre del traje rojo de cremalleras.  Le identifiqué en seguida como Curtis Newton-. Cada uno de nosotros contribuye con sus propios empleados a los servicios generales de la Liga.  Entre los míos se encuentra Otho, el androide; Grag, el robot, y Simon Wright, el cerebro viviente.
     -Y los míos -afirmó La Sombra con una- risita siniestra- son el playboy Lamont Cranston, el chófer Moe Shrevnitz, el mago de las comunicaciones Burbank y el casi suicida Harry Vincent.
     Cuando les llegaba el turno, cada uno nombraba un grupo de ayudantes exóticos, cada cual tan peculiar y excéntrico como su empleador.
    -Cada uno de ellos -concluyó Doc Savage- sirve durante algún tiempo en la cocina, la armería, además de otros lugares de la Fortaleza y otras instalaciones lejanas de la Liga cuando les dejan tiempo las misiones personales de cada empleador.
     -Comprendo -afirmé, tomando un sorbo de la bebida que había aparecido, sin haberme dado cuenta al lado de butaca. Olí, sorprendido, el contenido del vaso.  Zarzaparrilla.
     -Todavía hay algo que no acabo de entender -dije, dirigiéndome una vez más a mis anfitriones colectivamente.  Quedaron todos mirándome con ojos inquisitivos-. ¿Por qué -pregunté yo- me han llamado a mí a este lugar?  Está claro que todos son hombres muy competentes y capaces.  No sé con qué rompecabezas se enfrentan, aparte de la cuestión del Dios del Unicornio Desnudo que ha sido robado.  Estoy seguro que no necesitan de mi modesto talento para solucionar esto, que para ustedes debe ser pan comido.
     Una vez más asumió las funciones de portavoz Clark Savage, Jr.  Paseó por la habitación, parándose ante el fuego crepitante, de manera que las llamas danzantes tras la heroica figura lanzaban sombras monstruosas por toda la biblioteca de la Liga. Con los pies separados, sus manos cogidas a la espalda, su amplio pecho y su cabeza erguida orgullosamente, su enorme porte visto a contraluz ante las llamas, configuraban el más glorioso cuadro de potencia y elegancia masculina que nunca había visto.
     -John Watson -entonó impresionantemente-, la información que estoy a punto de revelarle es extremadamente delicada a la vez que tremendamente amenazante.  Confío en su honor como asociado novel de los Personajes Unidos en Liga de Protectores de no revelarlo a nadie hasta que este asunto haya llegado a un final feliz. ¿Me da su palabra, John Watson?
      -La tiene, señor -suspiré.  Tenía, un nudo en la garganta y los ojos extrañamente húmedos.
      -¡Muy bien! -continuó Doc Savage-.  Tengo que informarle que hay un archicriminal cuyas malévolas maquinaciones dejan muy atrás a los más infames malhechores de los anales de la Liga.
      -¡Más negro que el cardenal Richelieu! -exclamó una voz.
      -¡Más siniestro que el insidioso doctor Fu Manchu! -añadió otro.
      -¡Más brillante que el revolucionario Ay-Artz del planeta Lenmis!
      -¡Más traicionero que Hooja el astuto!
      -¡Más peligroso que Blacky Duquesne!
      -¡Más despiadado que el genio Ras Travas!
      -¡Incluso más amenazante que el mismísimo Napoleón del Crimen! -añadió Doc Savage para concluir el listado de nombres.
      -¿El Napoleón del Crimen? -repetí incrédulamente-. ¿Se refiere al torcido genio profesor James Moriarty?  Pero yo pensaba que estaba muerto.... que murió en su caída en las cataratas de Reichenbach.
      -A lo mejor murió... Pero a lo mejor escapó, como lo hizo su rival y oponente en la lucha épica que tuvo su culminación precisamente en Suiza.  Hay muchos hombres que han desaparecido, pero, ¿qué mejor escondite que la tumba, Watson?
      Savage ahora caminaba ante de la chimenea de un lado a otro, su titánica sombra desplazándose por las vigas de madera y las lámparas de metal que colgaban sobre nuestras cabezas.  Los demás hombres estaban sentados en silencio, expectantes, observando el intercambio entre el líder y yo.  Yo prometía en silencio no fallar, para mantener el honor de mi asociado ausente.
      -Al mencionar el nombre del Napoleón del Crimen -dije algo acalorado-, Doc Savage, sugiere de alguna manera que mi asociado ha fallado en su intento de librar al mundo de sus fechorías.
      -Eso mismo -afirmó Doc Savage-.  Su asociado, Sherlock Holmes, está en las manos de un criminal ante el que el profesor Moriarty se echaría a temblar.
     Caminó hacia mí y mirándome desde su metro ochenta y tantos centímetros, dijo:
     -Estoy aquí sólo porque la ayuda de mi prima Patricia me permitió escapar de las garras de ese archicriminal.  Pude atravesar sus redes, pero dos compañeros con los que estaba intentando recuperar el Dios del Unicornio Desnudo fueron menos afortunados que yo, y en estos momentos son prisioneros del genio más macabro, cuyos esfuerzos aún pueden ser la causa de la total destrucción de la frágil estructura de nuestra civilización.
     -¿Dos compañeros? -repetí-. ¿Dos? ¿Pero, quiénes pueden ser?
     Se inclinó, acercando sus ojos metálicos a los míos y me apunto con un dedo:
     -En estos mismos momentos se encuentran en las garras de ese inteligente maníaco Sherlock Holmes y sir John Clayton, lord Greystoke, el hombre conocido en el mundo como... ¡Tarzán de los Monos!
     -¿Holmes y Greystoke? ¿A la vez? ¿Y casi le capturan a usted, Doc Savage? -exclamé-. ¿Quién puede ser ese diablo y cómo puedo ayudar a rescatar a los dos asociados de sus garras?
     -Wentworth, usted es nuestro intelectual supremo -dijo
Doc Savage al personaje ataviado con telas de araña-.  Explíquele al doctor Watson cuál es nuestra estrategia, yo me retiro brevemente para extraer unas cuantas raíces cuadradas y cúbicas.
     Doc Savage se retiró a su asiento y La Araña empezó a hablar en una voz baja e insinuante que parecía destinada a hipnotizar al interlocutor.
     -Este archicriminal es incuestionablemente el más brillante y el que cuenta con más recursos de todos los oponentes a los que nos hemos enfrentado -afirmó-.  Sin embargo, Watson, como saben todos los que luchan contra el crimen y la anarquía en el fondo de su ser, nunca ha habido un malhechor cuyo torcido cerebro no le haya obligado a cometer un error fatal que le condujera ante la justicia y el castigo, más tarde o más temprano.
     -Estaba previsto que el secuestro de Tarzán, Holmes y Doc Savage tuviera lugar en la brillante Exposición de Progreso Europeo, donde estaba expuesto el Dios del Unicornio Desnudo -me contaba Richard Henry Benson, El Vengador.  Estaba manoseando distraídamente una daga de extraño aspecto y una pistola aún más rara mientras hablaba.  - El original fue sustituido por una brillante réplica, una sustitución que pasaría inadvertida al mejor de los gemólogos, pero que fue descubierta por una simple mujer.
     -Sí, una simple mujer -reafirmó el capitán John Carter-. Una mujer de naturaleza enérgica cuyos admiradores la han identificado como la Princesa Dejah Thoris de Helium; como Joan Randall, hija del comisario de la policía interplanetario; como Margo Lane, amiga fiel y compañera de La Sombra; como Jane Porter Clayton, lady Greystoke, y como la señorita Evangelie Stewart, del barrio bohemio de Nueva York, Greenwich Village, entre otros.
     -Esta mujer -intervino Jethro Dumont suavemente-, La Mujer si me permite, detectó esta sustitución y lo notificó a Sherlock Holmes, lord Greystoke y Doc Savage.  Había alertado a Greystoke y Holmes y estaba hablando con Doc Savage cuando los dos primeros miembros de la Liga, sin saber de la presencia de Doc, trabajaban por descubrir el fraude y cayeron en la trampa de ese archicriminal.
     -Intenté rescatarles -concluyó Sayage-, pero el malhechor estaba preparado.  Usó al Dios del Unicornio Desnudo para atrapar a Holmes y Tarzán, y usándolo como cebo casi me echó el guante a mí también, Escapé con poco más que la vida. Holmes y Tarzán fueron raptados, junto con el Dios del Unicornio Desnudo.
     -Entonces la amenaza de la que la señorita... La Mujer me habló -tartamudeé-, la amenaza de exhibir el Dios del Unicornio Desnudo en la plaza de San Wrycyxlwv, ¿fue meramente un pretexto, un engaño?
     -No, doctor Watson -interrumpió La Sombra- es una amenaza real, demasiado real. Pero mucho mayor es la amenaza al orden y la seguridad que pretende ese maníaco que mantiene como prisioneros a Sherlock Holmes y Tarzán de los Monos en estos momentos.
      -Ya veo, ya veo -murmuré semicoherentemente-. ¿Pero... qué papel han elegido para mí en este drama? ¿Qué puede hacer un modesto médico y biógrafo de personajes en todo esto?
      -Usted -dijo Doc Savage con voz autoritaria- debe resolver el crimen, rescatar a las víctimas y salvar el orden del mundo civilizado, doctor Watson.
 


IV

      Busqué en mi bata la pipa, eché a un lado el fútil revólver con el que estúpidamente había molestado a La Mujer cuando entró en mi casa de Limehouse hace, aparentemente, tanto tiempo y empecé a pasear por la habitación.  Mi mente discurría. Mis pensamientos bailaban como restos de un naufragio en la marejada. ¿Qué haría Holmes en estas circunstancias?  Era todo lo que podía pensar. ¿Qué haría Holmes?
      Finalmente paré delante de Doc Savage y pregunté:
      -¿Dejó el ladrón tras sí alguna pista.... alguna evidencia? Por muy insignificante que pudiera parecerle a usted.
      Arrugas de confusión y concentración surcaron la frente del hombre de bronce.  Al fin dijo:
      -Puede que haya una cosa, Watson, pero parecía tan insignificante que apenas le di importancia, y ni siquiera sé si contárselo ahora.
      -Permita que yo juzgue eso, por favor -dije en un tono cortante lo más parecido a Holmes que podía.  Y el hombre me contestó como tantas veces había visto contestar a los testigos ante las preguntas de Sherlock Holmes.
      -El criminal, aparentemente, ha creado un aparato capaz de reducir la estatura de sus víctimas hasta el tamaño de pigmeos, y se fue corriendo con Holmes bajo un brazo y Greystoke bajo el otro.
      -Sí dije-.  Por favor, continúe.
      -Bien, doctor Watson -siguió Savage-, cuando el criminal se marchaba de la Exposición de Progreso Europeo estaba murmurando algo.  Apenas pude entender lo que decía.  Pero era algo parecido a Angkor Wat, Angkor Wat. ¿Pero qué significado puede tener esto, Watson?
     Sonreí condescendientemente y me dirigí a la asamblea que estaba sentada, atentamente siguiendo la conversación entre Savage y yo.  Mediante un gesto tácito, les indiqué que aceptaría cualquier información que pudieran proporcionarme.
     -¿Es una droga exótica? -preguntó uno de ellos.
     -¿El nombre del criminal? -pensó otro.
     -¿Alguna fórmula secreta? -dijo un tercero.
     -¿Algún talismán religioso? ¿El más grande científico del antiguo Neptuno? ¿Un término náutico obsoleto? ¿El asiento de una monarquía obsoleta?
     -¡Eso es! -grité entusiasmado-.  Ya sabía yo que teníamos la solución dentro de estas cuatro paredes.  Angkor Wat es una ciudad perdida en las junglas de Asia.  Tenemos que buscar a ese criminal y a sus víctimas en Angkor Wat.  Rápido -exclamé, volviéndome hacia Doc Savage-.  Que preparen un medio de transporte en seguida.  Partiremos hacia Angkor Wat esta misma noche.
     -¿Puedo ir yo también? -preguntó La Sombra, retorciendo  su anillo de ópalo.
     -No, lléveme a mí -dijo El Vengador.
     -¡A mí! -gritó Gordon de Yale.
     -¡A mí! -gritaba David Innes-. ¡Conozco a Tarzán personalmente!
     En poco tiempo estaban todos dando botes en los asientos, empujándose unos a otros para acercarse más a mí y discutiendo entre ellos acerca de quién debía tener el honor de acompañarme en mi misión de rescate de Sherlock Holmes y John Clayton, lord Greystoke.
     -Esto es un trabajo sólo para Doc Savage y yo -les dije amablemente aunque con firmeza-.  El resto deberá permanecer aquí preparados para entrar en acción si se solicita su ayuda.
     -Bien, Savage -me dirigí al hombre de bronce-, que esos sirvientes que tanto abundan por este establecimiento tengan  un vehículo listo para llevarnos a la ciudad perdida de Angkor Wat en las junglas del Lejano Oriente.
     -Sí, señor -accedió él.
      La firmeza, prometí, sería la característica fundamental de mi modus operandi desde ese momento en adelante.
      En pocos minutos un grupo de seres grotescos había preparado una de las extrañas máquinas voladoras, las cuales eran conocidas con el nombre de autogiros -según Doc Savage-, con una abundante provisión de combustible de reserva.  Era un modelo de aspecto malvado, con metralletas y correas cargadas de munición.  Prácticamente antes de que hubiera dado tiempo a despedirse de todos los miembros de la Liga que Savage y yo estábamos dejando atrás, nos encontramos en el aire sobre los residuos árticos.
      Antes de que hubieran pasado muchas horas, nuestro increíble autogiro zumbaba cruzando el Eurasia y al rato, pasando justo por encima de la mismísima plaza de San Wrycyxlwv donde habría de ser expuesto el Dios del Unicornio Desnudo, causa de angustia de La Mujer y de alteración de la estabilidad de la civilización europea, al cabo de aproximadamente veinticuatro horas que quedaban, si Doc Savage y yo fallábamos en nuestra misión.
      Pasamos por encima de los imperios germánicos y austrohúngaros, los estados eslavos semibárbaros al este y peligrosamente a través de los picos blancos de las siniestras montañas Urales hasta llegar a Asia.  Nada nos detuvo, nada nos hizo perder tiempo.  Los sirvientes de Savage habían equipado el autogiro con numerosos tanques auxiliares de combustible y nos habían metido una enorme cesta de mimbre a rebosar de delicados manjares.
      Pasamos por encima de la ciudad abarrotada de Bombay, viramos hacia el norte, tirando huesos limpios de pollo sobre las arenas, habitadas únicamente por tribus nómadas, del desierto de Gobi.  Volamos muy alto por encima de las densas hordas de China mientras terminábamos una ración de langosta con mayonesa (dejando caer los caparazones de los crustáceos marinos en las manos de los orientales asombrados) y, por fin, cruzamos la bahía de Tonkin, saludando con la mano a los barcos de vapor, hasta que de nuevo llegamos a tierra y pude divisar, muy por debajo de las ruedas del autogiro, el verdor de la ancestral selva.
      Al poco tiempo, mi compañero señaló hacia abajo a una abertura que había en la jungla.  A través de las palmeras espaciadas podía ver las pirámides y pagodas de una antigua metrópoli, perdida durante milenios y redescubierta hacía poco tiempo, para asombro incluso de los académicos europeos.
      Doc Savage manipuló los mandos del autogiro y caímos caímos, caímos a través del cálido aire tropical, hasta que las ruedas de caucho del vehículo aéreo rodaron y se detuvieron en la cima de la pirámide más alta de Angkor Wat.
      Bajamos del autogiro y miramos la ancestral ciudad desde lo alto.  Era el alba en este cuarto del globo y, en alguna parte, un animal emitió un saludo al sol mientras los grandes felinos regresaban lentamente hacia sus guaridas tras sus paseos nocturnos y los pájaros con las plumas como joyas brillantes surcaban el aire en busca de frutos tropicales que engullir.
      -Sólo hay un lugar en una ciudad como ésta donde un enemigo como el nuestro puede establecer su cuartel general -gruñó Savage- y es el Templo del Sol, por eso he aterrizado aquí.
      Bajamos por los gigantescos escalones de granito de la pirámide en la misteriosa serenidad de la metrópoli selvática, parando de cuando en cuando para admirar la labor de algún artista asiático olvidado hace ya mucho tiempo, para matar alguna serpiente venenosa o para tirar piedras a los habitantes plumados de los aires con el único propósito de entretenernos.
      Finalmente llegamos al suelo y caminamos hacia la escalinata que daba a la gran cámara del templo. Encontramos la cámara de presos del archicriminal, pero nuestra presa había volado.
      Savage y yo quedamos horrorizados al ver el instrumento de tortura del maníaco, espantados no tanto por las dimensiones, pues no era mucho mayor que un maletín, como por las malignas potencialidades que revelaban sus complejos mandos.
      Claramente el criminal y sus víctimas habían estado allí poco antes que nosotros y el canalla había huido a toda prisa abandonando su infernal instrumento en el proceso.  Pero este descuido sugería la posibilidad de que tenía otros tan malos o peores en otros lugares, adonde había llevado a sus víctimas.
      Savage y yo corrimos hacia el autogiro, parándonos sólo para descrifrar algunas de las pistas necesarias para determinar el destino del criminal y sus cautivos.
      De esta manera, les perseguimos desde Angkor Wat hasta la bulliciosa ciudad moderna del Japón, Tokio; luego a la misteriosa isla de Pascua, donde caminamos boquiabiertos entre las extrañas esculturas monolíticas, hasta que Doc Savage solicitó la ayuda del Lama Verde por medio de telecomunicaciones.  Este hombre invocó a una de las estatuas, quien nos reveló a Savage y a mí que había observado al criminal y a sus dos prisioneros tan sólo unos minutos antes de nuestra llegada.  Habían partido en una ruta que les conduciría al asentamiento americano de Peoria, en el estado de Illinois.
     Cruzamos a duras penas el Pacífico con el zumbido de los rotores del autogiro y entramos de nuevo en la noche.
     Pasamos por encima de la luminosa bahía de San Francisco, subimos a alturas glaciales para pasar sobre las Montañas Rocosas, y de nuevo descendimos a alturas menores para saludar a algún vaquero o buscador de oro y vimos el sol elevarse una vez más antes de llegar a Peoria.
     ¡Tan sólo nos quedaba un día!  Horrorizado, intenté imaginarme la escena en la plaza de San Wrycyxlwv y la inevitable desintegración del orden mundial que seguiría, especialmente en ausencia de esos dos salvadores de lo cuerdo y lo normal: Holmes y Greystoke.
     Cada escondite de este canalla nos revelaba el abandono de un modelo más avanzado y más malévolo, si cabe, del infernal instrumento de tortura, su tablero de mando plagado de teclas y palancas, cada una marcada con alguna abreviatura arcana de significado alfabético o cabalístico, conocidos sólo por el torturador y -deduje con un escalofrío- por Sherlock Holmes y John Clayton.
     Una pista en Illinois nos llevó a un almacén abandonado en la parte baja de la Séptima Avenida de Nueva York.  En este lugar, Savage y yo encontramos nuevos y diferentes modelos de instrumentos y oímos un portazo lejano en el lado opuesto del edificio, tras el cual nuestras botas golpearon contra el suelo en persecución del maníaco.
     Le perseguimos por un largo y tortuoso túnel bajo lo que parecían los cimientos rocosos de Manhattan, luego se oyó un estruendo, un destello, una sensación extraña de estiramiento y retorcimiento, y Savage y yo nos encontramos en el mismísimo techado londinense donde La Mujer me había convencido de participar en esa extraña odisea.
       -¿A dónde vamos ahora? -gritó Sayage frenético, consultando el cronómetro que llevaba en la muñeca de su potente brazo bronceado.
       Me paré en pensar un momento dónde, en la inmensa metrópoli, pudiera estar el maníaco.  De repente me sentí inspirado.
       Agarré al gigante bronceado por el codo y fui corriendo a la parada más cercana donde nos subimos al segundo carruaje de la fila.  Di instrucciones al conductor y partimos a paso ligero, con el claqueteo de las pezuñas contra los adoquines, hasta llegar a un viejo edificio que me era familiar, donde había pasado tantos años felices.
       Le tiré una moneda al taxista y Savage y yo subimos las escaleras en una carrera.  Yo martilleé frenéticamente sobre la puerta del bajo, y supliqué a su ocupante, dueña y gerente del edificio, que nos ayudara en la misión que debíamos llevar a cabo en el piso de arriba y que trajera la llave maestra.
       Cuando la mujer hubo girado la llave en la cerradura del piso de arriba, Savage irrumpió en la habitación con un solo empujón de su potente hombro y yo entré tras él, revólver en mano, y contemplamos la escena.
       Allí estaba el canalla, sentado ante su infernal máquina, operando las teclas y las palancas con gran rapidez mientras en la mesa a su lado vi las dos penosas figuras encogidas de Sherlock Holmes y John Clayton, bailando y dando vueltas con cada tecla de la máquina.  A un lado de la máquina había una pila de páginas escritas con letra de imprenta.  Al otro lado había una pila aún mayor de páginas en blanco esperando a ser escritas.
       Había una sola hoja en la máquina del criminal y cada vez que apretaba una tecla aparecía una nueva letra en la página, y con cada palabra podía ver cómo aumentaba la expresión de dolor en las caras de los dos héroes y cómo su estatura se hacía cada vez más pequeña.
       -¡Alto, canalla! -grité yo.
       El maníaco se volvió en su asiento y sonrió malévolamente a Savage y a mi persona.  Su pelo era blanco, su cara satánicamente elegante, aunque marcada con huellas de corrupción y de excesos sin fin.
      -¡Muy bien, Savage -dijo en tono macabro- y Watson! Me habéis encontrado.  Pues de bien poco os va a servir. ¡Ningún hombre puede interponerse en el camino de Albert Payson Agricola!  Habéis caído en mis manos.  Como veis, ahí están vuestros dos compatriotas.  Es el destino que tendrá toda la Liga, y yo seré el único dueño del Dios del Unicornio Desnudo -al decir esto señaló grandiosamente hacia una mesa que había en el otro lado de la habitación.
      Allí, sobre la mesa de caoba donde mi gasógeno había estado tantos años entre la funda del violín de Holmes y su jeringa hipodérmica, reposaba ahora la obra maestra de plata y piedras preciosas de Méndez-Rubirosa, el Dios del Unicornio Desnudo.
     -Y ahora -gritó Agricola triunfantemente- añadiré dos nuevos trofeos a mi colección de marionetas.
     Se volvió hacia el tablero de mando de su aparato infernal y empezó a manipular palancas.  Con cada palanca sentí un golpe de dinamismo galvánico pasar a través de mi propio organismo y vi al pobre Savage retorcerse en bronceada agonía.
     -¡Para! Conseguí gritar al canalla-. ¡Para o tendré que ... !
     Apretó otra tecla.  De repente me sentí enormemente magnificado y con gran potencia.  Tiré del gatillo de mi revólver y Albert Payson Agricola echó los brazos al aire.  Dio con el codo en una de las palancas del aparato y yo regresé a la normalidad.
     Vi a Doc Savage a mi lado masajeando sus doloridos miembros.  Vi a Sherlock Holmes y Tarzán de los Monos empezando, con infinita lentitud aunque perceptiblemente, a recuperar su forma y estatura normales.
     Albert Payson Agricola cayó sobre la moqueta, con un agujero bien formado entre los ojos.
     De la herida no parecía fluir sangre ni cerebro aplastado, sino jirones y jirones de pulpa de madera para hacer papel, amarillento y con la impresión corrida.

Fin