La Aventura del Par sinpar
por Philip José Farmer
  

La aventura del PAR SIN PAR

Por John H. Watson, Doctor en Medicina.

Editado por
Philip José Farmer

Agente americano de los patrimonios del Dr. Watson, Lord Greystoke, David Copperfield, Martín Eden y Don Quijote.

Todos los personajes de este libro son reales; cualquier parecido con personajes de ficción es una pura coincidencia.
 

PRÓLOGO


 Como todo el mundo sabe, el Dr. Watson guardó en una caja metálica de seguridad, todos sus manuscritos concernientes a los casos nunca publicados de Sherlock Holmes. Dicha caja fue situada en las bóvedas del banco de Cox y Compañía, en Charing Cross. Pero las esperanzas del mundo de que dichos papeles se hicieran públicos algún día, se esfumaron cuando el Banco fue reducido a escombros, durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Se dice que el mismo Wiston Churchill, en persona, ordenó buscar entre las ruinas hasta encontrar la caja, pero no se halló ni rastro de ella.
 Es para mi un placer informarles de que el fracaso en dichas pesquisas no es motivo alguno de pesar. En un momento dado, y por razones no aclaradas, la caja fue trasladada a una pequeña villa al sur de Sussex, no muy lejos de la localidad de Fulworth, donde permaneció oculta en el ático de la villa. Aquel, como sin duda sabrán la mayoría de ustedes, fue el lugar de residencia de Holmes tras su retiro. En realidad no se sabe qué llegó a ocurrir con el Más Grande Detective de todos los tiempos, pues no existe informe alguno acerca de su fallecimiento. Y, aunque lo hubiera, sería sin duda desacreditado por todos aquellos que aún piensan que continúa vivo. Esta creencia, casi religiosa, de que continúa con vida, supondría tener que explicar que, en el momento de la primera edición de este libro, el Detective debería tener una edad de ciento veinte años.
 Fuera lo que fuera lo que aconteció a Holmes, su villa fue vendida en 1950, al decimoséptimo Duque de Denver. La caja, junto con otros variopintos objetos, fue trasladada al ducado de Norfolk. Su Alteza el Duque ha intentado esperar hasta después de su muerte para permitir que estas crónicas sean publicadas. No obstante, tras haber cumplido ochenta y cuatro años, su Alteza se ve capaz de llegar a los cien. Y el mundo ya ha esperado demasiado tiempo, y está, sin duda alguna, preparado para cualquier revelación -no importa lo impactante que sea-, que aparezca en los diarios del Sr. Watson. El Duque ha dado su consentimiento para la publicación de todos los papeles, excepto unos pocos, e incluso estos podrían verse publicados si los descendientes de ciertas personas que aparecen mencionadas en ellos, diesen su autorización. Le debemos a su Alteza la mayor gratitud, por tal generosidad.
 Al escuchar las buenas noticias, éste editor se comunicó con los agentes británicos responsables de los papeles del dr. Watson, y tuvo la suficiente fortuna de adquirir los derechos para su publicación en Estados Unidos. La aventura que el lector sostiene en sus manos en estos momentos, es la primera que habrá de publicarse, y otras le irán siguiendo cada cierto tiempo.
 La narración de Watson es, obviamente, un primer boceto. Cierto número de pasajes contienen interjecciones emitidas por sus protagonistas, que han sido convenientemente tachadas o sustituidas por asteriscos. El "Par sin par" de este relato lleva el nombre de "Greystoke", aunque hay ciertos hábitos que resulta difícil romper, y Watson, inadvertidamente, le llama "Holdernesse" en ciertos pasajes. Posteriormente, no dejó nota alguna para explicar por qué había sustituido un pseudónimo por otro. Ya empleó el "Holdernesse" en "La aventura del Colegio Priory", para ocultar la identidad del aristocrático cliente de Holmes. El mismo Holmes, en referencia a dicho noble, en "La aventura del soldado de la piel decolorada", empleó el pseudotítulo de "Greyminster".
 Este editor supone que, a la postre, Waston se decidió por "Greystoke" debido a que dicho pseudotítulo se había hecho mundialmente famoso debido a las novelas basadas en las hazañas en Africa del descendiente del hombre al que Watson llama "Holdernesse."
  La aventura que el lector tiene en sus manos es singular por varios motivos. Revela que Holmes no fue capaz de permanecer retirado, tras los eventos narrados en "Su último saludo". Nos demuestra que Holmes realizó una segunda visita a Africa, llegando más allá de Khartoum (aunque no mucho más allá), y que con ello salvó a Gran Bretaña del más terrible peligro que la amenazara jamás. Arroja, además, algo de luz sobre la carrera de los dos mejores aviadores y espías de la Primera Guerra Mundial. Descubrimos que Watson se casó por cuarta vez, así como obtenemos el primer registro acerca de la destrucción de una civilización que rivalizaba con el Antiguo Egipto. La contribución de Holmes a la apicultura, y como la empleó para salvarse y para salvar a otros, también esta consignada en estas páginas. Esta narración también describe cómo el genio deductivo de Holmes le capacitó para aclarar una cierta discrepancia que había intrigado a los más avispados lectores de las novelas del biógrafo americano de Greystoke.
 Algunos aspectos de dicha discrepancia quedan revelados por el mismo Lord Greystoke en "Extractos de las Memorias de Lord Greystoke. Mi madre fue una bestia encantadora." Philip José Farmer editor, Chilton, Octubre de 1974. De cualquier modo, esta revelación es sólo una pequeña parte de la crónica de Watson, tan sólo uno de los muchos misterios resueltos, y su narración presenta dicho misterio desde un punto de vista de algún modo diferente.
 Este editor ha decidido no intentar explicar dichas razones, de igual modo que jamás soñaría con pretender explicar las Sagradas Escrituras.

 -Philip José Farmer-

 

CAPÍTULO 1


 Es con el corazón ligero que empleo mi pluma, una vez más, para consignar éstas, las últimas palabras que jamás serán escritas acerca del singular genio de mi amigo Sherlock Holmes. Me doy cuenta de que, en una ocasión, comencé un relato de manera similar, aunque en aquella ocasión mi corazón se hallaba por completo apesadumbrado. En esta ocasión, estoy seguro de que Holmes se ha retirado por última vez. Al menos, me ha jurado personalmente que nunca volverá a hacer de detective. El caso del Par sin par le ha proporcionado seguridad económica, y los peligros del extranjero ya no amenazarán nuestro país, ahora que ha caído nuestro gran enemigo. Y aún más, Holmes me ha jurado que nunca jamás volverá a poner el pie en otro suelo que no sea el de su país natal. Y que tampoco volverá jamás a acercarse a un aeroplano. Su mera visión, o sonido, le hielan la sangre.
  La peculiar aventura que ocupa estas páginas comenzó el segundo día de febrero de 1916. En aquellos tiempos, me hallaba, a pesar de mi edad, sirviendo en la plantilla del Hospital Militar de Londres. Los dirigibles habían desatado toda una lluvia de bombardeos sobre Inglaterra hacía dos noches, sobre todo en las Midlands. Pese a haber sido relativamente poco eficaces, habían fallecido setenta personas, había ciento trece heridos y se había producido un daño económico de cincuenta y tres mil ochocientas treinta y dos libras. Aquellos ataques fueron los últimos de una larga serie que había comenzado el diecinueve de enero. No cundía el pánico, por supuesto, pero incluso el recio corazón británico experimentaba ya cierto desasosiego. Había rumores, sin duda originados por agentes alemanes, de que el Kaiser intentaría hacer cruzar el canal a una flota de un millar de aeronaves. Me encontraba discutiendo este rumor con mi joven amigo, el doctor Fell, junto a una copa de brandy en mis aposentos, cuando sonaron unos golpes en la puerta. Al abrir, apareció un mensajero que me tendió un telegrama. Evidentemente, no perdí tiempo en abrirlo.
 -¡Gran Scott!- Grité.
 -¿De qué se trata, mi querido amigo?- Dijo Fell, levantándose de la sufrida silla que le sostenía. Incluso entonces, con las raciones de guerra, su peso sobrepasaba con mucho a la media.
 -Es una citación del Foreign Office, -le dije, -de Holmes. Y tengo que salir de inmediato.
 -¿De Sherlock?- Preguntó Fell.
 -No. De Mycroft,- repliqué. Minutos más tarde, tras haber empaquetado mis escasas pertenencias, fui transportado en una limusina hacia el edificio del Foreign Office. Una hora más tarde, entré en la sala pequeña y austera en la que el descomunal Mycroft Holmes se sentaba como una gran araña, tejiendo la red que conectaba al Imperio Británico con todos los países extranjeros. Había otras dos personas presentes, y a ambos les conocía. Uno de ellos era el joven Merrivale, el hijo de un baronet, y brillante ayudante de la jefatura del Departamento de Inteligencia Militar Británica, jefatura, por cierto, que no tardó en conseguir. Era también un físico muy cualificado, e incluso había sido uno de mis estudiantes, cuando enseñé en Bart. Mycroft proclamaba que Merrivale era capaz de rivalizar con el mismísimo Holmes en el arte de la deducción, y que no debía andarle muy lejos al propio Mycroft. La respuesta de Holmes a aquella "apreciación" fue que sólo la práctica revela a las auténticas promesas.
 Me pregunté qué estaría haciendo Merrivale lejos de la Oficina de Guerra, pero no tuve oportunidad de preguntarlo. La visión de la segunda persona que allí había, me sobresaltó, y al mismo tiempo me deleitó. Hacía ya más de un año que había visto por última vez a aquella figura alta y desgarbada, de cabello gris y ese inolvidable perfil aquilino.
 -Mi querido Holmes,- le dije. -Yo pensaba que después del asunto Von Bork...
 -Los vientos del este están soplando terriblemente fríos, Watson,- me respondió. -El deber no reconoce límite de edad, de manera que se me ha llamado a apartarme de mis abejas para servir una vez más a nuestra nación. -Y algo más gravemente añadió: -El asunto Von Bork no se ha terminado. Me temo que subestimamos a aquel sujeto por haberle capturado con tanta facilidad. No siempre se deja apresar tan fácilmente. Nuestro gobierno erró absolutamente al permitirle regresar a Alemania con Von Herling. Debería haberse enfrentado a un pelotón de fusilamiento. Aunque un accidente de automóvil en Alemania, justo después de su regreso, casi hace lo que nosotros habíamos fracasado en conseguir, por lo que he podido enterarme recientemente. Pero, a excepción de un daño permanente en su ojo izquierdo, se ha recuperado por completo.
   Mycroft me acaba de comentar que Von Bork nos ha hecho, y continúa haciéndonos, un daño inestimable. Nuestros informes de inteligencia nos aseguran que está operando en El Cairo, Egipto. Pero en qué parte del Cairo, o con qué apariencia, eso no lo sabemos.
 -Se trata de un hombre en verdad peligroso,- dijo Mycroft, acercando su mano a la caja de puros, una mano tan descomunal como la garra de un oso. -No es exagerado decir que es el hombre más peligroso del mundo, al menos en lo que concierne a los aliados.
 -¿Aún más que Moriarty?- Dijo Holmes con los ojos iluminados.
 
 -Mucho más,- replicó Mycroft. Sopló sobre el habano, le dió unos toquecitos, y luego sacudió su chaqueta con un gran pañuelo rojo. Sus acuosos ojos azules habían perdido su toque de introspección, y ahora brillaban como faros que enfocaran un blanco lejano. -Von Bork ha robado una fórmula a un científico húngaro refugiado, que trabajaba para nuestro gobierno en El Cairo. El científico en cuestión, informó recientemente a sus superiores acerca de los resultados de ciertos experimentos que había estado realizando sobre un tipo especial de bacilo que es común en la tierra de los faraones. Había descubierto que dicho bacilo podía ser modificado por medios químicos para que se alimentara sólo de chucrut, ya saben, ese repollo hervido que les gusta tanto a los alemanes. Cuando se colocaba a un sólo bacilo en un recipiente lleno de chucrut, se multiplicaba con una rapidez pasmosa. En cuestión de sesenta minutos formaba una colonia que podía devorar una libra entera de chucrut hasta la última molécula.
 Ya podrán imaginarse las implicaciones. El bacilo es de un tipo que la ciencia ha llamado mutante. Tras ser tratado con ciertos productos químicos, tanto su forma como su función pueden cambiar. Si vaciáramos algunos frascos de esta mutación en Alemania, o si nuestros agentes lo introdujeran en Alemania, toda la nación podría quedarse sin chucrut en cuestión de días. Tanto su moral como sus reservas de comida quedarían diezmadas.
 Pero Von Bork, de alguna manera, se enteró de todo esto, robó la fórmula, destruyó con un incendio todos los registros y los productos químicos, y asesinó al único hombre que sabía cómo hacer mutar al bacilo.
 De cualquier modo, su loca hazaña no tardó en ser detectada nada más cometerse. Hemos tendido un espeso cordón rodeando todo El Cairo, y tenemos razones para sospechar que Von Bork se oculta en algún lugar del barrio nativo. No podremos matenerlo cerrado por más tiempo, y por eso, mi querido Sherlock, es por lo que vas a ir allí y localizarle. Hermano mío, es mucho lo que Inglaterra espera de tí, y estoy seguro de que no la defraudarás.
 
 Me giré hacia Holmes, que parecía tan sobrecogido como yo mismo, y le dije:
 -Entonces, mi querido amigo, ¿Vamos a ir a El Cairo?
 -Indudablemente, Watson,- replicó.- ¿Quién si no podría olfatear el rastro de ese zorro teutónico, y quién si no podría atraparle? No somos tan viejos como para no poder acabar con la perfidia de Von Bork de una vez por todas.
 Observé que Holmes tenía aún el hábito de utilizar americanismos, supongo que debido a que se había metido intensamente en el papel de Irlandés-Americano que interpretó para dar caza a Von Bork, en la aventura que titulé "Su último saludo en el escenario".
 -A menos que, -añadió sonriendo,- pienses que el viejo caballo de batalla está demasiado cansado como para abandonar sus pastos.
 -Soy tan buen hombre como lo era hace año y medio,- protesté. ¿Acaso alguna vez me he echado atrás?
 Chasqueó la lengua y me dió una palmada en el hombro, un gesto tan poco habitual en él que me conmovió.
 -El bueno de Watson.
 Mycroft nos ofreció cigarros, y mientras los estábamos encendiendo, dijo:
 -Partirán esta misma noche, en un vuelo de la Royal Naval Air Services, a las afueras de Londres. Volarán hacia El Cairo en dos etapas, y con dos pilotos diferentes. Ambos han sido cuidadosamente seleccionados, ya que su cargamento será muy valioso. Es posible que los hunos se hayan enterado ya de esta misión. Si es así, harán todo lo posible para interceptarles, pero los dos pilotos en cuestión son de lo mejor que hay. El primer piloto, el que va a llevarles bajo sus alas esta misma noche, es un muchacho joven. En realidad sólo tiene diecisiete años, ya que mintió para alistarse en el servicio, pero oficialmente tiene dieciocho. En tan solo dos semanas, ya ha derribado a siete aviones enemigos, y en varias ocasiones ha aterrizado al otro lado de las líneas enemigas para recoger a nuestros agentes. Puede que hayan oído hablar de él, ya que conocieron a su tio abuelo.
 Se detuvo un momento, y luego continuó: -Recordarán, por supuesto, al último Duque de Greystoke* (*esta es la línea en la que Watson, inadvertidamente, ha escrito Holdernesse, pero ha sido rectificada por el editor).
 -No creo que olvide nunca la cantidad de dinero que me pagó de honorarios,- dijo Holmes sonriente.
 -Pues bien, su primer piloto, el Teniente John Drummond Clayton, es el hijo adoptivo del actual Lord Greystoke,- continuó Mycroft.
 -¡Pero espere!- dije yo. -¿No había oido yo alguna cosa extraña sobre el tal Lord Greystoke? ¿No es el que vive en Africa?
 -Oh, si, en el Africa profunda.- Dijo Mycroft. -En una casa en un árbol, creo.
 -¿Lord Greystoke vive en una casa en un árbol?- pregunté aturdido.
 -Ah, si,- continuó Mycroft. -Greystoke está viviendo en una casa en un árbol, y con un simio. Al menos, ese es uno de los rumores que he oído.
 -¿Lord Greystoke vive con un simio?- pregunté. -Confío en que será un simio hembra.
 -Oh, si, -respondió Mycroft.- Este Lord Greystoke no es ningún "rarito", ya sabe.* (*bajo circunstancias normales, el editor habría borrado esta anticuada broma. Indudablemente, el lector ya la habrá oído de una u otra forma. Pero al tratarse de la narración de Watson, es de importancia histórica. Ahora sabemos cómo y cuando se originó el chiste.)
 -Pero seguramente,- continué- este Lord Greystoke no puede ser el hijo del viejo Duque ¿No es así? No será aquel Lord Saltire, el hijo del Duque, a quién rescatamos de sus secuestradores en "La aventura del Colegio Priory".
 Holmes, de repente, estaba tan interesado como si fuera un águila que hubiera detectado un cordero. Se inclinó hacia su hermano, diciendo:
 -¿No estará relaccionada Su Alteza con el héroe de la fantasiosa novela de ese escritor americano...? ¿Cómo se llamaba? ¿Bayrows? ¿Borrows? ¿No habrá sido modelado el protagonista de ese yanqui a partir de Lord Greystoke? Creo que el libro se publicó en los Estados unidos en junio de 1914, aunque creo que aquí llegaron muy pocas copias debido al bloqueo. Pero he oído rumores sobre dicho libro. Creo que su alteza debería demandarles por libelo, calumnia y difamación, y cualquier otra cosa que pueda encontrar en el libro.
 -En realidad, no lo sé,- dijo Mycroft.- Nunca leo obras de ficción.
 -¡Por San Jorge!- Dijo Merrivale. ¡Yo si! Y he leido ese libro, y tiene pasajes muy aburridos, pero también muchísima acción. Trata sobre un Par Inglés que es adoptado por una mona, y que llega a covertirse en el líder de la tribu, y además...
 Mycroft golpeó la mesa con la palma de la mano, sobresaltándonos a todos, y haciendo que me preguntara qué habría causado tal estallido de cólera en el habitualmente flemático Mycroft.
 -¡Ya es suficiente! ¡Dejemos de perder el tiempo hablando sobre un Par sin tacha alguna, y sobre un excesivamente imaginativo escritor yanqui!- dijo solemnemente. -¡El Imperio se derrumba a nuestro alrededor, y nosotros aquí, charlando como si estuviéramos en un pub y todo fuera bien en el mundo!
 Tenía razón, por supuesto, y todos nosotros, incluído Holmes (estoy seguro de ello), nos sentimos avergonzados. Pero aquella conversación no resultó tan irrelevante como pensamos en ese momento.
 Una hora más tarde, tras recibir instrucciones verbales de Mycroft y Merrivale, partimos, en una limusina, en dirección a un aeródromo secreto, a las afueras de Londres.
 

CAPITULO 2


 Nuestro chofer abandonó la carretera y abordó un estrecho camino que transcurría atravesando un espeso bosque de robles. Después de una media milla, en la que encontramos numerosos carteles indicando que se prohibía la entrada, por ser zona militar, llegamos hasta una alta verja de alambre, que mostraba una puerta a la altura de la carretera. Unos guardias armados del R.N.A.S comprobaron nuestros documentos, y luego nos hicieron pasar. Diez minutos después, emergimos del interior del bosque hasta un amplio prado. En su extremo norte había una alta montaña, en cuya base existía una gran abertura, como si fuera una boca que había abierto por sorpresa. La sorpresa en cuestión era que aquello no era una cueva, o caverna, sino un hangar que había sido tallado en la roca viva de la montaña. Mientras bajábamos del coche, unos soldados sacaban del hangar un enorme aeroplano, con las alas plegadas contra el fuselaje.
 A partir de aquel momento, los acontecimientos se sucedieron con rapidez... para mi gusto, con demasiada rapidez, debo admitirlo, y puede que con una rapidez increible para Holmes. Al fín y al cabo, ambos habíamos nacido casi medio siglo antes de que volara el primer aeroplano. No estábamos muy seguros de que el motor de combustión, un invento relativamente reciente, fuese una innovación verdaderamente beneficiosa. Pero allí estábamos nosotros, siendo guiados por un Comodoro en dirección a aquel aeroplano, monstruosamente grande. En cuestión de pocos minutos, según él, estaríamos en el interior de su fuselaje, surcando los cielos con la bendita tierra bajo nuestros pies.
 Mientras caminábamos hacia la nave, sus alas biplanas fueron desenganchadas y aseguradas en la posición adecuada. Para cuando llegamos ante el aparato, unos mecánicos habían hecho girar su hélices, y los motores rugían, entrando en ignición. Las hélices sonaban como un trueno, y los motores desprendían llamaradas por las ranuras de evacuación.
 Fueran cuales fueran los verdaderos sentimientos de Holmes, -ya que su piel se volvía gris por momentos,- no fue capaz de reprimir su incansable curiosidad, su inagotable necesidad de enterarse de todo cuanto pudiera ser relevante. Aún así, se vio obligado a gritar, para que el Comodoro pudiera oirle, debido al estrépito de los motores.
  -El Almirantazgo ha ordenado que sea modificado para que ustedes puedan emplearlo,- dijo el Comodoro. Su expresión dejaba claro que pensaba que debíamos de ser gente muy importante, cuando aquel aeroplano había tenido que ser alterado sólo para nosotros.- Este modelo es el prototipo del Handley Page 0/100,- gritó.- Es el primero de una serie de aeroplanos "condenadamente lentos", que el Almirantazgo ha ordenado construir para bombardear Alemania. Como podrán ver, cuenta con dos motores Rolls Royce Eagle, de 250 caballos de potencia. Incluye una cabina cerrada para la tripulación. Las vainas de los motores y la parte frontal del fuselaje estaban reforzadas, pero el blindaje ha sido quitado para darle a la nave una mayor velocidad.
 -¿Queé?- ladró Holmes.- ¿Que lo han quitado?
 -Si,- dijo el Comodoro.- De todos modos, a ustedes eso les daría igual. Van a viajar en la cabina de la tripulación, y esa parte nunca llegamos a blindarla.
 Holmes y yo intercambiamos miradas. El Comodoro continuó:
 -Han sido instalados unos tanques de combustible extras, para dar a la nave una mayor autonomía. Se encuentran justo delante de su cabina...
 -¿Y si nos estrellamos?- Dijo Holmes.
 -¡Puf!- Dijo el Comodoro sonriendo.- No les dolerá, mi querido señor. Si el impacto no les mata, los gases del petróleo inflamado les quemarán los pulmones, causándoles la muerte instantánea. La única dificultad consistiría en identificar los cadáveres. Achicharrados, ya saben.
 Ascendimos por una pequeña escalerilla de madera y penetramos en la cabina. El Comodoro cerró la portezuela, lo cual, de algún modo, amortiguó un poco el rugir de los motores. Señaló los catres en litera que habían sido instalados para nuestra comodidad, y el W.C., instalado en un reducido compartimento, que constaba de una pequeña palangana que llevaba acoplada un pequeño tanque de agua, todo ello bien atornillado a la cubierta.* (*El buen doctor, probablemente pretendía borrar estas referencias al saneamiento en la versión final de esta aventura. Al menos, siempre había sido reticente, en su estilo Victoriano, a tales referencias en todas su crónicas anteriores. De todos modos, al haberlo escrito en 1932, es posible que Watson pensara que el espíritu de los tiempos modernos le daba mayor amplitud de expresión. -P. J. Farmer-).
 -El prototipo puede llevar una tripulación de cuatro hombres,- continuó el Comodoro.- Aquí, como ya habrán observado, hay una cabina para el artillero de proa, con el piloto situado en otra cabina justo al lado. Existe otra cabina, cerca de la cola, para otra ametralladora, y hay, además, una trampilla, por la que puede apuntarse una última ametralladora, para cubrir el área inferior, por debajo del aeroplano. Ustedes viajarán sentados sobre dicha trampilla, ya que sus catres se encuentran atornillados a ella.
 Holmes y yo nos apartamos al momento, aunque confío en que nuestra aversión pasara inadvertida.
 -Estimamos que, con su carga actual, el aparato puede volar a unas 85 millas por hora, aproximadamente. Bajo condiciones ideales, claro está. Hemos decidido eliminar el armamento habitual de las ametralladoras, con el fín de aligerar la carga. De hecho, con el mismo propósito, hemos suprimido a toda la tripulación, excepto el piloto y el copiloto. Creo que el piloto trae sus propias armas: una daga, algunas pistolas, una carabina, y su ametralladora especial Spandau, un trofeo, por cierto, obtenido de un Fokker E-1, que el capitán Wentworth abatió lanzando un puñado de ceniza sobre la cabeza del piloto. Wentworth lleva, además, varias cajas de granadas de mano, y una caja de Whisky escocés.
    La puerta, o portezuela, o como quiera que le llamen a eso en la Royal Naval Air Service, se abrió, y entró un joven de media estatura, pero con hombros muy anchos y estrecha cintura. Llevaba el uniforme del R.N.A.S. Era un joven apuesto, con unos ojos de color gris metálico, tan magnéticos como los del propio Holmes. No obstante, había algo extraño en ellos. Pero si hubiera sabido en aquel momento, hasta qué punto era extraña su mirada, habría salido del aeroplano en aquel mismo instante, y Holmes me habría precedido.
 Estrechó nuestras manos, y habló con nosotros unas pocas palabras. Me asombró escuchar que hablaba con acento americano del medio oeste. Cuando Wentworth desapareció, aparentemente para inspeccionar los alerones de cola, Holmes le preguntó al Comodoro:

 -¿Por qué no nos han asignado un piloto británico? No me cabe duda de que este yanqui está muy capacitado, pero aún así...
 -Sólo hay un piloto que pueda derrotar al genio aéreo de Wentworth, y es otro americano, que está al servicio del Zar. Los rusos le conocen como Kentov, aunque ese no es su verdadero nombre, sino una probable variación de su apellido o su nombre. Se refieren a él con el apodo honorífico de Chorniy Oriol, los franceses le llaman l'Aigle Noir, y los alemanes están ofreciendo cien mil marcos a quien pueda derribar a Der Schwarz Adler, vivo o muerto.
 -¿Acaso es un negro?- Pregunté.
 -No. El adjetivo hace referencia a su siniestra reputación,- replicó el Comodoro.- Será Kentov quien se ocupe de llevarles a ustedes a partir de Marsella. Su misión es tan importante que le hemos pedido prestado a los rusos. A Wentworth le emplearemos para el relativamente corto trayecto hasta allí, ya que le tenemos destinado para otra misión en breve tiempo. Si ustedes se estrellaran y llegaran a sobrevivir, él sería capaz de guiarles a través del territorio enemigo, mejor que nadie a quién podamos conocer, con la excepción del propio Kentov. Wentworth es un maestro del disfraz, y en eso no tiene rival.
 -¿En serio?- dijo Holmes, levantando la cabeza y mirando fríamente al oficial.
 Consciente de haber metido la pata, el Comodoro hizo lo que pudo por cambiar de tema. Nos enseñó a utilizar los abultados paracaídas, que estaban ocultos debajo de los asientos.
 -¿Y qué le ha pasado al joven Drummond Clayton?- Le pregunté.- El hijo adoptivo de Lord Greystoke. ¿No se suponía que iba a ser nuestro piloto?
 -Oh, está en el Hospital,- dijo sonriendo.- Algunas costillas rotas y la clavícula, una tibia posiblemente rota, contusiones y posible fractura de cráneo. Su tren de aterrizaje falló cuando estaba realizando un aterrizaje de emergencia, y se estrelló contra un muro de ladrillo. Les envía saludos.
 El capitán Wentworth reapareció de súbito, musitando para sí, y hablando solo. Miró bajo nuestras sábanas y mantas de viaje, y luego bajo los catres. Holmes le miró, y dijo:
 -¿Ocurre algo, capitán?
 Wentworth se enderezó y nos miró con sus extraños ojos grises.
 -Pensé que había oído murciélagos,- dijo.- Alas batiendo. Murciélagos gigantes. Pero no hay rastro de ellos.
 Entonces abandonó la cabina, empleando un estrecho tunel que había sido instalado especialmente para que el piloto pudiera acceder a nuestro compartimento sin necesidad de salir del aparato. Su copiloto, un tal teniente Nelson, había estado calentando los motores. El Comodoro dedicó un minuto a desearnos mucha suerte. Parecía pensar que íbamos a necesitarla.
 En aquel instante, Wetworth nos telefoneó para decirnos que nos tumbáramos en los catres, y nos agarráramos a algo sólido. Nos disponíamos a despegar. Nos sentamos en las literas, y yo permanecí mirando al techo, mientras el aeroplano se dirigía lentamente hacia el punto de despegue, los motores aumentaban su revolución, y comenzábamos a desplazarnos por el prado a mayor velocidad. Al poco, la cola del aparato se elevó, y fuimos súbitamente izados en el aire. Ni Holmes ni yo pudimos permanecer allí sentados por más tiempo. Nos levantamos y miramos por la ventana de la portezuela. La visión de la tierra, alejándose a la luz del ocaso, las casas, las vacas, los caballos, los vagones de tren, e incluso el mismísimo Támesis, alejándose y empequeñeciéndose... nos causaron un infinito desasosiego.
 La piel de Holmes tenía un color grisáceo, pero estoy seguro de que no era el miedo a la altura lo que le afectaba de ese modo. Era el hecho de depender por completo de otra persona, de no tener el control de la situación. En tierra, Holmes era su propio amo. Allí, en cambio, su integridad física, e incluso su vida, estaban en manos de dos extraños, uno de los cuales, nos había parecido demasiado extraño. Además, me pareció obvio que Holmes, pese a tener nervios de acero y una digestión tranquila en tierra, en el aire se mareaba.
 El aeroplano continuó su trayecto, cruzando el canal en la oscuridad, atravesando la parte oeste hasta la región suroeste de Francia. Aterrizamos en una pista iluminada con hogueras. Holmes quería salir a estirar las piernas, pero Wentworth se lo prohibió.
 -¿Quién sabe lo que puede haber rondando por ahí fuera, esperando para identificarles, para luego saltar sobre ustedes, destruyéndoles por completo?- Dijo aquel hombre.
 Tras dejarnos para regresar a la cabina, le dije a mi amigo:
 -Holmes, ¿No le parece que utiliza un extraño lenguaje para apuntar la posibilidad de que haya espías? Y no sé si ha olido ese tufo a Whisky escocés en su aliento... ¿No cree que un piloto no debería beber mientras está volando?
 -Francamente,- dijo Holmes,- me encuentro demasiado mal como para preocuparme por eso.- Y se precipitó por la puerta del W.C.
 La medianoche se nos echó encima con el aeroplano volando por una atmósfera oscura y sin luna. El teniente Nelson se deslizó en su litera, con el optimista comentario de que, para el amanecer, estaríamos aterrizando en un aeródromo de Marsella. Holmes gruñó, aunque a mi me pareció que pretendía decir algo así como "buenas noches". Al poco rato, me quedé dormido, pero me desperté poco después bastante sobresaltado. No obstante, como viejo veterano en las campañas de Holmes, fui bastante capaz de ocultar que acababa de despertarme. Mientras me giraba de costado, como si me moviera en sueños, observé a través de mis párpados medio cerrados.
 Un cierto sonido, o una vibración, o quizás un sexto sentido, producto de mi veteranía, me había despertado. En el compartimento, iluminado por la única bombilla del techo, se alzaba el teniente Nelson. Su rostro apuesto y juvenil mostraba una expresion que, ciertamente, no parecía apropiada a las circunstancias. Parecía tan maligno que mi corazón comenzó a retumbar, y el sudor cubrió mi cuerpo, a pesar del frío que debía hacer en el exterior de la manta que me cubría. En su mano sostenía un revolver, y cuando lo levantó, el corazón casi se me paraliza. Pero no lo apuntó hacia nosotros. En lugar de eso, comenzó a avanzar hacia delante, hacia el estrecho túnel que llevaba a la cabina del piloto.
 Como estaba de espaldas a mi, me incliné sobre el borde de la litera para avisar a Holmes. Pero no era necesario. Fuera cual fuera su condición física, continuaba estando tan alerta como un zorro, -un viejo zorro, eso es cierto, pero un zorro a fín de cuentas. Levantó la mano, tocando la mía, y en cuestión de pocos segundos había bajado de la litera, y estaba de pie. En una de sus manos sostenía su vieja Webley, que apuntó hacia la espalda de Nelson mientras le gritaba que se detuviera.
 No sé si llegó a escuchar a Holmes a través del estruendo de los motores. Si lo hizo, no tuvo tiempo para considerar su aviso. Se produjo un sonido, casi inaudible por el estrépito del aparato, y Nelson cayó hacia atrás, deslizándose unos pocos pies por el suelo. Manaba sangre de su frente.
 La débil luz del interior del aeroplano cayó sobre el rostro del capitán Wentworth, cuyos ojos parecían arder, aunque estoy seguro de que eso fue una ilusión óptica. Giró la cara un momento, y luego su expresión se suavizó, mientras caminaba hacia una zona más iluminada. Yo descendí de la litera, y, junto a Holmes, me aproximé a él. Al acercarme, pude olfatear en su aliento el denso y fragante olor de un excelente whisky escocés.
 Wentworth miró el revolver que Holmes sostenía en la mano, sonrió, y dijo:
 -Así que... ¡No le ha pillado por sorpresa, señor Holmes! Aunque yo ya le acechaba. Esperaba que se arrastrara contra mi, mientras me hallaba concentrado en el cuadro de mandos. ¡Creía que podría volarme el culo!
 -Indudablemente era un espía alemán,- dijo Holmes.- Pero ¿Cómo determinó usted que lo era?
 -Yo sospecho de todo el mundo,- replicó Wentworth.- Le mantenía vigilado, y cuando observé que hablaba por radio, escuché la conversación. Había demasiado ruido como para oirlo todo con claridad, pero estaba hablando en alemán. Capté algunas palabras, como schwanz y schweinhund. Indudablemente, estaba informando al Servicio de Aviación Militar del Imperio Alemán, de nuestra localización. De ese modo, si no conseguía matarme, seríamos derribados de todos modos. En este momento, los hunos deben de estar de camino para interceptarnos.
 Aquello era bastante alarmante, pero tanto Holmes como yo caímos al mismo tiempo en la misma ocurrencia, que resultaba más alarmante aún. Holmes, como de costumbre, fue el primero en reaccionar, y dijo a voz en grito:
 -¿Quién pilota el aparato?
 Wentworth sonrió con despreocupación, y dijo:
 -Nadie. Pero no se preocupe. Los controles están conectados a un pequeño dispositivo que inventé el mes pasado. Mientras el ambiente esté despejado, el aeroplano volará solo sin ningún problema.
 De repente sacudió la cabeza, miró hacia un lado, y dijo:
 -¿Han oído eso?
 -¡Pero hombre, por Dios!- Grité.- ¿Como podríamos oir nada a través del infernal estruendo de estos motores?
 -¡Son cucarachas!- Expelió Wentworth.- ¡Cucarachas gigantes voladoras! ¡Ese malvado científico ha soltado otro horror sobre el mundo!
 Salió disparado hacia el oscuro túnel que conectaba con la cabina de control.
 Holmes y yo nos miramos en silencio, hasta que él decidió romperlo.
 -Estamos a merced de un loco, Watson. Y no podemos hacer absolutamente nada hasta que hallamos aterrizado.
 -Podríamos tirarnos en paracaídas,- dije yo.
 -Preferiría no hacerlo,- dijo Holmes con angustia.- Además, de algún modo, eso me incomoda. Ya sabrá que los pilotos no tienen paracaídas. Si tenemos estos dos, es porque ambos somos civiles.
 -La verdad, no entra en mis planes decirle a Wentworth que salte agarrado a mi,- murmuré, algo avergonzado por decir algo así.
 Pero Holmes no me oyó. Una vez más, su estómago estaba intentando expulsar algo que hacía ya tiempo que no estaba allí.
 

CAPITULO 3


 Los aeroplanos Alemanes nos atacaron poco antes del amanecer. Por lo que descubrí más tarde, se trataba de aparatos Fokker E-III, unos sencillos y veloces monoplanos, equipados con dos ametralladoras Spandau. Dichas armas estaban sincronizadas con el movimiento del motor, para disparar las balas a través de los vacíos entre la rotación de las hélices.
 Holmes se tendió en el suelo, gruñendo y tapándose la cabeza, y yo me encontraba compadeciéndole, pero intentando no oir sus quejas, cuando sonó el timbre del teléfono. Descolgué el auricular de la caja empotrada en el muro, o en el casco, o como diablos lo llamen. La voz de Wentworth gritó:
 -¡Pónganse los paracaídas y agárrense a algo seguro! ¡Hay doce jodidos Fokkers, una staffel entera, acercándose a las once!
 No fui capaz de entender lo que decía, y le contesté:
 -Si, pero ¿Qué tipo de aviones dice que son?* (*en el original, la expresión fucking Fokkers suena igual que fucking fuckers, es decir, "jodidos jodedores", con lo que Watson no ha entendido el tipo de avión. -N. del T.-).
 -¡Fokkers!- Gritó, añadiendo luego: -¡No, no! ¡Los ojos me han jugado una mala pasada! ¡Son cucharachas gigantes voladoras! ¡Y cada una de ellas está pilotada por un oficial prusiano, con yelmo, coraza y un sable de abordaje!
 -¿Qué diceee?- Berreé al auricular. Pero había sido desconectado.
   Le conté a Holmes lo que había dicho Wentworth, y pareció olvidarse de su mareo a las alturas, aunque no pareció tener mejor aspecto que antes. Nos apiñamos junto a la portezuela y miramos a través de la ventana.
 Como resultado de las descargas de ametralladora de los aviones atacantes, la noche estaba tan clara y brillante como si fuera de día. Los pilotos enemigos intentaban usar la estela de dichas ráfagas para alinear en sus ametralladoras a nuestro indefenso aparato. Entonces, como si aquello no fuera lo bastante malo, comenzaron a sonar descargas de artillería, algunas tan cercanas que su estallido produjo severas sacudidas en nuestro aeroplano. Contemplamos entonces el haz de gigantescos focos, que recorrían el aire a nuestro alrededor, iluminando a algunos de nuestros perseguidores: unos monoplanos con cruces negras en su fuselaje.
  -¡Diantres!- Exclamé.- ¡Es el fuego antiaereo francés, que está disparando contra los Hunos...! ¡Estúpidos! ¡Nos van a derribar a nosotros también!
 Algo pareció relucir ante nosotros. Lo perdimos de vista, pero un momento más tarde observamos un caza que se arrojaba en picado contra nosotros, iluminado por los focos e ignorando las descargas de fuego antiaereo. Tras su hélices, creímos distinguir dos pequeños ojos rojos, pero no fue hasta que estuvo a poca distancia de nosotros, que nos dimos cuenta de que dichos ojos no eran sino las descargas de su ametralladora. Nos echamos al suelo, mientras el gran avión giraba bruscamente, se alzaba y descendía, para volver a ascender de nuevo, mientras las balas atravesaban el casco del aparato en el suelo y el costado.
 -¡Estamos condenados!- Grité a Holmes.- ¡Pongámonos los paracaídas! ¡El piloto no puede disparar a los que llevamos detrás, y este trasto es demasiado lento y pesado como para escapar de ellos!
 ¡Qué equivocado estaba! ¡Y qué demonio de hombre era aquel yanqui loco! Hizo cosas con nuestro aeroplano que se habrían creido imposibles en un artefacto de ese tamaño. Hubo momentos en los que situó al aeroplano con el techo a nuestros pies, y si no llegamos a agarrarnos bien, nos habríamos aplastado contra el fuselaje.
 En una ocasión, Holmes, cuyo sentido del oído era mucho más agudo que el mío, dijo:
 -Watson ¿No oye usted a ese a*****e disparando una ametralladora? ¿Como puede pilotar este aparato y realizar semejantes maniobras, y además utilizar un arma que requiere de ambas manos para ser efectiva?
 -No lo sé,- confesé. En aquel momento, ambos fuimos despedidos contra un extremo de la nave, aunque no llegamos a caer, gracias a que nos agarramos con fuerza a la litera. El aeroplano volaba sobre su lado derecho. A través de la ventanilla (que se hallaba bajo mis pies), contemplé a un aparato alemán, con una estela de humo en la cola, que se estrellaba contra el suelo. Poco después le siguió otro más, convirtiéndose en una bola de fuego a unos mil pies sobre el suelo.
 Nuestro aparato, el Handley Page, se enderezó de nuevo, y pude escuchar, por encima de nuestras cabezas, unos débiles sonidos sobre el casco, seguidos del estruendo de una ametralladora. Algo explotó cerca de nosotros, y el cristal de la ventanilla se agrietó.
 Aquello, evidentemente, me impresionó, pero observar la grieta de la ventanilla resultó aún más impactante. Para mi asombro, había sido provocada por un puño, que golpeaba contra ella desde fuera. Me arrastré hacia la portezuela, me puse en pie y miré por la ventanilla. Subiendo y bajando, mirándome desde el otro lado del cristal, ví el rostro de Wentworth. Sus labios formaron las palabras: "¡Abran la puerta! ¡Déjenme entrar!".
 Le obedecí anonadado, y un momento después, con una habilidad acrobática que incluso hoy en día encuentro increible, se descolgó por la puerta hasta el interior del aparato, sujetando en una mano una ametralladora Spandau y un rifle. Un momento después, mientras le sujetaba por la cintura, había cerrado de nuevo la portezuela, cortando de raíz las frías ráfagas de viento que penetraban en la nave.
 -¡Allí están!- Aulló; apuntó la ametralladora a un punto más allá de Holmes, que se hallaba tendido en el suelo, y disparó tres ráfagas cortas, que pasaron junto a la oreja de mi compañero. Holmes dijo:
 -¡Pero oiga...!- Pero Wentworth ya corría hacia un extremo del compartimento, Le observamos desaparecer, y al momento volvimos a escuchar el traqueteo de su ametralladora Spandau.
 -Al menos ha vuelto a la cabina del piloto,- dijo Holmes débilmente. Pero aquella fue una de las pocas veces en las que Holmes se equivocó. Un momento después, el capitán regresó. Abrió la portezuela, asomó al exterior el cañón de su enorme ametralladora, disparó una breve ráfaga y dijo:
 -¡Te pillé! ¡Te he pillado, maldito hijo de puta!- Cerró la portezuela y regresó corriendo a la cabina del piloto.
 
 Cuarenta minutos después, el aeroplano aterrizó en un aeródromo militar, a las afueras de Marsella. Tanto las alas como el fuselaje estaban perforados por agujeros de bala en un centenar de lugares, aunque, afortunadamente, ninguna de ellas había llegado a tocar los tanques de combustible. El comandante francés que inspeccionó el aparato, comentó que la mayoría de los agujeros de bala parecían haber sido efectuados desde el interior, en lugar de desde el exterior.
 -¡Condenadamente cierto!- Dijo Wentworth.- ¡Las cucarachas y sus aliados, los leopardos voladores, llegaron a arrastrarse dentro de la nave, y casi se cargan a estos dos pobres viejos!
 Unos pocos minutos más tarde, llegó un oficial médico británico. Wentworth, tras luchar fieramente contra seis hombres, fue obligado a meterse en una camisa de fuerza y se lo llevaron en una ambulancia.
   Pero Wentworth no era el único que estaba fuera de sí. Holmes, con el rostro pálido y los puños crispados, se dedicó a maldecir a su hermano Mycroft, al joven Merrivale, y todos cuantos pudiera hacer responsables de lo ocurrido, excepto, claro está, su Majestad la Reina.
 Fuimos conducidos a una oficina, ocupada por oficiales británicos y franceses de muy alto rango. Su superior, el general Chatson-Dowes-Overleigh, dijo:
 -Si, mi querido señor Holmes, nos damos cuenta de que, en ocasiones tiene esos arrebatos alucinatorios. Para serle franco, se vuelve bastante loco. Pero también es el mejor piloto, y el mejor espía que tenemos, y, aunque sea de las colonias, ha llevado a buen fín muchas empresas heróicas para nuestro bando. Nunca tiene alucinaciones negativas, es decir, que nunca ha herido a sus compañeros... aunque en una ocasión disparó a un italiano, pero era un particular, y era un italiano, y fue un accidente... así que le dejamos que trabaje para nosotros. Por supuesto, no podemos permitir que nada de esto alcance a la opinión pública, de modo que tendremos que rogarles que juren guardar silencio sobre todo este asunto. Y estoy seguro de que accederán, por discrección y, claro está, por patriotismo. Le haremos pasar por una pequeña cura de reposo, y también de desintoxicación, y luego regresará al frente. Gran Bretaña necesita de sus servicios.* (*Este norteamericano loco, pero habitualmente eficaz, debe de ser, seguramente, el gran aviador y agente de espionaje que, tras ser transferido a las fuerzas estadounidenses en 1917, fue conocido con el nombre en clave de G-8. Mientras permaneció al servicio de los británicos, empleó el mismo apellido que su hermano: Wentworth. Para más información acerca de los verdaderos nombres de G-8, La Araña y La Sombra, ver mi obra "Doc Savage, su vida apocalíptica", Bantam, 1975. -P. J. Farmer-).
 Holmes aún continuó rabiando durante unos momentos, pero siempre fue único para afrontar la realidad, y para conseguir comportarse correctamente. Aún así, no pudo evitar un comentario sardónico acerca de su vida, que él consideraba de un valor incalculable, siendo confiada al cuidado de un maníaco homicida. Al final, se tranquilizó, y dijo:
 -¿Y qué hay del piloto que nos llevará a Egipto? ¿También es un homicida irresponsable? ¿Correremos con él, más peligro que con el enemigo?
 -Según dice todo el mundo, es tan buen piloto como Wentworth,- dijo el General.- Es un norteamericano...
 -¡Dios Bendito!- Gruñó Holmes, y añadió: -¿Por qué no podemos contar con un piloto de estirpe británica, y de confianza?
 -Tanto Wentworth como Kentov provienen de la mejor estirpe británica,- dijo Overleigh.- Ambos descienden de algunas de las más antiguas y nobles familias británicas. De hecho, los dos tienen sangre Real por sus venas. Pero se dá el caso de que ambos nacieron en las colonias. El hombre que volará con ustedes, ha estado trabajando para el primo de su Majestad, el Zar de todas las Rusias, como agente de espionaje. El Zar ha tenido la gentileza de prestárnoslo, así como a un nuevo tipo de aeroplano, el gran Sikorsky Ilya Mourometz, Tipo V. Kentov ha volado hasta aquí con toda una tripulación, y está listo para despegar en cualquier momento.
 El rostro de Holmes se volvió aún más pálido, y yo sentí sobre mis espaldas el peso de todos y cada uno de los minutos de mis largos sesenta y cuatro años. Por lo visto, no íbamos a tener ni un momento de reposo, y eso a pesar de haber pasado por una experiencia que habría enviado a muchos jóvenes a la cama durante varios días.
 

CAPITULO 4


 El General Overleigh en persona nos condujo hasta el colosal aeroplano ruso. Mientras nos acercábamos, describió sus características, en respuesta a las preguntas de Holmes.
 -Hasta el momento, es la única aeronave más pesada que el aire que cuenta con cuatro motores, y ha sido construida por los rusos,- dijo.- Para vergüenza de nosotros, los británicos. El primero fue construido y fletado en 1913. Este, como pueden ver, es un biplano, que cuenta no sólo con llantas de aterrizaje sino también con unos esquíes para amenizar. Tiene cuatro motores Sunbeam de 150 caballos con enfriamiento hidráulico tipo Vee. Desafortunadamente, los Sunbeam dejan mucho que desear.
 -Eso habría preferido no saberlo,- murmuré. El súbito color ceniciento del rostro de Holmes me indicó que sus reacciones eran similares a las mías.
 -La envergadura de su ala es de 97 pies y 9 pulgadas y media; la longitud de la nave es de 56 pies y una pulgada, y su altura es de 15 pies con 5, 6 Y 7 pulgadas. Tiene una velocidad máxima de 75 millas por hora, y puede volar a una altura de 9.843 pies. Y su autonomía es de 5 horas... bajo condiciones óptimas, claro está. Transporta una tripulación de cinco personas, aunque puede llevar más. En el casco de popa existen una serie de compartimentos para comer y dormir.
 Overleigh nos estrechó la mano después de ponernos al cuidado del Teniente Obrenov. El joven oficial nos condujo por unas escaleras hasta el interior del casco, en la zona de popa, donde nos mostró nuestro compartimento. Holmes charló con él en ruso, idioma sobre el cual había ganado cierta maestría durante su experiencia en Odessa, en el caso Trepoff. La insistencia de Holmes en hablar ruso pareció extrañar de algún modo al oficial, pues la mayor parte de la clase alta de su país prefería hablar en francés. Pero fue muy cortés con nosotros, y tras asegurarse de que estábamos cómodos, salió del camarote. Ciertamente, teníamos bien poco de lo que quejarnos, excepto, posiblemente, el tamaño del compartimento. Contaba con dos camas abatibles, una gruesa alfombra que Holmes identificó como genuinamente Persa, unos cuadros al óleo en las paredes, que Holmes dijo que eran Maleviches auténticos (aunque, en mi opinión, eran un sinsentido artístico), dos confortables sillones atornillados a la cubierta, y un mueblecito, también atornillado a la cubierta, y que contenía diversas bebidas alcohólicas. En una esquina había un pequeño cubículo, que contenía todo el mobiliario y facilidades que uno encuentra en un W.C.
 Holmes y yo encendimos sendos cigarros habanos, que encontramos en un pequeño humificador, y nos servimos un trago de whisky, creo recordar que se trataba de un Duggan's Dew, de Kirkintilloch. De repente, ambos pegamos un respingo, haciendo que el licor saltara de nuestros vasos. Una alta figura había aparecido en silencio, aparentemente de ninguna parte. No tengo ni idea de cómo había podido hacerlo, ya que la puerta estaba cerrada y bajo una contínua observación por parte mía y de mi compañero.
 Holmes gruñó, y dijo entre dientes:
 -¿No será otro loco?
    Indudablemente, aquel individuo parecía bastante excéntrico. Vestía el uniforme de coronel del Servicio Aéreo Imperial Ruso, pero también llevaba una larga capa negra de ópera y un gran sombrero negro de ala ancha. Bajo el ala de aquel sombrero, brillaban dos de los ojos más magnéticos y aterradores que he visto jamás. Mi atención, no obstante, fue de algún modo desviada de ellos hacia su aquilina nariz, cuyo tamaño y perfil bien podían haber pertenecido a Cyrano de Bergerac.* 

(*La descripción de este hombre encaja a la perfección con la del notable luchador contra el crimen que operó en los alrededores de Manhattan durante los años 30 y 40. Si es quién yo creo que es, entonces uno de sus muchos aliados fue Lamont Cranston, de cuya identidad se valió a menudo. -P. J. Farmer-). 

 

 Tuve que sentarme para recuperar el aliento. El individuo se presentó, con acento de Oxford, como el coronel Kentov. Tenía una voz sorprendentemente agradable, profunda, rica, y marcada por un tono de autoridad. Tenía también, el inconfundible deje producido por el Bourbon americano.
 -¿Se encuentran bien?
 -Eso creo,- dije yo.- Me ha sobresaltado usted. Me pareció que, por un momento, se me nublaba la mente. Pero ya estoy bien, gracias.
 -Ahora debo ir a proa,- dijo él,- pero he asignado a un miembro de la tripulación, (un artillero  de cola, pero antes fue mayordomo), para que les sirva. Tan sólo tienen que tocar esa campanilla si le necesitan.
 Y entonces se fue, aunque en esta ocasión si que empleó la puerta... al menos creo que lo hizo.
 -Mucho me temo, mi querido amigo, que estamos a punto de pasar por otra ordalía,- dijo Holmes.
 
 En realidad, el viaje resultó de lo más placentero, una vez que nos acostumbramos al rugir de los cuatro motores y a las repentinas y escalofriantes apariciones de Kentov. El trayecto debía durar aproximadamente veintiocho horas, si todo iba bien. Las únicas veces que aterrizamos fue para repostar. Aproximadamente cada cuatro horas y media, tomábamos tierra en una pista de aterrizaje construida apresuradamente, a la cual habían llegado petróleo y suministros hacía pocos días, por barco, aire, o camello. Con el Mar Mediterráneo a nuestra izquierda, y las costas del Norte de Africa ante nosotros, volamos en dirección a El Cairo, a una increible media de velocidad de 70,3 millas por hora, según nos informó el comandante. Mientras tanto, catamos varios de los licores, o liqueurs, fumamos habanos, y leímos para pasar el rato. Holmes comentó en algunas ocasiones que podría usar algo de cocaína para matar el tedio, pero creo que lo dijo sólo para molestarme. Holmes traía consigo una publicación de su propia autoría, uno de los pocos ejemplares impresos de "Guía práctica de la Apicultura, con algunas observaciones acerca de la Segregación de la Reina". A menudo me había animado para que leyera los resultados de sus experimentos con las abejas de Sussex, de manera que accedí a sus deseos, más que nada porque el resto de los libros estaban en ruso.
 Lo encontré más interesante de lo que esperaba, y así se lo dije a Holmes. Aquello pareció complacerle, aunque aparentó cierto aire de indiferencia ante mi reacción.
 -Las técnicas y trucos de la apicultura son intrigantes y muy complejos,- respondió.- Pero me he embarcado en un proyecto que va más allá de lo que cualquier apicultor -científico o no- haya intentado jamás. Según mi teoría, estas abejas poseen un leguaje, con el que comunican informaciones especialmente importantes, como la localización de un nuevo nido, la aproximación de enemigos, y demás, por medio de una serie de danzas simbólicas. Estaba investigando sobre ello, y a punto de obtener hechos de tales teorías, cuando recibí el cablegrama de Mycroft.
 Me incorporé tan de repente, que la ceniza de mi cigarro cayó sobre mi regazo, y tuve que dedicar unos instantes a apagar las brasas antes de que hicieran un agujero en mis pantalones.
 -¿En serio, Holmes?- Le dije.- ¡Me está tomando el pelo! ¿Dice que las abejas tienen un lenguaje? ¡Y ahora me dirá que componen sonetos en honor de la instauración de su Reina! ¡O quizás epigramas cuando se casa!
 -¿Epigramas?- Dijo, escrutándome algo dolido.- ¡Querrá decir Epitálamos, cabeza de chorlito! Le sugiero que emplee la moderación cuando ingiera la bebida nacional de Rusia. Pues si, Watson, las abejas se comunican, aunque no lo hagan de la misma manera que el Homo Sapiens.* (*Por vez primera nos enteramos de que Holmes se anticipó al descubrimiento del científico Austriaco von Frisch en muchas décadas.- P. J. Farmer.-).
 -Si no le importa explicarme este punto...- comencé a decir, pero fui interrumpido por esa repentina nube en mi mente que señalaba la aparición de nuestro comandante. Siempre pegaba un brinco, y mi corazón latía con fuerza, cuando la nube se disolvía, y me percataba de que Kentov se hallaba a mi lado. Mi único consuelo era que Holmes se sobresaltaba tanto como yo.
 -¡Tenga compasión, hombre!- Dijo Holmes con la cara enrrojecida.- ¿No puede proceder por una vez como una persona civilizada y llamar a la puerta antes de entrar? ¿O es que los americanos no tienen esa costumbre?
 Aquella, por supuesto, era una pregunta retórica y sarcástica, ya que Holmes había estado en América en numerosas ocasiones.
 -Nos encontramos a sólo dos horas del Cairo,- dijo Kentov, ignorando las quejas de Holmes.- Pero nos hemos enterado, por la estación de radio de El Cairo, de que una tormenta de enormes proporciones se aproxima hacia nosotros desde el norte. Es posible que nos desviemos un poco de nuestro rumbo. Además, nuestros espías en Cos, Turquía, nos informan de que un dirigible pasó ayer por allí. Creen que intentará recoger a Von Bork. De algún modo, debe de haber burlado el cerco en El Cairo, y está esperando al dirigible en el desierto.
 Holmes comenzó a soltar exabruptos, y dijo:
 -Si ahora resulta que todo este abominable viaje ha sido para nada... ¡Si resulta que he sido obligado a soportar las peligrosas locuras del americano aquel para luego...!
 De repente, el coronel desapareció de nuevo. Holmes recuperó su compostura, y su color normal, y dijo:
 -¿Sabe Watson? ¡Creo que conozco a este individuo! O al menos a sus padres. He estado estudiándole a cada pequeña oportunidad, y aunque es, indudablemente, un maestro del sigilo, y esa nariz es falsa, posee una cierta estructura ósea, y cierto modo de caminar, de volver la cabeza, que me induce a pensar...
 En aquel momento sonó el teléfono. Respondí yo, pues estaba más cerca del instrumento. Escuché la voz de nuestro comandante, que decía:
 -Recojan todos los objetos sueltos, y agárrense fuerte a las camas. Estamos en un infierno de tormenta, la peor de todo el siglo, si es que los informes meteorológicos están en lo cierto.
 Por una vez, los meteorólogos no habían exagerado. Las siguientes tres horas fueron terribles. El gigantesco aeroplano fue arrastrado por el viento como si se tratara de una hoja de papel. Las lámparas eléctricas del camarote parpadearon una y otra vez, hasta que al final se apagaron, sumiéndonos en la oscuridad. Holmes gruñó y se quejó, y finalmente intentó arrastrarse hasta el W.C. Desafortunadamente, la nave se bamboleaba arriba y abajo, como un potro salvaje, girando y sacudiéndose como una balsa atrapada en los rápidos de un río. Holmes intentó regresar a su lecho sin ni siquiera respirar, pero, lamento decirlo, procedió a expulsar todo el vodka y el brandy (una combinación ya de por sí muy poco digestiva, creo yo), junto con el buey strogonoff, la sopa de cangrejo y el pan negro que acabábamos de cenar. E incluso más lamentable fue el hecho de que se inclinó sobre el borde de mi cama para realizar esa inenarrable función, y aunque no todo cayó encima mio, si lo hizo una gran parte. No obstante, no tuve corazón para echárselo en cara. Además, me habría matado, o lo habría intentado, si le hubiera hecho algún reproche. No es que estuviera de muy buen humor.
 Finalmente, escuché su voz, que débilmente me decía:
 -Watson, quiero que me prometa una cosa.
 -¿De qué se trata, Holmes?
 -Júreme que una vez que hayamos puesto pie en tierra, me disparará a la cabeza si alguna vez muestro la más ligera inclinación por volver a subir a bordo de un vehículo volador. No creo que se llegue a dar el caso, porque ni siquiera Su Majestad en persona, podría obligarme a montar en un aeroplano, o en nada que pueda volar... dirigible, globo, lo que sea... pero si así fuera, le ruego que antes me administre una compasiva eutanasia de alguna clase. Prométamelo.
 Pensé que no perdía nada con hacer semejante promesa, pues mis sentimientos al respecto eran tan fuertes como los suyos.
 En aquel momento se abrió la puerta de nuestro camarote, y nuestro mayordomo aéreo, Iván, hizo su aparición con una pequeña lámpara eléctrica en la mano. Intercambió con Holmes algunas excitadas palabras en ruso, y luego se fue, dejándonos la lámpara. Holmes se arrastró de nuevo a la cama, diciendo:
 -Tenemos órdenes de abandonar la nave, Watson. Hemos sido arrastrados muy al sur de El Cairo, y nos quedaremos sin combustible en una media hora. En ese momento, nos guste o no, tendremos que saltar. Iván dice que el coronel está buscando un lugar seguro para aterrizar, pero que ni siquiera se puede ver el suelo. El aire está totalmente cubierto de arena; la visibilidad es nula; la arena está entrando en las carcasas de los motores, y amenaza con atravesar su escudo contra el viento. De modo que, mi querido amigo, debemos ponernos los paracaídas.
 Mi corazón ardió alser informado tan exhaustivamente de nuestra situación, aunque mis emociones se templaron de alguna manera durante los siguientes minutos, mientras nos ayudamos el uno al otro a ponernos el pesado equipo del paracaídas. Holmes me dijo entonces:
 -Emite usted unos efluvios abominables, Watson.
 A lo que yo repliqué bastante cortante, debo admitirlo:
 -Pues usted mismo hiede como el excusado de un pub del East End, mi querido Holmes. Además, cualquier olor que pueda emanar de mi, ha sido originado en usted, o dentro de usted. Estoy seguro de que se ha percatado de ello.
 Holmes murmuró algo acerca de la dirección ascendente, y yo estaba a punto de rogarle que me aclarara dicho comentario, cuando Iván volvió a aparecer. En esta ocasión llevaba armas, que distribuyó entre los tres. Yo elegí un sable de caballería, un estilete, un hacha de mano (que luego descarté), y un revolver de factura desconocida, pero que era del calibre .50.  Holmes eligió un machete, una carabina, un cinturón lleno de munición y un rollo de cuerda con garfios en el extremo. Iván se quedó con otro machete, dos granadas de mano que colgó de su cinturón, y una daga, que puso entre sus dientes.
 Caminamos (o mejor dicho, nos bamboleamos) hasta la puerta, donde nos esperaban otros tres hombres también armados hasta los dientes. Había una ventanilla en un extremo, de modo que Holmes y yo nos acercamos a ella para observar la tormenta. Durante algunos minutos no pudimos ver demasiadas cosas, excepto nubes de polvo, hasta que, de repente, las nubes desaparecieron. Las sustituyó una pesada lluvia, aunque el viento continuaba siendo tan fuerte como antes. Hubo también varios relámpagos, algunos de los cuales sonaron demasiado cerca.
 Un momento después, Iván se acercó a nosotros, agarrando a Holmes del brazo y gritándole algo en ruso. Holmes le respondió, y se volvió hacia mi, diciendo:
 -¡Kentov ha avistado un dirigible!
 -¡Dios mio!- Grité.- ¡Seguramente debe ser el que han mandado para recoger a Von Bork! ¡La tormenta le habrá pillado igual que a nosotros!
 -Una deducción elemental,- dijo Holmes. Pero pareció mostrarse complacido por algo. Por lo que pude suponer, estaba contento porque Von Bork, o bien habría perdido el dirigible o, si estaba a bordo, se encontraba en un trance tan peligroso como nosotros. No acabé de encontrarle humor alguno a aquella situación.
 El buen humor de Holmes se acabó pocos minutos más tarde, cuando se nos informó de que nos disponíamos a atacar el dirigible.
 -¿En medio de esta tormenta?- Objeté. - ¡pero si el Coronel es incapaz de mantener la altura, o la altitud de un segundo a otro!
 -¡Ese hombre es un maníaco!- Gritó Holmes.
 Pero hasta que punto era audaz su locura, era algo que nos disponíamos a descubrir en breve. Al poco rato, la enorme aeronave apareció ante nuestros ojos, pintada de plata por encima y de negro por debajo, para ocultarla de llas luces de los focos, con un enorme L9 pintado en un costado*, el vehículo de control en la parte frontal, su propulsor principal girando, así como los centrales y el trasero... todo ello le daba un aspecto imponente, casi siniestro, aunque, de algún modo, hermoso. (*Según los informes oficiales alemanes, el L9 se quemó el 16 de Septiembre de 1916 en el muelle Fuhlsbüttel, debido a un incendio producido en el L6. O bien Watson está en un error, o bien los alemanes falsificaron deliberadamente los informes, con el fín de mantener en secreto el intento de rescate de Von Bork. En el momento de ocurrir esta aventura, se supone que el L9 estaba combatiendo en Europa, y que su comandante era el Kapitän-leutnant d. R. Prolss.- P. J. Farmer-).
 La colosal aeronave se agitaba arriba y abajo, como un barco de juguete en medio de un torrente de salmones escoceses. Su tripulación debía de hallarse muy mareada, y tenían que encontrarse demasiado atareados, cuidando de su propia nave como para ver que nos acercábamos. Eso, de alguna manera, era reconfortante, aunque no creo que nadie en todo el aeroplano, excepto el mismo Kentov, tuviera ánimos en aquel momento para iniciar una agresión.
 Iván murmuró algo, y Holmes dijo:
 -Dice que si la tormenta continúa, el zeppelin no tardará en colapsarse. Esperemos que así sea, y así nos libraremos del combate aéreo.
 Pero el dirigible, aunque parecía ligeramente deformado, con su armazón algo combado, se mantuvo de una pieza. Mientras tanto, nuestro coloso de cuatro motores, una verdadera miniatura comparado con la aeronave, comenzó a avanzar cerca de su popa. Fue una aproximación lenta, ya que cada poco tiempo encontrábamos bolsas de aire, pero increiblemente, parecía que íbamos consiguiéndolo.
 -¿Qué está haciendo este estúpido?- Dijo Holmes, y habló de nuevo con Iván. En aquel momento, otro relámpago iluminó el cielo, y comprobé que su rostro había adoptado un fantasmal tono azul grisáceo.
 -¡Este yanqui está aún más loco que el otro!- Dijo.- ¡Va a intentar aterrizar en lo alto del dirigible!
 -¿Cómo podrá intentar algo semejante?- Grité mientras tragaba saliva.
 -¿Y a mi que me cuenta? ¿Como voy yo a saber qué técnicas va a emplear?- Gritó.- ¿A quién le importa? ¡Haga lo que haga, lo más probable es que el aeroplano caiga sobre la nave, se rompa las alas, y caigamos a una muerte segura!
 -Podríamos saltar ahora!- Grité.
 -¿A donde? ¿Al desierto?- Me respondió Holmes a gritos.- ¡Watson, somos británicos!
 -Sólo era una sugerencia,- le dije.- Perdóneme. Por supuesto que estaremos aquí hasta el final. Ningún Eslavo podrá decir que a los británicos nos falta coraje.
 Iván habló de nuevo, y Holmes dudó de su inteligencia.
 -Dice que el coronel, que probablemente es el mejor piloto del mundo, aunque sea un yanqui, pasará por encima de la popa de la aeronave y se posará sobre la plataforma de su ametralladora superior. Tan pronto como el aeroplano se detenga, deberemos abrir la portezuela y saltar al exterior. Si tropezamos o caemos al vacío, siempre podemos utilizar los paracaídas. Kentov insistió en incluirlos en el equipo, a pesar de las protestas del mando General Imperial Ruso... claro que ellos no corren ningún riesgo personal. Descenderemos por la inclinación de la plataforma y abordaremos la nave. Las últimas palabras de Kentov, las instrucciones para cuando hayamos dejado la nave, son...
 Dudó unos instantes, y yo le dije:
 -¿Si, Holmes...?
 -¡Matad, matad, matad...!
 -¡Cielo santo!- Dije yo.- ¡Es un bárbaro!
 -Si,- respondió mi compañero.- Pero debemos excusarle. Obviamente no está en su sano juicio.
 

CAPITULO 5


 Siguiendo las órdenes comunicadas por Obrenov, nos tendimos sobre la cubierta, intentando agarrarnos a cualquier cosa que pudiera ser sólida o resistente, mientras que el mundo que nos rodeaba parecía tornarse fluido y sin sujección alguna. El aeroplano descendió bruscamente, haciendo que nos deslizáramos hacia delante, y luego ascendió de nuevo, haciendo que nos deslizáramos hacia atrás; entonces, el aparato alzó el morro de manera repentina, y el rugir de los motores incrementó su potencia, mientras éramos presionados contra el suelo. Y, de repente, la presión desapareció.
 Lentamente, pero no demasiado despacio para mi gusto, la cubierta se inclinó hacia la izquierda. Aquello estaba en concordancia con los planes de Kentov. Había estacionado el aparato sobre su eje longitudinal, o línea central, ligeramente a la izquierda del eje del dirigible. De este modo, el peso de nuestro aeroplano haría que la nave en cuya espalda descansábamos, escorase ligeramente hacia ese lado.
 Durante un segundo no me di cuenta realmente de lo que estaba sucediendo. Para ser sincero, estaba tan asustado que no era dueño de mi mismo, abrumado por el terror. No obstante, nunca habría permitido que Holmes me viera en ese estado, de modo que conseguí sobreponerme a esa aterrada parálisis, aunque no a la torpeza y lentitud debidas a mi avanzada edad, y a las penalidades sufridas. Me levanté y salí a trompicones por la portezuela, con el paracaídas bamboleándose en mi espalda, y pesando como si estuviera lleno de plomo; pero conseguí caer en la pequeña porción de la plataform que se hallaba a mi izquierda. Gateé, agarrándome a la parte inferior de un tubo metálico que servía de barandilla, rodeando la plataforma, hasta llegar cerca de la trampilla, que ya había sido abierta. Kentov había entrado ya en el dirigible, y pude escuchar el estallido de numerosas armas de fuego. Pese a ello, la escena se encontraba en relativo silencio, ya que Kentov había apagado los motores justo antes de posarse sobre el dirigible. De todos modos, el aullido del viento era infernal, y pude escuchar el crujido de las vigas del armazón de la nave mientras intentaban compensar las diferentes presiones. Los oídos me dolían espantosamente, porque el dirigible perdía altura a gran velocidad, debido al peso añadido del gigantesco aeroplano. Y este, por su parte, también emitía sus propios e inconfundibles sonidos, gruñendo mientras su estructura se arqueaba, hundiéndose en la tela de algodón que cubría a la nave, mientras se inclinaba aún más hacia la izquierda. Entonces se escuchó un sonido muy peculiar, y la nave giró de repente, aliviada del enorme peso del aeroplano. Al mismo tiempo, el dirigible comenzó a ascender verticalmente, y los dos movimientos, el giro y la levitación, casi consiguen soltarme de la barandilla.
 Cuando el dirigible terminó sus movimientos oscilantes, los rusos se levantaron uno a uno, y todos ellos descendieron por la trampilla. Holmes y yo, con grandes penurias, fuimos avanzando por la barandilla hasta pasar junto a los dos enormes cañones superiores de la ametralladora Maxim de ocho milímetros, hasta llegar a la trampilla. Justo en el momento en que iba a descender por ella, me incorporé para observar a la gran bestia que estábamos invadiendo. Aquella visión me habría dejado impactado si no hubiera sido tan irreal. Las hélices y los esquíes de nuestro aeroplano habían abierto heridas en la fina piel de la aeronave. Al encontrarse con las bridas, las vigas y los anillos de duraluminio de la estructura, destrozando algunos, hasta que su tren de aterrizaje se partió. También las hélices, aunque ya no giraran, habían producido un daño terrible. Me pregunté si el armazón de la nave, el esqueleto de la bestia, no habría sufrido un daño tan terrible que acabaría por colapsarse, llevándonos a todos a la muerte segura.
 Tuve también un segundo de admiración por la increible habilidad, o mejor dicho, el genio del piloto que había realizado ese aterrizaje.
 Y entonces descendí a aquel vasto complejo, como el de una telaraña, que era el armazón interno del dirigible, lleno de enormes anillos metálicos, monstruosas vigas, compartimentos llenos de hidrógeno y enormes depósitos de agua. Emergí a la parte superior de la nave, a una estrecha pasarela que recorría toda la parte superior de la nave, apoyada sobre vigas trianguladas. Hasta el momento, todo lo acontecido había sido una pesadilla, pero a partir de entonces fue mucho peor. Recuerdo haber avanzado torpemente, agarrándome a las vigas, descolgádome por ellas y volviendo a subir, para intentar evitar el fuego de las armas de la tripulación alemana. Recuerdo al Teniente Obrenov cayendo con numerosas heridas de bala (sin duda fatales), tras empalar con su sable a dos alemanes (no había espacio para atacarles con el filo, como el arma habría requerido).
 Recuerdo haber visto caer a otros, algunos intentando no perder pie, para intentar evitar caer sobre la débil tela del dirigible, y al abismo de más abajo. Recuerdo a Holmes escondido detrás de un tanque de gas, disparando a los alemanes, que no se atrevían a devolver el fuego por miedo a hacer estallar el hidrógeno.* (*En realidad, no había peligro, ya que aún no se empleaban las balas bañadas en fósforo. Las granadas, que si podían haber inflamado el hidrógeno, no se emplearon en aquella escaramuza.- P. J. Farmer-).
 Pero lo que más recuerdo es a la figura de Kentov, con su capa y su sombrero de ala ancha, saltando de un lado a otro, balanceándose de las vigas a los tanques de combustible, como una especie de fantasma de la ópera en su laberinto, mientras disparaba dos enormes automáticas del 45 (no al mismo tiempo, claro está, o habría perdido el equilibrio). Un alemán tras otro caía muerto, o bien huía, mientras aquel maníaco reía con una risa que helaba la sangre, y disparaba sus enormes automáticas. Pero aunque él sólo valía por un escuadrón entero, sus hombres fueron muriendo uno tras otro. Y al final ocurrió lo inevitable.
 Quizás fue una bala perdida, o quizás tropezó. No lo sé. Pero de repente le ví caer de una viga, librándose de milagro de estrellarse contra un entramado metálico, y cayendo al fondo del dirigible. Mientras caía, continuó disparando sus dos automáticas, matando a dos navegantes alemanes, y continuó riendo incluso después de romper el fuselaje de tela de algodón, mientras desaparecía en el lluvioso cielo de Africa.
 Lo más probable es que sobreviviera, ya que llevaba paracaídas y era un hombre de lo más eficiente. No obstante, no he vuelto a oir hablar de él. Es posible que en la actualidad se haga llamar de otra manera.
 Después de aquello, los alemanes se aproximaron con cautela, tras escucharnos a Holmes y a mi anunciando que nos rendíamos. (Nos habíamos quedado sin munición, y estábamos demasiado nerviosos para levantar siquiera el sable). Permanecimos en la pasarela con las manos en alto, como dos viejos cansados y derrotados. Pero aún así, tuvimos un momento de gloria, pues nadie podrá arrebatarnos nunca el placer que sentimos al ver la cara que puso Von Bork cuando nos reconoció. Si el shock que sufrió hubiera sido sólo un poco más intenso, se habría muerto allí mismo, de un ataque al corazón.
 

CAPITULO 6


 Unos pocos minutos más tarde, habíamos descendido por la escalerilla del casco hasta la góndola de control, en la parte inferior de la nave. A nuestro lado caminaba Von Bork, rabioso, y contenido tan sólo por un joven oficial y por el oficial ejecutivo Oberleutnant zur See Heinrich Tring. Había ordenado que nos tiraran al vacío, pero Tring, un tipo bastante decente, rehusó obedecer sus órdenes. Fuimos presentados al comandante, el Kapitänleutnant Victor Reich.* (*Hemos consultado sin éxito los informes de la Marina Imperial Alemana, intentando identificar el L9 y los miembros de la tripulación descritos por Watson. ¿Podría ser que tanto la nave como la tripulación fueran agentes secretos, que el L9 fuera una "nave fantasma" para llevar a cabo sólo las más delicadas misiones? ¿O acaso los informes han sido guardados y no hallados, o fueron destruidos?- P. J. Farmer-).
 También Reich era un tipo de lo más decente, y halagó abiertamente nuestro arrojo al aterrizar sobre su nave y abordarla, pese a que su propia tripulación hubiera sufrido por ello. Se negó en rotundo a considerar la sugerencia de Von Bork, de que debíamos ser fusilados como espías, ya que íbamos en ropa de civil, y en un aeroplano militar ruso. Sabía de nosotros, claro está, y no quería tener nada que ver con una posible ejecución sumaria del gran Holmes y su colega. Tras escuchar nuestra historia se aseguró de que estuviéramos cómodos. Pese a ello, se negó a permitir fumar a Holmes, e incluso lanzó su tabaco por la borda, cosa que hizo sufrir increiblemente a mi compañero. Había pasado por unos trances tan terribles que necesitaba desesperadamente fumarse una pipa de tabaco de picadura.
 -Resulta afortunado que la tormenta esté amainando,- dijo Reich en un inglés excelente.- De otro modo, la nave no tardaría en colapsarse. Tres de nuestros motores ya no están operativos. La válvula del motor de popa se ha recalentado, el agua del radiador del motor central ha comenzado a hervir, y algo ha golpeado la hélice de la góndola de control, haciendo que se parta. Nos hemos desviado tan al sur, que aunque pudiéramos operar al cien por ciento, nos quedaríamos sin combustible antes de regresar a Egipto. Y aún más: los controles de los elevadores han resultado dañados. En estos momentos, lo mejor que podemos hacer es dejarnos llevar por el viento, y esperar que ocurra lo mejor.
 Los días y las noches que siguieron, estuvieron llenos de sufrimiento y ansiedad. Siete de los tripulantes habían muerto durante nuestro asalto, dejando sólo a seis para manejar la enorme aeronave. Ya solo eso hacía imposible un viaje hasta Turquía o Palestina. Reich nos dijo que había recibido un mensaje por radio, ordenándole que pusiera rumbo hacia las fuerzas al este de Africa, bajo el mando de Von Lettow-Vorbeck. Una vez allí, debería quemar el dirigible y unirse a dichas fuerzas. Aquel, claro está, no era todo el mensaje. Seguramente le habrían dado instrucciones acerca de llevar a Von Bork a Alemania, ya que era él quién tenía la fórmula para mutar y cultivar el "sauerkraut bacilli".
 Mientras estábamos solos, en la góndola central, que es donde permanecimos durante la mayor parte del viaje, Holmes me habló del Bacilo del Chucrut, que él llamaba "BC".
 -Debemos hacernos con esa fórmula, Watson,- dijo.- No le he contado esto, pero antes de su llegada a la oficina de Mycroft, fui informado de que el "BC" es un arma de doble filo. Puede ser mutado para que se alimente de otro tipo de comida. Imagínese lo que ocurriría con nuestras reservas de alimento, por no mencionar nuestra moral, si el BC fuera mutado para devorar la carne hervida, o las gachas, o las patatas...
 -¡Dios bendito!- Exclamé, y luego añadí en un susurro:- Pero podría ser peor, Holmes, mucho peor. ¿Y qué pasaría si los alemanes soltaran en Inglaterra un BC que devorara las cervezas tostada y negra? O piense usted en lo que se hundiría el espíritu de nuestros valientes escoceses si su provisión de whisky de malta se desvaneciera literalmente ante sus ojos...

 Von Bork había sido incorporado al servicio de la nave, pero al ser, como nosotros, casi un civil, no le encontraron demasiada utilidad. Además, su ojo dañado le incapacitaba a él, casi tanto como la avanzada edad a nosotros dos. Su globo ocular parecía inyectado en sangre, y no coordinaba bien con el otro ojo. Mi opinión profesional es que carecía por completo de visión. Pero el otro ojo estaba bastante sano, y brillaba de furia cada vez que se posaba en nosotros. Era aquel un brillo que reflejaba todo el odio de su corazón, y su ansia por asesinarnos.
 De todos modos, la nave se encontraba en tal situación que nadie podía permitirse tener el tiempo o la inclinación para pensar en otra cosa que no fuera la supervivencia. Algunos de los motores aún funcionaban, proporcionándonos una especie de vago control sobre el aparato. Mientras nos dirigiéramos hacia el sur, con el viento a nuestra espalda, podríamos avanzar. Pero, como quiera que los elevadores estaban estropeados, el morro de la nave apuntaba hacia el suelo, y su parte trasera estaba elevada. El L9 voló a una inclinación de unos 5 grados durante bastante tiempo. Reich puso a trabajar a todo el mundo, incluyendo a nosotros, pues nos ofrecimos voluntarios, para llevar a la zona trasera todo el equipo indispensable, para intentar equilibrar la nave. Todo aquello de lo que se podía prescindir (aunque no era demasiado), fue tirado por la borda. Además, muchos de los tanques de agua de la zona de proa fueron descargados.
 Por debajo de nosotros se encontraban las arenas de Sudán, bañadas por un llameante sol, en un cielo sin nubes. Su calor abrasador recalentó los tanques de hidrógeno, haciendo que las válvulas automáticas comenzaran a expulsarlo. El viento cálido penetraba dentro del casco por el gran agujero que el aeroplano le había practicado mientras estaba estacionado en su parte superior. Aquel calor, claro está, provocó que el hidrógeno se expandiera, provocando que la nave ascendiera, a pesar de la pérdida de gas por las válvulas. Por la noche, el aire se enfriaba con gran rapidez, y la nave descendía, también, con gran rapidez, demasiada para la tranquilidad mental de sus pasajeros. Durante el día, las emanaciones de calor de las arenas recalentaban el casco, y todo el interior de la nave, haciendo que todos nosotros nos pusiéramos enfermos.  
 Trabajando como auténticos Hércules, a pesar de todas las dificultades, la tripulación consiguió que todos los motores volvieran a funcionar. Al quinto día, los controles de elevación fueron arreglados. Pese a ello, su casco continuaba deformado, y esto, junto al gran agujero practicado en su parte superior, hicieron que fuera un aparato de lo más inestable. Al menos, eso es lo que Reich nos explicó. Por cierto que no era tan reservado a la hora de hablar sobre el estado de la nave como lo era para hablar sobre nuestra localización geográfica. Es posible que quisiera evitar que accediéramos de algún modo a la radio, para enviar un mensaje a los británicos del este de Africa.
 El paisaje fue cambiando, pasando de un plano desierto a montañas de cierta elevación. Se arrojaron por la borda más tanques de agua, y el L9 pasó por los pelos sobre los elevados picos montañosos. Cuando llegó la noche, con su frío aterrador, la nave volvió a descender velozmente. Afortunadamente para nosotros, en aquel momento las montañas eran mucho más bajas.
 Dos días más tarde, mientras permanecíamos sentados sobre la estrecha pasarela que recorría la nave, Holmes dijo:
 -Calculo que debemos encontrarnos en algún punto cercano a la zona británica del Africa oriental, en los alrededores del Lago Victoria. Es evidente que no conseguiremos llegar hasta Mahenge, o a algún punto en el Africa oriental alemana. La nave ha perdido demasiado hidrógeno. He escuchado algún velado comentario a este respecto, efectuado por Reich y Tring. Creen que nos estrellaremos en algún momento de esta misma noche. En lugar de buscar a las autoridades británicas y rendirse a ellas, que es lo que haría cualquiera con algo de sentido común, están decididos a cruzar nuestro territorio hasta llegar a la zona alemana. ¿Sabe cuántas millas de sabana, jungla y pantanos, infestados de leones, rinocerontes, serpientes, salvajes, malaria y Dios sabe qué más, tendremos que caminar? Y eso si podemos caminar...
 -Quizás podamos escapar de ellos alguna noche durante el viaje...
 -¿Y entonces qué haríamos?- dijo con amargura.- Watson, usted y yo conocemos las junglas de Londres, y estamos cualificados para guiar por ellas a cualquier safari. Pero aquí... no, Watson, cualquier niño negro de más de ocho años sería mucho más competente, con diferencia, para sobrevivir en este territorio salvaje.
 -No pinta usted un cuadro muy alentador...- le respondí con seriedad.
 -Aunque desciendo de los Vernets, los grandes artistas franceses,- me dijo,- nunca he tenido demasiada habilidad para pintar cuadros hermosos.
 Rió entre dientes, y su débil intento humorístico, parco como era, consiguió pese a todo infundirme ciertos ánimos. Holmes nunca se rendía. Su indomable espíritu británico podía ser derrotado, pero caería luchando. Y yo estaría a su lado. Después de todo, ¿Acaso no era mejor morir con las botas puestas, mientras uno conservaba aún un poco de vigor, que no hacerlo cuando uno fuera un viejo y decrépito enfermo, o quizás incluso un idiota babeante, haciendo todo tipo de cosas patéticas y enfermizas?

 Aquella tarde se hicieron preparativos para abandonar la nave. El agua de los depósitos fue vertida en todos los recipientes portátiles que pudimos encontrar, empaquetamos toda la comida con la tela de algodón que cubría el casco, y nos dispusimos a esperar. El final llegó poco después de la media noche. Afortunadamente era una noche sin nubes, y con una luna lo bastante brillante como para permitirnos ver, aunque no con mucho detalle, el terreno que teníamos bajo nosotros. Se trataba de una jubla, que cubría densamente unas montañas de poca elevación. El viento arrastraba nuestra nave en dirección a un valle, atravesado por un arrollo plateado. Entonces, de repente, tuvimos necesidad de ascender y no fuimos capaces de hacerlo.
 Nos encontrábamos en la cabina de mando cuando observamos una enorme masa montañosa aproximándose hacia nosotros. Reich dio una orden y arrojamos al vacío los suministros, consiguiendo así unos pocos segundos de gracia. A nosotros dos, siendo como éramos prisioneros, se nos ofreció cortésmente que fuéramos los primeros en saltar. Fue cosa de Reich, ya que pensaba que la nave podía ascender cuando saltara la tripulación, y quería que nosotros lo hiciéramos lo más cerca posible del suelo. Ya éramos viejos, y no demasiado ágiles, y pensó que necesitaríamos cualquier ventaja que se nos pudiera conceder.
 Estaba en lo cierto. Mientras descendíamos, Holmes y yo chocamos contra algunos arbustos que frenaron considerablemente nuestra caída, pese a lo cual quedamos magullados y sacudidos. No obstante, conseguimos ponernos en pie y comenzamos a cruzar la espesura en dirección a las provisiones. El dirigible pasó por encima de nosotros, proyectando una gran sombra sobre el suelo, como si de una capa se tratara, y entonces chocó contra algo. Las hélices de jaron de girar, y las góndolas se soltaron, emitiendo un sonido que crispaba los nervios. Liberada del peso de las góndolas, la nave volvió a elevarse de nuevo, y se perdió de vista. Pero su carrera estaba a punto de terminar, ya que, un par de minutos después explotó. Reich había colocado unas cuantas bombas de tiempo próximas a los depósitos de gas.
 Las llamas calentaron el aire de toda la zona, iluminándola, mientras resaltaban el armazón de la nave. Una bandada de pájaros lo rodeó, volando. Sin duda, tanto ellos como las bestias de la jungla estarían emitiendo toda clase de sonidos, pero el rugir de las llamas no dejaba oir gran cosa.
 Bajo aquella luz pudimos vislumbrar la parte inferior de la montaña, aunque no demasiada. Nos abrimos paso a través de la densa vegetación, confiando en llegar a los suministros antes que el resto de los pasajeros. Habíamos acordado tomar lo que pudiéramos de comida y agua, y probar suerte por nuestra cuenta, aunque no tendríamos muchas posibilidades. Razonamos que, seguramente, habría alguna villa nativa en los alrededores y que una vez allí podríamos buscar un guía que nos llevara al puesto británico más cercano.
 Por puro azar, nos topamos con una pila de comida y un par de botellas de agua. Holmes dijo:
 -¡La dama Fortuna está con nosotros, Watson!- Pero su buen humor se extinguió al instante siguiente, cuando Von Bork apareció a través de los arbustos. Empuñaba una pistola automática Luger, y en su único ojo sano se leía la determinación de emplearla antes de que llegaran los demás. Evidentemente, podría alegar que huíamos, o que le atacamos y tuvo que disparar para defenderse.
 -¡Vais a morir, perros!- Ladró mientras levantaba el arma,- aunque, antes de que lo hagáis, quiero que sepáis que llevo conmigo la fórmula, que la llevaré a mi madre Patria, y que los Swein británicos, los Swein franceses y los Swein italianos estaréis condenados. El bacilo puede ser cambiado para que coma pudding de Yorkshire, caracoles o spaguetti... ¡cualquier cosa comestible! Lo hermoso de su naturaleza es, precisamente lo específica que es. ¡Una vez que lo mutemos, podrá devorar cualquier cosa excepto chucrut!.
 Nos enderezamos, para morir con la dignidad propia de los británicos. Entonces, Holmes murmuró a media voz:
 -¡Salte a un lado, Watson, y nos abalanzaremos sobre él! ¡Usted se aproximará por su lado ciego! ¡Quizá uno de nosotros pueda conseguirlo!
 Era un plan muy noble, aunque no sabía qué ocurriría si lograba alcanzar a Von Bork. Al fín y al cabo, él era un hombre joven, en perfectas condiciones físicas.
 En aquel instante se produjo un tumulto en los arbustos, y la voz de Reich, alta y clara, ordenó a Von Bork que no disparara, mientras el noble comandante, con lágrimas en los ojos, salía de entre el follaje. Le siguieron otros miembros de la tripulación. Von Bork dijo:
 -Tan solo les obligaba a permanecer aquí hasta que ustedes vinieran.
 Debo añadir que Reich no lloraba porque hubiéramos estado en peligro. El destino de su nave había sido un duro golpe para él. Amaba a aquel dirigible, y verlo morir era comparable a ver morir a su esposa. Quizás incluso tuviera un mayor impacto, pues por lo que descubrí más tarde, estaba a punto de divorciarse.
 A pesar de habernos salvado, él mismo sabía que nos escabulliríamos a la primera oportunidad. Nos vigiló atentamente, aunque no tanto como Von Bork. De todos modos, no podían negarse a que nos alejáramos un poco entre los arbustos, para satisfacer nuestras necesidades higiénicas personales, de modo que, gracias a ello, conseguimos escapar tres días más tarde.
 -Bien, Watson,- comentó Holmes, mientras nos sentábamos sobre un árbol, varias horas después.- Les hemos dado esquinazo. Pero no tenemos agua ni comida, excepto unos cuantos trozos de galletas en nuestros bolsillos. Y en este momento, hasta eso lo cambiaría por un puñado de tabaco de picadura.
 Finalmente nos acostamos, y dormimos como los dos viejos exhaustos que éramos. Me desperté varias veces, debido a los insectos que caminaban por mi cara, pero volví a dormirme rápidamente. A eso de las ocho de la mañana, la luz, y los ruidos de la jungla nos despertaron. Lo primero que ví fue a una cobra, deslizándose por las ramas en nuestra dirección. Me puse en pie rápidamente, aunque torpe y dolorido. Holmes vio entonces al reptil, y comenzó a levantarse. La serpiente se alzó, inflando su parte su parte posterior, mientras volvía la cabeza de un lado a otro.
 -¡Tranquilo Watson!- Dijo Holmes, aunque el aviso bien podía haber sido dirigido a él, pues estaba más cerca de la cobra, y temblaba mucho más violentamente que yo. No se le podía culpar por ello, claro está. Se hallaba en una situación escalofriante.
 -Teníamos que haber traído la petaca con Brandy,- dije yo.- No tenemos absolutamente nada contra la mordedura de serpiente.
 -¡No hay tiempo para reproches, imbécil!- Dijo Holmes. -Ademas, ¿Qué clase de médico es usted? Eso de que el alcohol es eficaz contra el veneno no es más que una creencia sin sentido.
 -De verdad, Holmes...- Se había vuelto tan irascible ultimamente, tan insultante... En parte podía perdonarle, debido al natural nerviosismo producido por la necesidad de tabaco. Pero aún así...
 No llegué a terminar aquella línea de pensamiento. La cobra atacó, y ambos saltamos hacia atrás, aullando de pánico al mismo tiempo.
  Algo cruzó el aire como en un susurro. La cobra fue empujada hacia atrás por el impacto de un proyectil, y cayó muerta al suelo. Observamos que tenía una flecha atravendo su cabeza.
 -¡Rápido Watson!- Dijo Holmes.- Estamos salvados. ¡Pero no sabemos si el salvaje que ha disparado, lo ha hecho para que hagamos de carne fresca en su marmita!
 De repente volvimos a saltar hacia atrás, emitiendo otro grito de pánico.
 Un hombre había aparecido ante nosotros, descendiendo, aparentemente, del mismísimo aire.
 El corazón me latió con fuerza, y por unos instantes me quedé sin aliento, y no pude decir nada.
 Holmes fue el primero en recobrarse, y dijo:
 -Lord Greystoke, supongo.
 

CAPITULO 7


     Parecía un verdadero gigante, aunque en realidad no superaba en más de tres pulgadas al propio Holmes. 
     Sus huesos eran extraordinariamente grandes, y aunque era musculoso, los suyos no eran los abultados músculos de un forzudo profesional. Mientras que un luchador de lucha libre suele recordar bastante a un gorila, él se asemejaba más a un leopardo. El rostro era apuesto e impactante. Llevaba el cabello recortado a la altura de la nuca, aparentemente por el uso de un cuchillo de caza, que llevaba suspendido de un cinturón de piel de antílope, que llevaba por encima del taparrabos de leopardo. 
   Su cabello era tan negro como el de un árabe, y su bronceada piel estaba plagada de cicatrices. Sus ojos eran grandes, de un gris profundo, y había en ellos algo que era bestial y remoto al mismo tiempo. Su nariz era recta, su labio superior delgado, y la barbilla cuadrada y prominente.
 Sostenía un robusto arco, confeccionado con algún extraño tipo de madera, y en la espalda llevaba un carcaj con una docena de flechas.
 "De modo que este es Lord Greystoke", pensé. Si. Ciertamente, sus rasgos se parecían lo bastante a los del joven Lord Saltire que rescatamos en "La Aventura del Colegio Priory"; lo bastante como para ser gemelos. Pero este hombre irradiaba una fiereza aterradora, y un salvajismo aún más salvaje del que podría poseer el más primitivo de los hombres. No era posible que aquel fuera el descendiente de una antigua estirpe británica, ni poseía traza alguna de la elegancia propia de un gentilhombre británico, que Saltire ya despedía desde los diez años. Este hombre se había criado en una Escuela que hacía que Priory, Rugby y Osford fueran cosa de niños (cosa que, en el fondo, eran en realidad).
 No obstante, pensé que podía tratarse de uno de esos individuos que, de cuando en cuando, produce el Imperio Británico. Cada cierto tiempo, un hijo de nuestra bendita isla queda místicamente afectado por Oriente, o por Africa, volviéndose más nativo que los nativos. Teníamos por ejemplo a Sir Richard Francis Burton, más árabe que los árabes, y a Lord John Roxton, de quien se decía que era aún más salvaje que las Indias Amazonas con las que cohabitaba.
 Durante los siguientes minutos, decidí que mi primera suposición, -acerca de que aquel hombre se había vuelto loco,- era la correcta.
 -Se me conoce como Lord Greystoke... entre otros nombre.- Dijo con una rica voz de barítono. Sin ofrecerse a estrechar nuestras manos, y sin preguntar por nuestra identidad, como habría hecho cualquier caballero que se precie, se limitó a poner la serpiente bajo su pie,- un pie calloso, cuya endurecida planta parecía tener una pulgada de grosor,- y extrajo la flecha. Luego volvió a ponerla en el carcaj, y procedió a cortar la cabeza del reptil. Mientras observábamos fascinados y llenos de aprensión, despellejó la cobra, cortó su carne en tiras, y comenzó a masticarla. Le resbalaba sangre por la mandíbula, mientras nos miraba con esos extraños ojos suyos, hermosos, pero también salvajes.
 -¿Les apetece un poco?- Dijo, y sonrió, mostrando la boca llena de sangre.
 -No, a menos que esté cocinado,- replicó Holmes gélidamente.
 -Pues yo, crudo o cocinado, prefiero pasar hambre.- Añadí yo, de un modo bastante lacónico, pero sincero.
 -Pues entonces, pase hambre,- replicó Lord Greystoke.
 -Estaba diciendo...- protesté yo.- ¿Acaso no somos los tres compatriotas británicos? ¿Es que va a dejar que nos muramos de hambre, mientras esos alemanes...?
 Dejó de masticar, y su rostro se tornó aún más fiero.
 -¡Alemanes!- Exclamó.- ¿Donde? ¿Cerca de aquí? ¿Donde están?
 Holmes le resumió nuestras peripecias, omitiendo ciertos detalles por motivos de seguridad. Greystoke le escuchó hasta el final, aunque con cierta impaciencia, y dijo:
 -Les mataré a todos.
 -¿Sin darles una oportunidad para rendirse?- Repuse yo, horrorizado.
 -Yo no tomo prisioneros,- me replicó, mirándome gravemente.- Y menos soldados, ya sean blancos o negros, que luchen a favor de Alemania. Fue, precisamente, una banda de soldados negros, bajo el mando de oficiales blancos, los que asesinaron a mi mujer y a mis guerreros, que estaban protegiéndola; y luego quemaron la casa, convirtiéndola en su tumba. He jurado matar a todo alemán que se cruce en mi camino hasta que termine la guerra.- Y luego añadió:- ¡Y es muy posible que luego siga matándoles!
 -¡Pero estos hombres no son soldados!- Repuse débilmente.- ¡Son Marinos, miembros de la Armada Imperial Alemana!
  -No por ello dejarán de morir.
 -Su comandante nos trató como haría un oficial y un caballero,- dijo Holmes.- De hecho, le debemos nuestras vidas.
 -En ese caso, tendrá una muerte rápida y sin dolor.- Holmes dijo entonces:
 -¿Podríamos al menos hacer una hoguera, cocinar ese reptil, y, quizás, escuchar su relato?
 Greystoke arrojó a un lado el esqueleto de la cobra, despojado ya de la mayoría de su carne.
 -Creo que cazaré algo que resulte más apropiado para sus paladares civilizados,- dijo.- Después de todo, no creo que esos alemanes vayan muy lejos.- Lo dijo con tanta gravedad y seguridad que me provocó un escalofrío.- Y ustedes dos, quédense aquí.- Terminó. Al instante siguiente se había ido, desapareciendo por entre la vegetación.
 -¡Buen Dios, Holmes!- Exclamé.- ¡Ese hombre es una bestia! ¡Una máquina salvaje, alimentada por la venganza! ¡Y Holmes, sea quien sea, no puede tratarse del mismo niño a quien rescatamos y entregamos al Duque en Pemberley House!* (*Tal es el verdadero nombre de la Mansión ducal, que Watson denominó "Holdernesse Hall" en "La aventura del Colegio Priory". Puede encontrarse una descripción de dicha propiedad en la novela de Jane Austen "Orgullo y prejuicio".- P. J. Farmer.) ¡Además, por muchos años que hayan pasado, seguro que habría reconocido a sus salvadores! ¡Quince años no han obrado grandes diferencias en nuestras fisonomías!
 -Pero en él si, ¿Verdad?- Dijo Holmes. -Watson, estamos nadando en un río de aguas turbulentas. He estado observando a esa familia con el transcurso de los años... una observación casual, e infrecuente, eso es cierto. Por alguna razón, hemos estado topándonos con miembros de la familia del duque, o con gente relaccionada con ellos. Fue la duquesa la que disparó a Milverton, y fue Peter Carey "El Negro", quien, por lo que puedo sospechar, asesinó al tío del actual Lord Greystoke, ya sabe, ese duque socialista que se dedicó durante un tiempo a conducir un taxi...
 -¿No fue eso cuando el asunto del Sabueso de los Barkerville?- Le corté.
 -Sabe muy bien que no me gusta que me interrumpan, Watson,- dijo molesto.- Pues bien, como iba diciendo, probablemente Carey asesinó al quinto duque, antes de enfrentarse a un espantoso pero merecido final en Forest Row. Pero tengo razones para creer que Carey, bajo nombre falso, viajaba a bordo del barco que transportaba a Africa al hijo del quinto duque y a su esposa... y que se perdió con toda su tripulación... o al menos eso piensa la opinión pública. Fue entonces cuando fui llamado por el sexto duque para que encontrara a su hijo ilegítimo, que, de regreso, se estableció en Estados Unidos, en lugar de en Australia. Si, Watson, es una extraña telaraña, la que ha juntado nuestra fortuna con la de los Greystoke.* (*Para una descripción detallada de todos estos sucesos, consultar mi biografía definitiva de Lord Greystoke.- P. J. Farmer.).
 -¡Pero no puedo creer que este hombre sea el hijo del sexto duque!- Insistí.
 -La jungla puede cambiar a un hombre,- dijo Holmes.- De todos modos, estoy de acuerdo con eso, aunque sus rasgos y su voz son notablemente similares. Nuestro Lord Greystoke es un impostor. ¿Pero como diablos pudo tener éxito en hacerse pasar por Lord Greystoke? ¿Y cuando? ¿Y qué ocurrió con el hijo del sexto duque, el niño al que llamábamos Lord Saltire?* (* Es una costumbre británica honrar a los hijos de los nobles con un título honorífico, aunque legalmente dichos hijos sean primogénitos, y herederos por tanto del título de su padre. El duque tenía varios títulos secundarios, el más alto de los cuales era Marqués de Saltire. De ahí que el hijo del duque fuera conocido como Lord Saltire.- P.J. Farmer.).
 -¡Buen Dios!- respondí.- ¿No estará pensando en un asesinato?
 -Cualquiera es capaz de asesinar, mi querido Watson,- dijo Holmes.- Incluso usted y yo, mediando claro está unas circunstancias concretas, y el adecuado- o inadecuado- estado de ánimo. Pero tengo un presentimiento, una corazonada, de que este hombre no sería capaz de asesinar a sangre fría. Aunque pueda parecer emocionalmente inestable, eso si.
 -¡Sus impresiones digitales!- Dije, lleno de orgullo por haberme anticipado a Holmes.- Él sonrió y dijo:
 -Si, eso podría establecer si es o no un impostor. Pero mucho me temo que no existe registro alguno de las huellas digitales de Lord Saltire.
 -¿Y su letra? ¿Su modo de escribir?- Insistí, algo decepcionado.
 -Bien podría haber buscado y destruido todos los papeles y manuscritos que contuvieran la escritura de Lord Saltire, o haberlos reemplazado por otros confeccionados por él, con su letra. Aunque podrían existir muchos que no pudiera llegar a encontrar, y si los encontráramos, podríamos comparar las holografías de Saltire con las de Greystoke. Imagino que Greystoke se habrá acostumbrado a escribir como Saltire, pero un experto, yo mismo por ejemplo, podría distinguir la falsificación. De todos modos, no nos encontramos en posición de intentar algo semejante, y, por el aspecto que tiene la situación, puede que nunca lo estemos. Además, antes de acudir a las Autoridades me gustaría cerciorarme de que dicha información iba a ser útil. Después de todo, no sabemos POR QUÉ Greystoke ha podido hacer algo semejante. Creo que es inocente de asesinato.
 -Seguramente,- acordé.- Pero ¿No pretenderá hacer confesar a Greystoke?
 -¿Cómo? ¿Teniendo la certeza de que nos mataría en ese mismo instante? ¿Y que quizás nos devoraría después? No creo que Greystoke piense en incluirnos en su menu si hay otra carne disponible. Pero si pasamos hambre, no creo que sea tan exquisito.
 Dudé un momento, y entonces dije:
 -Voy a confesarle algo, Holmes. ¿Recuerda cuando discutimos sobre Greystoke en la oficina de Mycroft? Usted dijo que había oído hablar de la novela, esa narración cargada de ficción y romanticismo acerca de las aventuras en Africa de Greystoke. ¿Recuerda que también mencionó que habían llegado muy pocas copias al Reino Unido debido al inicio de las hostilidades?
 -¿Y bien?- Dijo Holmes, mirándome de un modo extraño.
 -Conociendo su opinión hacia el tipo de cosas que leo, que suele considerar como basura infumable, no le comenté que un buen amigo mio de San Francisco, -que fue mi padrino cuando me casé con mi primera esposa,- me mandó un ejemplar no sólo del primer libro, sino también de su secuela. Y los he leído...
  -¡Buen Dios!- Dijo Holmes.- Puedo entender que sintiera vergüenza, Watson, pero ocultar pruebas...
 -¿Qué pruebas?- Respondí acalorado, seguramente debido a la fatiga, el Hambre y la ansiedad.- Por aquel entonces no sabíamos que se hubiera podido cometer ningún crímen.
 -Touché,- dijo Holmes.- Le ruego acepte mis disculpas. Y continúe, por favor...
 -El autor americano, con una imaginación desbocada, sugiere que el verdadero Lord Greystoke nació en una cabaña en la jungla, en las costas de Africa Occidental. En la novela, los padres de Greystoke son abandonados allí por la tripulación amotinada. Incapaces de regresar a la civilización, construyen una choza, en la que nace el joven Greystoke. Tras la muerte de sus padres, el bebé es adoptado por una tribu de simios antropoides e inteligentes. Estos simios, claro, son producto de la inflamada imaginación del autor, que, por cierto, nunca ha estado en Africa ni ha leido demasiado sobre ella. Resumiendo la larga historia, el muchacho crece, aprende a leer y escribir inglés sin haber oido nunca una sola palabra en dicho idioma...
 -¡Pamplinas!
 -Quizás, pero el autor incluso consigue que parezca posible. Entonces, una joven blanca, americana, claro está, y su familia y asociados, entre los que se encuentra el joven heredero del título de los Greystoke...
  -Por favor, hable con frases más cortas, Watson, y resuma un poco más la historia.
 -El padre de la chica ha gastado los ahorros de su vida, y se ha endeudado seriamente, para comprar un mapa, que muestra el posible emplazamiento de un tesoro en una isla de la costa africana. Su hija viaja con él. Se encuentran en Inglaterra con el primo del verdadero Greystoke, y decide acompañarles porque se enamora de la muchacha.
 -Menuda coincidencia,- dijo Holmes.
 -Y entonces la tripulación del barco se amotina, y les deja abandonados en el mismo punto en el que habían desembarcado los padres del auténtico Greystoke...
 -Creo que ese yanqui cae en un exceso de coincidencias,- dijo Holmes con una risa queda.- Nunca entenderé, Watson, por qué pierde su tiempo con semejantes paparruchas.
 -Es mejor que tomar cocaina,- respondí.
 -Francamente, no veo por qué,- me dijo. Pero por favor, continúe.
 -El auténtico Greystoke, el que ha nacido en la jungla, se enamora de la chica, y la rescata cierto número de veces.
 -Naturalmente. Y ella, claro está, se enamora también de ese joven balbuceante que huele a excremento de mono...
 -¡No es exactamente así!- Exclamé. -¿Va a dejar que le cuente la historia o prefiere hacerlo usted?
 -Mis disculpas, Watson. Intentaré reprimir cualquier observación que vaya a ser irrelevante.
 -El padre del auténtico Greystoke había escrito un diario, en francés, que el joven Greystoke, claro, no podía leer. Por lo visto, antes de que los padres murieran, el bebé había apoyado accidentalmente sus dedos manchados de tinta en una de las páginas. Años más tarde, cuando el auténtico Greystoke visita Francia junto al joven caballero que se ha hecho amigo suyo, el diario es llevado ante un experto en huellas dactilares. Mientras tanto, Greystoke sigue a la chica a América, sólo para descubrir que su primo le ha propuesto matrimonio, y ella ha aceptado. Poco tiempo después, recibe la noticia de que las huellas digitales demuestran que él es el verdadero Lord Greystoke. Pero, sabiendo que si se revela la verdad, su primo sería despojado de títulos y fortuna, y la chica le dejaría seguramente, decide, noblemente, guardar silencio.
 -En la mejor tradición de la literatura para matronas,- dijo Holmes.
 -Ríase si quiere, Holmes,- le respondí.- A mi me pareció muy entretenido.
 -¿Y qué tienen que ver todas estas intrigas de ficción con nuestro Par?
 -¡Pero si es tan evidente como su nariz, Holmes!
 -¿Qué le pasa a mi nariz?
 -Es una nariz muy distinguida,- respondí.- Quizá sea la más famosa en toda Inglaterra, desde que murió el Duque de Wellington. No se enfade. Lo que quiero decir es que ese yanqui debe de haber oido algo en alguna parte, y quizás hay más cosas ciertas en su relato de lo que la gente cree. Podría haber hablado con alguien que conociera la verdadera historia de los Greystoke, y así, basó su novela en información obtenida desde dentro.
 -No tiene sentido,- dijo Holmes.- Lo que ocurrió es que el americano ese, leyó en algún periódico o revista la narración acerca de cómo Lord Greystoke, un genuino ejemplo de excentricidad británica, había abandonado la mayor parte de sus posesiones para establecerse en Africa. Y pero aún, se había vuelto casi un nativo. No, peor aún que un nativo, ya que ningún nativo viviría de mala manera como hace él, a solas en la jungla, matando leones con un cuchillo, comiendo carne cruda y cohabitando con chimpancés y gorilas. De modo que el yanqui, al leer aquello, se imaginó una novela sensacional, e inventó una trama y unos personajes que pudieran agradar al gran público.
 -Quizás,- reconocí.- Pero si me permite resumirle los acontecimientos narrados en la secuela que escribió el yanqui...
 Procedí a hacerlo, tras lo cual esperé a que Holmes me hiciera algún comentario. Se sentó, apoyado contra el tronco de un árbol, con el ceño fruncido, tal como le había visto durante tantas y tantas noches, mientras consideraba un caso de cierta importancia. Tras algunos minutos exclamó:
 -¡Dios! ¡Cómo echo de menos mi pipa, Watson! ¡La nicotina es más que una ayuda para el pensamiento! ¡Es una necesidad! ¡Me maravilla que se haya podido avanzar algo en las ciencias y las artes antes del descubrimiento de América!
 Con aire ausente, agarró una ramita del suelo. La colocó en su boca, succionándola, y usándola, sin duda, como un poco satisfactorio substituto de su pipa. Al momento siguiente se puso en pie de un salto, y emitió un alarido que me estremeció. No pude evitar exclamar:
 -¿Qué ha encontrado, Holmes? ¿Qué ocurre?
 -¡Pues esto, maldita sea!- Gritó, señalando la ramita que había estado chupando. La ramita en cuestión se desplazó por el suelo sobre una infinidad de delgadas patas, hasta desaparecer bajo un tronco.
 -¡Buen Dios! ¡Pero si era un insecto! ¡Un mimético!
 -Muy observador por su parte,- dijo de mal humor. Pero al momento siguiente estaba en el suelo, a cuatro patas y buscando aquella criatura.
 -¿Pero qué diantres está haciendo?- Pregunté.
 -Tenía un sabor muy parecido al tabaco,- me respondió.- La experiencia es la madre de...
 No llegué a escuchar el resto. De repente, escuchamos un estruendo en la jungla, cerca de nosotros... eran gritos de hombres... mortalmente heridos.
 -¿Qué es eso?- Dije.- ¿Es posible que Greystoke haya encontrado a los alemanes?
 Entonces quedé en silencio, miré a Holmes y él me miró. Escuchamos un espantoso alarido proveniente de la jungla. Un alarido tan terrible que pareció dejarnos helados, y provocó que todas las aves de los alrededores huyeran volando.
 

CAPITULO 8


 Holmes se recuperó y miró