Flash Gordon 
en las Cavernas de Mongo


    A modo de "novela por entregas", os ofrecemos la primera parte de la novela (6 de los 30 capítulos). Iremos añadiendo 6 capítulos más cada dos o tres semanas.

  

Capítulo   l

UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO



      Flash Gordon, Dale Arden y el doctor Hans Zarkov observaban atentamente el interior de un globo de cristal, lleno de un aceitoso liquido verde, que estaba apoyado sobre la mesa del laboratorio del doctor Zarkov.
      Dentro del globo de cristal flotaba una delicada aguja, apenas más gruesa que un cabello humano.  Erguida en el interior del recipiente se veía una escala graduada.  Eran los movimientos de la diminuta aguja, en relación con la escala, lo que atraía el interés de los tres terráqueos.
      Las cejas hirsutas del doctor Zarkov se contrajeron en un gesto preocupado al ver que la aguja se estremecía súbitamente, hundiéndose luego como arrastrada por un hilo invisible que estuviera dentro del líquido.  Un momento más tarde, la aguja saltó hacia arriba, volviendo a su posición original, cerca de la superficie.
      -Ahí lo tienes otra vez, Flash Gordon -musitó el doctor Zarkov, como si temiera que el sonido de su voz pudiera perturbar el movimiento del delicado mecanismo que tenía ante sí.  
      -Ahí lo tienes otra vez, Flash Gordon -musitó el doctor Zarkov, como si temiera que el sonido de su voz pudiera perturbar el movimiento del delicado mecanismo que tenía ante sí.
      Su mirada se fijó en el rústico reloj de pulsera que laboriosamente había construido durante la estancia forzosa del trío en el planeta Mongo.
 Flash Gordon no parecía impresionado.  Se limitó a sacudir su rubia cabeza, despreocupadamente, y dirigió una sonrisa de entendimiento a su prometida, Dale.  La sonrisa quería decir: «Estos científicos locos se preocupan por nada.»
      -Debo confesar, doctor -dijo Flash en Voz alta-, que no veo nada en este experimento suyo que justifique su preocupación.
      Zarkov se incorporó, irguiéndose en toda su estatura.  Relampaguearon sus negros ojos.
      -¿De veras, Flash Gordon? -preguntó.
      Flash sacudió la cabeza sin abandonar su irónica sonrisa.
      -Vamos, doctor Zarkov -dijo en tono condescendiente-; no ignoro que usted es uno de los más grandes científicos de todos los tiempos.  Aún en Mongo, Vultan, monarca de los hombres-halcones, le ha aceptado como consejero científico del trono.  Debe tener paciencia si no logro comprender algunas de sus actividades.  Usted es un hombre de ciencia, mientras que yo no soy más que un hombre de acción.  Sólo mi simpatía y mi buena suerte me han ganado los favores del rey.
      Zarkov, aplacado, alzó una mano.
      -Vamos, vamos, Flash -interrumpió-, ¡su simpatía y buena suerte!  Diga usted, mejor, su coraje y su discernimiento rápido como el rayo, virtudes que le han valido en la Tierra y en Mongo un renombre que rivaliza incluso con el mío.  No, Flash, no le hicieron a usted jefe de los hombres-halcones del rey Vultan por su simpatía y buena suerte...
      Dale Arden se interpuso entre los dos hombres.
      -¿Qué es esto, caballeros? -preguntó, riendo-. ¿Una asamblea del Club de Admiración Mutua de los Terráqueos, o estamos aqui para enterarnos del importante descubrimiento del doctor Zarkov?
      Zarkov se rió.  Flash rodeó con el brazo la cintura de su prometida, mientras un irresistible sonrojo se extendía por su cara.
      -Estamos descuidando nuestro tema -dijo, avergonzado-; usted me preguntó, doctor Zarkov, si yo podía ver algún significado siniestro en el hecho indiscutible de que la aguja de su nuevo detector de desplazamientos de materia parece revelar los movimientos de inmensas masas de materia en las profundidades de Mongo. ¿Es eso tan extraño? ¿No existen los terremotos en Mongo, como -ocurre en cualquier mundo que se haya solidificado hasta adquirir una corteza rígida?
      Una sonrisa de triunfo surgió en el rostro sardónico e inteligente de Zarkov.
      -¡Ja, Flash Gordon! -estalló-, ¡te cogí!  Si, hay terremotos en Mongo, pero mi detector resultaría destruido por cualquier terremoto.  Olvida usted que todo movimiento de masas rocosas, a escala suficiente para causar un terremoto, destrozaría literalmente este delicado mecanismo de un solo golpe. No, los movimientos de la aguja que ustedes están presenciando se deben al desplazamiento periódico de una masa no más grande que la de una montaña pequeña. ¿Y qué montaña, en la Tierra, en Mongo o en cualquier otro planeta del Universo, se ha movido jamás hacia atrás y hacia adelante en el seno de un planeta, con la uniforme regularidad de un péndulo?
      Flash Gordon miró perplejo al científico.
      -¿Es eso cierto, doctor Zarkov? -preguntó dubitativo.
      Zarkov asintió con vehemencia:
 -¡Es cierto, Flash Gordon!  En el corazón de Mongo hay no una, sino una docena de masas, acaso de roca, acaso de metal, posiblemente de alguna sustancia desconocida, que están oscilando en arcos inmensos, como campanas medievales.
     Inconscientemente, los poderosos músculos de Flash Gordon se habían puesto en tensión.  Ahora estaba erguido, con la cabeza echada hacia atrás, y sus ardientes ojos mirando fijamente a los de Zarkov.
     -¿ Y cree usted ... ? -preguntó.
     Zarkov se abismó en la contemplación del globo de cristal y su diminuta aguja durante un largo momento, antes de erguirse para enfrentarse a Flash Gordon respondiéndole:
     -Es un fenómeno que se repite con la regularidad de un reloj. ¡Sin duda alguna hay una fuerza siniestra e inteligente aprisionada dentro de las propias rocas de Mongo, luchando por abrirse camino hacia la superficie!
 

Capítulo 2

DALE TOMA UNA DECISIÓN


      Un largo silencio siguió al dramático anuncio del doctor Zarkov.  Tanto Dale Arden como Flash Gordon se encontraron mirando con fascinada intensidad el globo de cristal, estudiando los fatídicos y rítmicos saltos de la pequeña aguja.  Y una suerte de escalofrío, un vago temor a la desconocida y misteriosa fuerza que amenazaba a Mongo sacudió a los tres.
      Finalmente, Flash habló con lentitud:
      -Debemos resolver este misterio, doctor Zarkov. ¡La fuerza que hay dentro de Mongo podría llegar a destruir el planeta entero!
      Fue entonces cuando Dale Arden corrió junto a Flash y, con un ligero grito, se anidó en sus brazos.
      -Flash -suplicó-, tal vez esto no es más que un fenómeno inusual, que con el tiempo se detendrá por sí solo. ¡Has corrido peligros tremendos, querido! ¡Prométeme que no volverás a arriesgarte!
      Pero Flash, acariciando con los dedos la cabellera exuberante de su amada, no respondió.
      -Oh, Flash -rogó entonces Dale-, si pudiéramos regresar ahora mismo a la Tierra... Hemos estado lejos de casa durante tanto tiempo, querido... -Y aquí la muchacha hundió su rostro en el hombro de Flash-.  Hemos esperado tanto tiempo para regresar a nuestro mundo y casarnos, querido... -se volvió hacia Zarkov-: ¿No podemos regresar a la Tierra, doctor Zarkov? ¿Estamos condenados a permanecer en este mundo extraiío durante el resto de nuestras vidas?
     Rápidamente, tratando de que sus palabras tuvieran un tono alentador, respondió el doctor Zarkov:
     -Regresaremos a la Tierra, Dale, cuando Mongo y nuestro planeta tengan una conjunción favorable. O, acaso, cuando yo logre disefiar un navío espacial con suficiente autonomía de vuelo como para salvar el abismo que separa a las órbitas de la Tierra y Mongo; pero aún no ha llegado ese momento. ¡Y ahora nos amenaza un grave peligro!  Ante todo, debemos afrontarlo.
     Flash se irguió y habló intencionadamente al doctor Zarkov.
     -Debemos informar al rey Vultan, doctor. ¡Ahora mismo!  Hay que trazar planes, sin demora, para combatir a esta amenaza.
     Zarkov asintió lentamente.
     -¡Eso es, ahora mismo! -acordó-. ¡Al palacio real, entonces,, Flash Gordon!
     Pero Dale Arden sollozaba silenciosamente.  Flash la tomó en sus brazos con ternura.  Sólo entonces cesaron sus sollozos, y la muchacha alzó orgullosamente la cabeza.
     -Te amo, Flash -dijo, con profunda convicción-.  Estás haciendo lo que debes hacer.  Es el único camino honorable.  Pero donde tú vas ¡también voy yo!  

 
 
 

Capítulo 3

CONDENADOS POR EL MUNDO SUBTERRÁNEO


       El rey Vultan, dominando con su majestuosa figura la,vastedad de la sala del trono, dominando incluso la multitud de súbditos del reino alado, curiosamente heterogéneo, que invadía la imponente cámara, vio a los tres terráqueos aproximarse a través del mar viviente y cuchicheante de sus cortesanos.
   Se incorporó, entonces, imperiosamente: era un hombre gigantesco, con sus poderosas alas replegadas bajo la túnica y el metal de su casco guerrero -símbolo de las incesantes luchas internas que habían agitado a Mongo durante miles de años- brillando luminoso aun en el interior de aquella rutilante estancia.  Su poblada barba rojiza era como una mancha de sangre viva, contrastando con su resplandeciente coraza.  Hizo un ademán autoritario hacia su corte.
       -Despejad la sala del trono.  Ha terminado la audiencia. ¡Cedan paso a mis amigos terráqueos!
       En el término de pocos minutos, aquella tremenda cámara, más grande aún que la sala de los reyes de Karnak, en la Tierra, quedó desierta, exceptuando al gran Vultan y a los tres individuos que habían llegado a Mongo, en tan extraña circunstancia, a bordo de la nave espacial del doctor Zarkov.
 -¡Sentaos junto a mí! -dijo Vultan-.  A veces me fatigan las tareas del Estado. Es bueno conversar con amigos leales.
     -Nos trae un asunto de gran importancia, gran Vultan -dijo secamente Zarkov-: he descubierto que Mongo está amenazado por un gran enemigo desde su interior.  En el centro mismo de Mongo vive una poderosa raza, dueña de monstruosos mecanismos de tamaño y poder inconcebibles, con los cuales, están abriéndose camino hacia la superficie.
     Vultan palideció.  Sus poderosas manos se aferraron a los brazos de su trono hasta que los nudillos se tornaron lívidos, y luego habló con voz temblorosa.
     -¿Desde adentro? -susurró.
     -Desde adentro, majestad -afirmó Zarkov.
     Durante un largo minuto, Vultan guardó silencio. Pero su poderoso cuerpo temblaba como si le hubieran asestado un golpe mortal.  Cuando, finalmente, habló, su voz tenía la aspereza y la vibración del terror más profundo.
     -¿Me crees un hombre valeroso, Flash Gordon?
 -preguntó vacilante.
     -El más valeroso de todos -respondió Flash, francamente.
     Pero, balbuceante, prosiguió el rey Vultan:
     -Sin embargo, ¡no puedo combatir a esta amenaza! Durante miles de años mi pueblo ha esperado que llegara la condena desde abajo, y ahora ¡aquí está!
     -¡Tonterías! -exclamó Flash-. ¿La condena desde abajo?  Hablas como si temieras que los poderes de estos seres fueran mayores que los de los mortales.
     -Flash Gordon -dijo severamente el rey Vultan-:contra la carne y la sangre soy valeroso, como otros hombres.  Pero esta amenaza no es de las que se enfrentan con espadas y se combaten con garrotes.  Es la amenaza de los dioses de la oscuridad y del mundo inferior.  Así lo dice la leyenda: algún día, llegarán los dioses inferiores, cosas innobles y pérfidas contra las que ningún hombre puede combatir, a las que ningún hombre puede detener; saldrán a la superficie y devastarán las llanuras de Mongo, tal como el viento de la noche barre la pradera. ¡Mongo está condenado!
     -¡Tonterías! -volvió a exclamar Flash-. Ésta es una amenaza natural, tangible, que puede ser vencida. Dame hombres y armas y les conduciré hasta el mismo corazón de Mongo y aplastaremos sin contemplaciones a esa cosa que retumba bajo nuestros pies.
     Pero el rey Vultan sacudió la cabeza, desesperanzado.
     -Estamos condenados, Flash Gordon -reiteró mientras sus manos temblaban visiblemente-.  El propio gran dios Tao y todas las demás divinidades del mundo de abajo son impotentes contra las criaturas medio humanas y medio divinas que habitan el reino inferior.  Así lo dicen las leyendas de Mongo.  Así se enseña en los templos.  No podría darte hombres, Flash Gordon, aunque quisiera, pues ningún guerrero de Mongo se enfrentara a las criaturas de la eterna negrura que habitan en el mundo bajo nuestros pies.
  Hace miles y miles de generaciones, hace tantas edades que los continentes han cambiado, y los mares se han secado en sus lechos, desde el aciago día en que uno de esos demonios, sólo uno, surgió del mundo de abajo y saltó a la superficie, atravesando el cráter del extinguido volcán Midluria.  Aquel día, el sol se paralizó en medio de los cielos y muchas personas murieron de terror sólo de ver la apariencia del monstruo que vagaba por la ladera cubierta de arbustos del Midluria, a millas de distancia.  El monstruo no bajó al valle, Flash Gordon, sólo merodeó durante un rato, retornando luego al negro agujero de donde había salido. Dicen las leyendas que el monstruo habló, con una voz que semejaba el rumor que hacen las grandes serpientes al deslizarse sobre las piedras.  Dijo que algún día regresaría, trayendo consigo a todos los suyos, para enseñorearse de la superficie de Mongo.  Pero algunos tontos arrojaron grandes rocas en el cráter, cubriendo el orificio por donde habla salido el monstruo, y desde entonces jamás le han vuelto a ver.  Ahora, han regresado estos monstruos de abajo, y su crueldad será aún mayor a causa de la descortesía cometida por los que murieron hace ya tanto tiempo.
      El rey Vultan escondió el rostro en las manos.
      Flash Gordon, con una voz que atronó la vasta cámara vacía despertando ecos en las criptas marmóreas y en las bóvedas del techo, exclamó :
      -Rey Vultan, hablas como un viejo y como un tonto. ¿Eres tan crédulo como para tragarte estas fábulas?  No importa si no me das hombres; si los guerreros de Mongo no vienen conmigo, lo haré solo. ¡Yo entraré en el cráter de Midluria para enfrentarme a esa amenaza!
 

Capítulo 4

EN LAS ENTRAÑAS DE MONGO



      Casi al borde del tremendo abismo de Midluria hay una pequeña estratonave, que parece insignificante en comparación con el gran cono de la montaña y el anillo del cráter, de tres millas de ancho y una profundidad insondable.  De pie sobre los propios labios de aquella siniestra boca están cuatro criaturas minúsculas, tres terráqueos y el príncipe Barin, el del corazón poderoso, el único hombre de todas las bravías hordas de Mongo que se ha atrevido a acompañar a los terráqueos.  Pero su vigorosa cara parece pálida y contraída por un terror de siglos al mirar hacia abajo, hacia la inquietante oscuridad del abismo.
      -No te acompañaré más allá de aquí, Flash Gordon -dijo, entonces-; siento un temor al que no me puedo sobreponer.
      Flash Gordon apoyó suavemente su mano sobre el hombro del príncipe.
      -Te comprendo, príncipe Barin -dijo con delicadeza-.  El miedo que sientes ha sido inculcado y grabado en los corazones de tu pueblo durante siglos.  Serías un superhombre o un tonto si pudieras sobreponerte.  Es mejor que te quedes aquí, vigilando la nave.
      -De acuerdo, Flash Gordon -dijo sencillamente el príncipe Barin, mientras su rostro resplandecía de gratitud.
 El doctor Zarkov, asomado al borde mismo del cráter volcánico, estaba sujetando firmemente sobre un saliente de rugosa lava un extraño aparato, basado en un complejo mecanismo de cuerdas.  El cable era increíblemente fino y fuerte, enroscado en un tambor y coronado por un lazo y un ancla rebatible, en forma de garra.
      Probando el ancla del aparato, la encontró segura.
      -Muy bien, Flash Gordon -dijo entonces serenamente- ; todo está en orden. ¿Quién descenderá primero?
      Flash miró a Dale Arden.
      -Insisto en que te quedes con el príncipe Barin, querida -dijo, con tono ansioso-. No hay el menor peligro: esto es sólo una expedición de reconocimiento.
      Pero Dale sonrió, enigmáticamente, sacudiendo la cabeza.
      -No, Flash -respondió decidida-, si no hay peligro no veo por qué no he de acompañarte.  Y si tú y el doctor Zarkov estáis destinados a encontrar la muerte en el cráter de Midluria, prefiero estar contigo antes que vivir sola, convertida en la única terráquea de Mongo...
      La muchacha sonrió mientras miraba, intrigada, las profundidades del cráter.
      -Bastante grandes debieron ser las rocas que arrojaron en este cráter para bloquear la entrada del mundo de las profundidades -comentó con ironía.
      Flash sonrió.
      -Tú ganas, Dale -le dijo-.  Vendrás con nosotros.  También yo creo que, tal vez, las leyendas de Mongo son ligeramente exageradas con respecto a la historia de las piedras...
 El príncipe Barin rebulló inquieto. Pero Flash le tendió la mano impulsivamente.
     -Nos vamos, príncipe Barin -declaró-, porque, descendiendo por este abismo y retornando sanos y salvos acaso logremos disipar esa antigua superstición. Es necesario que Mongo se sobreponga a este temor infantil.  De modo que... ¡adiós!
     Bruscamente, el valiente Flash puso pie en el lazo, y el cable comenzó a correr con rapidez.  Se hundió más y más abajo, hasta que no fue más que una figura minúscula, colgando como una araña en el extremo de su filamento.  Y entonces, débilmente, se oyó su grito, rebotando contra las verticales paredes de rugosa lava.
   Rápidamente, el doctor Zarkov accionó un dispositivo en el tambor.  El cable cesó de desenrollarse.
      -Esto significa que ha encontrado un saliente donde puede echar el ancla -dijo Zarkov con serenidad-; esperaremos hasta que su peso ya no cuelgue del cable y luego rebobinaremos el tambor.  Tú serás la siguiente, Dale Arden.
      Dale, con el rostro encendido de excitación y una sonrisa ansiosa jugueteando en sus labios, asintió.
      Minutos después, Flash Gordon, Dale Arden y el doctor Zarkov se reunían sobre un estrecho saliente, mil pies por debajo de la boca del cráter.  La luz había disminuido perceptiblemente.  Del otro lado del abismo, a tres millas de distancia, se alzaba la pared opuesta del conducto, una formidable muralla.  Atisbando aquella oscuridad, intensa como la noche más profunda, alcanzaban a reconocer el perfil de las paredes del cráter a lo largo de miles de pies, hasta que la bruma las engullía.
      -Es profundo, Flash Gordon -murmuró el doctor Zarkov.
 Flash puso pie en el lazo.
      -Deme cuerda, Zarkov -exclamó con optimismo,-. ¡Estamos bajando una larga escalera!
      «Y además -pensó Zarkov, inquieto mientras Flash desaparecía en la profunda oscuridad- si hubiera una pérdida en el globo de meta-seda que llevamos con nosotros, o si se rompiera nuestra ampolla de helio comprimido, quedaríamos por siempre jamás al pie de esta escalera, Flash Gordon.»
      Pero Dale ya esperaba su turno para colgarse del lazo.
 El descenso se prolongó durante horas.  Flash iba siempre delante, luego le seguía Dale y por fin Zarkov, arrancando las garras del ancla de la roca de más arriba mediante un cable secundario, que la traía ruidosamente hasta cada saliente donde se detenían los tres aventureros.  Y era aquélla una sensación escalofriante, cuando se escuchaba el rumor del tambor y el cable cayendo por la pared rocosa, pues siempre existía la posibilidad de que por más que se alejaban -tanto como les era posible del punto en que habían fijado el lazo- el pesado tambor rebotara en los salientes y se estrellase contra ellos.  Pero hasta el momento no había sucedido nada por el estilo, aunque una o dos veces el tambor había caído peligrosamente cerca de los aventureros.
     Desde hacía un largo rato, la boca del cráter se había convertido en un pequeiío círculo de brillante luz, allá sobre sus cabezas, en tanto que la pared opuesta se había hundido en la compacta oscuridad.  Ignoraban si el cráter se estaba estrechando o si sus paredes se alejaban.  La pared opuesta podía estar a centenares de pies o a millas de distancia; no lo sabían.  Sus poderosas antorchas de electrorrayos no lograban penetrar en las sombras.
      Finalmente, Flash gritó de entusiasmo al dirigir el foco de su antorcha hacia abajo.  A muchos pies de distancia, pero claramente visible, se encontraba el fondo de aquella sima.
      Minutos más tarde, los tres aventureros estaban de pie sobre el rugoso y desparejo piso volcánico del inmenso cono.  A su alrededor se alzaban las formaciones de lava, dibujando figuras fantásticas y macabras. Aquí, una gigantesca burbuja de roca hirviente había estallado hacía millones de años, dejando grandes globos de lava dispersos, como gotas de agua congeladas.
  Más allá, un inmenso montículo de lava solidificado. semejaba increíblemente un castillo medieval sombrío y desierto.
      El doctor Zarkov, con su mente científica siempre
 alerta, calculaba hoscamente.
      -Estimo que nos encontramos a doce millas de profundidad bajo la superficie de Mongo -declaró con cierta solemnidad.
      Flash Gordon rió, encogiéndose de hombros.
      -Doce millas, o veinte, ¿qué importa? -bromeó
      -¿Hacia dónde iremos? -preguntó Dale.
      -Hacia abajo, siempre abajo -replicó severamente el doctor Zarkov-; debemos recorrer este tubo de lava hasta su origen, aunque nos lleve hasta el mismo corazón de Mongo.
      Los tres echaron a andar, tropezando, por el irregular piso de lava-, que se inclinaba hacia una pendiente.
      Cuando hubieron recorrido alrededor de una milla, según la estimación del doctor Zarkov, llegaron a un punto en el que las paredes se estrechaban, formando un embudo en cuyo fondo se veia un negro vórtice, de lava.
      -Hemos llegado a una de las aberturas del fondo del cráter -declaró el doctor Zarkov-; es muy probable que se trate de uno de los conductos más grandes, si no el mayor, pues hemos recorrido una buena distancia desde el borde del cono.  Hemos de comprobar si podemos seguir avanzando, o si esta abertura está, más abajo, bloqueada por la lava.
      Flash Gordon dirigió los rayos de su poderosa antorcha hacia las profundidades de aquel torbellino. Y entonces, de pronto, se precipitó y comenzó a revolver los escombros presa de gran excitación.
      Había visto, en el fondo de aquel agujero que se  estrechaba paulatinamente, un bloque de pesados ladrillos, aparentemente artificiales, taponando el orificio, firmemente adherido a los bordes de la abertura.
      -¡Zarkov! -exclamó, y el eco de su voz resonó en aquella tumba inmensa y sombría-. ¡Ésta es la verdad que hay tras las viejas leyendas de Mongo! ¡Esto es lo que hicieron, en lugar de arrojar piedras por el cráter!  En realidad, algunos hombres de Mongo han venido a este mismo lugar, construyendo una barrera de buena piedra y firme argamasa.
      Pero entonces respondió Zarkov, con su caracteristico tono solemne:
      -Debe de haber existido una buena razón para sus temores, una razón tan temible que sus leyendas aún la reflejan.  Y esa razón tiene que ver con los trabajos de las tremendas máquinas que he detectado movilizándose bajo la superficie de Mongo.
      -Tiene usted razón -exclamó Flash Gordon-. ¡Debemos quitar esta barrera, debemos atravesarla!
      -Tal vez seria mejor -dijo Zarkov, cautelosamente- que regresáramos y contáramos a Vultan lo que hemos encontrado.
      Pero Flash sacudió la cabeza con energía.
      -Todavía no hemos disipado la leyenda de los monstruos y semidioses; hasta que no lo hagamos, el propio Vultan no avanzará más allá de donde nosotros hemos llegado.  No; debemos proseguir, debemos ver a estos seres con nuestros propios ojos y luego convencer a Vultan de que son tan mortales como nosotros. ¡Echaos atrás!
      Flash extrajo de su cinturón el peligroso tubo de rayos desintegradores de átomos y lo dirigió contra el piso de bloques de granito, cada uno de los cuales medía unos cinco pies de largo, que había sido instalado para taponar aquel agujero.  Surgió una columna de luz y la roca comenzó a enrojecerse.  Luego cobró un color blanquecino, tan cegador que Flash tuvo que cerrar los ojos, desviando su mirada para protegerse la vista. Pero, bajo el siseo del rayo, oía el sonido de la roca fundida y sabía que, bajo sus pies, los átomos de aquel muro centenario se estaban desmoronando v que el rayo se abría paso entre la roca.
      Por fin, se desplomó con estrépito aquella poderosa obra de ingeniería, dejando una desgarrada abertura, de muchos pies de diámetro, cuyos bordes aún resplandecían al rojo.
      Flash estaba de pie, junto a la orla de piedra recalentada, mirando por el siniestro orificio.  Sintió un escalofrío al comprender que aquella barrera erigida en el pasado por los hombres de Mongo ya no existía. Después de todo: ¿qué verdad habría en las viejas leyendas?, ¿qué horror acecharía en las profundidades de aquella sima silenciosa?
      Pero ya se había enfriado la roca en el reborde de aquel negro agujero, de modo que Flash juzgó posible proseguir la marcha.
      -De acuerdo, Zarkov -dijo entonces, tratando de que su voz disimulara sus inquietudes-. ¡Fije usted el cable y hágame descender!
      Dirigiendo su antorcha de electrorrayos hacia el estrecho desfiladero volcánico mientras descendía, Flash notó que no tenía más de un centenar de pies de profundidad, pero que luego se extendía horizontalmente, recorriendo distancias indefinidas por el negro corazón de Mongo.  No se trataba de un canal muy ancho; acaso no midiera más de cuarenta o cincuenta pies de diámetro, y sus paredes eran lisas a causa del ascenso y descenso de incontables flujos de lava.
      Flash, con los pies firmemente asentados en el lecho del canal, dirigió su antorcha hacia lo alto, esperando el descenso de Dale.  Juntos, vieron cómo el cable desaparecía por el irregular orificio abierto en los poderosos bloques de granito.
      De pronto, Flash oyó la voz del doctor Zarkov que le llamaba con alarma.
      -¡Flash, Flash Gordon!, ¿me oye usted?
      -Le oigo perfectamente -respondió Flash-, ¿qué sucede?
      Hubo una larga pausa antes de que hablara Zarkov, y la voz del gran científico reveló un temblor de aprensión.
      -¡El tambor! ¡Está trabado!  Unas partículas de roca han enganchado el cable dentro del aparato. ¡Ya no puedo moverlo!
      Flash emitió un silbido. Él y Dale estaban de pie en el fondo de una cima de roca volcánica de cien pies. Sobre sus cabezas se alzaban las estrechas paredes del embudo, coronado or un an osto orificio recariamente obturado por poderosos bloques de granito semidesintegrados. Flash sabía que aquella masa amenazadora podía desplomarse sobre ellos en cualquier momento, y ningún ser humano podría trepar por esas paredes lisas de lava cristalizada.
     Oprimiendo el.brazo de Dale, la arrastró hasta un punto relativamente seguro, cerca del cual el túnel continuaba su pendiente hacia el interior de Mongo.
     Luego volvió a dirigirse a Zarkov, gritándole:
     -¡No se preocupe! -exclamó, procurando que su voz no delatara su preocupación-.  No hay nada que pueda hacer usted ahora.  Regrese a la superficie, traiga otro tambor y otro cable y venga a buscarnos.
     Mas entonces emergió en su conciencia la horrible noción de que si Zarkov no podía persuadir al principe Barin o al rey Vultan de que desafiaran los peligros de la sima acompañándole en su descenso por el cráter, Zarkov no podría hacerlo solo.  En efecto, eran necesarios dos hombres, uno debajo y otro arriba, para fijar el cable durante el descenso.  Sin embargo, guardó silencio, ocultando sus temores a Zarkov.  Por lo menos, el científico tenía una posibilidad de éxito, mientras que allí abajo los tres perecerían inevitablemente.
     Curiosamente, la idea de que Vultan podía negarse a descender por el cráter no se le ocurrió a Zarkov. Sin discutir, aceptó la indicación de Flash.
     Pero Flash sabía, y se preguntaba si Dale no lo sospecharía, que si Zarkov no lograba imponerse a los temores supersticiosos de los hombres de Mongo, los dos terráqueos quedarían condenados a una muerte horrible.
     -¿Cuánto tardará usted, Zarkov? -gritó hacia la
 boca del embudo.
 -Unas diez horas -respondió Zarkov, alentadoramente.
      -¿El globo de meta-seda está intacto? ¿Y la ampolla de helio?
      -Está bien -respondió Zarkov.
      -Entonces adiós -concluyó Flash, suprimiendo un repentino nudo que se le había formado en la garganta-. ¡Y vaya usted de prisa!
      -¡Adiós, Flash Gordon! ¡Adiós, Dale Arden! -gritó Zarkov-.  No pierdan el valor; pronto regresaré.
      Y se marchó...
      Flash, con el oculto deseo de engañar a Dale, dirigió su antorcha de rayos hacia las profundidades del oscuro túnel, que bien podía conducir al corazón del planeta.
      -Bien, bien,  Dale -rió-; oscuro lugar para pasar unas pocas horas, ¿verdad? ¿Proseguimos la marcha?  Eso podría ayudarnos a pasar el tiempo...
      -Zarkov puede no regresar jamás, Flash -respondió Dale serenamente-.  Oh, querido, ¿por qué intentas engañarme?  Sé perfectamente que Zarkov no podrá rescatarnos, a menos que disipe los temores del rey Vultan, y no ignoras que estoy dispuesta a morir contigo.  Si quieres seguir adelante te acompañaré; si Zarkov puede regresar hasta aquí, nos buscará también más allá; y si nunca vuelve es mejor que prosigamos, acaso nos esperen más adelante la vida y la salvación. En cambio, si nos quedamos, sólo podemos hallar la muerte.
      Por toda respuesta, Flash tomó animosamente el brazo de su prometida e inició la marcha.
 

Capítulo 5

ATRAPADOS


      -Seguiremos adelante -dijo Flash en tono despreocupado-, pero dejaremos, un mensaje para Zarkov.
      Escrito el mensaje, y colocado sobre un visible montículo de lava, Flash y Dale iniciaron su descenso por el macabro,túnel.  Ninguno supo cuánto tiempo habían andado, o qué distancia habían recorrido.  Bien pudieron ser millas; al menos, lo parecía.  Pero, desde luego, las distancias en el eterno silencio de aquella catacumba natural aparentaban ser más extensas que en la superficie.  Muy probablemente, no habían marchado tanto como suponían.
      De pronto, Flash se detuvo con una viva exclamación.  Su ojo avizor había divisado, en el fondo de una estrecha depresión donde se había acumulado una gruesa capa de polvo volcánico a lo largo de los siglos, la huella de una pisada.
      Aquella pisada se asemejaba, extrañamente, pero también difería en forma rara, de las que dejaban los hombres de la superficie de Mongo.  Contenía la clara impresión de cinco dedos, y sin embargo estos trazos eran largos, triplicando las huellas de los dedos de un pie normal.  Y, detrás, se veían unas extensas y esbeltas marcas que parecían haber sido realizadas por garras afiladas como hojas de afeitar.  Por añadidura, la impresión de aquel pie era gigantesca.  Medía no menos de treinta pulgadas, desde el talón hasta la punta de los dedos.
      Dale, contemplando aquella fantasmagórica señal, se estremeció, estrechándose contra Flash, que, inconscientemente, había desprendido la pistola de rayos de su cinturón.  Pero Flash recuperó inmediatamente el coraje.  Se sentía capaz de hacer frente a criaturas de carne y hueso, y estos seres del mundo subterráneo, por horrenda que fuera su apariencia, resultaban bien tangibles.  La amenaza de la superstición había sido suplantada por otra, que podía resultar infinitamente más mortal.
      Flash hizo con los ojos una pregunta a Dale.  Ella, juguetona, puso la mano sobre el brazo del aventurero, como si se dispusieran a atravesar la Quinta Avenida.
      -¿Proseguimos, Flash? -preguntó con aire informal.
      Flash sonrió admirado.
      -¡Diantre, eres magnífica, Dale! -murmuró.
      Juntos avanzaron hacia la cerrada oscuridad, apenas atenuada por la luz de la pequeña linterna que portaba Flash.
      Y entonces, al cabo de unas cien yardas de marcha, después de atravesar una angostura del pasaje, que se había desviado abruptamente hacia abajo, se detuvieron súbitamente.  Enfrente, el túnel se ampliaba con brusquedad formando una vasta gruta, una inmensa caverna en el corazón de Mongo, donde la farola de Flash parecía empequeñecerse, como un lápiz de luz que tanteaba infructuosamente en la oscuridad.  Pero no fue esto lo que les detuvo.
 Ante sus ojos, llenando el piso cóncavo de aquella gran burbuja natural en la roca eterna, había una gran laguna de aguas negras y silenciosas.  Flash no podía calcular su profundidad, ni imaginar los monstruos informes y terroríficos que pulularían bajo su peligrosa superficie.
     Flash, guiando firmemente los pasos de Dale por una estrecha senda de roca que representaba el único tránsito posible en aquel vasto anfiteatro, se aproximó a la amenazadora laguna.  Y entonces, súbitamente, cuando exploraba la oscuridad con el angosto rayo de luz de su linterna, se detuvo, tenso.  Su farol había iluminado, fugazmente, una monstruosa criatura, inmóvil sobre el piso de roca de la orilla opuesta de la laguna.
     Flash detuvo a Dale, cogiéndola del brazo.  Cuidadosamente, volvió a explorar la oscuridad con su linterna.  Y el delgado rayo volvió a descubrir aquella forma, y persiguió su huida, revelando grandes, deformes, extrañamente inciertos miembros, hasta la negra boca de un segundo túnel, que conducía a las profundidades de Mongo.
     La "cosa" había desaparecido.  Corriendo, ciegamente, había chocado contra la negra pared de lava en la entrada del túnel, pero luego, sin vacilar un instante, se había escabullido en la oscuridad.  Flash, atento, oyó el rumor de sus pasos resonando por las grutas y muriendo luego en un siniestro silencio.
     ¿Les esperaría más allá?
     Habían echado una buena ojeada a aquella «cosa». Tenía forma humana, pero dimensiones gigantescas. Unos buenos nueve pies de altura, según estimaba Flash.  Y parecía grotescamente delgada, con largos brazos como varas, y ojos -aparentemente sin pupilas- que miraban fijamente.  Tal vez aquellos ojos eran todo pupilas; Flash no podía saberlo.  La criatura era de color grisáceo, como un pez de las profundidades del mar, y su cabeza estaba coronada por un manojo de cabellos pálidos y mortecinos.  Sus dedos de pies y manos, de un blanco grisáceo como los de un fantasma de pesadilla, tenían forma alargada, como las garras de un ave de presa.
      -¡Qué odiosa criatura! -exclamó Dale, con un escalofrío.
      -Sí -asintió Flash, de todo corazón-; sin embargo, no parece demasiado peligrosa.  Su cabello está húmedo.  Me pregunto si habrá estado nadando en esta horrible oscuridad.  Tal vez puede ver en las sombras. Al parecer, la luz de mi linterna la cegó.
      Ansiosamente, Flash siguió su marcha, seguido por  Dale.  Pero estaba alerta, pues temía un ataque, y no podía imaginar cómo, desde dónde, en qué forma, podía sobrevenir el asalto.
      Sin embargo, al proseguir su avance les pareció que aquella criatura había escapado muy lejos, internándose en algún remoto rincón de la vasta caverna. Fuera del apresurado rumor de sus pisadas, sus oídos no captaban ruido alguno, y Flash comenzó a suponer que la criatura se había,aterrorizado ante la luz cegadora, poniendo prudente distancia entre su feo cuerpo y la laguna negra.
      Así fue como, al sobrevenir la emboscada, Flash se  encontraba totalmente desprevenido.  Al tomar una curva de aquel interminable túnel, con Dale pisándole los talones, Flash se sintió súbitamente aprisionado por una red de delgados filamentos que, como si tuviera vida propia, envolvía sus brazos y piernas.  Mientras intentaba retroceder, Flash comprendió que la red había caído desde lo alto, atrapándolos como a peces. Luchó furiosamente para liberarse, echando mano a la potente pistola de rayos que llevaba en el cinturón. Pero, simultáneamente con la caída de la red sobre su cabeza, el corredor se había convertido en un hervidero de aquellas criaturas esqueléticas y gigantescas del mundo de las cavernas.  Parecían surgir de las rendijas en los muros, del oscuro techo abovedado, del propio suelo de lava.  Antes de que la mano de Flash lograra coger su pistola de rayos, una auténtica avalancha de aquellas criaturas mortecinas y grisáceas le aplastaba contra el suelo.  Y, cuando logró ponerse de rodillas, la antorcha se le escurrió de los dedos, estrellándose contra la dura superficie de lava.
      Una negrura más profunda que la de cualquier tumba terrestre le envolvió.
      El aventurero siguió luchando con la loca furia de la impotencia. Sentía que ningún arma había dañado su pellejo, y, preguntándose por qué no le habían matado allí mismo, le vino a la mente la idea escalofriante de que le querían vivo por algún oscuro propósito, que pronto se revelaría.
      A su lado escuchó el jadeo de Dale al debatirse, y con un último esfuerzo sobrehumano logró incorporarse a medias, alzando consigo a una docena de sus captores.  Pero fue ésta una tentativa inútil.  Su inferioridad numérica era absoluta: las criaturas de las cavernas volvieron a derribarle con sus manos frías, tentaculares y espectrales.  Trastabillando, resbaló y cayó al suelo, golpeándose la sien contra la rugosa superficie de lava.  Un resplandor pareció quebrar, por un instante, la oscuridad, y luego le invadió la inconsciencia.
 

Capítulo 6

PRISIONEROS DE LOS CAVERNICOLAS


 Cuando Flash volvió en sí, media docena de cavernícolas le llevaban en hombros, trotando a paso vivo.  Avanzaban por aquel túnel que ahora parecía extraña y espectralmente iluminado.  Preguntándose dificultosamente por el origen de aquella luz, pues la cabeza le dolía intensamente, Flash comprendió que provenía de los elementos radiactivos de la propia roca.  Y entonces, recuperando por entero la conciencia, dio un grito áspero y se debatió con desesperación. ¡Debía encontrar a Dale!
      Un apagado grito de respuesta le dijo que Dale también estaba en manos de aquellos extraños seres. Evidentemente, entonces, no corrían peligro de una muerte inmediata.  Flash dejó de resistirse, decidido a conservar sus fuerzas.  Tras cruzar unas pocas palabras, comprendió aliviado que Dale no estaba herida. Ésta durante los minutos que había durado la inconsciencia de Flash, le había creído muerto, creencia que la había llevado al borde de la desesperación.
      El túnel por el que avanzaban se ampliaba rápidamente, introduciéndolos en un inmenso mundo subterráneo, muchas millas por debajo de la corteza superficial de Mongo.
      Flash podía ver a su alrededor hasta cierto punto, pues los elementos radiactivos de la roca emitian una luz espectral y fosforescente; en@ el extremo opuesto de la tremenda gruta, el ominoso resplandor indicaba que un océano de lava hirviente difundía calor y luz.
      Era aquélla una escena digna del infierno del Dante.
      La bóveda del techo se arqueaba, muchas millas por encima de sus cabezas, y, dada la debilidad del resplandor de la lava en la distancia, Flash imaginó que aquel océano hirviente se encontraba a varias millas. Las monstruosas dimensiones de la caverna, en las entrañas de Mongo, le llenaron de perplejidad.
      Sus guardias les condujeron por un camino rústicamente delineado, mas pronto se hizo evidente que estaban aproximándose a una ciudad, enclavada en las profundidades del planeta.  Los grupos de cavernícolas se hacían más y más frecuentes, y al mismo tiempo resultaban más numerosas las viviendas sombrías y sin ventanas, cavadas en la roca volcánica.
      Al rato, se encontraron ante una gran ciudad.  El sendero se había convertido en una calle perfectamente pavimentada, por la cual marchaban los pálidos guerreros del mundo subterráneo.  Por todos lados se veían inmensas estructuras de basalto, que convergían hacia una inmensa cúpula.  Por fin, llegaron a una gran plaza, ubicada en el centro mismo, de la urbe subterránea.
      Los prisioneros fueron rápidamente conducidos, a través de la muchedumbre de espectrales cavernícolas que se apiñaban en la plaza, a un inmenso palacio, que empequeñecía a los edificios que le rodeaban.  Al llegar a una gigantesca sala, oscura como un calabozo terrestre, fueron rudamente puestos en pie, y les quitaron las redes y ataduras.
      Allí, sentada, sobre un pesado trono de basalto  cuyo respaldo se alzaba muchos metros por encima de sus cabezas, había una figura dominante y amenazadora, rodeada por los lívidos cortesanos del mundo subterráneo de Mongo.
      Y aquel siniestro ser se dirigió a Flash Gordon en una lengua extrañísima y desconocida.
      Flash sacudió la cabeza.
      El rey, con un ademán impaciente de su mano hue suda y mortecina, señaló hacia un curioso instrumento de metal, en forma de copa y cubierto por numerosos cables, indicando que debían colocarlo sobre la cabeza de Flash.
       Flash sabía que era inútil resistirse.  Y suponía que, dado que los cavernícolas no le habían causado daño alguno hasta el momento, aquel mecanismo contendría algún extraño medio de comunicación.
       Flash mantuvo la calma mientras le aplicaban aquella gran copa sobre la cabeza.  Y entonces, como una corriente de energía que le atravesara el cerebro, un rayo invadió su ser, buscando con dedos indiscretos en cada recodo de su mente, usurpando hasta sus pensamientos más íntimos.
       Flash estuvo a punto de gritar de dolor.  Pero, apretando los dientes, resistió aquella tortura, que luego cesó bruscamente.  Y, maravilla de maravillas, aquel siniestro ser, de apariencia regia, sentado en su trono, comenzó a hablarle en perfecto inglés.
        Sólo entonces advirtió Flash que aquel sujeto autoritario se había calzado un instrumento similar en su pálida testuz.
        -¡Te saludo, hombre del mundo de arriba! -dijo el rey del mundo subterráneo con un odioso tono de voz-.  Veo que el dominio de la superficie todavía recibe el nombre de Mongo, aunque han pasado milenios desde que su pueblo nos empujó a estas cavernas, como se recluye a los peores criminales en los calabozos más viles.  Pero no hemos olvidado; nosotros, que un día fuimos poderosos sobre la superficie de Mongo, no hemos olvidado. ¡Y está próximo el día en que buscaremos venganza!  Demasiado tiempo llevamos ya bajo la superficie del mundo, mundo que sería nuestro a no ser por la revuelta de tu bárbaro pueblo de esclavos.  Pronto volverá el viejo orden...
   ¿Por qué has venido? ¿Os han alarmado los signos de nuestros preparativos? ¿Por qué has atravesado el muro que tu propio pueblo erigió para mantenernos en una eterna prisión?  Habla, o volveré a colocarte el detector de pensamientos en elcerebro, y allí lo dejaré si es necesario, hasta convertirte en un idiota balbuceante.
       -¿Cómo te llamas? -dijo sencillamente Flash-. No estoy habituado a conversar con personas, por exaltadas que se hallen, a las que no puedo dirigirme correctamente.
       -Entonces, escucha -replicó el autoritario sujeto, emitiendo una vez más su desagradable voz-.  Soy Gonth, rey de los cavernícolas de Mongo, el número ochocientos dieciséis entre los soberanos de este imperio subterráneo desde que nuestros antepasados fueron despojados de la luz del día. Ésta es mi ciudad capital. Eidlebon. ¿Y tú quién eres, pequeño?
       Flash respondió con serenidad:
       -Soy Flash Gordon, explorador y aventurero. Y ésta -agregó con voz firme y clara- es Dale Arden, mi prometida.
       Por primera vez, la gigantesca y cadavérica figura pareció advertir la presencia de la esbelta terráquea. Cuando reparó en ella, corrigió su anterior desdén.
 La examinó de pies a cabeza con un lento e insultante escrutinio.
      -¡Caramba, es hermosa! -exclamó, con una súbita inflexión de ansiedad en la voz-.  Sus colores son muy diferentes del gris pálido de nuestras mujeres del mundo subterráneo. ¿Y es tuya, Flash Gordon? ¡Hum!  No importa.  La consideraré más adelante.  Primero debo atenderte a ti.
      -Será mejor que la dejes en paz -gruñó Flash, mientras su mano se deslizaba hacia su cinturón.
      Una sonrisa, siniestra como la de un muerto, surgió en el pálido rostro de Gonth al observar la fuerte tensión de Flash, que había comprendido que ya no estaba armado. ¡Los cavernícolas de Mongo le habían arrebatado su pistola de rayos!
      -¿Era un arma lo que llevabas en la cintura? -preguntó el rey Gonth, mirándole de soslayo-.  Me lo preguntaba.  No sería mala idea descubrir cómo funciona este aparato. ¡Es penosa nuestra ignorancia sobre vuestras armas, hombre de la superficie de Mongo! ¡Debemos corregir esta ignorancia!  Es por eso que te mantengo vivo, de momento. ¡Venga, Xanthana! -dijo a uno de sus súbditos-. ¡Ponte allí de pie!
       -¡Perdóname, oh poderoso Gonth! -gimió lastimosamente el pobre individuo-.  Siempre he sido tu   fiel servidor.
        -Ponte allí de pie -repitió el rey Gonth, frunciendo severamente el entrecejo-; hoy tienes una buena oportunidad para demostrar tu fidelidad.
       Temblando, el desdichado cortesano obedeció.
       - ¡Ahí tienes, Flash Gordon! -exclamó el rey Gonth entusiasmado-.  Demuéstrame ahora cómo haces funcionar ese encantador aparato.
 Uno de los guerreros había traído la pistola de rayos, y el rey Gonth la empuñaba, mirándola con la ingenua curiosidad de un niño que ha descubierto un juguete nuevo.
      -¡Detente! -exclamó Flash-. ¿Destruirías a uno de tus súbditos sólo para poner a prueba un aparato de los hombres de la superficie de Mongo?
      El rey Gonth se encogió de hombros, torciendo con una sonrisa cruel sus fláccidos labios.
 
      -¿Por qué no? -Preguntó-. ¿No es acaso una medida ventajosa?  Si tan terrible es este arma, ¿no resulta preferible que perezca uno sólo para que millones sean advertidos de la resistencia que puedan esperar de los hombres de allí arriba?
      Entonces, apartó con un ademán imperioso a sus  cortesanos, apuntando el tubo de rayos contra la infortunada víctima.  El cavernícola se retorcía, de pie, sobre el negro suelo, emitiendo sonidos extraños y penosos a través de sus temblorosos labios.
      Pero el rey -Gonth revisó tranquilamente el tubo  de rayos hasta descubrir el gatillo; inmediatamente lo accionó.  No acababa de hacerlo cuando un alarido inhumano salió de la boca del cavernícola condenado...
      Fue el último sonido que emitió.  Al instante, le envolvió una llamarada de fuego blanco, y cayó al suelo convertido en un montón de carne chamuscada y sanguinolenta.
      El terrible resplandor del rayo se extinguió abruptamente.  El rey Gonth, cegados sus ojos por aquella  luz potentísima, había dejado caer el arma, cubriéndose con las manos los ojos dañados, por la luz.
      En aquel instante, Flash Gordon se abalanzó sobre  su pistola de rayos, dirigiendo el cañón -delgado como un lápiz- hacia el pecho desnudo y blancuzco del rey Gonth.
      Pero, antes de que su dedo pudiera cerrarse sobre el gatillo, los cavernícolas de Mongo que lo rodeaban cayeron sobre él, derribándole bajo una montaña de cuerpos pálidos y untuosos.  A pesar de que el rayo les había cegado durante unos instantes, su agudo oído había captado el rumor de los pasos de Flash.  Simultáneamente, habían saltado sobre el terráqueo.
     El rey Gonth, pestañeando dolorosamente mientras caían lágrimas de sus grandes ojos fijos, permaneció inmóvil durante algunos minutos, mientras escapaban de sus labios incomprensibles interjecciones en la extraña lengua de los cavernícolas.  Por fin, aliviado el dolor que el intolerable resplandor había causado a sus ojos, se volvió a Flash.
        -¡Eres temerario! -tronó-.  Has intentado apuntarme con tu arma solar. ¡Me hubieras dado muerte!  Por esto, tu castigo será tan terrible que recordarán tu nombre, durante siglos, como el de aquel que soportó un millar de muertes.  Pero, ante todo, he de arrancarte los secretos de las armas del mundo de arriba.
      El rey caviló durante unos instantes.
      -Pero quiero mantener tu mente clara y en condiciones para la tortura; no puedo emplear en ti el detector de pensamientos para arrancarte tus secretos. No; la tortura del cuerpo, de los músculos, de la carne, te inducirá a decir las palabras que tu lengua no quiere pronunciar. ¡Cogedle, guardias! ¡A la cámara de torturas políticas con él!  Pero no tratéis con rudeza a la muchacha; su hermosura me fascina. He de guardarla intacta, como se conserva un curioso tesoro. ¡La deseo para mi!

Continuará... (je, je)

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