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En
el año 1119 se inició por vez primera la construcción de aquello
que siglos más tarde aún continuaría siendo recordada como la más
excepcional de las labores confeccionadas por la cristiandad en el
pleno apogeo de la presencia católica en Europa y Tierra Santa; la
construcción de la Orden del
Temple.
Si
bien es cierto que en sus comienzos no existía una idea clara de
aquello en lo que se convertiría esta “policía de caminos”, si
es igual de acertado afirmar que sus principales y
“desinteresados” fundadores organizaron una jerarquía estratégica
de una rectitud y obediencia intachables y una servidumbre autónoma
que, resulta innegable, aspiraba a más altas posiciones en la
sociedad de la época. La Orden del Temple se formó, como ya hemos
dicho, como un grupo que tomó bajo su responsabilidad la defensa
del peregrino que, en aquellos días, acudía a Jerusalén para
venerar los santos lugares. En aquel tiempo, un peregrino o un grupo
de peregrinos que atravesase aquellas difíciles tierras infestadas
de ladrones, bandidos y “enemigos de la cristiandad” era presa
garantizada para estos y era seguro que sería despojado de sus
pertenencias en el mejor de los casos. Por este motivo, un al
principio reducido número de nobles, juró profesión de
servidumbre y votos de caridad
al clero y al Patriarca de Jerusalén para proteger los
caminos ante semejantes hostilidades. Dado que su entrega y
consagración era para con Dios, esta pequeña formación
“policial” adoptó costumbres y normas de conducta seglares que
los identificaba con la forma de vida monástica. Fue por este
motivo que estos nobles caballeros empezaron a ser conocidos como
monjes guerreros, puesto que su preparación militar era tan
perfecta y perfilada como su completa entrega a las doctrinas eclesiásticas
y la vida seglar. De entre estos primeros fundadores de lo que ya se
vislumbraba como futura Orden del Temple se destacaban con
diferencia los nombres de Hugo du Payens y Godfred du
Saint Omer, los cuales tomaron el grupo bajo su mando y
utilizando unas inteligentes tácticas políticas consiguieron ya en
el año 1120 el derecho a la protección del palacio del rey Balduino,
(el cual había trasladado su residencia por motivos de seguridad),
convirtiéndose pues éste en la sede oficial de la incipiente orden
y proporcionándoles a su vez el título de caballeros del templo o Templarios.
Pero
no es hasta unos años más tarde que iba a reconocerse como oficial
la Orden del Temple. El 14 de Enero de 1128 se celebra el Concilio
de Troyes, en el cual se autoriza y reconoce la existencia de la
orden y sus funciones, reglándose de forma pertinente todo lo
relativo a esta. Años más tarde, también se reglarían otras
funciones templarias,
tales como su jerarquía y designación, obediencia y perpetración
ceremonial. De esta forma, la orden pasa a ser una exclusividad del papado y adquiere una autonomía que la convierte casi en
“intocable”. Empieza a unirse a la orden un alto número de
nobles que adoptan los antiguos votos de pobreza, castidad, penurias
y fe y que aceptan de sumo agrado el sacrificio de integridad y
servidumbre que exigía la firme vida de los caballeros.
Entre
1129 y 1130, la orden ya estaba establecida en Tierra Santa y era
indudable que su poder crecía como la espuma, aunque aún quedaba
muy lejos todavía el absoluto control sobre la mayor parte de la
economía europea y de cómo eso promovió su declive y su proceso
de desintegración. La realidad templaria
era ya un hecho y esto se podía comprobar en la forma de vida que
los monjes guerreros propugnaban. Sus vestiduras, que hoy asumimos
tan normales, fueron una revolución en la época debido a que no se
ajustaban a los cánones establecidos hasta el momento. Manteniendo
la simplicidad del monje, incluían en su atavío ciertas
connotaciones de diseño que inspiraban el alma guerrera unida con
la del alma divina, impregnándose de esta forma de un halo de
misticismo que todavía les alejaba más del resto de la sociedad y
les convertía en personajes misteriosos para sus coetáneos. Una
cota de malla que les ceñía casi por entero, tocada por una túnica
blanca (símbolo de la más alta espiritualidad en el cristianismo)
sobre la que se añadía una coraza y sobre la cual, a su vez, aún
se cubrían con un largo manto blanco, era la representación del caballero
del temple. Sobre este manto o capa se perfilaba una cruz roja
(símbolo de la disponibilidad de derramar su sangre por el honor)
que les había sido concedida por el papa Inocencio.
Su espada, la maza, el yelmo, el escudo y un cuenco para los
alimentos eran el resto de sus posesiones, las cuales eran
suficientes para un caballero que consagraba su vida al servicio de
Dios y de la fe. Después estaban las ordenes secundarias que vestían
de forma más elemental, pero no por ello más desvirtuadas, los
escuderos, oficiantes y criados debían llevar también una forma de
vida honorable y portar una indumentaria correcta para poder servir
a los impolutos caballeros.
Conforme
fue acrecentándose su poder también fueron recibiendo más
privilegios por parte del clero. Los “intocables”
estaban relevados de cualquier voto de obediencia que no fuera el papado, lo cual irritaba sobremanera al mundo monárquico que temía
que estos caballeros, los cuales pertenecían a familias de la
nobleza, pudieran rebelarse contra la realeza sin sufrir ningún
tipo de represalia por ello. La llamada Omne
datus optimun,
protegía a los templarios
y obviamente les proporcionaba un “status” incomparable que hizo
despertar los recelos y las envidias de media europa. Gracias a esta
inmunidad podían, por ejemplo, construir y edificar entre otras
cosas. La arquitectura templaria es excepcional. Basada en formas geométricas heredadas de
la cultura cabalística hebrea, todavía hoy se puede admirar muchas
de sus obras que se extienden a lo largo de toda Europa,
especialmente en la zona sur de Francia
(el Lenguadoc) y en
Cataluña. Gracias a esta inmunidad también fueron los precursores
de la economía mundial tal y como hoy la conocemos. Esta forma de
trabajo económica (asumida de manera extraordinaria también por
los Teutones), hizo de la Orden del Temple la más acaudalada de la
cristiandad, poseían tierras en toda Europa y Jerusalén, mantenían
rentas superiores a los cuarenta millones de francos anuales y la
gran mayoría de los terratenientes, reyes y nobles de Europa les
debían enormes cantidades de dinero. Un ejemplo de todo esto fue el
de Felipe IV, que para
saldar sus deudas con ellos les otorgó aún más privilegios que
les hacían todavía más fuertes. Se podría decir que los
templarios empezaron siendo nobles protectores del caminante
cristiano y acabaron siendo los “banqueros” de la cristiana edad
media. Muchos reyes y nobles depositaban sus bienes y poderes económicos
en manos de los templarios
para que estos salvaguardasen su patrimonio, estos a su vez
utilizaban estos bienes para extender cartas de crédito a otros
reyes o nobles y ofrecer adelantos a cuenta sobre los futuros
tributos. De esta forma el movimiento económico crecía
constantemente y el poder templario se extendía multiplicándose
inconmensurablemente. Si a todo esto le sumamos que les estaba
permitido adquirir cualquier tipo de propiedad, siempre que no se
hiciera a título personal si no a nombre de la orden,
comprenderemos el porqué del empeño puesto por algunos por
desacreditarles y hacerles participes de toda suerte de atentados
contra la moral cristiana y herejías varias.
En
el año 1299 los mongoles declararon la guerra al Islam.
Este hecho incitó a la orden a inmiscuirse uniéndose a las tropas tártaras que luchaban contra los musulmanes. La razón no era otra
que conquistar los territorios ocupados por estos últimos y llevar
el cristianismo a toda Asia, dominada por el imperio musulmán en su
mayoría. Las guerras se sucedían continuamente de forma cruel y
violenta y las hordas tártaras,
con el apoyo de los templarios,
consiguieron victorias indiscutibles que podrían haber ayudado a
elevar el consiguiente poder de la cruz a la más alta cima. No fue
así, los constantes conflictos políticos internos que emergían
dentro del continente europeo parecían ser más importantes para occidente que la conquista
y extensión hacia nuevos territorios. Los ataques musulmanes en
Tierra Santa eran frecuentes y la orden no tuvo más remedio que ir
cediendo terreno en Jerusalén. En 1304, después de duras batallas
y bajo la tutela del gran maestre Jacques
du Molay, los templarios,
al no recibir ayuda de Occidente, dieron por perdido Oriente y se
retiraron concentrando sus tropas en Chipre
e intentando reorganizar la orden en este lugar.
Llegaron
los tiempos difíciles, los enemigos ocultos de la Orden del Temple
comenzaron su maniobra de desprestigio y descrédito que no pretendía
otra cosa que su absoluta aniquilación. Los recelos escondidos
durante años salían a la luz desde cualquier rincón y pronto, los
antaño temidos y respetados monjes guerreros y defensores de la fe,
empezaron a ser víctimas
de acusaciones y calumnias. El temor a que personajes con semejante
poder económico y militar se asentaran definitivamente en Europa
creando una nueva realeza, como pasó con los caballeros Teutones
en Prusia, reavivó las
viejas heridas que comenzaron a manar indefectiblemente. Pronto, los
templarios serían vistos como herejes y enemigos de Cristo.
“...Hemos
sabido que los hermanos de la milicia del Temple, ocultos lobos bajo
piel de corderos, utilizando el hábito de la orden, insultan de
forma miserable nuestra fe, crucifican de nuevo a Nuestro Señor
Jesucristo y le colman de injurias
más graves que las que padeció en su cruz.../// Esta gente
inmunda renuncia a la fuente de vida, sustituyendo la gloria de Dios
por la estatua del becerro de oro...”. Este es un extracto de
lo que se llamó oficialmente la orden de persecución y arresto de
los caballeros del Temple,
a través de la cual comenzarían los procesos inquisitoriales para
destruirlos por completo. Influenciado por diferentes nobles, en
especial por Easquiu du Floyràn, el rey de Francia, Felipe IV (que tantos favores había concedido a la orden), se reunió
con el papa Clemente V,
con la intención de convencerle de la maldad, adoración hacia los
dioses paganos y traición por parte de los templarios.
La suerte estaba echada, el 13 de Octubre de 1307 se iniciaba la
persecución y arresto de los antiguos caballeros de la Orden del
Temple. Los bienes materiales pasaron a disposición del rey y del papado, la gran torre del temple de París fue requisada y comenzó
el doloroso proceso de unos hombres que estupefactos, no podían
creer que sus antiguos protectores fuesen ahora sus verdugos.
Enfrentamientos entre el papado
y el rey, torturas inquisitoriales, intentos de salvación por una
parte del clero, más enfrentamientos en el seno papal, acusaciones
por otra parte del clero... Al final, en la recién estrenada
primavera de 1314, Jacques du Molay y tres miembros de la alta jerarquía templaria
fueron acusados de herejes y quemados vivos en París. La gloriosa
Orden del Temple había tocado a su fin. Algunos caballeros fueron
acogidos en Prusia por la orden Teutónica, otros escaparon a Inglaterra y entraron al servicio de
altos nobles jerárquicos que los acogieron bajo su techo y los más
desafortunados, cayeron en la más absoluta de las miserias. Triste
final para aquellos que, un día, tuvieron el destino del mundo en
la palma de su mano. |