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En
el interior de la capilla del Duomo, en la catedral de la ciudad
Italiana de Turín, alzada con la única intención de preponderar
el poder cristiano en una época difícil para la iglesia
hacia el año 1694, se halla un fragmento de tela de lino que recibe
veneración y devoción por parte de la fe católica. La citada tela
recibe el nombre de Sindone o Sábana Santa. Con unas medidas
de 4,39 metros de largo por 1,15 de ancho es probablemente una de
las reliquias más apreciadas por el mundo cristiano, y también más
discutidas. Otros cuarenta y dos fragmentos de lino conservados en
diversos lugares de la Cristiandad son también venerados por
fervientes cristianos como los auténticos sudarios que envolvieron
el cuerpo de Cristo después de su muerte y que fueron los únicos
testigos y prueba física de su resurrección y aún más, de su
existencia terrena; no olvidemos que a diferencia de Buda o Mahoma,
la figura de Jesús de Nazareth y la del Cristo se entremezclan en
una disensión histórica de documentos inconexos entre sí y
tradiciones orales de la más variada índole, añadiéndole para más
INRI (valga la expresión) la inexistencia de los restos mortales
del Mesías, lo cual imposibilita el estudio histórico o arqueológico
de la cuestión, pero desde luego, abre la puerta a la investigación
filosófica y teológica del tema.

¿Que
hace pues tan especial a la Sindone o Sábana de Turín?. Sin
duda alguna las pruebas históricas que la rodean indirectamente,
los acontecimientos acaecidos a lo largo de siglos en relación con
este lienzo y que han llevado a la iglesia a mantener duras luchas
de poder a través de los siglos para mantener esta reliquia a salvo
y en manos católicas.
El
sólo pensamiento de que un pedazo de tela pueda sobrevivir al
tiempo, a las duras condiciones climáticas, las epidemias tan
abundantes en la época medieval y los continuos enfrentamientos bélicos
a lo largo de los siglos sin corromperse, resulta para una mente
mecanicista y científica prácticamente imposible después de la
escalofriante fecha de dos mil años. Por otra parte resultan
sorprendentes los estudios exhaustivos y científicos de la sábana
que aún no han conseguido cifrar una fecha y procedencia exacta, si
bien se descubrió en el año 1988, cuando el Vaticano permitió una
investigación a fondo con la famosa prueba del carbono 14, que el
origen podría ser medieval y muy posterior a la muerte del Cristo.
El Vaticano no se decantó hacia ninguna explicación para
desmentirlo, pero en la actualidad sigue aceptando la reliquia como
una prueba de la pasión y el sufrimiento que representa seguir el
camino de Dios. También hay que recordar respecto a esto, que el
Vaticano nunca ha estado totalmente de acuerdo con el uso y exposición
que se hace del sudario y que, a pesar de lo que representa en sí
el santo sudario, ha intentado desmitificarlo en varias ocasiones,
coincidiendo siempre, curiosamente, con cambios políticos y
de poder internos en el seno de la iglesia.
La
primeros literatos cristianos no hacen referencia en ningún caso a
la existencia de algún tipo de fragmento de lino venerado como
santa reliquia, y eso que las iglesias de occidente eran muy dadas a
mantener vivas las tradiciones a través de estos pseudoicónos o
reliquias que veneraban como instrumentos de conexión directa con
la divinidad. En Marcos 15,46 y Mateo 27,59 nos encontramos la
alusión más directa al lino que José de Arimatea compra para
envolver el cuerpo de Jesús, mientras que en Juan 19,40 (según los
exegetas el evangelio más fiable) tan sólo se habla de la
envoltura del cuerpo con vendas y especias como era costumbre en la
Palestina del año 30 de nuestra era entre los judíos. Estas vendas
no tenían porqué ser necesariamente de lino, dado que la muerte
para los judíos era un estado de corrupción y ciertas telas y
vestidos se reservaban para menesteres más alegres, como bodas o
sacrificios directos a Yaweh en el Atrio. De todas maneras, tratándose
de un personaje de tal influencia en la vida de aquellas gentes y
dado que al día siguiente era Sábado de Pascua y no les dio tiempo
a ungir el cadáver como ordenaba la tradición debido a las prisas
con las que los sacerdotes habían organizado toda aquella
pantomima, es una posibilidad remota, dado el carácter de los judíos
de la época, pero no descabellada, que se envolviese el cuerpo con
un lino para poder ungirlo correctamente cuando fuera menester.
Lo
cierto es que transcurrieron varios siglos antes de que se hablase
de alguna forma más o menos clara sobre la existencia de esta
reliquia, y aún así sólo encontramos algunos documentos históricos
que hacen una referencia vaga a el tema y que fueron recuperados de
tradiciones orales que probablemente se distorsionaron con el tiempo
(tengamos en cuenta que, a diferencia del Islam, el Budismo o el Taoísmo
entre otras, la tradición cristiana se vio entremezclada y
enriquecida, debido a su expansión, con culturas de la más diversa
índole, que aportaron su visión paganizada a las enseñanzas
claras y sencillas de Jesús, creando una simbiosis que en muchos
casos tiende a contradecirse a sí misma aunque, desde un punto de
vista antropológico, aporta un lirismo extraordinario a la cultura
tradicional cristiana). La evidencia, por decirlo así, más directa
aparece por primera vez en un documento del siglo IV donde el
historiador Nicéforo Callisto atestigua que la emperatriz Pulqueris
o Pulqueria (399 a 453 D.C) realizó una entrega a la basílica de
Santa María de Blackernas (Constantinopla) de unos fragmentos de
lino que eran considerados una santa reliquia. El historiador
Eusebio asegura que Elena, madre del emperador Constantino, hizo una
selección de reliquias durante el descubrimiento por parte de este
del Santo Sepulcro y las trasladó a Constantinopla. Aunque el autor
omite referencias a algún tipo de sudario, santo o no, se baraja la
hipótesis de que este fuera entre los efectos recopilados. San Juan
Damasceno se refiere en ciertos escritos, aunque de manera remota, a
sudarios de lino venerados por la Cristiandad entre los siglos VII y
VIII. Soermudarson menciona más claramente la sábana hacia el año
1156 en la catedral de Sofía. William de Tyre atestigua la
presencia de cierto sudario que pudo pertenecer a Cristo entre los
tesoros del emperador Commemus. Nicolás Mesarites dice haber
contemplado con sus propios ojos la sábana que asegura sagrada en
una iglesia Bizantina, y asegura que: "...todavía exhala el
olor de los aceites y ungüentos de la unción..." Ricardo
de Cluny, el emperador Baldovino o Roberto de Clari (cronista de la
cuarta cruzada y apresado en Constantinopla) aseguran haber visto y
tocado la santa reliquia y que esta era la imagen perfecta del
cuerpo de Cristo. En la Biblioteca Nacional de París existe un
documento fechado en 1349 en el que podemos interpretar como
Geoffrey de Charny, conde de Charny y Lord de Lirey obtuvo como
premio por sus servicios al rey Felipe de Valois una serie de
reliquias entre las cuales se encontraba la Sindome, el cual edificó
una iglesia en la que exponer tan incalculable tesoro. Es curioso
como las fechas de la entrega del sudario coinciden con la destrucción
de la catedral de Besançon, donde se asegura según el obispo
Amadeo que la santa reliquia fue llevada allí por el
religioso padre de Otto de la Roche en 1206, donde se expuso
el sudario durante años hasta que un incendio destruyó la
catedral, curiosamente en 1349.
Pedro
de Arcis, obispo de Troyes, pasó gran parte de su tiempo intentando
demostrar la falsedad del dicho sudario, probablemente movido por
los celos que le causaron el hecho de que Geoffrey de Charny se
saltase su autoridad y tratase directamente con el Sumo Pontífice
de Avignon quien permitió a este edificar la iglesia de Lirey para
exponer el sudario en 1353. Durante años estuvo luchando Arcis,
hasta que en 1389 removió cielo y tierra amenazando a los clérigos
con la excomunión si no se retiraba el sudario. La ira del conde se
dejó sentir acallando al obispo con un deseo expreso del rey de
Francia al Papa en el que manifestaba su intención de mantener el
sudario como estaba. Ni aún así se rindió Pedro de Arcis e
investigó por su propia cuenta la autenticidad del sudario, enviándo
un memorándum al Papa en el que aportaba pruebas físicas e históricas
de la falsedad de la reliquia, asegurando que ya Enrique de Poitiers
había descubierto el engaño treinta y cuatro años antes, cuando
informó de sus investigaciones afirmando que se trataba tan sólo
de una pintura hecha con muy buen arte para sustituirla por aquella
otra dañada y probablemente celosamente guardada por los
monjes después del incendio de Besançon.
Toda
esta problemática obligaba a tomar una determinación respecto al
sudario. El rey de Francia retiró su apoyo en agosto de 1389
obligando a sumir en total silencio el tema, aunque unos meses más
tarde, en el verano de 1390 el Papa Supremo Clemente VII exigió al
obispo de Troyes que se volviese a exponer la sábana alabandolo en
una suerte de adulaciones místicas y bajo pena de excomunión a
quien no acatara esta decisión.
No
se sabe si con intención de protegerla o por otro motivo fue
entregada en custodia por los canónigos de Lirey al conde Humberto
de la Roche, hasta que después de muchos enfrentamientos con la
viuda de este en 1443, fue entregada por un descendiente de los
Charny (concretamente el último de los descendientes) a la corte de
Luis I de Saboya. El papa Sixto IV facilitó su permiso a Luis I
para edificar una capilla donde custodiar la Sindome en Chambery.
Pasó por Bélgica donde se pintó un cuadro en relación al tema, y
regresó a Chambery donde en Diciembre de 1532 fue dañada, una vez
más, en un desafortunado incendio que destruyó por completo la
capilla. Al parecer, se salvó de milagro cuando se forzó la urna
de plata que la contenía y se sacó de allí a la máxima
velocidad. En 1572 se trasladó definitivamente a la iglesia de Turín,
donde permanece hasta el momento.
Como
podemos comprobar con todo este puré de guisantes histórico, no
existe, salvo la prueba realizada esta década con el carbono 14,
ninguna corroboración en cuanto a la autenticidad de la Sindone.
La falta de rigidez histórica de más de mil años hasta Nicolás
Mesarites no hace sino confundir más que aclara dudas. Los
documentos anteriores sólo demuestran a varias telas diferentes que
se veneraban como auténticas en Constantinopla, y en muchos casos
falta información incluso hacia quien hacían referencia. La única
conexión se encuentra en la tela conservada Lirey, aunque de ser
cierta su autenticidad, debería ser la misma que la de Besançon, y
por tanto la conservada en Turín. Por otra parta está la prueba
que la autentifíca como una creación medieval, pero, de ser así,
nos encontraríamos ante otro misterio incluso más apasionante que
el de la sábana en cuestión, ¿existían fotógrafos en la edad
media?, las pruebas fotográficas de que el sudario es un negativo
están a la orden del día, la perfección de estos es dominada y
conocida por cualquier fotógrafo que se precie, esto nos lleva a
preguntarnos, una vez más, cual es el verdadero misterio que
perseguimos, ¿la imagen de Cristo impresa en una sábana o el
misterio del conocimiento humano?, pensemos un momento, ¿no sería
maravilloso que en plena edad media alguien hubiese sido capaz de
plasmar una pseudotecnología duradera y avanzada, aunque
incomprendida por sus coetáneos?. Ahí queda eso, quizá tratemos
el tema más adelante, pero ahora en pleno Jubileo 2000 y durante
los tres meses de su exposición respetaremos esa imagen sagrada que
nos recuerda que una vez, hace mucho tiempo, alguien sobrepuso la
caridad a la cantidad, ya me entienden.
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