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| Estreno: 28 de marzo de 2002 |
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Alegato
antibélico que no envejece
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En versión
restaurada, con 49 minutos más, llega Apocalypse Now Redux, de
Francis Ford Coppola.
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Autor: Pablo O.
Scholz
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Hubo una Apocalypse Now, la que conocimos en la
Semana Santa de 1979, pero ésta es otra. Sigue siendo el alegato
antibélico por antonomasia de entonces, pero los 49 minutos que Francis
Ford Coppola restauró y agregó a esta edición con su amigo el montajista
Walter Murch le cambian en más de un sentido la dramaticidad de su
historia.
Que sigue siendo la misma, pero con implicancias
políticas más claras y mejor resueltas. El capitán Willard, abandonado en
Saigón, tiene una misión en plena guerra de Vietnam: rastrear y asesinar
al coronel Walter E. Kurtz, quien estaría enajenado y habría erigido un
propio reino en la selva de Camboya. No hay sólo nuevas escenas, algunas
sólo complementarias (desde aquí, recomendamos al lector que quiera
sorprenderse como espectador que deje de leer), como las que muestran a
Kilgore (Robert Duvall) buscando en la selva a Willard (Martin Sheen) o el
encuentro sexual con las conejitas de Playboy.
Donde el
costado político aflora es en la secuencia de la plantación francesa,
última parada que Willard y sus hombres hacen antes de llegar al refugio
de Kurtz. Los diálogos y las escenas entre los personajes de Sheen y
Aurore Clement cambian a Willard tanto como al espectador.
Coppola
no estrenó esta versión en su momento no sólo porque su duración era
inapropiada para lo que entonces era considerada una película de
guerra. Tenía que lograr que el público fuera a verla, luego de casi
quebrar su estudio Zoetrope. Y si bien las heridas de la guerra para sus
compatriotas no han cerrado, su visión se mantiene más abarcadora, y sus
temas —principalmente, la explotación humana en todas sus formas; la
desintegración del hombre; la sinrazón de la guerra— tienen la misma
fuerza que dos décadas atrás.
Eso hace que Apocalypse Now
sea un clásico, no envejezca, golpee sistemáticamente nuestra mente y
nuestro corazón. La dantesca escena de las walkirias, "el olor a napalm"
que tanto le gusta a Kilgore, la apertura en la habitación de Willard con
The End, de The Doors, todo sigue cumpliendo su efecto. Y el olor a
victoria cinematográfica, más que nunca.
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