JOSE ALFONSO

 

Llegó a Ciudadela pocos años después de su fundación, y teniendo aún fresca en sus pupilas la imagen amada de su tierra natal, aquella su aldea pequeña y pintoresca de la alegre Andalucía. Había llegado a América como tantos compatriotas suyos, con muy pocas pesetas y muchísimas ilusiones, que, dejando sus seres más queridos, embarcaron hacia estas tierras con el solo deseo de formar un hogar y vivir en paz con su trabajo.

Los primeros tiempos de aclimatación fueron duros, pues el cambio de ambiente fué total, la gran aldea que era Buenos Aires distaba mucho de su tranquilo pueblo de Tharsis que había dejado en su inolvidable España.

 

Ala par que Alonso en varios menesteres consigue el sustento para su ya numerosa familia, todas las noches al regreso de sus tareas - y cuando el silencio cubre con melancólico manto los pocos habitantes del pueblo que comienza a crecer, da rienda suelta, pluma en mano, a su mayor pasión espiritual - la literatura - y que ya desde muy joven sentía fluir por sus venas.  De esos momentos consigo mismo nace la idea de fundar un periódico y es así que el día 15 de Marzo del año 1923 bajo el nombre de CIUDADELA corporiza su idea y nuestro pueblo ya tiene su primer periódico local. .

 

Mas tarde con ese su amor permanente hacia los libros, funda también en compañía de otro entusiasta vecino, el Señor Constantino Sancho - eximio pintor de esa época - la Asociación Cultural y Biblioteca Popular Ciudadela, cuya acta de fundación data del año 1924, teniendo como principal motivo cultural, desarrollar la aficción a la lectura por medio de interesantes actos y conferencias.

 

Mantener el periódico le cuesta a José Alfonso muchas noches de desvelo y jornadas de sacrificio, hasta que un día, no pudiendo dirgirlo más, pero enamorado de su obra, lo traspasa gratuitamente a un gran amigo suyo y fiel colaborador Señor Eugenio Hijera que cumple brillantemente su misión hasta el día que lamentablemente lo sorprende la muerte.

 

Luego con más tiempo se dedica de lleno a su producción literaria - modesta si - pero basada en una fiel dedicación a las letras escribiendo uno de sus primeros «hijos espirituales » como el llama a sus libros que edita bajo el título de FLOR DEL YERMO, del cual recibe elogiosos comentarios de la crítica en la pluma de grandes escritores como lo son Ricardo del Campo, Enrique de Gandia - y los españoles Concha Espina y Azorín.  Prácticamente nunca dejó de escribir en sus ratos libres y es así como aparecen a pequeños intervalos EL HUERTO PERDIDO, LA PRISIONERA DE NAAMAR AGUA MANSA, LANCES DE GUERRA Y AMOR, BREVARIO DE HISTORIA DE ESPAÑA, etc.

 

Pasan los años y al comprobar el poco amor de la juventud hacia las cosas del espíritu, se propone organizar un gran Certamen Artístico - y Literario, y es nuestra Institución campo propicio para ello y bajo su dirección se lleva a cabo el primer Certamen en el año 1942, siendo hasta la fecha continuada la obra con el mismo éxito de su comienzo, teniendo a Don Alfonso como padre tutelar del mismo.

 

Si a la tierra que lo recibió con los brazos abiertos, le pagó su agradecimiento formando un modesto pero honorable hogar que pobló de hijos y nietos argentinos, José Alfonso en su interior creía estar en deuda con el pueblo de Ciudadela que tan cordialmente lo había cobijado, y no encontró mejor forma de pagar su "deuda" que abocarse a la silenciosa pera agotadora tarea de hacer un ensayo histórico del mismo y desde ese día no tuvo descanso, recopilando apuntes en las fuentes más inverosímiles, consultando bibliotecas oficiales y particulares, pasó horas enteras leyendo viejos documentos en busca del dato preciso o la fecha exacta, como también con paciencia franciscano oír antiguos relatos de viejos pobladores de la zona.

 

Y una tarde del año 1944 en la vieja Imprenta de Santa Cruz - hoy desaparecida - se terminó de imprimir lo que se había propuesto y que tituló MONOGRÁFIA DE CIUDADELA (Casi un siglo de Historia de un pueblo sin Historia) que aun hoy a pesar de los años es el documento más valioso como medio de consulta.

 


Hace pocos años cumple el sueño dorado de todo inmigrante y retorna en viaje de placer a su querida tierra natal, vive en esa aventura momentos inolvidables que a su regreso condensa en otro interesante libro titulado ESTAMPA SENTIMENTAL DEL RETORNO.

 

En la actualidad, con muchos años sobre sus hombros y ya blancos sus cabellos, cuando otros plácidamente sentados en un sillón, contemplan el inexorable transcurrir del tiempo, Alfonso, sin darse descanso, escribe otro libro que titula ALMAS ANONIMAS y que es una sincera autobiografía de su modesta existencia (como deja aclarado) y que está dedicado a sus hijos y nietos.

 

Hoy firme a su inquebrantable amor a los libros es común verlo en la biblioteca de nuestra Institución en calidad de bibliotecario actualizando un catálogo o acomodando sus libros, que más que ponerlos en orden, pareciera que al tocarlos los estuviera acariciando, corno si fuera la rubia cabecita de uno de sus nietos.

 

Es esta una somera semblanza de un autor casi anónimo en el concierto de las grandes personalidades literarias del país, pero que impulsado por su amor a las letras mantiene viva en su espíritu, la llama de su vocación y que tantas satisfacciones personales le dio.

 

Y hoy José Alfonso, pese a su avanzada edad, puede estar seguro que su pequeña obra - como él suele decir - no ha sido en vano y prueba elocuente de ello es esta oportunidad en que luego de tantos años de haber escrito su MONOGRAFIA DE CIUDADELA nuevamente sale a la luz pública, para con ella poder rendir homenaje al pueblo de CIUDADELA en el CINCUENTENARIO DE SU FUNDACION.

 

ARNALDO PANIZO

                                                                     Diciembre de 1960.

 

 

 

 

Con este trabajo, formado por breves mosaicos, no pretendo haber realizado un resúmen completo, que solamente cabría esperar' de la competencia del historiador, pero creo honestamente haber contribuido con mi modesto aporte, a la labor de quienes se propongan, en el futuro, realizar una obra de mayores alcances.

 

ACLARACION DEL AUTOR

 


MONOGRAFIA DE CIUDADELA

 

San José de FIores

 

Todas las tierras, sobre las que se ha formado la actual Villa de Ciudadela, pertenecieron al antiguo Partido de San José de Flores, que abarcaba desde, el barrio de Almagro, en la Capital Federal, hasta los confines de los pueblos de Matanza, Ramos Mejía y San Martín, cuyos límites fijó definitivamente la ley general N" 422, por la que se creó el Partido de General San Martín y otros.

Desaparecido el Partido de Flores, al ser federalizada la capital de la República, por las leyes de 1880 y 1887, quedó, comprendido en su mayor parte, en el territorio de la misma, con la sola excepción de una pequeña parte de su antiguo ejido que, por quedar dentro de los nuevos límites de la Provincia, fué adjudicada a San Martín, por decreto del Gobernador Máximo Paz, de fecha 11 de Febrero de 1888.

 

Villa Liniers

 

El primitivo nombre, con que fué conocida la naciente población que surgió de las antiguas quintas fué el de Villa Liniers, ya que ella no era por entonces, ni lo fué por mucho tiempo, sino una extensión del pueblo de este nombre, sin límites divisorios, que sólo fueron establecidos de hecho, al quedar esta parte, separada y dentro de la demarcación provincial, a partir de 1880.

El nombre de Liniers consagra el recuerdo del ilustre soldado de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, a cuyas heroicas andanzas no fueron ajenas estas tierras, ya que según añejas referencias, fué principalmente, en esta parte de la campaña, donde reclutó hombres, caballos y recursos para reorganizar sus dispersas fuerzas, luego de los desgraciados episodios de Perdriel y de los Corrales de Miserere.

Existe, asimismo, una versión, recogida de labios de antiguos pobladores, ya desaparecidos, según la cual aquí estuvo también la humilde vivienda en la que el futuro Virrey y Conde de Buenos Aires, halló refugio, a raíz de su revés frente a los invasores que, por segunda vez, pretendían enarbolar su bandera en la Plaza Mayor.  Se cuenta que era una casita que existió, hasta hace algunos años, en las proximidades del Arroyo Maldonado, en el lugar en que hoy se juntan las calles de Gaona y Reconquista, la que se conocía con el nombre de "Rancho de Castro" por vivir allí un cochero de este apellido.

Sea cual fuere la veracidad de estas referencias históricas, el primitivo nombre de Villa Liniers ha sido conservado hasta mucho después de haber sido incorporadas estas tierras al Partido de San Martín.  Aún hoy mismo, bautizada oficialmente Ciudadela con su nombre actual, se distinguen con los nombres de "Villa Liniers Norte" y "Villa Liniers Este", dos de sus barrios extremos, separados antes por extensos baldíos y unidos hoy por una casi compacta edificación.

 

Los Primeros Pobladores

 

Por mucho tiempo, esta parte de las afueras de Buenos Aires, permaneció casi despoblada, no existiendo sino algunos ranchos y negocios de campo, distanciados entre sí, donde solían hallar reparo' y descanso las tropas de hacienda que, desde el

interior, se            dirigían al matadero de Los Corrales, hoy Parque Patricios.  Hacían su

camino por      la calle Real (hoy Gaona) y desde aquí a Los Corrales, las carretas invertían, de            tres a cuatro días, según el estado del tiempo y los caminos.

Al lado sud de la vía del ferrocarril y frente al lugar en que se halla la actual estación de Ciudadela, estaba la antigua posta donde paraban las galeras que transportaban a la Capital los viajeros y el correo de las provincias, ofreciendo una nota pintoresca los dos corpulentos ombúes que sombreaban la vieja casa, ya en ruinas.  En sus inmediaciones no existía ninguna otra vivienda, y todo eran potreros y yuyales, surcados por hondos caminos de tierra, bordeados de pantanos y lagunas.

En el alío 1865 llegó a Villa Liniers, procedente de Italia, el señor Bernardino Frione, que compró veinte cuadras de tierra, en las que levantó su casa y formó su quinta.  Por mucho tiempo, su almacén "De los gauchos" y el de Baldomero López, situados ambos sobre la antigua calle Real, fueron los únicos negocios que existieron en la parte Norte.  Unos años después, la quinta y el almacén de López, conocidos con el nombre de "La Baldomera" por haber quedado en poder de su viuda, pasó a ser propiedad del señor Antonio Garavano, que casó con aquélla y se radicó allí en 1874.

Al otro lado de la vía, y sobre los aledaños de la antigua Liniers, residían algunas familias, entre ellas la de los Weigel, que ocupaba la casa-quinta, construida en la antigua fracción de una legua cuadrada, cedida en 1850 por Don Juan Manuel de Rosas a Don Gustavo Weigel, en pago de honorarios por sus servicios al Estado, como ingeniero de minas.  Vivían en la vieja casa, su viuda Doña Paula Muñoz y su hija Paulina, teniendo por linderas las propiedades de los Bianchi y los Furst, constituida esta última por el antiguo chalet y el parque conocido con el nombre de "La Gironda".

Después de los Frione, entre los años 1868 y 1872, llegaron las familias de Don José Solari, Manuel Castro, Carlos Sambucetti, Nicolás Achával y otros, que levantaron sus casas en las inmediaciones.  La Casa de los Solari pasó luego a ser propie-dad de Santiago Podestá, primer delegado municipal y alcalde. Por su parte, el doctor Achával, que fué luego Ministro de Gobierno de la Provincia, edificó la suya en la parte alta de la loma, en que hoy están los Cuarteles, formando allí el hermoso parque, en el que sobresalían aquellos gigantescos eucaliptos, que fueron, por muchos años, una nota pintoresca del pueblo.

En los años siguientes, fueron llegando las familias de Felipe Trebino, Rocca, Parodi, Carretto, De Vincenzi, Fossa y otros, mientras al otro lado de la vía se radicaban las familias de Agustín Badaracco, Andrés Capurro y Juan Bautista Garavano, habiendo adquirido el primero, las tierras que pertenecían a los herederos del general Venancio Flores.

Pronto, aquella parte se cubrió también de quintas de verdura y alfalfares, desde las proximidades de Liniers hasta la Loma del Millón y la Avenida Tablada, donde se hallaba la vieja pulpería de Don Pedro Recalde.

 

El Colegio de las Hermanas

 

Por aquellos años fué erigida, sobre el mismo lugar en que cruza la Avenida General Paz y a cien metros al Norte de la vía de. ferrocarril, la Capilla y Colegio de la Sociedad Hijas del Divino Salvador, en terrenos del Partido de San José de Flores, donados en 1830 a la Santa Casa de Ejercicios, por Doña Mercedes Córdoba.  En un acto solemne, al que concurrieron muchas personas de la Capital y de los pueblos cercanos, fué levantada un Acta, que lleva la fecha del 30 de Setiembre de 1875, quedando inaugurados el Colegio y la Capilla, por el Arzobispo Metropolitano, Monseñor Federico Aneiros, y puestas bajo la advocación de San Cayetano de Tienne, segundo patrono de dicha comunidad religiosa.

Muy pronto acudieron a recibir educación en el Colegio de las Hermanas, numerosas pupilas y alumnos, hijos de familias de Flores y de Ramos Mejía, principalmente.

Las comunicaciones entre el Colegio y los pueblos inmediatos no eran fáciles en aquella época, pero en Marzo del año siguiente, debido a gestiones de la Comunidad ante el entonces Presidente del Directorio del ferrocarril, Don Antonio Cambaceres, se consiguió la instalación de un Apeadero frente al portón del Colegio, que facilitó desde entonces la llegada hasta el mismo, de las familias y de los alumnos.

Esto fue el origen de la actual estación de Liniers, que luego fué construida sobre un terreno de 22.500 varas cuadradas, que el Colegio consiguió, del vecino lindero Don Modesto Peralta y que permutó por terrenos propios.  El 15 de Marzo de 1876 comenzaron a parar, frente al viejo almacén "El Porvenir" los trenes números 3, 4, 9 y 12, dando principio así, al movimiento de la nueva estación.

La vida del Colegio se deslizó, por espacio de muchos años, en estrecha relación con los vecinos y primitivos pobladores de Villa Liniers, quienes acudían todos los domingos a oír misa en la modesta Capilla.  En el recuerdo de algunos de los viejos pobladores, que aún existen, se revive el espectáculo alegre y pintoresco de aquella caravana, que a pie, en sulkys, o a caballo, llegaba desde las más lejanas quintas, a oír la misa oficiada en la minúscula iglesia, en la que no había espacio suficiente para contener tantas personas.  De igual manera, se conserva aún con veneración el recuerdo de la "Madre Juana", mujer de dotes excepcionales, que regía la marcha del Colegio y cuya palabra y consejo, según nos cuentan, se escuchaban como emanados de los labios de una santa.

 

Otro cuadro que muchos recuerdan, es el del paseo de las monjas, que en los días plácidos del año, llevaban sus pupilas hasta una distancia de varias cuadras del Colegio, hasta sobrepasar a veces, los límites de lo que hoy es Ciudadela, caminando junto a la vía, despaciosamente, y volviendo al atardecer, luego de conversar con los quintetos que acudían al camino, a saludarlas, o se cruzaban con la infantil y bulliciosas caravana.

La pintoresca Capilla fué, puede decirse, la primera manifestación de vida religiosa, entre nuestros antiguos vecinos, no por modesta menos venerada, en aquellos tiempos y en aquella reducida colectividad formada, por una parte, por gentes cultas y pudientes y, por la otra, por sencillos y laboriosos trabajadores.

Declarados luego, de utilidad pública, por ley de 25 de Setiembre de 1904, los terrenos afectados por la Avenida Circunvalación (hoy General Paz), el Colegio fué trasladado a su nuevo edificio de la calle Cuzco, en Liniers, junto a la iglesia de San Cayetano.

 

El Cuartel 6º de San Martín

 

Con fecha 25 de Febrero de 1864 fué creado por Decreto del Gobernador Saavedra, el Partido de General San Martín, aunque la ciudad de este nombre, propiamente dicha, existía desde el año 1856, formando parte del Cuartel 7º del Partido de San Isidro.

El nuevo Partido abarcó una extensión de 99 kilómetros cuadrados y quedó dividido en seis cuarteles, correspondiendo a Ciudadela el último. Desde entonces, la antigua Villa Liniers tomó el nombre de "Cuartel :6º", especialmente para cuanto se relacionaba con la Municipalidad, como era el pago de impuestos, nombramiento de autoridades, formación de padrones electorales y demás manifestaciones derivadas de su dependencia de aquella Comuna.

Pese a su cambio de jurisdicción, ninguna manifestación ostensible de progreso edilicio llegó a Ciudadela en muchos años. Con la mayor parte de sus calles sin roturar, cubiertos de enormes pantanos los terrenos que no estaban convertidos en quintas; pocas perspectivas podía ofrecer a quienes hubiesen querido radicarse aquí con otro propósito que no fuese el de formar alguna nueva quinta o plantar un monte de árboles.

El Cuartel 6º, con su nombre oscuro y sin personalidad; más distante de San Martín que sus otras villas; vivió mucho tiempo en un abandono mayor que todas ellas, quedando librado en absoluto a la iniciativa particular de sus escasos habitantes.

Durante mucho tiempo aún, existieron junto al almacén de Frione, los antiguos corrales de palo a pique, para la hacienda, los que abarcaban desde la Avenida Italia hasta Gaona, donde los reseros armaban campamento y pasaban la noche, antes de continuar su marcha.

Todo esto tuvo, en fin, por muchos años todavía, el aspecto de un auténtico trozo de pampa.

 

La Epidemia de 1871

 

Una época de triste recordación para los antiguos habitantes, fué la de la aparición de la plaga de fiebre amarilla en 1871.

Por su distancia de Buenos Aires y de las poblaciones intermedias, fué elegido el lugar para la instalación de un vasto lazareto, que ocupó. el espacio comprendido por las manzanas de: Gaona, 25 de Mayo, Saavedra y Chacabuco.  Por algún tiempo, turbó la apacible vida del vecindario, la vista de los carros y carretas, que llegaban y salían del lazareto, llevando consigo centenares de enfermos, o retirando los que recuperaban la salud, así como los cadáveres, que recibían sepultura en los pueblos próximos. Pasada la epidemia, creció el número de quintas que cubrieron los baldíos, a un lado y otro de la línea férrea y atrajeron a la incipiente Villa Liniers, nuevos habitantes, llegando con ellos, las primeras manifestaciones de alguna importancia, del comercio y la industria.

 

El Ombú del Tesoro

 

Por esta fecha, habían tomado en arrendamiento los Trebino y su pariente Juan Romano, que había llegado algunos años después, una fracción de tierra, al margen de los rieles del ferrocarril, en la parte Sud, quedando comprendida en dicha fracción, la antigua posta, que ya no prestaba ningún servicio.

Los nuevos arrendatarios demolieron la vieja casona, cuyos rojos ladrillos eran del tamaño de grandes losas, y se dispusieron también a arrancar de cuajo los añosos ombúes, que habían presenciado el paso de las galeras durante un siglo.

El pico y la pala levantaron los cimientos y sacaron asimismo las profundas raíces, pero, ante la sorpresa de los quintetos, apareció entre la tierra, una vieja olla de barro, dentro de la cual se hallaron algunas onzas de oro y otras monedas antiguas, todas con la efigie de los reyes de España.

Puesto en conocimiento de las autoridades el extraño hallazgo, los afortunados quintetos llevaron el pequeño tesoro a la Capital, donde cambiaron las relucientes peluconas por la suma de 1.800 pesos, en que fué fijado su valor por el Banco.

 

La Vida Social y La Política

 

La vida de los primitivos pobladores consistía, para unos, en el trabajo de sus tierras y, para otros, en el cuidado de sus negocios, pero siendo solamente para los menos, una necesidad el trasladarse con alguna frecuencia a la Capital, permanecían constantemente en sus propiedades, viéndose y tratándose a diario.  Esto dió lugar a que, entre todas aquellas familias, se estableciese una excelente relación y amistad.

Tanto en las ocasiones en que celebraban sus fiestas y reuniones familiares, como en aquellas otras en que la enfermedad o la muerte, hacían su inevitable aparición, prestábanse mutua asistencia y compañía, sin que fuera obstáculo para ello la distancia que separaba algunas de sus casas.  Los mozos y mozas, mantenían entre sí la misma buena relación que sus padres y, más de un romántico idilio, terminado luego en feliz matrimonio, tuvo su origen en esta cordial convivencia.

En las épocas de elecciones, que se celebraban en la ciudad cabeza del Partido, desde que Villa Liniers fuera incorporada al Cuartel 6º y desligada de su antigua dependencia con San José de Flores, los varones de las familias nativas y los hijos de los extranjeros aquí radicados, acudían a votar a San Martín, siendo general la animación y el entusiasmo con que solían organizar sus caravanas de carruajes para trasladarse al comicio.

A pesar de la crudeza de las pasiones políticas de aquellos tiempos, sus ecos dramáticos no llegaron a Ciudadela y, aunque cada cual militaba en su propio partido, la buena amistad que a todos unía, no fué alterada por dicha circunstancia.

Afincados definitivamente, la mayor parte de los viejos vecinos, se interesaron en todo momento por el adelanto de la población y, a partir de entonces, sus nombres y los de sus hijos aparecen vinculados a todos sus altibajos y vicisitudes.  Encariñados con sus tierras, aquí formaron numerosas familias y aquí permanecieron muchos de ellos, hasta el fin de sus días.

 

El Macadam y el Ferrocarril

 

Por esa época, la línea del ferrocarril corría frente a las quintas, paralela al ancho camino de tierra que unía los pueblos de Flores y Floresta con los del Oeste, sin otras estaciones próximas que las de Ramos Mejía y de Morón.  La de Liniers no fué habilitada hasta 1876, como ya se ha dicho.

Partía el tren de la estación del Parque en la Capital (hoy Plaza Lavalle), parando en las estaciones de Once, Almagro, Flores y La Floresta, no existiendo otras dentro del radio que abarca hoy la Capital. La pequeña locomotora "La Porteña", que es hoy una reliquia del Museo de Luján, cruzaba varias veces al día, asustando con sus silbidos a las pacíficas vacas y caballos que pastaban cerca de la vía y despertando la curiosidad de los quintetos, que levantaban la vista para verla pasar.

Adquirido el ferrocarril por la actual empresa, luego de laboriosas gestiones basadas, según los argumentos de los interesados, en la situación favorable de que gozaba éste, por la franquicia que le dispensaba el gobierno, en perjuicio de, las otras empresas, de capital extranjero, se dictó la ley del 23 de Setiembre de 1889, por la que pasó a ser de propiedad de la sociedad que hoy lo explota, a partir de lo cual tomó un extraordinario impulso, pues la nueva empresa mejoró el material, trajo nuevas máquinas, más potentes, construyó nuevas estaciones, y extendió sus rieles hasta sobrepasar muy pronto los límites de la provincia.

Hasta 1888 no fué construido el camino de macadam, de Flores a Morón, obra ésta que contribuyó en mucho, a facilitar el tráfico comercial, que ya empezaba a tener algún movimiento.

 

"La Colombiana"

 

La primera manifestación de la industria en este pueblo, la constituyó la fábrica de almidones y chuño "La Colombiana", que el señor Ambrosio De Fazio levantó, en el año 1890, en la parte Sud, a poca distancia de la vía del ferrocarril y sobre amplios terrenos, que luego con el correr de los años, han sido convertidos en una barriada de alegres viviendas.

Sólo en un principio y ayudado, más tarde, por sus hijos; Lorenzo, Horacio, Ambrosio y Fortunato De Fazio y por su yerno, Don Alejandro Locci, que luego fuera socio de la firma, el señor De Fazio, llegó a extender sus relaciones comerciales a las principales ciudades de la República y los productos de su establecimiento alcanzaron, por su calidad, valiosos premios en diversas exposiciones, del país y del extranjero.

Esta fábrica y la destilería que, algunos años después levantaron los, Pini en los antiguos terrenos de Cervetto, en lo que hoy se conoce por Villa Pineral, fueron, por mucho tiempo, las únicas industrias establecidas en esta parte del deslinde con la Provincia.  Los nombres de Don Ambrosio De Fazio y de Don Angel Pini figuran, pues entre los de los primeros fabricantes de su rama, del país, y aparecen también en el Acta de fundación de la Unión Industrial Argentina, de fecha 7 de Febrero de 1887, según consta en la obra de D. Américo R. Guerrero "La Industria Argentina", recientemente publicada.

 

Los Cuarteles de Liniers

 

Hacia el año 1902 fueron terminadas las obras de los llamados "Cuarteles de Liniers", que fueron construidos en la parte alta de la loma, lindando con la antigua quinta de Achával, cubriendo también una parte de los terrenos de Cervetto, que por aquella fecha, se hallaban en posesión de Demetrio Pastorino.

Con materiales traídos en carretas y por ferrocarril hasta Liniers, ya que los ladrillos fueron fabricados sobre el mismo terreno, se levantó esta obra, la más importante de su índole en el país, por entonces.  El vasto edificio, con sus altas paredes de ladrillo, sus amplias dependencias, depósitos, parque, picadero, armería y amplio campo de ejercicios, fué destinado luego para acantonamiento de algunos cuerpos del Ejército nacional, entre ellos el Regimiento N9 2 del arma de Artillería, al mando del general de brigada, Don Rafael Aguirre, que bajó de Villa Mercedes, y el 4 de Caballería, procedente de Río Cuarto, que estaba por aquella fecha, a las órdenes del distinguido militar, Teniente Coronel Oddone.

Desde la habilitación del Cuartel, la vida del pueblo adquirió nuevo aspecto y una mayor animación, por el frecuente paso de las tropas por la calle Reconquista, adoquinada luego para facilitar principalmente el paso de los carros y los armones de la artillería.

Los jefes dé estos cuerpos, por sus obligaciones dentro del Cuartel y por estar separados de sus familias, vivieron desde un principio, en la mejor relación con los vecinos, siendo ellos y sus oficiales, los invitados de honor de todas las fiestas de carácter popular, realizadas por entonces en la villa.

 

La Explosión del polvorín

Había sido instalada, por aquella fecha, en terrenos del límite con Villa Sarmiento, la antigua fábrica de pólvora, conocida popularmente con el nombre de "El Polvorín", en las proximidades del "Almacén de la Rusa", negocio éste también de los más antiguos del pueblo.

Por algún tiempo, este establecimiento trabajó normalmente, ocupando un cierto número de obreros y empleados, pero en 1907, ocurrió allí una terrible explosión que derrumbó parte del edificio y ocasionó la muerte de diez o doce personas, así como muchos heridos y lesionados

El doloroso suceso causó una profunda impresión en el pacífico vecindario, que corrió inmediatamente a prestar socorro a las víctimas.  Unos, acudieron a retirar de entre los escombros, a los que yacían sin vida, mientras otros, entre ellos los hermanos De Fazio, que fueron los primeros en llegar, detuvieron el motor que aún marchaba, y sacaron en brazos, entre otros varios accidentados, al gerente de la fábrica, Don Luis Fontana y su capataz, que recibieron heridas y quemaduras.

Los soldados del Cuartel se hicieron presentes también, sin tardanza, y con baldes y con bolsas y mantas empapadas en agua, apagaron el incendio; prestaron socorro y asistencia a los heridos y retiraron los cadáveres.

La explosión del Polvorín, es recordada aún hoy, por muchos de aquellos viejos vecinos, como uno de los más tristes y dramáticos sucesos acaecidos en esta villa.

 

Fundación de Ciudadela

 

A mediados del año 1910 la firma Santamarina y Compañía adquirió,, entre las estaciones de Liniers y Ramos Mejía, 65 cuadras de tierra, dividida en cuatro fracciones, comprendidas en ellas las quintas de Frione, Trebino, Rocca y Collet, con destino a la formación de un pueblo, de acuerdo con la Ordenanza dictada, al efecto, con fecha 22 de Agosto de ese mismo año.

Loteados los terrenos, tuvo lugar el primer remate el 11 de Noviembre de 1910, con la presencia de un buen número de compradores, siendo el vecino señor Miguel Cortinas el dueño de4 primer boleto de compra. A partir de esa fecha, continuó activamente la venta de lotes, levantándose en poco tiempo numerosas viviendas, principalmente en la parte Norte, la que muy pronto cambió de aspecto, siendo entonces cuando surgió la actual Ciudadela.

Para valorizar los terrenos y facilitar su venta, la firma fundadora emprendió de inmediato, importantes obras de desagüe; relleno de pantanos, como el que cubría casi por completo la primitiva calle Segunda Rivadavia (hoy Avenida Italia); construcción de veredas y pasos de piedra, abriendo asimismo el cauce del Arroyo Maldonado y realizando trabajos de embellecimiento y utilidad, como el alumbrado y la plantación de árboles.

Secundado eficazmente por su administrador y socio señor Teodoro Laharrague y por su diligente colaborador, señor Vicente Farrace, que quedó al frente de la oficina de la firma, en la Villa, los señores Santamarina y, a su frente, Don Enrique Santamarina, que fué más tarde Vicepresidente de la República, llevaron a cabo aquí la obra de fundadores de pueblos, que antes y después realizaron en otros puntos de la Provincia, tales como Oriente, San Cayetano, Ramón Santamarina, Monte Grande y otros, dando cima, a la par de sus negocios, a una verdadera obra de progreso y patriotismo..

No obstante, como se dirá más adelante, no tuvieron para esta villa, la misma esplendidez que usaron en otros pueblos, donde realizaron, por su cuenta importantes obras edilicias y cedieron terrenos para plazas e iglesias, contribuyendo a su construcción con valiosos aportes.

El acontecimiento de la fundación del pueblo fué celebrado oficialmente el día 10 de Diciembre de 1910, coincidiendo con la inauguración de la estación del ferrocarril, habilitada también desde esa misma fecha.

 

Algo sobre el Nombre

 

En la opinión de muchos de los viejos vecinos, el nombre puesto a la Villa por sus fundadores, tuvo su origen en la presencia de los nuevos Cuarteles, con sus robustas paredes rojizas y sus edificios interiores, en los que estaban simuladas, almenas y torreones, característicos de las antiguas ciudadelas y fortalezas.

Para otro, Ciudadela tomó, sencillamente su nombre, de la localidad homónima, da la provincia de Tucumán, y no faltaron tampoco quienes lo derivaban de la antiquísima Ciudadela, de Menorca, (España), con la que tiene la nuestra la curiosa analogía de haber tenido también algo que ver con invasiones inglesas, que fueron la causa de su destrucción, luego de una larga resistencia, que la hizo célebre. Si Don Ramón Santamarina, padre de los fundadores, hubiera sido mallorquín y no gallego, cabría tal vez la hipótesis de que sus hijos pudieran haber tenido en cuenta esta reminiscencia histórica, al bautizar el nuevo pueblo, pero ella queda descartada, desde luego, por esa circunstancia.

Queda, pues, la versión aceptada por la empresa del ferrocarril como la única digna de tomarse en cuenta, y que figura en las últimas ediciones de su Guía Comercial, en la que se afirma que el nombre de Ciudadela se puso, en memoria del paraje fortificado por el            general San Martín, en 1814, en la provincia de Tucumán, de donde lo tomó también, la localidad que surgió más tarde en sus inmediaciones.

 

La Nueva Estación

 

Con la celebración de la fundación del pueblo, coincidió, como queda dicho, la inauguración de su estación ferroviaria.

Fué ésta, en un principio, un largo andén de madera y unas casillas, en las que

se instaló la boletería y la pequeña oficina del jefe, pero esta importante mejora influyó notablemente en su futuro progreso.

Valorizándose los terrenos en forma apreciable; aumentaron los compradores de lotes y, por todas partes, se levantaron casas y se establecieron negocios.  En las nuevas casas próximas a la estación, del lado Norte, estableció el vecino, señor Estévez un almacén de comestibles, y cerca de éste abrió Hernando la primera peluquería, mientras, a poca distancia, por la. calle 25 de Mayo establecieron los hermanos Barbieri su negocio de panadería. A continuación de éstos, fueron instalándose otros, tales como la chanchería de Schiappacase, en la calle Moreno; la zapatería de González y la carnicería de Ramos, llegando con Petray, la primera farmacia y con Ferrándis, el primer fotógrafo.

El nombre Ciudadela era como un señuelo que atraía tanto a los que veían en la adquisición de la tierra una perspectiva segura de futura especulación, como a aquellos a quienes sólo guiaba la ilusión de resolver el problema de la casa propia.

Corresponde decir también que el prestigio del nuevo pueblo fué tal, que a partir de entonces, no sólo los terrenos de Santimarina, sino todo el resto del antiguo Cuartel 6º, no se conoció ya con otro nombre que el de Ciudadela, a lo que contribuyó, indudablemente, la aparición del gran letrero puesto en el tablero de la nueva estación.

Ese primero de Diciembre de 1910 fué un día de regocijo y de fiesta general para el reducido vecindario, que acogió con ruidosa algazara y con música, la llegada del primer tren procedente de la estación Once, con el que llegaron, además de las autoridades y los altos empleados de la empresa, muchos de los vecinos, que se habían trasladado a la Capital de exprofeso, con el propósito de realizar ese primer viaje inaugural, que marcaba, por cierto, una etapa importantísima en el progreso de la villa.

La nueva estación quedó unida a la Capital por un servicio de 18 trenes diarios, más que suficientes por entonces, para las necesidades de la población.

 

El Primer 9 de julio

 

Las fiestas julias de 1911 marcan la fecha de la primera celebración de una fiesta patria en Ciudadela. Tal vez por ello, alcanzaron una importancia y un entusiasmo extraordinarios.

Coincidió la fecha, con la apertura del paso a nivel de la calle Nueve de Julio, la inauguración de la nueva cancha de fútbol y otros actos, que contribuyeron a darle realce y animación.  Primera fiesta de importancia, en la vida del pueblo, dio motivo a un verdadero acontecimiento.  De un libro de apuntes del antiguo vecino y primer jefe de la estación, don Clemente Corvi, tomamos los nombres de las personas que formaron la comisión organizadora, la que estuvo formada por los vecinos: Lorenzo Detchessarry, Miguel Cortinas, Ramón Dorrego, Vicente Farrace, Antonio Spelta, Julio Barthet, Eduardo Parran, Francisco Patrícola, Carlos Grisetti, Luis Alvarez Landa y Juan E. Lorenzo.  La de señoras la formaban, entre otras, Adela B. de Laharrague, Josefa M. de Porcel, señoras de Farrace, Cortinas, Dorrego, Spelta, Barthet, Detchessarry y señoritas: Elvira Barbieri, Manuela Dorrego y Rosa y Cesarina Raffi.

Esta fiesta y la que tuvo lugar el 20 de Setiembre de 1913 organizada por los vecinos señores Farrace y Masante, con motivo del cambio de nombre, de la primitiva calle Segunda Rivadavia por el de Avenida Italia, fueron, puede decirse, las de mayor resonancia que presenciaron los viejos vecinos de este pueblo.  De esta última se ocuparon los periódicos de la Capital, entre ellos "La Nación", por medio del que fuera luego su representante en ésta, señor Patrícola, que también lo fué de la "La Patria degli Italiani".

 

Aunque posteriormente, se realizaron en la Villa otras fiestas de mayor o menor importancia, las que dejamos someramente reseñadas, tienen el mérito de haber sido las primeras y de haber dejado un imborrable recuerdo en cuantos las presenciaron.

 

Las Primeras Escuelas

 

En los comienzos de 1911 tuvo lugar el establecimiento de la primera escuela particular, la que fue instalada en una modesta casa de la calle San Martín, casi esquina a 25 de Mayo. Fué puesta bajo la dirección de la señorita Elena Detchessarry y contó desde un principio con unos sesenta niños, entre los que se recuerdan los hijos de las familias de: Sambucetti, Pantosti, Cortinas, Farrace, Alpini, Santana, González Rey, Trebino, Schiappacase, Patrícola, Nelfi, Alexander, Conesa, Tucchi, Lentino y otros.

La primitiva escuelita se sostuvo, algún tiempo, con una subvención de la casa Santamarina y la ayuda de meritorios vecinos. Poco después, habiendo aumentado el número de alumnos, fué trasladada a la casa del vecino señor Guillén, en la calle 25 de Mayo y Gaona.

Transcurridos cuatro arios, en fecha 5 de Abril de 1914, fué inaugurada la Escuela N9 5, que se refundió con la primitiva, con una inscripción de 140 alumnos y la incorporación de nuevas maestras, entre ellas la señorita Angélica Thompson, como directora, ocupando una de las casas de propiedad del vecino señor Juan L. Masante, cedida gratuitamente por éste, durante algún tiempo.

Esta importante conquista, en el progreso de la Villa, fué celebrada con una fiesta campestre, que ofreció la familia Detchessarry en el Parque de Achával, a la que concurrieron las principales familias del pueblo y de la que se hizo eco la "Revista de Instrucción Primaria" de La Plata en su número del 19 de Octubre de ese alío, dedicándole un elogioso comentario.

Siempre en constante progreso, al llegar el año 1916, contaba la escuela con dos turnos y tenía una inscripción total de 250 a 300 alumnos. En 1920 reemplazó a la señorita Thompson el joven maestro señor Juan Jesús Benítez, que llegó procedente de una escuela de General Rodríguez. El nuevo maestro imprimió a la escuela una orientación superior. elevándola de categoría, mientras el número de Alumnos alcanzó a cerca de 600 en los dos turnos.

Desde tires años antes, funcionaba ya en la villa otra escuela, la número 26, fundada el 4 de Octubre de 1917, en la casa de la calle Liniers esquina Federico Lacroze, propiedad del señor Antonio Garavano, bajo la dirección de la señorita Fabra Calderón Villarroel y con la inscripción de unos cien alumnos.

Se debió la implantación de este nuevo centro de enseñanza primaria a las gestiones de algunos vecinos, entre ellos el señor José Peralta del Prado, a quien secundó con todo entusiasmo el entonces Consejero Escolar de San Martín, señor Emilio Morello. Al poco tiempo, el número de alumnos de esta escuela se duplicó, siendo reemplazada la primera directora, por la señora Sara P. de Amaya.

Años más tarde, en Febrero. de 1923, las autoridades escolares de San Martín, crearon la Escuela Mixta Nº 31, que fué instalada en una casa de la calle Ciudadela, entre las de Génova y Venezuela, en el lado Sud. Trabajó para conseguir esta mejora, la Sociedad de Fomento "Ciudadela Sud", secundada en sus gestiones por el Consejero Escolar, señor Domingo Soriano Sarmiento, vecino de la Villa.

Al frente de esta escuela quedó, como directora, la señorita Ida H. Cepeda y fueron inmediatamente inscriptos 150 alumnos. Con ella, se facilitó la enseñanza y concurrencia de los menores de aquella parte del pueblo, separada o dividida por las vías del ferrocarril, y vino a llenar una verdadera necesidad, desde largo tiempo sentida.

Desde entonces, la instrucción pública en Ciudadela ha alcanzado un notable incremento, creándose nuevos centros docentes, con numeroso personal y con la inscripción de muchos alumnos de ambos sexos. El recuerdo de la pequeña y primitiva escuela de la calle San Martín, queda pues, perdido ante el avance del progreso alcanzado en el correr de los años y ni siquiera es posible ya reconocer la modesta casita, transformada o reedificada tan completamente, que no presenta hoy semejanza alguna con la que aparece en la fotografía que acompaña estas páginas.

 

El Cementerio Israelita

 

A mediados de 1910, poco antes de la fundación oficial de Ciudadela, la Asociación Chevrah Keduscha Aschkenasi, hizo levantar, en terrenos que habían sido de propiedad de los Fossa y que por entonces pertenecían a Salmurias, el Cementerio de la colectividad israelita, en una superficie de unas cuatro manzanas, entre la calle Moreno y las vías del ferrocarril.

La nueva necrópolis, construida sobre terrenos baldíos y cuando no había en el pueblo otra obra importante que los Cuarteles, no afectó en mucho el progreso de la población ni fué causa de preocupación para sus habitantes.  Sin embargo, con el andar del tiempo, esa vasta superficie sustraída a la edificación, en medio de una zona que luego se ha poblado totalmente, ha venido a constituir un problema para su progreso normal y para su desarrollo.

Frente a la pugna de los intereses del pueblo, por una parte, y los de la sociedad propietaria del cementerio por otra entre el deseo general del vecindario de eliminar totalmente la necrópolis y la necesidad de ampliarlo, por parte, de sus propietarios, se llegó últimamente a una transacción, adquiriendo la sociedad el cuadrado que quedaba sin ocupar en el ángulo sobre Reconquista y cediendo en cambio la franja costera a las vías, para prolongar la calle Segunda Rivadavia, que hoy llega hasta General Paz.

 

Inauguración del Correo

 

Con fecha 15 de Julio de 1911 tuvo lugar en la Villa un acontecimiento de tanta importancia como fué la inauguración del servicio postal, resuelta entonces por la Dirección General de Correos.

Hasta entonces, la correspondencia tenía que ser llevada hasta Liniers, o hasta la vieja casa de negocio del vasco Miguel Etchechiquía, conocida por "La Blanqueada" donde existía un buzón            y donde se vendían estampillas.  Habilitada que fué la estafeta, el movimiento de correspondencia alcanzó pronto un apreciable volumen, siendo necesario aumentar el número de los carteros, a los que se proveyó luego, de caballos, para hacer posible el reparto del extenso radio.

Cabe señalar, como una demostración del general conocimiento que se tuvo en todas partes, de la nueva población, nacida a las puertas de la ilustre Buenos Aires, las curiosas equivocaciones en que incurrían, frecuentemente, los empleados del Correo Central y a las que daba origen el nombre de Ciudadela.

Son ejemplos de esto, los casos de cartas dirigidas a la Estancia "Ciudadela" (hoy Estación El Tejar, F. C. O.), así como otras con la dirección de Ciudadela, de la provincia de Tucumán y, hasta alguna dirigida a Ciudadela en las Islas Baleares (España) que eran despachadas equivocadamente a esta Villa, debiendo ser luego reexpedidas a su verdadero destino.

Quedó a cargo de la estafeta el señor Clemente Corvi, hasta el 18 de Marzo de 1914, en que fué elevada a la categoría de Oficina, quedando a su frente la señora Carmen C. de Avellaneda.

 

Comisaría de Extramuros

 

La primitiva policía que conoció el pueblo, fué el destacamento de Extramuros, instalado en un vetusto edificio, actualmente casi derruido, que existe a mitad de camino, entre Ciudadela y Ramos Mejía, al lado Norte de la vía férrea.

Constaba este destacamento, de numerosos agentes de a pie y de a caballo y se hallaba a las órdenes del Comisario señor Dionisio Bordes, caballero correcto, celoso del cumplimiento de su deber, que hizo en nuestra villa muchas y permanentes amistades.

La policía de Extramuros, que tuvo luego como jefes a los comisarios señores: Vicente Castex Madariaga, Lorenzo Travi, Alfredo Biés y otros, tenía su cargo la vigilancia de un extenso radio, que llegaba hasta los límites de la Capital Federal y destinaba para este pueblo una ronda nocturna que recorría sus calles principales, así como dos agentes para la Estación.

Esta policía y un pequeño destacamento, de dos o tres agentes, que, recientemente fundada Ciudadela, puso la jefatura de San Martín a las inmediatas órdenes, del señor Vicente Farrace, por gestiones de la casa Santamarina, fueron los primeros guardianes del orden público y los representantes de la autoridad en este pueblo.

 

 

El Telégrafo

 

Otra importante etapa, cumplida en el progreso de la Villa, fué la inauguración del servicio del Telégrafo de la Provincia, que tuvo lugar en el año 1914.

Fué instalada la Oficina en el local de la Comisaría de Extramuros, que estaba por entonces, a cargo del comisario señor Vicente Castex y quedó encargado del servicio, como telegrafista, el señor Juan Berri.

Ese día, que también tuvo el significado de una verdadera fiesta, el comisario hizo los honores de la misma, disponiendo un lunch con el que fueron obsequiados el Administrador General y las personas que vinieron acompañándole desde La Plata, y del que participaron otros visitantes y muchos vecinos.  El comisario hizo vestir de gala a sus agentes y oficiales, los que formaron frente al edificio y rindieron honores a las autoridades presentes.

La oficina fué más tarde trasladado al local de la calle San Martín y Santamarina (actual Av. Padre Elizalde), donde estuvo por espacio de varios años.

 

El Registro Civil

 

Fué creada, el 1º de Diciembre de 1917, la oficina del Registro Civil correspondiente a la 4" Sección del Partido de San Martín, con asiento en Ciudadela, aunque no fué librada al servicio público hasta el 23 de Marzo del alío siguiente, siendo Comisionado del Poder Ejecutivo en la Comuna, el Coronel Don Rodolfo Mom y Director General, interino, del Registro Civil de la Provincia, el Dr. D. Juan E. Lozano.

Quedó a cargo de la oficina el Escribano Don Manuel Augusto Sciurano, que llenó las funciones de jefe de la misma hasta el 9 de Agosto de 1919, en que pasó a reemplazarle el Escribano y Contador Público, señor José A. Villalonga, por decreto del P. E. de la Provincia, con desempeño, a la vez, de las funciones de Regente del Registro de Contratos Públicos número 19, con asiento en esta villa.

Hasta el 31 de Julio de 1924, en que se toman estos datos, se celebraron en Ciudadela 249 matrimonios; nacieron 1349 personas y fallecieron 251.

Estas cifras, que tienen solamente valor como antecedente, están muy por debajo, lógicamente, de las actuales. Como que, en la fecha que fueron tomadas, la población de esta villa apenas alcanzaba a unos veinte mil habitantes.

 

Las Sociedades de Fomento

 

Parte principalísima tuvieron siempre, en el progreso edilicio de la Villa de Ciudadela, las sociedades de fomento, formadas aquí, como en otras partes, por pequeños núcleos de meritorios vecinos, inspirados únicamente en un sano propósito de bien común.

Las hubo en todos los barrios, alcanzando su mayor apogeo en aquellos primeros tiempos de la fundación del pueblo en que todo estaba por hacer.

Por ser imposible hacer la historia de todas ellas, solamente se registrará en estas páginas la actuación de las más antiguas y de mayor duración y permanencia, destacando la obra de sus fundadores y principales benefactores, omitiendo intencionalmente los nombres de muchos de sus colaboradores, pues ello haría excesivamente extensa esta reseña y llevaría al autor a incurrir en lamentables omisiones.

Fué la primera sociedad de fomento, importante, la de "Villa Liniers Este", fundada el 19 de Agosto de 1913 por varios vecinos de aquella parte, y fué su primer presidente el señor Manuel Sánchez, que terminó su gestión el 14 de Noviembre del mismo año, en que la sociedad quedó disuelta por falta de apoyo del vecindario.

Reorganizada más tarde, por una asamblea de sus viejos socios, realizada el 27 de Julio de 1919, fué nombrado presidente el señor Andrés G. Baulina, fallecido al mes siguiente, el que fué sucedido por el señor Rafael Sergio, que terminó su mandato el 8 de Noviembre del mismo año. Sucedieron a éste, por orden cronológico, en el cargo de presidentes, los señores: Manuel E. Gilly, José Mazoti, Jacobo Berentino, Francisco Ruffinelli y Eugenio García, siendo durante la gestión de este último, cuando esta sociedad alcanzó su mayor importancia, tanto por el número de socios como por la realización de las obras llevadas a efecto en aquel radio.

Se debe a esta sociedad de fomento, en primer término, la instalación de la Sala de Primeros Auxilios y también la donación de la primera ambulancia que tuvo la misma.

Otra meritoria entidad de este .género fué la "Sociedad de Fomento Ciudadela Sud", fundada en 1921, por vecinos de aquella parte de la villa y de Matanza, que, luego se separaron, formándose dos sociedades distintas. Quedó la de Ciudadela Sud bajo la dirección del vecino señor Justo Ruiz, como presidente, obteniendo el reconocimiento de la intendencia de San Martín el 15 de Octubre de 1922.

Gestionó esta sociedad para obtener el alumbrado eléctrico de aquella parte de la villa y logró, la creación de la Escuela Nº 31, de que se ha hecho mención. realizó numerosos trabajos de orden edilicio y tuvo, en ocasiones, un peón permanente y un carro, destinados al arreglo de calles y pantanos.

Posteriormente, la sociedad se refundió con el "Club Claridad", entidad de carácter deportivo y social, formándose una sola y prosiguiendo ésta, en su primitivo aspecto y en otras actividades, la obra beneficiosa de aquélla.

Y llega el turno a la "Sociedad de Fomento de Ciudadela" que fué fundada el 27 de Agosto de 1922 por iniciativa de los vecinos Manuel Cortés y Constantino Sancho, a los que se agregaron más tarde los señores Gaubert, Tijero y otros.

Realizada una primera reunión al aire libre, a la que concurrieron numerosos vecinos, y posteriormente otra, en la casa del señor Alejandro Sucarrat, fué nombrada la primera Comisión Directiva, siendo elegido presidente de la misma, el señor Juan L. Masante, en cuyo domicilio funcionó siempre la Secretaría.

Por su favorable ubicación, en el radio central, y por su mayor número de socios, pudo esta sociedad realizar una obra edilicia de importancia, consistente principalmente en el arreglo de calles, colocación de pasos de hierro, relleno de pantanos y otros trabajos, así como gestionó de la Municipalidad la construcción de algunos de los puentes del Arroyo Maldonado.  Cooperó a la celebración del Corso de 1924 y a la fiesta patria del 9 de Julio de aquel año, que alcanzaron un brillo superior a todas las anteriores.

También contribuyó a la aparición del primer periódico que se publicó en la Villa, suscribiéndose todos sus componentes por un año, según consta en el Acta Nº 29 de la sociedad.

Otras dos sociedades, cuya existencia no puede pasar desapercibida, fueron la de "Villa Liniers Norte" y la "Unión Comunal", fundada la primera el 26 de Febrero 1922 y la segunda el 29 de Julio de 1923.

Tuvo "Villa Liniers Norte" por sus únicos presidentes los señores Gualberto Favolini, Luis Colavini y Mario Di Natale y realizó en aquella parte del pueblo numerosos trabajos para poner en condiciones sus calles y facilitar el tránsito de los vecinos, ante la indiferencia de las autoridades, que siempre tuvieron aquella parte muy abandonada.

En cuanto a la "Unión Comunal" tuvo como primer presidente al señor José Real, en cuya casa de Amoretti 441 funcionó mucho tiempo la Secretaría.

Secundado por los vecinos de aquella barriada, la sociedad llevó a cabo un plan de trabajos, tales como, arreglo de veredas, relleno de pantanos y colocación de alcantarillas, que sirvieron para remediar el proverbial abandono que reinaba entonces, por todas, partes.

Otras sociedades de fomento se formaron en esta villa, pero ninguna alcanzó la vida larga y laboriosa de las enumeradas.  Cabe una excepción, sin embargo, para la de Villa Herminia, fundada por el antiguo vecino de aquella parte, señor Víctor, Dengra, primer poblador, que levantó allí su casa en el año 1911.  El señor Dengra persona muy estimada, ha fallecido recientemente, cuando alcanzaba casi a los Cien años de edad.

En los últimos años y por acuerdo general de las sociedades existentes, fué llevada a efecto la fusión de las mismas, bajo el nombre de Federación de Sociedades de Fomento de Ciudadela, concentrándose en un solo organismo la acción común de todas, pero la nueva entidad tuvo una corta vida, decayendo asimismo también la acción de las otras sociedades independientes, debido entre otras causas, a la realización de las obras de pavimentación de la mayor parte de las calles del pueblo, que al resolver el principal problema que afectaba a la población, ha solucionado también, en su mayor parte, el que dichas sociedades debían enfrentar.

Queda, sin embargo, como un hermoso ejemplo de laboriosa constancia, el recuerdo de aquellos vecinos que las sostuvieron con su ayuda, siendo obra de justicia dedicarles estas líneas como un sencillo homenaje, en particular para los que soñaron con ver el cuadro que ofrece actualmente la obra total realizada y que, desgraciadamente, no les fué posible contemplar.

 

Los Primeros Periódicos

 

El 15 de Marzo de 1923 apareció en la villa el primer periódico, dirigido por el vecino señor José Alfonso, quien tuvo, desde el primer momento, por compañero y administrador, al Sr.  Antonio Carvajal.

Venciendo las naturales dificultades de toda nueva empresa, el modesto quincenario que llevaba el nombre de la villa como título, ganó muy pronto un envidiable prestigio, al que contribuyó el carácter de independiente que le dió su fundador, así como su original presentación de periódico-revista y la diversidad de sus secciones.

Acogido con simpatía por sus numerosos lectores y mirado con respeto por las autoridades, el periódico "Ciudadela" se granjeó un nombre respetable, aún dentro de la modestia de sus precarios medios económicos.  Organo popular del vecindario, defendió sus intereses con altura; fomentó la cultura en todas sus formas y constituyó, en fin, una bella conquista cuyo mérito compartieron, tanto su director como sus voluntarios y competentes colaboradores.

Posteriormente y, al cabo de cinco años, no pudiendo el señor Alfonso seguir dirigiéndolo, pero no queriendo que desapareciese, lo traspasó desinteresadamente, a uno de sus más entusiastas colaboradores, el señor Eugenio Higuera, bajo cuya dirección acaba de cumplir "Ciudadela" 21 años de existencia.

 Al año siguiente de la aparición de este primer periódico, surgieron otras publicaciones, entre ellas la revista "El Eco", que dirigía el Sr. Luis Hiriart, y el periódico "El Látigo", quincenario de carácter político, fundado y dirigido por el ex-Concejal Sr. Rodríguez Abal.  Más tarde apareció también la revista de estilo literario "Labor y Lirismo" que dirigió el Sr.  Ramón Correa.

Desgraciadamente, todas estas publicaciones tuvieron una vida relativamente corta y, por muchos años, no ha habido en esta villa otros periódicos que merecieran el nombre de tales, hasta 1931, en que apareció el órgano de la nueva parroquia "La Voz de Ciudadela", que continúa publicándose.

 

Villa Cenicienta

 

Por el lamentable atraso en que vivió este pueblo, durante muchos años; por el abandono en que lo tuvieron las autoridades de la Comuna y hasta por la mala fama, en parte injusta, que muchos le adjudicaron, se hizo popular entre el vecindario, el mote o remoquete que el periódico local estampó un día en sus paginas, bautizándolo con el nombre de "Villa Cenicienta", con lo que se deseaba llamar la atención de las autoridades y despertar, si era posible, un mayor interés por su suerte.

Lento, muy lento fué, en los primeros tiempos el Progreso de Villa Ciudadela.

Sus fundadores que, en otros pueblos de la Provincia fundados por ellos, habíanse mostrado generosos, donando terrenos para edificios, iglesias y plazas, no tuvieron para esta villa el mismo proceder y, de tal modo aprovecharon la tierra, que toda ella fué vendida hasta el último lote, no dejando siquiera un pequeño solar donde poderse formar una plaza, en la que los niños pudieran jugar y en donde pudieran realizarse, en el futuro, fiestas o actos públicos.

Unida esta desfavorable circunstancia a la de haberse poblado, en general, por gente modesta; sin propietarios ricos, que hubieran podido interesarse por su progreso, se debatió durante mucho tiempo, entre el polvo y el barro, y, mientras San Martín y otras villas, más próximas a ésta, conocieron los beneficios del pavimento, los desagües, las veredas, el arbolado, hospitales, plazas, mercados y otras importantes mejoras, la olvidada "Villa Cenicienta" quedó, por mucho tiempo, librada a la acción aislada de sus propios vecinos.

Ante el espectáculo que ofrecía, a cuantos pasaban de largo en el tren, o por Rivadavia, en automóvil, era la cosa más fácil suponer que aquí habrían de encontrar cómodo refugio los rateros, tahures y malos elementos ahuyentados de la Capital y de ahí procede, también, la mala fama que las gentes mal informadas le dieron, sin discriminación. Por ello, hechos delictuosos ocurridos, por ejemplo, en Matanza, en la Loma del Mirador y hasta en el cercano pueblo de Caseros, fueron cargados generalmente, a la cuenta de Ciudadela.

 

Entretanto y, mientras los elementos de los comités políticos andaban a la greña, en el deslinde de la Avenida General Paz y mantenían su predominio en otras villas, los vecinos de Ciudadela vivían tranquilos en sus casas, sin miedo a robos y atracos, que muy rara vez ocurrieron, y en la más completa y feliz ignorancia de la presencia de tales huéspedes.

La fama injusta y el atraso de Ciudadela, son cosas del pasado. Con los años, se han impuesto al fin, las manifestaciones del progreso, en todos sus aspectos. 

¡Quién habría de decir que llegaría un día en que la Cenicienta se mostraría limpia y pulcra, progresista y dinámica, hasta el punto de despertar en los partidos limítrofes, el más decidido empeño de atraérsela a su seno, ante la decidida oposición de San Martín, que volviendo de su olvido e indiferencia, de años y años, recurriría a todos los recursos de la dialéctica y de la historia, para retenerla!...

 

 

Las Bibliotecas y los Clubs

 

Entidades deportivas y de carácter recreativo, hubo en esta villa, desde los primeros tiempos de su fundación, pero fueron muy pocas las que alcanzaron arraigo.

Merece mencionarse, en primer término, el "Centro Recreativo La Epoca", fundado en 1918 por el señor Rafael Sergio, que tuvo en la calle Centenario su local social y también la única sala de espectáculos y de baile que existía por entonces. Otra entidad antigua, de este pueblo, fué el "Club Atlético Ciudadela" fundado en Julio de 1941 por un grupo de vecinos de la parte Norte, bajo la dirección del industrial señor José G. Barciela. Fué la principal actividad de esta entidad, la práctica del fútbol, que abandonó luego para fomentar el deporte del boxeo.

Desaparecieron estas entidades, como tampoco subsistió el "Círculo Presidente Mitre", fundado por un grupo de jóvenes de la localidad, en 1923, por la misma fecha, con poca diferencia, que la sociedad "Juventud Unida de Ciudadela", que aún existe.

En lo que se refiere a las bibliotecas, ninguna mereció el nombre de tal, hasta que fué fundada, por los vecinos, señores Constantino Sancho y José Alfonso, en Octubre de 1924, la "Asociación Cultural y Biblioteca Popular Ciudadela".

Estuvo instalada en un amplio local de la calle, Chacabuco, con numerosos libros, buen mobiliario y horario de lectura permanente. Desarrolló esta entidad su programa, cultivando el arte escénico y la afición a los libros por medio de interesantes actos y conferencias y, a los tres meses de su fundación, realizó en el Parque de Achával, una grandiosa fiesta, en la que actuó el Orfeón Balear y congregó a unas 500 personas.

El primer presidente señor Sancho, eximio artista, pintó para la Biblioteca un hermoso retrato de Sarmiento, que se colocó en el salón de lectura y, por su parte, el señor Alfonso, instaló en su casa la Secretaría y, desde las columnas de su periódico, alentó la obra de la sociedad, la que luego obtuvo una subvención municipal, merced a las gestiones del ex-Concejal señor José Rodríguez Abal.

Más tarde, con el cambio de dirigentes, entre los buenos elementos que quedaron y que llegaron después, se introdujeron otros que la desviaron de su programa esencial, y la entidad fué perdiendo socios y prestigio hasta desaparecer por completo.

 


Otros Adelantos

 

Simultáneamente y con diferencia de pocos años, fueron conseguidos para la población, el alumbrado eléctrico y la Sala de Auxilios.

El alumbrado vino, a raíz del decreto municipal del 3 de Diciembre de 1919, por el cual se autorizó a la Compañía de Electricidad de la Provincia de Buenos Aires a extender sus cables a varias de las villas del Partido, acordándose a Ciudadela cierta cantidad de focos y de lámparas. No obstante, aún tardó en llegar el alumbrado particular, que no fué instalado en la parte Sud hasta Junio de 1923.

La Sala de Primeros Auxilios fué creada el 10 de Noviembre de 1922, siendo su primer Director el Dr. David R. Brown, al que sucedió el Dr. Alberto Mercier de Buessard.

Posteriormente ha sido creada la Sociedad de Beneficencia, cooperadora de la Sala, por iniciativa de los vecinos, señores Luis Alcayaga, Angel Venturo y el Dr. Mercier, formándose una comisión, cuyo primer presidente fué el vecino señor Ernesto V. Angelini.

Otro progreso importantísimo constituye para Ciudadela, la implantación del servicio de trenes eléctricos.  Empezaron en 1921 las obras para transformar la vieja estación, y aunque se terminaron algún tiempo antes, el servicio no empezó a funcionar hasta el 11 de Marzo de 1923, con un promedio de 96 trenes diarios.

Después de estos notables adelantos, han llegado otros, como la implantación del servicio de bomberos voluntarios, habiéndose fundado también entidades de tanta importancia como la Sociedad de Tiro "Cazadores General Necochea", la Asociación "Amigos de Ciudadela" y numerosos clubs, entre los que se cuenta el antiguo "Ciudadela Norte", que acaba de cumplir 20 años de existencia.

 

Una Semblanza de Ciudadela en 1920

 

Junto al viejo andén de gruesos tablones, pasan trenes a vapor entre nubes de humo y resoplar de máquinas poderosas.

Sobre la próxima calle Segunda Rivadavia, embarrada, intransitable, se apretuja un grupo de casas, viéndose un poco más lejos otras, desperdigadas a la distancia. Al confín, cerrando el horizonte, la masa sombría del frondoso Parque de Achával            sobre la que se destacan las líneas severas del Cuartel.

Al Sur se distingue apenas media docena de viviendas, siendo la nota más saliente la que ofrece la chimenea y el viejo caserón de "La Colombiana" próximos a desaparecer.  Sobre la ancha avenida Rivadavia, adoquinado, el campo libre y la tierra labrada de las quintas, desde alguna de las cuales llega el ruido monótono de alguna vieja noria en movimiento.

Acá y allá, terrenos baldíos y casitas en construcción, habitadas muchas de ellas antes de terminadas, donde ponen su nota pintoresca los juegos de los niños y los vistosos trapos pendientes de las sogas bajo el brillante sol de la mañana.

Son los tiempos en que los viejos vecinos llegábamos, casi siempre acompañados de amigos, que solían aguardarnos para tomar juntos el mismo tren y venir luego en amable tertulia.  Llegábamos a la anochecida, a nuestro pueblo, que nos recibía con su aire limpio, incontaminado, pero casi a obscuras por la escasa luz del alumbrado.  Noches del invierno, en que íbamos buscando, al tacto, los restos de la última capa de carbonilla donde asentar el pie, para no chapuzar en los charcos formados sobre las veredas sin ladrillos; noches oscuras y desapacibles, de Junio, en las que la soledad y el silencio que rodeaba la casita solitaria, edificada en medio del baldío, hacían que nos pareciese más confortable v acogedor el modesto hogar.

Eran pequeños aún nuestros hijos y, todos juntos, en el cálido ambiente de la pequeña cocina familiar, solíamos comentar los triviales sucesos del día, antes de recogernos al reparador descanso del sueño, que se nos ofrecía a menudo, arrullado por el monótono croar de miles de batracios que pululaban en las lagunas próximas; por el golpear persistente de la lluvia, sobre las chapas del techo, o por el temeroso zumbar del viento.

Semblanza cordial de nuestra Ciudadela de hace veinticinco años, que se mantiene en el recuerdo de los viejos y en el de muchos de los nuevos que entonces eran niños. Cuadro inolvidable al que ha quedado asociado para siempre, el recuerdo de muchos nobles afanes e inquietudes que ya nos parecen remotos, al correr de los años...

 

El Balcón Romántico

 

Era la única casa de altos, que se levantaba a unas tres cuadras de la estación, en línea recta hacia el Norte, destacándose en su fachada sin revocar, el alto balcón de ladrillos, en el que ponían su nota de alegría algunos tiestos con malvones o rojas verbenas.

Desde aquel estratégico mirador se podía contemplar casi todo el pueblo; los vehículos que marchaban por la ancha calzada de Rivadavia; los trenes que salían de Liniers o de Ramos Mejía; los soldados del 8, que volvían de alguna excursión, flotando al viento los banderines de sus lanzas o los del 11 de Artillería que pasaban entre el ruido de ruedas y cascos, sobre el adoquinado de Reconquista.

Los habitantes de la casa del balcón, sin revocar, podían presenciar desde allí, todos los acontecimientos de la vida del pueblo, pero generalmente las persianas grises permanecían cerradas o entornadas hasta la hora justa en que salía de la estación uno de los trenes mañaneros o aquella otra en que arrancaba el que paraba en Ciudadela inmediatamente después de la hora del almuerzo.

En esas dos ocasiones, las persianas del balcón se abrían para dar paso a una joven que, con la mirada puesta en el tren detenido en la estación, saludaba con la mano o agitaba un blanco pañuelito, como despidiendo a alguien que partía.  Desde el tren ya en marcha, una mano asomaba a una de las ventanillas y contestaba el lejano saludo.

A fuerza de repetirse este sencillo episodio, los habituales pasajeros de esos trenes, se acostumbraron, a su vez, mirar hacia el balcón, gozando íntimamente de la emoción recóndita que se encerraba en aquella amorosa y breve despedida, la que, infaltablemente, habría de repetirse al día siguiente.

Y cuando, alguna vez, por causas desconocidas, el tren partió de la estación, sin que en el balcón apareciese la gentil silueta femenina, no faltó entre los curiosos quien, atribuyéndolo a un rompimiento, sintiese, sin poder explicárselo, una extraña sensación de tristeza.

La casa ha cambiado de dueño; ya no está sin revocar la roja fachada de ladrillos, ni vive allí la niña enamorada, que saludaba mañana y tarde, con su pañuelo, en el instante de partir el tren.  Pero el alto balcón, mudo testigo del romántico idilio, siempre existe.

 

Tipos Pintorescos

 

No podían faltar en la Ciudadela primitiva, los personajes pintorescos que suelen ser una singular característica de los pequeños pueblos, donde todo el mundo se conoce.

Uno de estos personajes, fué el que todos conocieron con el nombre de "El Negro Ricardo".  Antiguo peón del ferrocarril, ya sin empleo, pasaba el día entero en el andén de la estación, donde tenía su "parada" como él decía, y donde siempre encontraba algún bulto que llevar o un mandado que hacer.

Como llegaran ocasiones en que el simpático Ricardo no encontrase quien le diera a ganar un peso, vióse más de una vez obligado a tender la mano a sus viejos conocidos, en demanda de unos centavos, para "el café con leche".  Gran aficionado a la bebida, no solía preocuparse mucho del comer, sin embargo, y era la cosa más frecuente verle esquivar la presencia de los que le habían socorrido, un momento antes, o esperar a que éstos tomaran el tren, para irse en seguida al café del vasco Etchebarne, a tomarse su copa de grapa.

En los últimos años, el pobre solitario del andén, que había sido, en sus mocedades, cochero de familias ricas, estuvo algunas temporadas sin hacerse ver, y, un buen día desapareció definitivamente.  Nadie supo más de él.

Otro personaje famoso por sus dichos y ocurrencias lo fué el popular "Bimbo".

Pintor de oficio y, tan aficionado al alcohol como Ricardo, el tiempo que no andaba ocupado en buscar trabajo, lo pasaba en los boliches del barrio.

Sus pocos clientes llegaron a prescindir de él, viéndolo dominado por su vicio, y en alguna ocasión exigiéndole que no tomase nada, hasta no haber empezado, cuando menos, su trabajo.

El simpático "Bimbo", en vista de este inconveniente, se ingeniaba de un modo sencillo para tomarse su cañita antes de subir al andamio. Preparaba la cal y luego, disimuladamente, se salpicaba el sombrero y los pantalones y entonando una de sus canciones favoritas, se presentaba a tomar su copita, con el aire de quien viene a disfrutar un pequeño descanso en mitad de la faena.

Estos tipos populares, y otros que hubo, en los primeros años, llegaron a hacerse famosos entre los vecinos.  Pero ninguno, en verdad, alcanzó tanta popularidad como aquel ayudante o peón, que tuvo el antiguo carnicero Castro, en tiempos de la antigua Villa Liniers.

Montando un viejo pingo, medio derrengado, hacía el reparto por las quintas y negocios, recorriendo desde el Colegio de las Hermanas hasta la vieja pulpería de Recalde, enhorquetado en su caballejo, menos en las ocasiones en que el pobre animal, que ya no podía con sus huesos, quedaba espatarrado en algún zanjón.

El célebre repartidor solía también llegar, cantando viejos estilos criollos o nudo hacía divirtiendo a sus clientes con sus dichos y ocurrencias.  A menudo hacía extraños vaticinios sobre el futuro, hablando a gritos con las monjas o con los quintetos, a quienes solía decir que "iba a llegar un día en que el tren iba a marchar sin máquina", o que "los hombres iban a volar como los pájaros".  Cuando le preguntaban, cómo sabía esas cosas, él contestaba muy enfáticamente, que las había soñado.

Esta versión, recogida de fuente insospechable, nos revela por cierto, la presencia de un iluminado profético o un extraño augur, cuyo desequilibrado cerebro recogía, quién sabe por qué misteriosas emisiones, los secretos que sólo había de revelar el porvenir.

 

Dinamismo Ciudadela

 

Los últimos años se han señalado, sin duda alguna, por un dinamismo y un afán

progresista, que honra a Ciudadela.

En marcado contraste con el lento andar de los primeros tiempos, esta villa ha alcanzado, en pocos años, relativamente, un notable progreso, tanto en el orden edilicio como en lo que respecta al incremento de su comercio y de su industria, en una forma de que hay pocos ejemplos.

Un censo, realizado en los últimos años, ha demostrado, con cifras elocuentes, tanto el enorme aumento de la población, como el de la riqueza pública y privada, siendo en verdad, una sorpresa para todos el portentoso volumen de dichas cifras.  Indice indiscutible de este adelanto lo es, asimismo, el movimiento que ha alcanzado su estación ferroviaria, la que, en el período 1942/43 despachó en su ventanilla la cantidad de 1.713.930 pasajes, entre boletos y abonos. Unido esto al mejoramiento general de los medios de tránsito y de la vialidad, así como al aumento de la edificación, la nueva Villa de Ciudadela, se presenta hoy a nuestros ojos, transformada y desconocida.

Junto a la acción desarrollada por los poderes públicos, Ciudadela ha visto llegar también muchos hombres de acción y de inteligencia, que han dejado aquí, perdurables obras o provechosa siembra. Se han levantado fábricas; se han instalado nuevos negocios; han surgido numerosas entidades de diversa índole, adquiriendo importancia preponderante la educación física de la juventud y aún las iniciativas inspiradas en las inquietudes del espíritu.

Obra destacada es, asimismo, la realizada en el orden religioso, siendo Autor principal de la misma el R. P. Agustín Elizalde, llegado a Ciudadela en 1931.

Improvisada la iglesia, en un galpón, con medios precarios, fué luego convertida. en el hermoso templo actual, inaugurado en Marzo de 1938, que constituye una nota de belleza monumental en la parte más céntrica de la población. A su sombra han nacido, luego, capillas y asilos, así como obras de socorro y cultura popular, de indiscutible utilidad.

La nueva Ciudadela es hoy una población cosmopolita, entre la que viven muchas personas de reconocido valer y, al lado de los hombres de negocios que eligieron este pueblo para establecer la sede de sus empresas comerciales, es dable observar la presencia de hombres de letras y artistas de valía, que hoy son convecinos nuestros.  Por no extender excesivamente la enumeración de los mismos, y también por no herir su reconocida modestia, citamos al vuelo los nombres de unos pocos: el. anciano pintor Don Blas Venturo que, a sus 85 años, aún pinta hermosas marinas; el pintor Constantino Sancho, indiscutible maestro en el arte difícil del retrato; el señor Antonio Viudes, eminente luthier, cuyos finos instrumentos de música (guitarras y violines), que llevan la marca "Pascual", son conocidos en todo el mundo; Guillerrno Perkins, delicado escritor y poeta, becado del Gobierno.  Junto a éstos y, en otro orden de actividades, viven entre nosotros, modestos hombres de trabajo, a quienes se deben obras e invenciones propias, de tanto mérito como la máquina cosechadora inventada y construida por el señor Miguel Druetta, orgullo de nuestra industria; el telar de madera del señor Donato Zorzano,  meritoria obra de paciencia y habilidad; las modernísimas herramientas v máquinas, perfeccionadas o inventadas por los señores Uberto y Maymo, entre las que merece una cita especial, una fresadora universal, la más perfecta que se conoce en el país, adoptada hoy en los grandes talleres.

El señor Uberto y su socio, son dos hombres de trabajo y de estudio que, junto con los que quedan nombrados, son un orgullo de nuestro pueblo y un claro exponente del dinamismo ciudadelense.

 

Reliquias del Pasado

 

Muchos recuerdos quedan todavía de la antigua Ciudadela, en el seno de las viejas familias y entre los restos de las primitivas casas, cuyas gruesas paredes de adobes o de ladrillos, muestran su venerable antigüedad, replegadas a los fondos de las nuevas propiedades, o encerradas entre tapias, cual tristes prisioneras que no han de recobrar jamás la libertad. Mostrando algunas el inconfundible sello de su vejez en sus altos frontales; convertidas otras en humildes taperas; reformadas o reedificadas la mayoría, no es cosa fácil ya descubrirlas entre el apretado almácigo que forma la moderna edificación.

Así está hoy la antigua pulpería de Recalde, casi oculta por un alto paredón, a la altura del número 12900 de la Avenida Rivadavia, con sus clásicas rejas de gruesos hierros de forja, ostentando aún, sobre la puerta rota y desvencijada, la figura en yeso, ya casi irreconocible de su primer propietario, Agustín Badaracco, dueño primitivo de la misma y del terreno en que se asienta.

Casas de primitiva forma; lujosas y señoriales unas; humildes y rústicas otras; en ellas tuvieron su hogar, tanto los antiguos quintetos, que sólo vivieron para el trabajo y el cultivo de la tierra, como los viejos señores que levantaron las suyas para lugar de recreo, en aquella época en que no existían los balnearios de las playas atlánticas ni los lujosos hoteles de las sierras. Tanto en las unas como en las otras, se conservan restos del pasado y recuerdos venerables, que han ido pasando de padres a hijos.

Uno de estos recuerdos es la antigua carreta de los Badaracco, que un sobrino José conserva en un rancho, tal como la dejaron sus antecesores. Con su larga y robusta pértiga, sus yugos y sus altas ruedas, roídas por los años, aún conserva clavada en sus maderas, una chapa de latón que da cuenta de una patente de vialidad extendida por la Municipalidad de San Vicente, en el año 1885.  El viejo carretón, que tiene un siglo de existencia ya no sirve para nada y se pudre poco a poco, en medio del potrero, como un glorioso bajel, al que azotaron los vientos y las tempestades de ese inmenso mar de tierra, que es la pampa.

Otra muestra elocuente de longevidad es una pequeña imagen de la Virgen, que se conserva en la casa de los Garavano, recuerdo de la vieja Baldomera, que las heredara de sus antepasados. Colocada sobre un modesto altar, adornado de flores en una reducida pieza, que es como oratorio familiar, se muestra la pequeña santa, rodeada de respeto y venerada como una verdadera reliquia.

Asimismo, en mitad del patio del vetusto caserón, hoy reformado en parte, existe un viejo peral que tiene casi ciento cincuenta años. Hueco el tronco y lleno de cicatrices, las ramas resecas y esqueléticas que, en otro tiempo brindaron acogedora sombra y ofrecieron amoroso albergue a los nidos, se asemejan a los brazos implorantes de un náufrago, abandonado en medio del Océano, que sólo espera la hora de morir.

 

 

Palabras finales

No entra en el propósito del autor de este libro reseñar detalladamente, los nuevos sucesos, vinculados a la evolución de este pueblo, en los últimos años, ni menos aún destacar la acción personal de cuantos han tenido mayor o menor participación, en las últimas mejoras logradas.

 

Prefiriendo historiar lo que cupo hacer a los primitivos, y a los que ya no existen: respetando el viejo axioma de que "la historia sólo se escribe para los muertos", les saca del olvido en que están y se libra también de incurrir, involuntariamente, en lamentables olvidos  omisiones.

 

Ciudadela no necesita de una historia al día, ya que la obra total, realizada, está a la vista de todos.  Por lo demás, es evidente que, dentro de pocos años, el aspecto de este pueblo habrá cambiado nuevamente, impulsado por su incontenible afán de progreso y sólo tendrá valor histórico para los que vengan detrás, cuanto se refiera al pasado lejano y a los viejos recuerdos.

 

 

 

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