|
Al cavilar sobre mi conversación con
Sadie, al reflexionar sobre la sombría tristeza que saturaba su casa,
empecé a pensar que tal vez tuviera razón mi madre al desconfiar de
los católicos. En mi casa no rezábamos nunca y, sin embargo, todo
iba sobre ruedas. En nuestra familia nadie mencionaba nunca a Dios.
Y, sin embargo, Dios no había castigado a ninguno de nosotros. Llegué
a la conclusión de que los católicos eran por naturaleza supersticiosos,
exactamente igual que los salvajes. Adoradores de ídolos e ignorantes.
Gente pusilánime y tímida, que no tenía agallas para pensar por su
cuenta. Decidí no ir a misa nunca más. ¡Qué mazmorra era su iglesia!
De pronto –una idea fortuita- se me ocurrió que quizá no serian tan
pobres, la familia de Sadie, si no pensaran tanto en Dios. Todo iba
a la iglesia, es decir, a los curas, que siempre estaban pidiendo
dinero. Nunca me había agradado la vista de un cura. Demasiado zalamero
y afectado para mi gusto. ¡No, al diablo con ellos! ¡Y al diablo con
sus velas, sus rosarios, sus crucifijos… y sus Vírgenes Marías!
Henry Miller
Plexus
|
|