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y escribes, escribes por no llorar, escribes de... De hoy, el futuro de tierras baldías cuervos negros y búhos en las noches frías De almas perdidas y esqueletos errantes lazos que se convirtieron en cadenas y la inmensa oscuridad que lo alumbra todo y la culpa que ocupa todo resquicio de pensamiento Fracasamos, si, fracasamos sin conciliar instinto y razón Justificaciones en fundamentos de derecho olvidamos lógica y moral nunca matar al prójimo casi nunca se cumplió pero sabes todo esta en simbiosis si matas a un mosca mañana tú hermano te matará Todo se quedó en bonitas palabras todo fueron hermosas intenciones pero aki solo importa el dinero Solo era un papel ke con la lluvia ácida murió y ahora escribes porque no puedes mirarte en el espejo. Jovsexo |
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COLUMNAS ROTAS
(Una historia lineal)
TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu
-Mmmm, maldito reloj –extiendo el brazo derecho y con el dedo índice
busco el botón más grande del despertador. Lo encuentro. Se hace
el silencio.
Nueve minutos después: TuuTuu TuuTuu TuuTuu
(El maldito reloj tiene la maldita particularidad de despertarme a gritos)
Otra vez, extiendo el brazo derecho y apago el maldito reloj despertador. Silencio.
Me quedo entredormido. Dejo que pasen unos pocos minutos más, no más
de nueve, volvería a sonar el aparatejo y no lo soportaría. Me
levanto y me dispongo a prepararme un café recién hecho, energético
y revitalizante, pero a esta altura ya no hay café que dé vida.
Debería probar otras sustancias un día de estos, sustancias nuevas,
diferentes, pero bueno, ya sé que por lo general en un par de horas estaré
medianamente despierto. Mi máximo esplendor llega siempre sobre la noche,
más o menos a las diez, hora en que la gente normalmente y en masa se
dispone a irse a la cama. Ahí es cuando estoy apto. Y libre.
Pongo a hacer el café en la maquina express y voy al baño y me
echo un pichicito mañanero.
TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu TuuTuu
Maldito reloj. Apuro el pichí y vuelvo al cuarto. Apago definitivamente
el reloj corriendo la perilla correspondiente a la posición adecuada
y vuelvo a la cocina. El café ya está listo y humeante. Vuelvo
con el café a la cama, enciendo un cigarrillo y la tele, pongo las noticias
de la mañana y disfruto estos pocos minutos que me quedan. Miro la hora
constantemente calculando los minutos que me restan para ponerme en movimiento
y cuanto menos faltan más me vuelvo a acurrucar entre las mantas. Algún
día verán…
Las noticias en la tele informaban que la gran superpotencia del mundo había
matado a quince civiles porque estos protestaban en grandes manifestaciones
contra ellos por haber invadido su país con la excusa de echar al tirano
dictador que oprimía al pueblo. Los intereses eran otros, se sabe. Ahora
el pueblo les decía que se fueran, gracias, pero que se fueran. No querían
otro tirano más. Los intereses eran inmensos.
Bueno, tiempo, ya es hora, me pongo en acción, voy al baño, acomodo
mi persona para las personas del exterior, me pongo la ropa de trabajo, una
ropa que va bien con mi aspecto, nada de corbata, saco y esas estupideces. Esa
es la dignidad que me queda, el último bastión de mi libertad.
Bah.
Antes de salir selecciono varios discos para ir escuchando por el camino. Pongo
uno en el aparato reproductor.
Salgo a la calle. Ya era tarde y estaba en plena condiciones de perder mi preciado
ómnibus, el otro, si perdía éste, pasaría recién
en 20 minutos, por lo que llegaría más tarde de lo habitual al
trabajo. Todos los días llegaba media hora tarde sin cara de arrepentimiento,
como si tal cosa, saludando alegremente a todos. Yo creo que todos a esta altura
pensaban que mi horario de trabajo era ese y se sorprenderían demasiado
si algún día llegara en hora, por lo tanto lo mío ya era
como una religión, una seguidilla de acciones semejantes, el crimen perfecto.
Hasta el momento de llegar al trabajo mi mente siempre audaz busca una buena
excusa para faltar, y encuentro mil excusas valideras, el problema siempre consiste
en que al otro, el que deberá escuchar mis argumentos no le interesan
mis declaraciones, por lo que mientras busco una buena excusa espero el ómnibus,
me lo tomo, me siento y ya después es más difícil, ya uno
invirtió dinero en el boleto, tendría que ser muy buena la argumentación.
Llego, me bajo, entro, saludo, ya estoy dentro.
La primera hora feliz del día llega siempre sobre el mediodía,
a la hora de comer.
Los pequeños minutos felices son cuando salgo a fumar un cigarrillo,
soy un fumador empedernido, tengo mis derechos también, no solo obligaciones.
La última hora feliz coincide siempre con la hora de salida.
El viernes siempre todo toma un color más optimista, los momentos felices
son más esplendorosos, en un rato todos diremos fuck you por más
de una tarde y eso alegra a la gente, se la puede ver, se nota, se siente.
Un día de estos mandaré a todos a la mierda, verán todos
como los sorprendo. Haré valijas y partiré hacia la nada, en busca
de nada. La otra opción siempre que queda para escapar de todo es pegarme
un tiro, o sea suicidarme, no pegarme un tiro, suicidarme. Analicé todas
las formas para buscar la más eficaz y la menos dolorosa y creo que una
mezcla de somníferos y gas de la cocina es efectivo e indoloro. Me tomo
unos pastillitas, abro el gas de la cocina, me siento en el suelo y espero.
Aunque ésta es siempre la última alternativa, mientras las cosas
vayan saliendo más o menos iré postergándola, siempre habrá
oportunidad.
18 años después
El trabajo sigue siendo basura, he ascendido unos grados. Ahora soy más señor que antes, gano un poco más de dinero, tengo un nombre y un apellido. Igual, algún día de estos faltaré a trabajar, creo que me lo he ganado.
20 años más tarde
No quiero resultar patético, pero me hicieron sentir que aquí
todo es así. Yo aseguro que sonreí e incluso reí en los
buenos momentos. En los malos supe poner al hombre y aguantar y aguantar y aguantar,
eso nadie lo puede discutir, aunque, para ser sincero, algunos malos momentos
los esquivé haciendo fintas.
Hace unos días el gran jefe pidió para hablar conmigo, y eso me
sorprendió. Él no pedía, él sólo concretaba
la reunión y uno tenía que estar ahí presente de cuerpo
y alma, si, señor, si, señor, si, señor, y esas cosas.
Cuidado, tampoco estas reuniones eran muy frecuentes; un par de veces cada cinco
años, y generalmente para agraviar y desmerecer al individuo. El motivo
para llamarme, dijo él, era que a cada hombre le llega el momento en
la vida en que es hora de dar un paso al costado para que las nuevas generaciones
puedan seguir con su loca carrera que los llevará al futuro, y usted,
mi amigo, es el ser sabio que deberá dar ese paso, me estrechó
la mano y me deseó todos los éxitos para el futuro.
Parecía que el tema venía de despido, pero no, el buen hombre
me daba a entender que yo a partir de ahora era un afortunado ser con edad suficiente,
con años adecuados para jubilarme, listo para el retiro.
Finalmente la hora había llegado. Nunca me gustó trabajar (a lo
largo de mi vida conocí mucha gente así y siempre me pregunté
por qué no nos agrupábamos y protestábamos ante este sistema
impuesto), pero bueno, era lo que había para poder llevar una vida medianamente
digna. Digo medianamente, porque siempre creí que nos merecíamos
mucho más, y que esto alcanzaba para todos (los glotones le roban su
parte a los débiles y tontos y estos se sienten desgraciados y tan sólo
se quejan). Consideraba constantemente la idea de que si esto no daba para más,
que si me hartaba, o si me tomaban demasiadas veces por tonto estaba siempre
dispuesto a renunciar a todo, y… así fui aguantando… todo
estos años.
Pero, basta, el momento había llegado. A partir de ahora yo sería
un tipo libre, mi condición física no era de lo mejor, pero no
sería impedimento, mi estado mental era bastante deplorable pero era
un requisito para ser libre. Siempre y cuando no me babeara por el costado y
dijera estupideces estaría en carrera. Durante años estuve haciendo
mis aportes jubilatorios, pagando mis impuestos, cumpliendo horarios, programando
relojes despertadores, escuchando órdenes y el momento había llegado.
Todo venía de felicidad pero no, el primer batacazo en esta alegría
ascendente llegó al enterarme del dinero que recibiría a partir
de ahora, ¿cómo quieren que viva con esa suma miserable?, pregunto
yo. La libertad tiene su costo y yo estaba dispuesto a asumirlo. Como primera
medida tuve que mudarme de casa para abaratar costos. Después reduje
algunos gastos y comodidades, no importa, pensaba yo, a cambio recibiré
todo mi tiempo para mi.
Después todo fue empeorando. No quiero entrar en detalles para no alargar
esto mucho más, mi intención no es deprimirlos, cada uno sabe,
debería saber, el camino que transita y adonde lleva. Lo mío es
sólo un caso.
A pesar de todo hoy es el día más feliz de mi vida.
Hoy después de dormir la siesta salí a pasear por el barrio, pasé
por la farmacia para comprar unos medicamentos y estuve conversando un poco
con el dueño del local, un hombre muy atento que conozco hace años,
un tipo siempre dispuesto a las bromas y a los chistes. Estuvimos conversando
un buen rato entre cosas serias y divertidas, cuando decidí irme le di
un abrazo y me despedí alegremente prometiéndole firmemente que
tarde o temprano nos volveríamos a ver.
Al llegar a casa me dirigí a la cocina, me tomé todas las pastillas
con leche fría para que no me hicieran mal al estómago, tomé
papel y lápiz y escribí unas pocas palabras. Me senté en
el suelo, medité unos segundos, sentí el sueño, lo pude
notar, me sentí tonto. Con el último vestigio de lucidez, antes
de cerrar definitivamente los ojos, abrí todas las hornallas de la cocina
y esperé.
M. Pires
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