El Quetzal - Documento 13
Apología de la crítica
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Como consecuencia de la mojigatería que trajo consigo la corrección política, un oficio intelectual clave, el de crítico, está devaluado en grado sumo. En estos días optimistas y felices, donde lo "desagradable" es reprobado y evitado en público, la gente repele a la crítica como dos campos magnéticos iguales se repelen. Así pues, uno, que es crítico, y que disfruta siéndolo, de repente se ve acorralado y obligado a escribir estos textos de autodefensa.
Uno
Hay gente que me odia por el simple motivo de que yo tengo una opinión sobre las cosas.
—Madonna
        En principio, es necesario dar aunque sea una pequeña aproximación al perfil del crítico. Primero, y eso los políticamente correctos deben aceptarlo, el crítico tiene una capacidad intelectual notable. Elementos fundamentales en el crítico son precisamente su capacidad de análisis, su pensamiento lógico y su habilidad para la observación. También, en el crítico es evidente su proceso intelectual distinto al de la mayoría por el hecho de ligar dos ideas donde cualquier otro no lo hubiera hecho. El crítico, y en esto se basa su naturaleza, ve las cosas desde una perspectiva distinta a la de la corriente principal. Otro rasgo afín es su afición al conocimiento. El crítico, casi siempre, hace gala de una cultura general relativamente vasta y de una memoria privilegiada, o bien, de un acervo documental extenso.
        Uno de los puntos que más atención amerita del crítico, desde el punto de vista del políticamente correcto, es su perfil psicológico. A primera vista, parece que el crítico tiene una autoestima bastante alta, o al menos, una gran confianza en su opinión y en tener la razón: de otra forma, no sería tan "temerario".
        Pero el rasgo más resentido por los políticamente correctos es su agresividad. Hay que destacar que esto no es un rasgo común a todos los críticos: uno de los mayores apologistas de la crítica, Octavio Paz, era pacato en su estilo. Mas los críticos verdaderamente agresivos, especialmente los críticos de la religión —ateos, agnósticos y demás irreligiosos—, son (somos) aquellos que se vanaglorian (vanagloriamos) de su habilidad para el sarcasmo. Habilidad que casi nunca es compartida por los interlocutores creyentes, mayoritariamente PC. Ese manejo del sarcasmo casi inexorablemente lleva al crítico a la crítica ácida y al uso de un lenguaje que va de directo pero respetuoso a crudo y vulgar. Y aquí, el interlocutor PC estalla: desde simplezas léxicas como llamar "lisiado" a alguien con limitaciones físicas hasta criticar a un personaje prominente y querido de forma vulgarcísima, pasando por decir que Dios es un "ser idiota", o decir que Britney Spears tiene más silicona que talento en medio de gente que babea por ella, el políticamente correcto tenderá a pensar que lo están insultando.
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Dos
¿Negativo? ¿Yo? Creo que realista es una palabra más adecuada. ¿Cómo puede ser que vengamos en coche desde Los Ángeles, que hayamos visto veinte mil kilómetros cuadrados de centros comerciales y que no tengas ni la más mínima sospecha de que algo, en alguna parte, esté yendo mal, pero que muy mal?
—Douglas Coupland, Generación X
        La aparente agresión sistemática del crítico ácido lleva a la creación de un tipo especial de crítico: el crítico del crítico. El crítico del crítico es un ser llamativo, y en las líneas siguientes explicaré por qué.
        El crítico del crítico está especialmente afectado por la corrección política. Llama al crítico ácido negativo, amargado, frustrado, incompetente, que preferiría estar creando en lugar de estar analizando, y, por sobre todo, lo acusa de ser destructivo. Este aspecto del crítico como "vándalo intelectual" merece desarrollo.
        Nietzsche, un crítico horriblemente ácido, de hecho destruye lo conocido para poner él un nuevo sistema (el que nadie, posiblemente ni el mismo Nietzsche, pueda decir con seguridad qué propone, es algo distinto). Destruye para construir. Los mejores críticos, sean o no ácidos, siempre proponen aunque sea un atisbo de solución para el problema que detectan. Y aunque no lo hicieran, véase que para que un problema sea resuelto, primero debe identificarse qué causa ese problema. En esto, el crítico ya aventaja al resto de los mortales, muchos de ellos aletargados en su autocomplacencia y en sus comodidades, sin preocuparse en pensar.
        Dentro de los críticos de los críticos, hay que destacar a los religiosos. Normalmente, cuando no tienen presión, los críticos de los críticos religiosos se sienten predicadores. Hablan de conceptos tan trascendentes, que por estar tan manoseados ya no tienen sentido, del tipo del amor al prójimo, sentir a Dios, caridad, de lo grande de Jesús y cosas de ésas, en un tono tan meloso que los hace aburridos y enfadosos, y de forma tan inocente y torpe que uno, con un silogismo y dos hechos bien escogidos, desbarata sus argumentos en un tris.
        Reconozco que eso es algo cruel. Regresando al tema, el espíritu anticrítico aparece aquí. Cuando alguien les habla de barbaridades del tipo de las tratadas en estos documentos, o tan sólo con una que otra pregunta moral incómoda (obvio, se está tratando con gente moralista, que, anotación, no es lo mismo que gente moral) que casi siempre, de seguir sus implicaciones, termina por darle la razón al otro (y razón contundente), los críticos de los críticos religiosos sólo dicen "yo no soy nadie para juzgar", aunque eso sea la contrarrespuesta a un juicio moral hecho por estas gentecillas. O bien, se limitan a condenar al otro al infierno, o le dicen que pedirán por su alma en sus oraciones.
        Tal vez usted conozca a alguno, y puede acusarlos de, al menos, falta de rigor intelectual. Esa carencia de método es más que evidente cuando se analiza la crítica al crítico. Si todo lo que el políticamente correcto dice fuera cierto, entonces la crítica del crítico regresa y lo golpea como bumerang. Y el golpe es mortal. El crítico del crítico, siguiendo su propia lógica, está destruyendo la crítica; y entonces ¿está amargado, resentido, frustrado por no ser un crítico real? ¿Preferiría él hacer crítica en lugar de criticar al crítico, de la misma forma que el crítico literario, según él, preferiría escribir en lugar de destacar virtudes y defectos en libros ajenos? Y la mejor de esta serie de preguntas: ¿cómo puede alguien estar resentido por no estar resentido?
        Así que llegamos al germen real del crítico del crítico: molestia. El crítico del crítico está enojado siempre. Él era feliz en su mundo anodino, hasta que, por la causa que sea, se topó con un crítico que le mostró, o tuvo la ficción de mostrarle, lo poco fundamentado de su mundo feliz. Ahora, exorciza el demonio de la realidad mediante algo que no es más que una descalificación en un berrinche. El crítico del crítico es como la figura de los tres simios: no ve al mal, no oye al mal, no habla con el mal. El crítico del crítico estaba durmiendo. Despertó, o soñó que despertó, no le gustó lo que vio, soltó un grito y regresó a dormir, menos tranquilo.
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Tres
La crítica no es sino uno de los modos de la imaginación, una de sus manifestaciones. En nuestra época la imaginación es crítica. Cierto, la crítica no es el sueño pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones.
—Octavio Paz, El laberinto de la soledad
        He expuesto en las líneas anteriores por qué la crítica no es mala. A continuación, trataré de lo que a mi juicio son las bondades de la crítica. Por ello, ahora es cuando se responde a una pregunta importantísima para nuestros fines: ¿para qué sirve la crítica? En pocas palabras, el crítico es algo así como un auditor de la sociedad.
        ¿Auditor? Desde esta perspectiva, la misión del crítico es la de ver que la sociedad avance hacia sus objetivos. ¿Cuál es el objetivo de la sociedad democrática, la menos caótica que concebimos? El bienestar de todos sus miembros, hasta donde llegue su alcance. Es cierto que son rarísimos los críticos que se dedican a analizar todo lo que pueden en una sociedad. Por lo general, el crítico casi siempre se especializa en una sola cosa, ya sea literatura, cine, deporte, tecnología, religión, economía, política, la vida cotidiana. Pensemos que la sociedad es un macrouniverso compuesto de otras sociedades más pequeñas: partidos políticos, instituciones, universidades, comunidades, iglesias, familias, empresas... El crítico especializado se encarga de ver que todas esas microsociedades cumplan con los objetivos que ellas mismas se fijaron y no tanto con los objetivos que deben tener por definición. O bien, qué tanto se adecúan los objetivos de la microsociedad a los objetivos comunes.
        Aún más: el crítico específico tiene una gran ventaja potencial: puede mirar el sistema que analiza desde afuera, lo que le debería brindarle imparcialidad. El crítico irreligioso de las religiones (incluyendo dentro de ellas al ateísmo, por qué no), como no tiene interés personal alguno en ellas, puede denunciar o interpretar hechos que pasan desapercibidos, por ignorancia o negligencia, a los creyentes; el crítico apolítico del gobierno, como no tiene interés personal en los organismos gubernamentales o las estructuras políticas, puede hacer lo mismo con ellas.
        Eso funciona para los críticos de las grandes estructuras sociales en cierto grado jerárquicas, ya sea el partido gobernante, las corporaciones o la subcultura que gira en torno a un equipo deportivo. Pero ¿qué hay de los críticos de la cotidianeidad, como los cómicos? Ellos no pueden mirar desde afuera al tendero de su barrio, ni a su dentista, ni mucho menos a sus familias. Aquí es donde sale en auxilio el pensamiento heterodoxo del crítico y sus igualmente heterodoxos procesos mentales.
        Volviendo a la discusión, digo que el estado de no pertenencia al sistema que critica debe darle imparcialidad al crítico. Eso es un comienzo, pero no es suficiente. El crítico tiene un problema aquí: él también tiene sus propias ideas, y pertenece a algunos sistemas. Este problema es notable en los analistas políticos que militan en algún partido, y lo es aún más en tiempos electorales. Los políticos de partidos izquierdistas tienden a criticar a las políticas y a los candidatos de las asociaciones conservadoras; los escritores militantes en partidos de derecha hacen lo propio con los liberales. El comentarista de deportes destroza a un equipo que no es de su predilección y reduce las pifias de aquél que es su preferido. El ateo tiende a exhaltar al ateísmo. Los creyentes hacen ver a los laicos como demonios.
        Por eso, el mayor compromiso del crítico es adquirir honestidad y humildad. El crítico es un ser humano, y como tal es falible. El crítico debe ser capaz de subordinar sus intereses a su misión de vigía de la comunidad. Debe también, por la misma razón, abandonar todo fanatismo ideológico. Y debe también ser capaz de reconocer sus errores. Debe ser capaz de ver el error no sólo en los sistemas que critica, sino en él mismo. Es decir, el crítico, si quiere ser un buen crítico, debe practicar la autocrítica. Debe dirigir de vez en cuando su escalpelo hacia sí mismo, como dijera Nietzsche.
        El crítico, como intelectual que es, está en búsqueda de la verdad. Y en esa búsqueda debe enfrentarse a todo y a todos de ser necesario, incluso a él mismo.
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