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Las
grandes cosas, como las pequeñas, tiene un principio grácil,
imperceptible acaso. Así se inician la vida del hombre y la vida
de los pueblos. El tiempo, enemigo de lo perdurable, es huracán
que invisible pasa implacable, en carrera que nunca termina, segando existencias,
y con ellas sepultando ilusiones, sueños y esperanzas.
El hombre, rey de la creación, único ser en ella semejante
a Dios por la luz de la razón, sabe que no perecerá jamás,
que fue creado para vivir por siempre, más allá de los siglos
y los milenios. Y Dios le dio en la carne caduca y frágil el camino
de la supervivencia al hacerlo fuente de vida que se renueva en los hijos,
porque en los hijos nos prolongamos con un amor que es alegría,
sueños y esperanzas.
De la niebla espesa del pretérito surgen los pueblos como pequeñas
plantas que crecen, se fortalecen y logran la madurez de los frutos, que
perdura en los logros de la ciencia y en las obras de arte.
Tal ha sucedido con la Perla del Pacífico, el puerto de la Mar
del Sur, San Andrés de Tumaco. En su territorio, que como hoy se
dilataba al sur y al norte adentrándose en el continente, en lejana
y remota antigüedad brilló una cultura indígena que
se perpetuó hasta nuestros días en sus obras de cerámica,
lítica y orfebrería; obras de la inteligencia y del arte
que encierran el espíritu de sus autores y representan el nivel
cultural de ese pueblo, en grado tal, que sus realizaciones le merecen
distinguirse con nombre propio: la Cultura Tumaco.
Cultura Tumaco, porque esas realizaciones son el resultado del
cultivo de los conocimientos humanos y de la aplicación de las
dotes naturales de seres privilegiados que sintieron aletear en el interior
de su ser la belleza con que se vestía la naturaleza en los amaneceres
marinos, la solemnidad de los atardeceres, cuando el sol se besaba con
las aguas y ardiendo en rojas llamaradas se hundía en las ondas
tiñéndolas con el rojo encendido de los crepúsculos.
Los artistas de la Cultura Tumaco se sintieron poseídos por el
embrujo de esta naturaleza bravía y exuberante, y vaciaron en sus
trabajos las sensaciones que llenaban su alma, fecundaban la mente y aceleraban
su corazón.
En su obra Maravillas de la Naturaleza, Fray Juan de Santa Gertrudis
dejó constancia en 1760 de la admiración que le merecieron
las pequeñas figuras de ceramica que representaban a hombres, mujeres
y niños con pasmosa fidelidad, destacando, como no lo hizo ninguna
otra de las culturas indígenas de su tiempo las peculiaridades,
los defectos y deformaciones de rostros y cuerpos. Era la suya una artesanía
que más que imitar las características humanas, las retrataba
fielmente.
Aunque algunos estudiosos creen que la Cultura Tumaco se meció
en la cuna de Mesoamérica y otros estiman que el litoral ecuatoriano
dilató hasta nuestras costas su influencia. Debemos observar con
base en dataciones hechas con carbono 14, que fue más antiguamente
habitada la zona de Tumaco que la de la costa ecuatoriana, particularmente
de la Tolita. En la región de Tumaco existió población
humana desde la mitad del primer milenio antes de nuestra era o sea desde
hace 2.500 años. De manera que la zona litoral nariñense
fue ocupada por el hombre antes que nuestra región andina.
Sobra decir que en lo que hoy es Tumaco existió población
indigena desde mucho antes del descubrimiento de América; cuando
en 1526 don Francisco Pizarro arribó a la isla, encontró
la tribu de los Tumas, vivían principalmente de la pesca y descendían
de los Caras, pueblo peruano que se apoderó del territorio de Esmeraldas
y se estableció en tierras de Tumaco.
La ciudad europea se fundó con base en esa población indígena,
cuando el padre Onofre Esteban adelantó su trabajo misional en
la costa del Pacífico en 1598, labor espiritual y material
que culminó en 1613. Durante los 15 años en que se
efectuó esa labor se establecieron las parroquias de Atacames,
San Mateo de las Esmeraldas y San Andrés de Tumaco, de ahí
que la fundación de Tumaco debió cumplirse hacia 1610,
y fue esa la primera intervención española en la organización
social de San Andrés de Tumaco.
Por lo dicho, la Tumaco española fue anterior a las ciudades San
Francisco de Sotomayor, San Felipe de Austria, Santiago del Príncipe
y a los Reales de Minas de Yacula y Nuestra Señora de la Paz, y
anterior también a la primera fundación de Santa María
del Puerto de la Nueva Toledo, la legendaria y noble Santa María
del Puerto de las Barbacoas.
Tumaco creció como conglomerado humano y adquirió importancia
como puerto marítimo, como crece la espuma en sus playas al arrullo
de las olas, y perduró domeñando la adversidad, mientras
las otras ciudades, aquellas bautizadas con tan sonoros y llamativos nombres,
desaparecieron tras el velo del tiempo consumidas por el irremediable
abandono de sus habitantes, fue excepción Barbacoas, sus cimientos
fundados sobre el oro de sus tierras y de las ricas arenas del Telembí
resistieron los ataques de los indios y superaron la violencia destructora
del fuego que la castigó inclemente.
Y Tumaco se constituyó en el Puerto de la Mar del Sur, ya era conocida
como tal en 1628, a sus playas arribaban embarcaciones de lugares
distantes, era lugar de obligada escala para los barcos que de Panamá
surcaban las aguas tormentosas del mal llamado Pacífico.
Como todas las fundaciones españolas, en sus comienzos fue asaltada
por los indígenas que rechazaban la presencia de esos extraños
seres blancos y barbados. Los sindaguas atacaron a Tumaco por los ríos
Patía, Chaguí y Rosario, fue entonces cuando se determinó
fundar la ciudad de Santa Bárbara, puerto de la Isla del Gallo,
en donde el hidalgo capitán Ambrosio de Cuéllar construyó
la primera iglesia en la nueva ciudad, de la que fueron sus primeros alcaldes
los capitanes Antonio de Peralta y Hernando Sánchez Cortés.
Santa Bárbara se fundó para proteger a Tumaco.
En el siglo XVII vivió Tumaco la juventud primaveral de las bellas
doncellas, de ahí en la segunda mitad de ese siglo despertó
la codicia de los piratas. Para fortuna de la princesita marina, los varones
de San Juan de Pasto la protegieron como la más preciada joya,
muestra de ello las determinaciones de su Cabildo el 27 de febrero de 1671, cuando los piratas ingleses y holandeses habían tomado
el castillo de Chagre y la ciudad de Panamá, al tiempo que sitiaron
la ciudad de Valdivia. Pasto, entonces, se puso sobre las armas para defender
a Tumaco, se organizó una milicia que comprendió a los varones
de la ciudad desde los 12 años.
El peligro que significaban los piratas continuó. En 1680 los hermanos Capitán Pedro y Sargento Ciprián de Cuéllar
custodiaron el puerto durante seis meses ante las amenazas de los filibusteros.
Y Tumaco, a su vez, auxilió a otras ciudades; en efecto, desde
Tumaco el Superintendente General de las Armas, don Bartolomé de
Estupiñán y Flórez, en un bergantin con 25 hombres
fue en socorro de Panamá. También ese año el sevillano
don Pedro de Morales hizo guarnición en San Andrés de Tumaco
y en Santa Bárbara de la isla del Gallo durante ocho meses.
En 1681 piratas ingleses hostilizaron a Tumaco y Santa Bárbara
con 1.680 hombres, robaron en la ciudad y el Teniente de Gobernador don
Juan de Godoy, con tropa de Pasto, defendió a Tumaco, emboscó
al pirata, mató a seis de sus hombres, tomó un prisionero
y se batió con el jefe Wolmen, tomó a los piratas un bergantín
y puso guarnición durante ocho meses en Santa Bárbara de
la isla del Gallo.
En junio de 1684 el corsario flamenco Eduardo David tomó
a Tumaco a sangre y fuego y se llevó a las mujeres que pudo capturar.
Y tres años después, en 1687, seis barcos piratas
fondearon frente a Santa Bárbara de la isla del Gallo, por fortuna
no atacaron a esa ciudad ni a Tumaco. Las amenazas y ataques de los piratas
acabaron con Santa Bárbara de la isla del Gallo, la que en 1688 estaba totalmente abandonada.
Llegó asi, entre sobresaltos y angustias el siglo XVIII. La Audiencia
de Quito expidió real cédula que se obedeció el 12
de enero de 1749, por ese instrumento se agregaron Tumaco y su
isla a la jurisdicción de Quito, pero el 14 de noviembre de 1757 el Virrey de Santafé don Joseph Solis Folch de Cardona restituyó
al dominio de la Gobernación de Popayán la isla y su puerto.
En 1781 singulares acontecimientos conmovieron la paz y tranquilidad
del puerto, el movimiento popular de los Comuneros de Tumaco. Encabezaron
la insurrección Juan Bautista Vallejo, Esteban de Erazo e Ignacio
Sudario. Depusieron al Teniente de Gobernador don Honesto Ramón
Gómez e instauraron en su lugar a don José de Vallejo que
se mantuvo en el gobierno hasta el 31 de diciembre de 1782. Episodio
de gloria que, igual que el de los Comuneros del Socorro, fue presagio
del gran movimiento que se coronaría con la victoria al conquistar
la libertad y la independencia de nuestra Patria.
Tumaco había crecido, existían en la ciudad Real Estanco
y Casa Real, guarnición armada y cárcel pública,
en 60 casas habitaban 70 familias con 391 personas, sin contar 32 que
vivian en El Morro; Tumaco y sus lugares inmediatos albergaban entonces
a 2.497 habitantes.
La historia de Tumaco en el siglo XIX es rica y bastante conocida, de
ella bien vale la pena recordar que en 1806 los vecinos del puerto
apresaron el bergantín inglés El Vigilante, calaba
21 pies, estaba armado con 10 cañones y su andadura era de 13 millas;
se avaluó en 35 mil pesos y lo compraron vecinos de Barbacoas,
entre ellos don Manuel Torres, hermano del prócer don Camilo. El
último ataque de los piratas ingleses a Tumaco se cumplió
en plena guerra de independencia.
Hasta 1835 los cantones de Tumaco y Barbacoas formaron parte de
la provincia de Buenaventura, el Congreso de ese año los agregó
a la provincia de Pasto. Fue ese un acto de justicia y conveniencia. De
justicia porque Pasto había estado durante la colonia atenta y
constantemente preocupada por la defensa de Tumaco, siempre amenazada
por los piratas, y porque dio Pasto el mayor aporte de población
blanca a la codiciada Perla del Pacífico; de conveniencia porque
habían existido y perduraban mayor comunicación y comunidad
de intereses que con Buenaventura, cabecera aquella de la provincia que
veia en Tumaco un puerto rival antes que una parte importante de su territorio.
Esta estrecha síntesis de la historia de Tumaco es suficiente para
destacar su importancia.
EMILIANO DIAZ DEL CASTILLO ZARAMA |