Publicado en Mayo 27 de 2001

Por: Fabio Castillo

Como pueblo que se respete, Tumaco tiene una tienda llamada El Rey de los Precios Bajos, un alcalde que va y viene de la cárcel, un frente de la guerrilla en sus puertas, un comando paramilitar mimetizado entre sus calles, y un reloj en la iglesia que nunca da la hora.

Un elemento lo distingue de casi todos los pueblos colombianos, que tiene un Comando de Infantería de Marina. Pero eso hace toda la diferencia.

Desde diciembre del año 2000 Tumaco es agobiado por una ola de violencia, que lo tiene aislado de resto del país por carretera; cuando se llega al aeropuerto La Florida, un militar de boina roja filma a todos los pasajeros, quienes hacen como si no les importara, y las centenares de rutas francas al mar son copadas por el contrabando de armas, coca, maderas finas y los mercados que ahora llevan a Ecuador, más caro desde la dolarización vecina.

Al Comando de la Armada lo acusan, y no en singular, sino en un agobiante plural, de servir de escudo de protección a un grupo paramilitar que llegó a Tumaco en septiembre pasado, asesinó a los pandilleros en tres días, luego desterró o enterró a los pordioseros, y desde hace tres meses persigue a los independientes y los líderes obreros.

Estos son unos términos que suenan extraños a los miles de desempleados que pululan en un pueblo donde residen 150.000 personas para las que los $27.000 millones que recibió Tumaco en los últimos cinco años como regalías, adicionales a su presupuesto, no alcanzaron para dotarlos de agua potable, calles pavimentadas, o la educación que cree el puente que la naturaleza les negó con las grandes ciudades.

Primera escena

Pero la leve diferencia de Tumaco no es sino aparente: ha sido, además, centro del narcotráfico en la Operación Milenio, de Ochoa y Bernal Madrigal; la Operación Camarón, de José Castrillón Henao, y la Operación Neche, que concluyó con Jairo Aparicio Lenis en la cárcel.

Tumaco es controlada por un clan político, epicentro de todo escándalo (Recuadro.)

El silencio

Pero en Tumaco nadie quiere hablar. Sus habitantes temen que el silencio se interrumpa por la denuncia con nombre propio. Temen a las retaliaciones, y a ellas achacan las 39 muertes con móviles políticos ocurridas en los últimos ocho meses.

Nadie recuerda ya dónde está la tumba del periodista Flavio Bedoya, asesinado el pasado 27 de abril desde dos motos, a pocas cuadras de la estación de policía. Autor de múltiples denuncias sobre corrupción y gestores de la violencia en el municipio, Bedoya, fundador del periódico La Ola, escribió con seudónimo un artículo para el semanario Voz, del partido comunista, donde hablaba de la participación de un militar en la toma de un caserío.

El caserío es Llorente (ver El Espectador, 1° de abril de 2001, página 4A), la zona que hasta 1999 controlaba Jairo Aparicio Lenis, detenido por la Fiscalía por enriquecimiento ilícito, asociado con un grupo del cartel de Cali. Hoy es el escenario de una sangrienta lucha de posiciones entre dos organizaciones de traficantes del Valle y Antioquia, tres columnas guerrilleras –el frente 29 de las Farc, y los históricos del Eln Héroes de Barbacoas y Guerreros de Sindagua– y una organización paramilitar que tiene asiento indistinto en los barrios Pradomar y La Cordialidad de Tumaco, o en las veredas de Milagros y Boca Nueva.

Hace más de un año la Fiscalía no practica diligencias de levantamiento de cadáveres en la zona rural del municipio, que alberga al 60% de sus habitantes, porque allí se libra una batalla inédita. En torno de Llorente hay sembradas 20.000 hectáreas de coca. Allí llegan los desplazados de Putumayo, donde son reclutados por los “paras” a $20.000 el día, libre de comida, dormida y retención en la fuente.

La violencia

Tumaco navega en el desempleo. Sus habitantes disputan al mar el mínimo grado de subsistencia con la pesca, y la venta de tienda al menudeo es el centro de su economía.

Pero sus verdaderos problemas empezaron el 13 de septiembre del año pasado.

Amenazaron al único organismo que sirve de núcleo social y espiritual en el puerto, la Pastoral Social de la Diócesis de Tumaco, y que tiene en el padre Guillermo León Correa –delgado, sencillo, pequeño, sensible– la única fuente de fortaleza colectiva.

Ese día 13 ocurrió la primera muerte que se imputa a los paramilitares, la del vigilante de la plaza de mercado, a quien llamaban por asociación obvia La Mosca.

Luego otras siete muertes, al mes siguiente doce, catorce en diciembre: la espiral de la violencia ya no volvió a detenerse. Nadie la mira.

“La operación es similar a la de los ‘paras’ en cualquier ciudad” explica un fiscal del puerto que, como casi todas las fuentes allí, aceptó hablar en condición de anonimato. “Primero una operación de ‘profilaxis social’”, explica el fiscal con algo de relamerse sobre tan elegante expresión para tan bajo propósito, “para ganar respaldo social. Luego, la muerte de las voces independientes, que por acá suelen ser pocas”.

Acostumbrados a lidiar con delitos menores, los fiscales no saben en quién apoyarse para una investigación. Se da un conflicto de jurisdicción entre el comando de la Armada, que no supera los 20 kilómetros hacia el interior de la costa pacífica, y la guarnición militar más cercana, el Grupo Cabal, a cuatro horas por carretera.

El procurador Regional, Julio Medina, recuerda que en la toma de Llorente a los militares les tomó casi tres días llegar a la escena del enfrentamiento.

Allí se encuentra Villa Neche, ahora controlada por “los paisas”, y que fue denunciada en 1991 como sede de un grupo de “limpieza social” que exterminó 30 personas en el puerto.

El procurador sumó esta investigación por la tardía asistencia militar a las 237 averiguaciones disciplinarias que cursan en su despacho.

El espacio independiente se cierra poco a poco: un programa de radio, La caja de Pandora, debió suspenderse. Los maestros perdieron su junta directiva, tras ser fotografiados desde un vehículo sin placas.

Carmela, Bernardo, Flavio: dos desplazados, un muerto. Un puerto que naufraga en medio de la indiferencia general.

Un desertor desveló la clave

A raíz de un ‘juicio’ de los paras contra uno de sus miembros, Danilo Valencia, a quien acusaron y condenaron porque supuestamente extorsionaba a los comerciantes de Tumaco sin su autorización, se produjo la deserción de otro miembro de la misma organización, Giovani Arboleda, y toda la trama de la organización paramilitar quedó desvelada.

El jefe general de los paras en Tumaco se llama Pablo, y en el área urbana la organización está a cargo de Gustavo. El contacto para la seguridad se hizo con un antiguo miembro del Comando de la Marina, y son financiados especialmente por seis de las más grandes empresas que operan allí.

La cobertura política la aseguró un cacique de la región, y la meta es asegurar el control que permita restablecer la maquinaria del tráfico de drogas y armas, que resultó bastante maltrecho luego de la llamada Operación Milenio.

Tumaco llegó a esta situación como reacción al Plan Colombia: la presión que vivía Putumayo es hoy la del puerto.

“Conocemos a los asesinos de Flavio Bedoya”, dice otra fuente, por un testigo, pero no hay cómo acusarlo judicialmente.

Una semana después de la visita a Tumaco se inició la gran ofensiva contra el sur del país, en la frontera con Ecuador: al otro lado de donde se ocultan los paras, y donde se procesa la droga.

Pero ya ha llegado a Tumaco el arma pesada, y eso puede hacer, de nuevo, toda la diferencia.

Una familia en todo Tumaco

La historia de la política en Tumaco tiene casi un apellido exclusivo, el de la familia Escrucería.

En la década de 1970 y 1980 su protagonista fue Samuel Escrucería Delgado, pero un proceso por soborno en las minas de esmeralda de Boyacá, como funcionario de la Contraloría General de la República, minó su influencia y perdió su curul en el Congreso.

Una visita de vacaciones a su hijo en los Estados Unidos terminó en la cárcel. Fue condenado a dos siglos de prisión por tráfico de narcóticos, y murió allí.

Su hijo, Samuel Alberto Escrucería Manzi, fue condenado en Colombia por peculado y, según una demanda que cursa con ese argumento, no podía postularse a la alcaldía. Pero fue elegido, y ahora en ocasiones hay alcalde encargado, en otras titular, como ahora, mientras se espera el resultado de otra investigación disciplinaria, que ya ordenó su destitución en primera instancia.

La elección del alcalde con doble prontuario fue demandada, y ahora se espera una decisión en la justicia administrativa.

“Escrucería Manzi fue condenado mediante sentencia ejecutoriada por un delito que implica pena privativa de la libertad, y que no tiene el carácter de delito político ni de delito culposo”, dijo el Consejo de Estado en 1992, cuando le decretó la pérdida de investidura de senador, la primera decisión que se tomó en Colombia.

Y en ese escenario político irrumpen los actores del conflicto armado en ese Tumaco, la cuarta parte de Nariño.




Enséñame cositas negras

Bogotá

Flora ilustrada de San Andrés y Providencia, un libro con fotos a todo color y que huele a mar, muestra que esta geografía nuestra es prácticamente inagotable.

Ese texto, que tuvo como compiladores a Favio González, Jhon Nelson Díaz y Petter Lowy, vio la luz después de que los niños de los colegios y escuelas de la isla se dedicaron por un buen tiempo a colectar yerbas, flores, tallos y hojas tal vez demasiado normales para ellos, pero totalmente desconocidas para quienes vivimos en el mundo continental. En este trabajo fueron ayudados por los viejos raizales que sabían más que todos, por supuesto.
Entonces, ahora que llegó el momento de darle sentido a la realidad de ser tan distintos pero entendernos desde ahí, la Flora ilustrada de San Andrés y Providencia deberá tener arte y parte en la educación de los colegios.

Lo anterior no es otra cosa que incluir totalmente la cultura afrocolombiana en nuestro trasegar educativo, o “cumplir con el pago de una deuda que se tiene con esta comunidad”, según afirma Dilia Robinson, directora de educación media técnica y continuada y responsables del Programa Nacional de Etnoeducación del Ministerio de Educación.

Creencias y evangelización

El 26% de la población colombiana es de raza negra. Esto quiere decir que aproximadamente 10’500.000 personas son descendientes de los esclavos que llegaron al Nuevo Mundo en grandes barcos y después de casi un año de viaje, para hacer el trabajo fuerte de las minas y las grandes haciendas, entre otras.

Vinieron llorando la pérdida de su pasado y sus dioses, pero continuaron con sus creencias más allá de la evangelización. En el fondo de su alma guardaron sus conocimientos sobre la vida, la medicina y la religión.

Y el próximo 21 de mayo se cumplen 150 años de la abolición de la esclavitud en nuestro país después de muchas generaciones por fuera de África.

Un buen número de las tradiciones se han perdido. Otro se mezcló con las indígenas y un buen número de ellas pasaron a formar parte de la realidad de los blancos.

Sin embargo, se trata de un grupo cuyos aportes tradicionales se siguen sintiendo, y lo anterior no sólo tiene que ver con la música y la cultura en general, sino también en la arquitectura (la de la islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, por ejemplo) y la medicina natural, por nombrar sólo algunos apartados.

“Todo esto se incluirá en la Cátedra de Estudios Afrocolombianos y se trata de un canal para enseñarnos a convivir, sin ser iguales en nuestras formas de ser y actuar”, afirma Robinson.

La responsabilidad para llevarla a buen puerto es de maestros y alumnos. Habrá, como es lógico, lineamientos, y hay un grupo trabajando en distintos temas, pero es necesario que en todas partes se conciecen de la necesidad de conocer, respetar y analizar la cultura afrocolombiana.

La culpa de Europa

Desde el siglo XIV, los portugueses comerciaban con los esclavos y esta práctica, aunque suene cruel, estaba directamente relacionada con la religión. Los mercaderes les decían a sus prisioneros que era preferible trabajar sin pago pero con la convicción de ir al cielo, al reino de Dios, después de su bautizo.

En América, por ejemplo, la esclavitud se dio especialmente por la supuesta falta de fuerza del indígena, mientras las naciones europeas obtenían grandes ganancias con el comercio desde África, que les permitió vivir solventes económicamente por varios siglos.

Colombia figura como uno de los países donde más esclavos llegaron, superado por Brasil, Cuba, Jamaica y Haití. Entraron por el puerto de Cartagena y se conocen historias de un comercio entre Mompós y la capital de Bolívar manejado por una mujer, cuya casa, casi un palacio, fue construida y mantenida con la sangre y el sufrimiento de los que llegaron de África.

“Sin embargo, a pesar de las cadenas, nunca perdieron su dignidad y menos su sentido de libertad. Eso está muy claro en la historia”, afirma Robinson, y aspectos como éste son, precisamente, los adicionales que la cátedra deberá aprovechar al momento de instaurarse en el ámbito nacional. “Con mayor razón en la actualidad, cuando tratamos de construir la paz”, continúa.

Lo importante, sin embargo, es que desde el punto de vista de la Cátedra la enseñanza tendrá un efecto dinamizador sin descontextualizar la historia sino dándole un sentido mucho más humano. Para nadie es un secreto que hace algunos años, al momento de hablar en los colegios de los negros que se rebelaron y establecieron en San Basilio de Palenque, era común mostrarlos como los desafiadores de la autoridad y no como personas buscando su propio espacio y libertad.

El tío Conejo, famoso personaje mitológico de África, contador de historias y narrador de leyendas será, todo lo indica, un nuevo invitado a las aulas.

A su cargo estará no sólo hablar de una cultura con espacio propio sino también recordarles a los blancos y mestizos que los negros tienen mucho que decir, más allá de los tambores y los cantos de arrullo, de la marimba de chonta y de los temas que hablan del mar como el gran punto de separación de sus antepasados.

Rastros de identidad

Para los afrocolombianos y afroamericanos su cultura es importante, así esté hecha pedazos en la memoria.

En este aspecto se sabe que el problema viene de la misma África, continente que fue “repartido arbitrariamente”, según Pedro N’Dong Andeme, de Guinea Ecuatorial, a principios del siglo XIX.

“Con premeditación se hicieron desaparecer fuentes de información (documentos, escritos, mapas) relacionados con reinos y Estados que alcanzaron un nivel evolutivo muchas veces superior a los de los europeos de su época”, afirma en un aparte de su escrito para el libro Encuentros de africanía, compilado por Esperanza Bioho, de la Fundación Colombia Negra.

De ahí que lo que queda está en la memoria de sus representantes, transmitido de generación en generación, retazos que de todas maneras son valiosos y han llegado hasta nuestros días.

En Colombia, la población negra, especialmente repartida en las zonas Pacífica y Atlántica, conserva un buen número de tradiciones que, sin embargo, con su paso a los grandes centros urbanos, tienden a desaparecer.


Desde La peña hasta Pradomar.

EN CONTINUA ACTUALIZACION.
 
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