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ÉTICA Y LEGALIDAD

                                                        José Ruiz Mercado

Toda ley tiene un porque. La normatividad de la misma se da a partir de la necesidad de una sociedad, la cual, se desensibiliza y requiere una norma coercitiva. El derecho al trabajo, a la libre expresión, se ven transgredidos, minimizados.

La ley federal de derechos de autor. Y ante una falta de ética por parte de los transgresores a la integridad moral, se vuelve imprescindible el hacerla visible. La piratería no se da sólo en los videos y compactos; se da en el escenario, y se aplaude en todos los volantes y carteleras.

En el artículo 21, fracción III, de la ley ya mencionada, dice a la letra: Exigir respeto a la obra, oponiéndose a cualquier deformación, mutilación u otra modificación de ella, así como a toda acción o atentado a la misma que cause demérito de ella o perjuicio a la reputación de su autor. Quizá un postulado de sentido común, sin embargo, como casi siempre, este es el menos común de los sentidos.

El respeto al trabajo debiera ser un determinante, pero aún más, una premisa en la enseñanza, escolarizada o no, de la ética del profesional. Si el médico hace el juramento de Hipócrates, el estudiante de teatro debiera hacerlo a su vez a nombre de ese sacerdocio, del cual tanto se habla del trabajo escénico.

Revisar esta ley nos lleva a situarnos en posturas aún más complejas. El artículo primero, dice de entrada: La presente Ley, reglamentaria del artículo 28 constitucional, tiene por objeto la salvaguarda y promoción del acervo cultural de la Nación; la protección de los derechos de los autores, de los intérpretes...

Los artículos del 116 al 122, protegen al intérprete. El problema mayor de esta protección se encuentra en el 119, al designar, en caso de no existir contrato, al director del grupo. ¿Qué pasa con el frustrado dictador convertido en director? Quizá el problema no radica en el dictador, quien ni el título de la obra respeta, sino del actor sumiso que permite ver su dignidad pisoteada.

Sabina Berman, en alguna ocasión hizo una anotación al particular, al relacionar este acto despótico con las estructurales patriarcales provenientes desde las estructuras semifeudales, hasta los posmodernos días del capitalismo salvaje de los monopolios y la globalización.

Esto en lo referente al derecho de los intérpretes. Sin embargo, aún falta tomar otro elemento de este artículo: La salvaguarda y promoción del acervo cultural de la Nación. Un elemento que al político de carrera debiera interesarle. La legitimación de su posición. Estar al frente de un gobierno legítimo, implica un acto de conciencia por parte de la ciudadanía, y una acción de inteligencia por parte de un jefe de Estado.

Pero aún resulta de una trascendencia amplia este problema de la promoción del acervo cultural. El problema de la identidad. Parto de que toda obra es un conjunto de signos, así como, el que toda obra es hija de su tiempo. De la misma forma, cada período de la cultura produce un arte propio, irrepetible, el intento de revivir principios artísticos pasados puede producir, a lo sumo, obras que son como un niño muerto antes de nacer, podemos afirmar el cómo, tanto en el ámbito de la emisión como de la recepción, esta se encuentra determinada por factores sociales, psicológicos, culturales, filosóficos y de que manera se da la interdependencia al interior de la misma.

Lo cotidiano se sublima, no porque no se le quiere mencionar, o por darle un maquillaje, y si esto sucede también es historia. La creación parte de la imaginación. Sin esta no hay posibilidad de hacer. La participación del individuo al interior de su comuna se vuelve razón de ser y propuesta de cambio. Pero cuando este se descontextualiza se convierte en un ser ahistórico. Con modelos preestablecidos, sin imaginación, y por lo tanto, sin creatividad; reproducción mecánica, sin emoción. Reproductores ideológicos, indispuestos a la creación de una realidad

Las teorías economicistas se han quedado en el terreno de la producción, por lo mismo, han dejado de paso el terreno de la recepción, olvidando al público. Tal pareciera como si los autores fueran entes aislados, sin embargo estos también entran en este juego ideológico.

Nietzsche, afirma el cómo, sólo mediante el fenómeno estético pueden justificarse la vida y el mundo eternamente. Lo festivo y el equilibrio, la fusión de fuerzas opuestas. Pero jamás el estatismo, sino la lucha constante en estructura y forma.

El concepto de provincia implica dependencia. Quien teme a su esencia teme a sus raíces es un ser dependiente, ideologizado. En el desconocimiento del acervo cultural, en el analfabetismo funcional más grave. Es un problema reconocer el analfabetismo del vendedor de papas, pero lo es aún más cuando un trabajador de la cultura sea funcional. Y más aún cuando es director escénico.

Un problema ético, indudablemente. Pero aún más, un problema legal. Se es transgresor aún en el desconocimiento de la ley, y el Estado está obligado a velar por su cumplimiento, tal y como lo contempla el artículo 20:

Corresponde el ejercicio del derecho moral, al propio creador de la obra y a sus herederos. En ausencia de éstos, o bien en caso de obras del dominio público, anónimas... el Estado los ejercerá

Es en este sentido, el cómo, la relación entre el asunto ético y lo legal se transforman en un problema de carácter político que tiene su raíz en un pasado de conquista. Una revisión antropológica ya vista por los grandes intelectuales mexicanos.

Samuel Ramos en El Perfil del Hombre escribió: Bolívar, entre sus observaciones sobre el nuevo mundo escribió, el cómo los americanos somos europeos de derecho. En México se ha abusado de este derecho, imitando a Europa arbitrariamente, sin otra ley que el capricho individual.

Guillermo Bonfil Batalla es más explícito en Pensar Nuestra Cultura, uno de sus libros claves, al escribir: Desmontar el andamiaje ideológico, sustento de la visión cultural del sector dominante en nuestras sociedades, resulta entonces una tarea prioritaria para sanear el ambiente intelectual, construir una visión auténtica de nosotros mismos y conducir el debate sobre nuestro futuro a partir de identificaciones más próximas a la realidad.

La historia nos demuestra el choque, así como la implantación ideológica, la cual a la fecha continua bajo la mira criollista antes mencionada en una mirada eurocéntrica. Recordemos el cómo, durante la Colonia, la guerra de castas fue un instrumento para evitar la organización de los grupos inconformes ante la imposición de la Corona Española.

La ideología de castas fue un instrumento político. Los movimientos de liberación de los grupos indígenas, de los esclavos negros se dieron en una actividad de foco. Por una parte, no podían organizarse con las luchas al interior; por otra, el control político estaba lejos de sus manos. Los levantamientos se dieron hormonalmente, y por lo mismo, terminaron igual.

La visión de lo mexicano a partir de su historicidad es una angustia plena. Dos conquistas han conformado el universo cultural. La mexica, cuya peculiaridad fue someter a los pueblos circundantes, y por otra, la castellana con soldados mercenarios de la propia Iberia. Esto ha creado una actitud peculiar en la visión del mundo del arte.

En 1980, aparece una antología a cargo de Tino Villanueva, editada por el Fondo de Cultura Económica, en donde, aparece una nota significativa, en lo político y militar, con la cual podemos ejemplificar esta acción cultural. Cuando la invasión del general Hugh McLeod a Nuevo México en el período del gobernador Manuel Armijo por el año de 1836, sus habitantes más ricos, en la creencia de su origen caucasiano, argüían ante los anglosajones: A ustedes no les gustan los mexicanos, y a nosotros tampoco nos gustan, pero nosotros somos hispanoamericanos, no mexicanos. De aquí esa mirada criolla de los grupos hegemónicos y la implantación ideológica pretendiendo imponer en el gusto popular su propia visión del mundo, la cual, en el teatro, se deja ver, tanto en los círculos comerciales, como en los universitarios, para quienes, los autores nacionales no existen.

Y no quisiera terminar diciendo que, en algunos estados, los locales, tampoco existen. Porque entonces sí, mayor criollismo no podía existir.  

 


José Ruiz Mercado, escribe:
La visión de Vico



Teófilo Guerrero,
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Jesús Cruz Flores,
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