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Qué es la Oración

Para tener siempre en cuenta como hacerla y saber sus métodos. Este artículo nos introduce en los detalles a la hora de hacer una buena oración para establecer una relación fraternal con nuestro Padre y estar siempre serca suyo.


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hemos puesto mayor enfasis en nuestra espiritualidad, por ello estas páginas les serán muy útiles. visítenos aquí.


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Estás en la Sección Cuentos aquí encontrarás relatos que profundizan en la fe y ayudan a reflexionar acerca de la propia vida; El Equipo PJP. .
Sección: Cuentos de Motivación
CUENTOS Y MAS CUENTOS


En esta sección, toda la historia de nuestro campo con algunos cuentos en historias que te pueden ayudar en alguna motivación o trabajar con tu grupo, Alguno de ellos con su guia pastoral. Revisá los enlaces a Buenas Nuevas.com, nuestro sitio proveedor.

LA POBREZA Y LA FE | LA NOVIA Y LA NOVICIA | LA INDECISION | HELADO PARA EL ALMA

Carta de Jesús para usted... ... para orar con El.

Querido amigo o amiga:

Soy Jesús de Nazaret. Estoy siempre contigo, lo mismo que el sol: Aun en una noche oscura está contigo, porque si no estuviera, tu hogar estaría más helado que el Polo Norte. Como amigo, deseo ayudarte. Dime algo acerca de ese problema que te preocupa... si, Yo ya lo se, pero si me lo cuentas quiere decir que tienes fe en Mi, y la fe es la mejor base para que pueda ayudarte... además, contándolo muestras que tu también eres mi amigo. Los amigos siempre hablan de sus cosas. Cuéntame con detalles ese problema en el hogar, en el trabajo, con tus amigos, con tus enemigos... tómate unos minutos, acompáñame... Yo se que no me ves, como tampoco ves las ondas de la radio y televisión, pero ahí están. Basta que pongas un aparato de radio o televisión, y oirás y verás sus mensajes... pues el mejor aparato para conectar conmigo, con tu amigo Jesús, es la Oración. Quiero ayudarte y gozarme contigo, ¡de verdad que quiero!... dime acerca de ese dolor, o de ese gozo... de esa enfermedad, del fracaso, del desaire que te han hecho, del problema que tienes de dinero, de soledad, de dudas... cuéntame tus sueños, ilusiones, desencantos... tómate unos minuticos... ... Y al final, quizás todavía no me vas a ver ni oir... pero, ¡alerta!, después de orar, ¡vas a ver los efectos!, como en la radio o televisión... Dios no suele amar de palabra, sino de obra: Dándote cosas, tus ojos, tu corazón, el aire, el sol, tus familiares, amigos... cuidando tanto de ti, que hasta los cabellos de tu cabeza están bien contados (Mat.10:30). ... Así es que, al final de tu oración, no te olvides de dar gracias a Dios, ¡y estate bien atento!, porque tus peticiones van a tener sus efectos... Yo, Jesús, siempre contesto con un gran SI en las tormentas de tu vida. Y lo hago de una de estas dos formas: O calmo la tormenta, el dolor físico o del corazón, o te calmo a ti, de modo que vas a pasar la tormenta con paz y hasta con gozo y amor... quizás hasta puede ser que tus tormentos te ayuden a ir al Cielo... Pídeme también algo para tus familiares y amigos... cuando haces eso, no solo crees en Mi, sino también en Mi Iglesia, ¡y eso me hace muy feliz!... y ahí me hago presente como el sol en un día de primavera (Mt.18:19-20) Yo deseo ayudarlos, ¡de verdad que lo deseo!... pero ellos te necesitan a ti... me necesitan a Mi, a Jesús, pero también a ti, a tus oraciones por ellos... ... Así es que cuéntame las ilusiones o problemas de tu esposa o esposo, de tus hijos o padres, de tus amigos, de tus compañeros de trabajo, de tu ciudad, de la nación, del mundo... ¡cuéntamelo todo!... ... ¡Y recuerda!... no te olvides al final de dar muchas gracias a Dios, porque la Oración es maravillosa, es el hilo fino que mueve la mano de Dios... y después de tu Oración, muchas cosas van a cambiar, ¡pon atención a los resultados!. Una palabra más: Cuando puedas, vete a visitarme y recibirme en la Eucaristía, en el Sagrario, en el Templo... ahí estoy presente de forma muy especial, como el sol a mediodía en un verano caluroso... ahí estoy con Mi Cuerpo, Mi Sangre, Mi Alma y Mi Divinidad... ¡como cuando estaba en Belén o Nazaret o Jerusalén!... De verdad que estoy locamente enamorado de ti, es la locura de Dios de San Pablo (1Cor.1:25)... déjate querer... te espero a diario hecho nada más que pan y vino... quiero ser tu pan de cada día, llenarte de amor, de gozo, de paz, ¡aquí en la Tierra!... llenarte de vida... y, sobre todo, llevarte al Cielo eterno con los Santos y Mi Madre bendita (Jn.6:53-54, Mt. 6:11, 1Tim.2:4). Tu amigo, Jesús de Nazaret

Mas cuentos para el apoyo espiritual

LA POBREZA Y LA FE

publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

No habrá tenido mucho. Pero lo que tenía era muy suyo. Sobre todo, porque de tanto llevarlo encima había terminado por sentir indispensables todas esas realidades: sus botas, su poncho, sus ropas, su chambergo y su facón.

¡Habían compartido tantas cosas juntos, que había terminado por encariñarse con todo eso! Más que cosas suyas, las sentía como parte de sí mismo. Como realidades de su misma historia. Al sentir consigo todas esas realidades, se sentía viviendo una historia con continuidad: historia con pasado. Y todo hombre que está en camino siente la tentación del pasado. Tentación que se concretiza en el poseer; en el no dejar.

Al llegar a la orilla de ese río, la opción le resultó dura. Esa realidad del río que atravesaba como un tajo su camino, le exigía una decisión dolorosa. No es que no quisiera atravesarlo; ¡si para eso se había puesto en camino! Lo duro no estaba en vadearlo; sino en que para vadearlo debía tomar una actitud nueva frente a todas sus cosas viejas; frente a todo lo que era suyo; frente a todo lo que se le había adherido.

Todo bicho exigido a dejar el pellejo, busca arrinconarse. Lo busca hasta el gusano que quiere ser mariposa. Para poder crecer hasta el volido, necesita aceptar el retiro del capullo. La rosa y el gusano lo hacen por instinto; al cristiano, por ser hombre, le toca decidirlo.

Al llegar a la orilla del río, nuestro hombre se acurrucó en silencio. Antes de despojarse por afuera necesitaba unificarse por dentro. Necesitaba mirar la correntada, dejar que ella le entrara por los ojos y se le fuera corazón adentro. Necesitaba que el corazón pasase primero, para poder luego seguirlo su cuerpo. En esa actitud se le fue la tarde, y la noche le cayó encima con todo su misterio. Y en esa actitud lo pilló el lucero. Fue entonces recién cuando dijo: "sí". Un sí que lo venía arreando desde lejos. El mismo sí, que lo pusiera en movimiento al comienzo.

Despacio se puso de pie, se quitó el poncho y lo tendió en el suelo. Se sacó las botas y las colocó en el centro. Luego el facón, el pañuelo, la faja y el chambergo. A cada pilcha que entregaba, el hombre se iba empobreciendo. Los grandes momentos de la vida no necesitan dramatismo. El drama es el escenario ficticio que necesitan ciertos acontecimientos cuando carecen de suficiente espesor para impactarnos por sí mismos. O cuando no han sido aceptados por la rumia y nos resultan indigestos.

Por eso el hombre, sin broma ni drama, ató las cuatro puntas del poncho que contenía todo los suyo. Lo voleó tres veces como un lazo para darle impulso y lo tiró por encima de la correntada para que fuera a caer a la otra orilla. De este modo colocaba lo suyo allí donde él mismo debía llegar. Hacía que lo suyo se le adelantara para esperarlo en la meta.

Y allí quedó él, en la orilla de acá, liberado de todo para poder vadear mejor ese río y urgido a vadearlo para poder encontrarse con todo lo suyo, que lo había precedido. Porque era un hombre que amaba profundamente lo suyo.

Nada se ha de perder de lo que el Padre nos ha dado.

Hace más de veintitrés siglos un joven salmista, al que le pasó algo parecido, le decía al Señor en un largo poema:

Yo pongo mi esperanza en vos Señor, que no quede frustrada mi esperanza

(Salmo 118)

Mamerto Menapace


La indecisión

Lo habían agarrado en flagrante delito de robo, y no existían circunstancias atenuantes que lo justificaran. A pesar de todas sus negativas no pudo evitar que la justicia lo mandara a la muerte.

Cierto, había tratado de mostrarse sereno y había logrado impresionar a sus mismos jueces. Todavía le quedaba un poco de humor, y decidió jugarse hasta la última carta. Trataría al menos de ganar tiempo, para vivir un rato más.

Cuando le leyeron la sentencia que lo condenaba a la horca, la escuchó con calma, y concluyó la sesión preguntado si tendría la oportunidad de expresar su último deseo. Era imposible que se lo negasen. Y así fue. Se lo concedieron, antes aún de averiguar de que se trataba.

-Quisiera — dijo — ser yo mismo quien elija el árbol en cuya rama tendré que ser ajusticiado.

Aunque la petición pareció a los jueces un tanto romántica para lo dramático de las circunstancias, no hubo inconvenientes en concedérsela. Le designaron un piquete de cuatro guardias para que lo acompañaran en el recorrido por el bosquecito de las afueras de aquella vieja ciudad medieval, en la que este suceso se desarrollaba conforme a las costumbres y procederes de la época.

Más de tres horas duró la caminata, que impacientó a todos, menos al interesado, que gastaba su tiempo desaprensivamente observando con superioridad e ironía cada árbol y cada gajo que podría ser su último punto de apoyo sobre esta tierra de la que se despediría en breve. Los miraba y estudiaba minuciosamente, para desecharlos luego casi con desprecio. No sería una miserable planta con tantos defectos la que tendría el honor de cargar con su partida. De esta manera fue pasando de árbol en árbol, hasta que hubo inspeccionado todos los posibles.

De nuevo ante el juez, expresó así sus conclusiones:

-¡Señor juez! ¿Quiere que le diga la verdad? No hay ninguno que me convenza.

Murió lo mismo. Y sin haber elegido.

Tengo dos amigos. Uno de ellos ha llegado a la convicción de que debería consagrar su vida a Dios. Pero todavía no ha encontrado ninguna congregación que lo convenza. El otro cree en el amor. Pero no cree en las mujeres.

Me temo que los dos van a morir sin haber elegido.


Helado para el Alma

La semana pasada llevé a mis niños a un restaurante. Mi hijo de 6 años de edad preguntó si podía dar las gracias. Cuando inclinamos nuestras cabezas el dijo: "Dios es bueno, Dios es grande. Gracias por los alimentos, yo estaría aún más agradecido si Mamá nos diese helado para el postre. Libertad y Justicia para todos. Amén"

Junto con las risas de los clientes que estaban cerca, escuché a una señora comentar: "Eso es lo que está mal en este país, los niños de hoy en día no saben como orar, pedir a Dios helado... ¡Nunca había escuchado esto antes!" Al oír esto, mi hijo empezó a llorar y me preguntó: "¿Lo hice mal? ¿Está enojado Dios conmigo?

Sostuve a mi hijo y le dije que había hecho un estupendo trabajo y Dios seguramente no estaría enojado con él.

Un señor de edad se aproximó a la mesa. Guiñó su ojo a mi hijo y le dijo: "Llegué a saber que Dios pensó que aquella fue una excelente oración".

¿En serio? - Preguntó mi hijo. - ¡Por supuesto! Luego en un susurro dramático añadió, indicando a la mujer cuyo comentario había iniciado aquel asunto: "Muy mal, ella nunca pidió helado a Dios. Un poco de helado, a veces es muy bueno para el alma".

Como era de esperar, compré a mis niños helado al final de la comida. Mi hijo se quedó mirando fijamente el suyo por un momento y luego hizo algo que nunca olvidaré por el resto de mi vida. Tomó su helado y sin decir una sola palabra avanzó hasta ponerlo frente a la señora. Con una gran sonrisa le dijo: "Tómelo, es para usted. El helado es bueno para el alma y mi alma ya está bien".



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