Un asunto de familia

por Dogon ©

La Capilla Whrittle de Dogon
basada en una foto que ilustraba un artículo sobre los cuentos de Andersen

La región al noroeste de Bakerville, Virginia, se encuentra hoy, como ayer, en total estado agreste. Allí, los pocos caminos transitables son apenas senderos que serpentean por extensos pastizales y áreas yermas, y, entre medio, se internan y vuelven a reaparecer – o no lo vuelven a hacer más – en parajes alejados de aquellos que condujeron a ellos. Los que no reaparecen nadie sabe a dónde llevan, ni si llevan a alguna parte en particular. Son estos últimos los que darán pie a lo que voy a relatar a continuación, ahora que el señor Whrittle ya ha fallecido y estoy liberado de mi juramento de no repetir a nadie lo que él, en aquellos aciagos días, me confío. ¡Un asunto espeluznante! Como su mejor amigo y eterno confidente, no pude menos que conservar mis labios sellados, hasta ahora, que Benjamín a muerto y me encuentro a su lado, en la casa de velatorios de los hermanos Grandeur, cuidando su cuerpo y su alma. Pobre Benjamín, fue un excelente amigo y una gran persona. Hasta aquella ocurrencia, en el invierno de 1876.

Fue en esa zona deshabitada y boscosa, al noroeste de Bakerville, Virginia, que ocurrió el evento que transformaría a mi compadre en un individuo alterado por la paranoia evolutiva, que le dejó reducido a un manojo de nervios y le volvió una persona intratable. Tanto así, que terminó recluyéndose en una casa de campo prestada por uno de sus últimos conocidos, en la localidad de Benton Drive, curiosamente, a escasos doce kilómetros del lugar en donde se había producido el fatídico episodio que tanto alteraría su regalada vida.

Empezaré, pues, con el episodio responsable de la tragedia que acabó con su vida mortal, y que ahora amenaza con arrebatarle la inmortal, que yo custodio aquí, en esta solitaria cámara mortuoria donde sólo nos encontramos su cadáver y yo; él, amortajado en su ataúd, rodeado de cuatro macizos candelabros plateados donde arden sendos velones de cera bendecida; yo, enfundado en mi traje de luto, sentado sobre una vieja silla de madera deslustrada. Gracias al cielo que Benjamín tenía algo de dinero guardado, que si no, no podría haberle costeado ni siquiera este mísero funeral, ni estaría yo teniéndole la vela, ya que estaría rebuscándome la diaria como fuera. Uno se preguntará en qué quedó el patrimonio desbordante de mi amigo. ¡Hay pasiones más fuertes que los vicios! ¡Impulsos irrefrenables que impiden pensar claramente y que conducen a las locuras más extrañas, todo sea por volver a encontrarse con los seres queridos! En fin, por mi parte, puedo decir que Benjamín fue el único cuya amistad permaneció inalterable luego de que me despidieran del estudio Prudent & Humbleferry, Solicitors y estuviera sin una ocupación "honorable" desde entonces.

En enero de 1876, Whirttle vivía con su esposa, Frances, y sus dos pequeños hijos, Tom y Margaret, en una sólida mansión, en las afueras de Bakerville, en una de sus mejores zonas, como correspondía a un hacendado por sangre y herencia, dueño de toda la región al noroeste de la ciudad, hasta donde se perdiera la vista; tan vastos eran sus dominios, que él mismo no los conocía por completo. Desde ya que poseía amplios campos con ganado y cultivos, especialmente del apreciado tabaco de la región, pero también montes, colinas y grandes superficies cubiertas por densos, húmedos y solitarios bosques. Benjamín era hombre robusto, vívido y poco dado a la molicie; no paraba de hacer algo, incluso mientras conversaba con uno. Muchas veces me atendió generosamente en su estudio, en los salones de su residencia, en medio del campo, debajo del cobertizo – en un par de ocasiones que llovía -; en fin, que mientras hablaba, por ejemplo, en su biblioteca, no paraba de tomar un vaso, ponerle hielo, echar un par de vasos de rasposo bourbon y dejarlo a mi alcance, luego de lo cual se ponía a cortar rebanadas de pan con su navaja de mango de cuerno de alce – cazado por él mismo y confeccionada por su armero; y, posteriormente, hacía lo propio con el embutido y el queso duro; seguía con la apertura de un tarro de aceitunas, y así, mientras escuchaba atentamente cuanto se le decía y respondía las cosas más coherentes y atinadas. Cuento esta minucias para que tengan una idea de cómo era Benjamín; para que no digan que era un hombre carente de inteligencia y sagacidad, como hicieron algunos de sus antiguos "amigos", entre quienes no faltaron quienes lo tildaron de demente y hasta le acusaron, injusta y falsamente, de haber asesinado a su propia familia.

El asunto es que, en esa fecha, uno de sus peones, un guardabosques que tenía bajo su ala, sin ser empleado suyo - como otros, doy fe -, se presentó muy agitado, como si hubiera caminado desde su lejano puesto de vigilancia hasta la casa. La primera que lo vio venir por la avenida que conducía al solar familiar, fue Margaret, la pequeña y dulce Margaret, que en paz descanse. La niña, que obviamente no conocía al sujeto, salió corriendo, llamando a su madre a voz en cuello. Frances estaba en una de las ventanas de la sala principal de la casona, arreglando unas hiedras que trepaban indebidamente, y tampoco le conocía, por lo que se apresuró a salir y encararle, prudentemente acompañada por dos lacayos de imponente contextura y presta disponibilidad. Una vez presentado, en medio de su agitado estado, el individuo pidió hablar con Benjamín. Frances le condujo a la huerta, donde mi amigo estaba evaluando la marcha de sus tomates, y allí les dejó a solas. Estuvieron hablando, según me dijo Frances luego, por más de una hora. Cuando el guardabosques se marchó, Benjamín entró a la casa muy excitado y con la mirada brillante y perdida. Parecía estar poseído por una fuerza mayor a la habitual y una inquietud desconocida en él:

- ¡Frances! ¡Llama a Tom, que se apresure a encontrarme en los establos, vamos a salir!

- ¿Qué ocurre, Benjamín, que dijo ese hombre?

- ¡Ah, cariño, ha encontrado algo que puede ser muy interesante! ¿Recuerdas que alguna vez te dije que el primer Whrittle vivió muchos años en una mansión que no era ésta? ¿Y que ninguno de sus descendientes volvió a saber de aquella primera residencia hasta el día de hoy? Pues bien, ahora Stephen, el cuidador ese, parece haber ubicado su antigua locación, allá por las profundidades de Blackmouth Hill... También, quién iba a pensar que pudiera haber vivido alguien en esos parajes. Yo nunca me he animado a seguir esos senderos lúgubres...

- Oh, querido, ¿será verdad? – le interrumpió Frances, con un tono que quedaba a medio camino entre la alegría y el desconcierto.

- No tiene por qué mentirme. Stephen es un buen hombre y sabe de lo que habla, mi amor. Es un explorador experimentado; un "sabueso viejo". Recuerda que estuvo con los indios por mucho tiempo, hasta que aquel capitán del ejército le rescató,... bah, pagó por él, y lo entregó al Hospital de Caridad de Virginia, de donde le sacó mi abuelo. Sé que no miente, algo debe haber hallado, si no, no hubiera venido hasta aquí.

- Me alegro tanto por ti, Benjamín. Al fin se cumplirá tu sueño de poner a toda la familia en el mismo mausoleo.

- Bueno, no sé, Frances. Stephen solamente me comentó acerca de las ruinas de un caserón enorme. Por lo que me contó, estoy seguro que se trata del antiguo hogar de los Whrittle... Sí, querida, es también mi mayor deseo que el honorable Sir Jacob Whrittle pueda descansar rodeado de sus familiares. Bien sabes que esta es la razón principal de mi interés... Vamos, Frances, llama a Tom,... que me alcance en los establos.

*****

Benjamín y su hijo Tom cabalgaron por casi tres horas, hasta llegar al puesto del guardabosques. Este les aguardaba inquieto, ya que conocía los intereses de su benefactor e igualmente sabía que si su hallazgo le satisfacía, recibiría un generoso emolumento. Así era Benjamín.

Apenas llegaron, Stephen les recibió alborozado. Tanta era la emoción que embargaba a Benjamín, que se negó, con vehemencia, a desmontar para tomar un descanso, e instó al cuidador a que les condujera, sin más demora, al sitio de su descubrimiento. Stephen montó en su cabalgadura y se unió a ellos, encabezando la marcha. Se introdujeron por uno de los abigarrados bosques cercanos, siguiendo una senda de tierra bastante ancha, que permitió al grupo trotar con ligereza y lado a lado, pero al cabo de un trecho bastante largo, el sendero se convirtió apenas en una huella que se iba estrechando más y más, a medida que la arboleda circundante se volvía más tupida y umbría, lo que les obligó a enfilarse uno detrás del otro y aminorar la velocidad de su cabalgata. Stephen abría el camino, seguido por Benjamín, y, por último, Tom. Al cabo de andar así por un tiempo que a Benjamín se le antojó interminable, Stephen levantó su mano izquierda, al tiempo que obligaba a su caballo a detenerse.

- De aquí en adelante, señor Whrittle, deberemos desmontar y seguir a pie – aclaró el guía.

- Está bien, Stephen. ¿Cuánto más hay que andar para que lleguemos? – le dijo Benjamín, pasando un pañuelo sobre su rostro transpirado.

- No mucho más, señor Whrittle, estamos a un tiro de piedra de las ruinas.

- Bien, bien. Vamos, Tom, hay que seguir a pie – concluyó Benjamín, al tiempo que alentaba a su hijo.

- Oooohhh, ,papá, estoy molido... – manifestó el muchacho con voz quejosa.

- ¡ Vamos, no discutas conmigo, estamos cerca! ¡No te retrases, vamos, apúrate Tom! – le gritó su padre mientras echaba a marchar en pos de Stephen, que ya se había adelantado a ellos.

Refunfuñando por lo bajo, Tom se apeó de su montura, atando las riendas a la rama de un árbol cercano, y se dio prisa en seguir a su padre. Antes de que pudiera alcanzarlo, oyó la voz de Stephen diciendo:

- Aquí es, señor Whrittle, mire.

Cuando Tom llegó adonde estaba parado Benjamín, se quedó mudo: frente a ellos, como si se tratara de un claro en medio de la prieta espesura, se extendía un vasto espacio casi circular en cuyo centro se podían distinguir las ruinas dispersas de lo que, en sus buenos tiempos, debe haber sido una imponente mansión del siglo XVII, de la que, ahora, solamente quedaban algunas paredes elevándose apenas un medio metro sobre el suelo, cuando tales restos subsistían; en algunas áreas, únicamente unos montículos cubiertos de pastizales permitían suponer la existencia previa de una construcción, en tanto, en otras, ni siquiera eso.

Stephen se percató de la cara poco entusiasta de su protector, y temió que su recompensa se esfumara en la nada, por lo que se apresuró a comentarle:

- Pero esto no es todo, señor Whrittle, hay más.

- ¿ Qué cosa, Stephen?

- Si me acompaña, le muestro – respondió el guardabosques mientras señalaba con su cabeza en dirección oeste.

Benjamín y Tom le siguieron sin comentar nada de lo visto. Finalmente, le vieron: una capilla enorme, blanca en sus principios, techada con pizarra oscura, que estaba enclavada en medio de lo que se asemejaba a un pastizal salvaje. Cuando Benjamín, con el rostro demudado por el asombro, quiso avanzar hacia ella, Stephen le tomó firmemente por el brazo, al tiempo que exclamaba:

- ¡ No, señor, no! ¡Es terreno pantanoso!

- ¡Diantres, Stephen! ¿Cómo llegaremos allí?

- Estuve estudiando el área, señor, y hay una sola forma. Venga y pise donde yo lo hago, por favor. Mejor que su hijo nos espere aquí, señor Whrittle.

- Ya oíste al hombre, Tom. Aguarda a que regresemos.

- S í, papá.

Tom vio a Stephen y a su padre avanzar cautelosamente, paso a paso, hacia la capilla. Vista bajo la luz del sol, la construcción se asemejaba a cualquiera de las otras que conociera en ese estado de abandono y soledad; muchos vicarios habían pasado por la región y varios templos erigidos en nombre del Buen Pastor, pero pocos habían sobrevivido y muchas menos iglesias habían perdurado. La zona no era bondadosa con los débiles, y no lo había sido, especialmente, en aquellos tiempos del siglo XVII, cuando la Naturaleza y los nativos se defendían con uñas y dientes de estos pálidos hombres ávidos de nuevas tierras y gloriosos destinos.

Vio cuando su padre y Stephen ingresaban por la desvencijada puerta del edificio y se perdían en su lóbrego interior. Pensó acerca de su remoto antepasado, Sir Jacob Whrittle, de quien era el último descendiente masculino; pensó sobre la persona que debió haber sido y las razones por las cuales los reyes de la lejana Albión le habrían conferido el título de Sire y aquellas por las cuales tuvo que venir a parar a estas tierras fabulosas, las cuales, por supuesto, ignoraba, ya que su padre jamás le había hablado una palabra sobre el Sire. Se dijo que era una buena oportunidad para pedirle que le contara y conocer la historia detrás de nombre tan ilustre.

Pasó un largo rato sin que nada ocurriese. Tom estaba impaciente y ya había masticado como media docena de brotes de hierba, y arrojó el que tenía entre dientes, lanzando un juramento. Se levantó del tronco donde había estado cavilando y, poniendo sus manos a modo de bocina sobre la boca, llamó a gritos a su padre, varias veces. Al no obtener respuesta, gritó el nombre de Stephen, pero solamente los sonidos habituales del bosque respondieron a su llamado. Los relinchos nerviosos de los caballos atados a los árboles le hicieron distraerse por un momento, yendo a calmarlos, en tanto le embargaba una incómoda sensación de intranquilidad. De pronto, sintió ruidos a sus espaldas, y, girando sobre sí mismo con el pánico dibujado en el rostro, vio que Stephen y su padre emergían de la penumbrosa entrada, arrastrando consigo un objeto de gran tamaño y, por sus denodados esfuerzos, de mucho peso también.

- ¡Hey, Tom! ¡Necesitamos una mano aquí!... ¡Espera allí! ¡Stephen te enseñará el camino! – exclamó Benjamín, y, luego, con una gran sonrisa pese al esfuerzo notorio que estaba realizando, le gritó:

- ¡ Lo encontramos, Tom, encontramos el bendito ataúd!

*****

Entre los tres consiguieron, con bastantes dificultades debido a la naturaleza traicionera del terreno, arrastrar el cofre hasta tierra firme. Benjamín le ordenó a Tom que regresara de inmediato al caserío y que volviera con un carromato y cuatro fornidos peones. Para cuando retornó, siete horas después, Tom encontró a ambos hombres sentados en el mismo tronco en el que les había estado esperando antes, hablando y riendo animadamente. Le recibieron con chanzas por su demora y cómo se habían tenido que entretener analizando el ataúd y regresando al interior de la capilla abandonada.

- Aun quedan algunas cosas de valor ahí adentro. Solamente lamento que el único ataúd integro que quedara de aquel primer núcleo familiar fuera éste. El de Lady Whrittle y sus vástagos estaban desintegrados por completo y sin ni siquiera huesos dentro... Es que esta maldita humedad del pantano lo devora todo. Éste se salvó porque estaba en el nicho superior y no le afectó mayormente este ambiente malsano – le dijo Benjamín a Tom, mientras dirigía las tareas de traslado del mismo.

A Tom le pareció que la caja funeraria se veía bastante bien conservada, a pesar del tiempo transcurrido y lo poco favorable del ámbito en el que permaneciera por al menos dos siglos. Por cierto, la tarea de transportar el catafalco no fue fácil: mientras dos peones se encargaban de limpiar la senda hasta el lugar donde habían tenido que dejar el carro, los demás tuvieron que encargarse de cargar el pesado féretro hasta ese sitio, lo que supuso un tremendo trabajo, pero que fue llevado a buen fin. Una vez que la caja estuvo afianzada sobre el carro, la caravana se puso en marcha, de vuelta al hogar. Ningún hecho anormal aconteció a lo largo del camino, a pesar de los comentarios velados y poco entusiastas de los campesinos. Benjamín no tenía oídos para ellos, aunque supongo que a Tom le afectaron lo suficiente como para llegar a la casa con el rostro ensombrecido y los ojos inyectados en una suerte de temor reverencial, cada vez que caían sobre el ominoso cajón.

Llegaron cuando el sol ya se había ocultado tras el horizonte ondulado de las colinas lejanas, y una fantasmagórica luminiscencia fosforescente cubría la tierra, apenas interrumpida por las luces del caserío. Fueron recibidos por Frances y Margaret y algunos de los labriegos y domésticos más allegados, quienes se apresuraron a ayudarles a llevar los caballos y el carro, con su fúnebre carga a cuestas, hasta las caballerizas. En un momento, los animales parecieron intranquilos y hubo que sosegarles, pero se tranquilizaron y no molestaron más.

- Oh, Benjamín,... no puedo creerlo, ¡lo hallaron! – exclamó excitada Frances - ¡Cuánto me alegro por ti!

- Yo también, mi cielo, yo también – le respondió Benjamín con una fatigada sonrisa.

- Pero... ¿dónde lo dejaremos?... ¡No en la casa, Benjamín! – adujo Frances - No podría dormir pensando en que hay un muerto, y bien muerto, bajo mi mismo techo. Y uno que, por otra parte, merece que se le bendiga nuevamente... Mañana mismo hablaré con el reverendo, si te parece, querido.

- Por supuesto, Frances... Yo mismo te acompañaré. Quiero arreglar cuanto antes el asunto de su nueva inhumación en el cementerio de nuestra querida iglesia – agregó Benjamín, con la satisfacción de ver su sueño más caro marchando hacia la realidad – Y creo que podemos ponerlo en el cobertizo. Está alejado de tu dormitorio – insertó con una sonrisa pícara – y estará a buen resguardo..., y lejos de tus temores, ¡ja, ja, ja!

- Humm, no te rías de mí, Benjamín. Los muertos deben ser objeto de respeto y reverencia. ¿O es que ahora no crees en la resurrección de la carne, como dice el reverendo Víctor?

- Oh, claro que sí, Frances, claro que sí... –dijo Benjamín, a medida que se iba alejando hacia el establo para indicar las maniobras necesarias para trasladar el ataúd a su lugar de reposo provisorio.

Frances pensó si su marido no tendría que tener una conversación con el reverendo Víctor, acerca de la firmeza de sus principios religiosos. No estaba bien reírse de los miedos que despertaba en ella ese féretro tan bien conservado. Se persignó con rapidez y murmuró un "Ave María, madre de Dios...", mientras seguía con su mirada la descarga del cajón mortuorio.

*****

No quiero recordar los detalles que me transmitió el fallecido amigo Benjamín. Sólo diré que el primero en sufrir las consecuencias de ese acto aparentemente piadoso, y que terminó desatando la desaparición de toda la familia Whrittle, fue Stephen, a quien, al día siguiente de trasladado el maldito catafalco, encontraron – bueno, no a él sino a su sombrero – flotando en las marismas que rodeaban aquella capilla, la cual, agradezco a Dios con toda mi alma, y a Él me encomiendo, también, desapareció por completo, igualmente tragada por el negro fango del pantano.

Tomado como una fatal y desgraciada coincidencia, el hecho no pasó a mayores en el seno de la familia Whrittle, ya que Stephen era un total desconocido y no había lazos de afecto con él, aun cuando todos ellos lo sintieran, como correspondía por alguien quien, en cierta forma, tenía conexiones con el pater familia.

No fue lo mismo cuando la siguiente víctima de la inexplicable maldición fue Margaret. ¡Oh, cómo y cuánto lloraron su muerte "accidental"! ¡Ay, la pequeña y dulce Margaret! Una niñita hermosa, pero cabezuda. Sus padres no habían insistido lo suficiente, advirtiéndole que no cruzara el camino lindero al arroyo que lleva al bosque viejo, ubicado a casi un kilómetro de la Residencia; pero no, cada vez que podía, se escapaba. Y es que adoraba cruzar el límpido arroyo de aguas rápidas por el tronco hueco y gigantesco que unía sus verdes y floridas orillas. Una vez la desdichada me contó que, cuando así lo hacía, se sentía transportada al mundo de las hadas y los elfos. ¡Ay, pobre chiquilla soñadora, adónde has sido llevada por las frías garras de la muerte prematura!

Benjamín y Tom no salían de su estupefacción por este evento, y Frances, pobre mujer, no salía de su cuarto por la depresión. Lo de ella fue realmente cruel y duro. Pasó tres semanas en total delirium tremens, sin que los esfuerzos de los médicos consiguieran aliviarla u obtener una explicación racional a semejante ataque: por la noche gritaba desaforadamente el nombre de su hija, y corría enloquecida por los campos, buscándola. Hasta que una mañana la hallaron degollada, con el cuchillo en su mano, completamente cubierta de y echada sobre un lago de sangre, en la biblioteca del caserón. Según algunos sirvientes desleales, habían visto a Frances con Benjamín en ese lugar, y que el único que había salido de ese recinto sobre sus pies, había sido él. Claro que ningún magistrado tomó en cuenta sus pérfidas declaraciones.

Entretanto, el ataúd seguía en el cobertizo donde había sido puesto el primer día, porque nadie se acordaba ya del propósito que le había hecho llegar allí: volver a inhumarlo. Con la muerte súbita de Stephen y los subsiguientes acontecimientos de Margaret y Frances, el cofre yacía reposando en la oscuridad del cobertizo, y quizás por eso se conservó siempre en estupenda condición. Nunca pude explicarme esa capacidad de perennidad que parecía tener el condenado ataúd. A espaldas de Benjamín, lo visité en un par de ocasiones, pero nunca me había resultado macabro o envuelto en el desastre que cayó sobre los Whrittle. Únicamente, me extrañaba que Benjamín ya no le prestara ninguna atención.

El acabose fue el día que la guadaña de La Pelada segó la pujante vida de Tom. Otro cabeza dura, sin duda. Tenía que domar ese potro negro y bravucón, que durante meses ya les había roto unos cuantos huesos a los mejores domadores del plantel. Su padre había conseguido mantenerlo alejado, pero una noche el joven se escapó del dormitorio y, bajo la luz de la luna llena, no se le ocurrió mejor idea que tratar de dominarlo. Nunca pude ver su cuerpo, al que tuvieron que enterrar en catafalco cerrado, porque, dicen, el caballo le dio tantas coses que quedó irreconocible, una masa ensangrentada de carne y huesos rotos. Nuevamente, no faltó el pelmazo que dejara correr el rumor de que, en realidad, fue Benjamín quien le alentó a realizar tamaño despropósito. Durante la cena, esa fatídica noche, le había estado pinchando con el tema de su incapacidad para controlar al animal asesino. Cosa curiosa, que Benjamín sólo me lo mencionó al pasar un tiempo después, el caballo desapareció a la mañana siguiente de la muerte de Tom. Siempre sospeché que Benjamín lo había ejecutado él mismo y lo había hecho desaparecer en los pantanos.

Benjamín se transformó en la persona más intratable del mundo. Odiaba a Dios, a las personas, a los animales, a los campos, a la Vida,... Y nunca habló de Sir Jacob Whrittle y su ataúd olvidado en el cobertizo. Pero yo sí le recordaba, aunque jamás quise decírselo, no fuera cosa que me matara por mencionarlo; tal era su estado de irritabilidad y trastorno mental.

A fin de evitar todo contacto social o personal, Benjamín se encerró en su casa, a la que convirtió en una verdadera fortaleza. A los pocos días le abandonaron casi todos sus sirvientes, empleados y peones, quienes, como es natural en gente de esa baja estofa, comenzaron a desperdigar las habladurías más inquietantes y acusadoras que puedan imaginarse: mezclaban la fantasía más calenturienta con la insidia de sus mentes degeneradas por el alcohol, el hambre y todos las penurias de los sin trabajo, acicateadas por el odio hacia quien, habiendo sido el patrón más amable y generoso del mundo, desde el momento que les puso patitas en la calle, pasó a ser la encarnación de la opresión y la crueldad. Pero eso son todas palabras huecas, fruto de las pasiones y la desesperación del desempleo. Por mi parte, nunca vi a Benjamín adoptar ninguna actitud como esa en mi presencia.

Por último, y por razones que sólo luego supe, Benjamín le pidió al señor James Berendice, que le permitiera mudarse a la casa que aquel tenía deshabitada en Benton Drive, a unos doce kilómetros de su propia residencia. Fue allí donde pude verle por última vez: un hombre completamente extraño para mí, hosco, parco de palabras, con barba de días y ojos afiebrados y desorbitados, flaco como un palo de escoba. Sus balbuceos y divagaciones me resultaron inexplicables en aquel momento. ¡Ojalá fueran ilusiones de un demente! A cada minuto que paso al lado de su cadáver me convenzo más de la verdad de sus últimas palabras: "no está muerto lo que yace eternamente...", y ya no recuerdo el resto.

Cuando me enteré que había sido encontrado muerto, me apresuré en venir a Velatorios Grandeur, donde supe le estaban dando el postrero responso. No he olvidado la promesa de pasar aquí la noche, en vela, a pedido expreso suyo, hecho aquella vez. Y acá estoy, sentado en una silla enclenque, junto a un ataúd que contiene el cuerpo consumido de mi amigo.

Y no sé que pensar de aquello que ahora me viene a la cabeza, que me dijo: "el Sire..., Él es, Él ha sido y será..., siempre,... ahora, más que nunca, porque sólo le falto yo..."; cuando le pedí explicaciones, me miró como quien ve a un lelo que no entiende lo más obvio, y apenas con un murmullo, agregó algo que me desconcertó todavía más: "Él vuelve a ser lo mismo que ha sido siempre".

Estoy acá, solo, sin respuestas. Y con miedo. Me acuerdo de algunos de los rumores esparcidos, que, si bien sé no tienen fundamento alguno, me hacen tener espasmos y temblores cada vez que los recuerdo. "El señor Whrittle, por las noches, viste muy raro. Con capotes y sombreros de hace doscientos años", "Tiene compañeros nocturnos muy extraños. Una vez le vi recorrer los campos acompañado de mastines que no eran de este mundo. ¡Y las sombras que le seguían detrás!".

Habladurías, me digo. Pero..., ¿quién vendrá ahora? No creo que a estas horas sea un amigo de Benjamín. ¡No le quedaba nadie excepto yo! ... Y viene hacia aquí, no hay duda. ¿Quién será?... ¡Oh, por Dios, no puede ser!... Usted está...¡muerto hace siglos!... ¡Ah, atrás, santa madre de Dios, pero si está usted incompleto!... ¡Aaaaaahhhhhhh, Ben...jaaaaaaaamíiiiiiiiiin!



2001, Jorge R. Ogdon. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Es propiedad.

 

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