Eclipse
Dogon ©
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Nubarrones grisáceos deshilvanándose contra el cielo verde nilo, en rápidas ráfagas iridiscentes. Los altos montes pletóricos de verde esmeralda refulgente. La larga canoa se deslizaba rápidamente sobre las oscuras aguas leoninas del interminable río. Solamente el chasquido de los remos al golpear el agua se dejaba oír en el silencio inconmensurable de la jungla.
Las miradas desencajadas de los viajeros volteaban de aquí para allá, desorbitadas. Los molestos mosquitos revoloteaban como sus ojos, ávidos de sangre. Ya era inútil espantarlos; los velos de los cascos y los mosquiteros de las camas estaban reducidos a meras tiras de sucia tela rasgada. Las mandíbulas colgaban de unas bocas abiertas y resecas, escorbutadas, de las que salía un quejoso suspiro reseco. Ni una gota de agua de ese río podía saciar su sed, porque no era un río de agua dulce; su oscuro color marrón se debía a la emulsión de yodo en su curso: era agua envenenada. Y sus vientres estaban contraídos contra sus reducidos intestinos; piel y huesos eran ellos, porque la comida se había terminado desde hacía vaya uno a saber cuándo. Nadie había logrado siquiera avistar a un ave o animal o lo que fuera que viviera en esa maraña vegetal de la selva ilimitada. Nada que comer, nada que beber; estaban condenados a una muerte irremediable y horrible.
Cayó, al fin, el sol tras las copas elevadas de los árboles gigantescos y de edad sobrenatural. Y los viajeros recordaron que ni frutas ni frutos de especie alguna había en ese desierto de vegetación sofocante. Con las primeras estrellas, recordaron también el oro y los tesoros prometidos por tantos cuentos de nativos que habían oído en la factoría costera. Que yendo bien arriba, bien arriba del río, hasta su fuente misma; allí, allí mismo, en sus fuentes, estaban esos preciados e invalorables bienes, aguardándoles. Que el oro y la plata refulgían como el Sol implacable de esas tierras inhóspitas y la Luna de esas noches intranquilas. Y nada como esas valiosas y remunerativas promesas oníricas para alentar a los hombres temerarios, a los desgraciados que se enriquecerán de golpe y a los golpes.
Y por sobre las copas arbóreas alcanzaron a distinguir que aparecía la Luna argentina, la Luna nívea en clima tan candente. Y todos la señalaron con sus dedos y sus bocas exclamaron, atónitas ante su majestuosidad selenita. Porque era como las monedas de plata que sus ansias de riqueza acuñaban en sus mentes afiebradas. Y todos se pusieron alegres al tener a la vista una muestra de la imaginada fortuna; una auténtica predicción.
De pronto, uno de ellos exhaló un grotesco suspiro, que expresaba todo su mezquino terror, porque había visto que uno de los bordes de la Luna comenzaba a tornarse negro; negro como una ominosa capucha sobre la corona de sus sueños extraviados. "¡No, no!", exclamaron al unísono todos ellos, sintiendo crecer sus temores, exacerbando sus miedos viscerales. "¡No, no!", gritaban temblorosos ante la desaparición progresiva de su ilusión.
La Luna comenzaba a eclipsarse más y más, y la Oscuridad se enseñoreaba del ambiente, como una mano de oscuro hierro cerrándose, empuñando para siempre sus deseos, por los que habían matado sin dudarlo.
"¡Noo, noooo...!", aulló el que estaba sentado a la proa, porque vio abrirse enfrente suyo el Abismo del Fin del Mundo, las Cataratas de las que hablaban en la taberna del puerto, allá en la remota España, la Frontera entre Este y el Otro Mundo... El Eclipse de sus vidas...
© 1997, 2001. Jorge R. Ogdon. Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.723 de Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina.
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