EL EXTRAÑO
Mexico
DF: Grupo Editorial, pp. 9-16.
Infeliz
es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza.
Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres
recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes,
o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos,
cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas
retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido,
el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente
satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada
vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente
horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada
sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados
corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía
un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas.
Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme
mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol,
ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más
alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo
abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía
ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres
vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar
a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos
y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado,
debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación
mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido,
marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada
de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra
cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba
estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las
figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos.
En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió
o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces
humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído
acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta.
Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había
espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante
de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros.
Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos
y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había
leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el
mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar
del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían
más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de
modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no
fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y
esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad,
el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo
y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que
por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y
por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era
vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás
el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños
de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí
en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía
un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era
aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario,
siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más
horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que
trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío
nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío
me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido,
habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había
caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre
en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba
y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas
por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza
tocaba algo sólido; supe entonces que debia haber ganado la terraza o,
cuando menos, algúna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la
oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra
e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier
soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano,
tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé
la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba
ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y,
a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento
mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura
que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia
que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara
de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando
que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento.
Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante
eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla
cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas
ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared
en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo
y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas
manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías
de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión.
Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños
secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia
del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con
el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie
rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta
estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos
y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis
más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja
de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía
desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en
todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes,
salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar
recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí
rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero
en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad
tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando
llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen
pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble
altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo
insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía
compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas
que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple
como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante
perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase
a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme,
separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas,
y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba
fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome
por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por
aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese
frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasomoso descubrimiento de momentos
antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia
era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de
luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué
era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias;
sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba
en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía
mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces
sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno
de curiosodad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba
la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado
tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería
agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo
que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado
en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí,
y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido
rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas,
al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador.
Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron
las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al
exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome
hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente
vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás
había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar
vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que
despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absoluntamente
ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente
ilumindada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza
al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir,
ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones
que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando
cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor,
de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las
gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en
medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo
arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos
con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante,
derribando los muebles y dándose cotra las paredes en su desesperado
intento de ganar alguna de las numersas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más
apagados de aquellos espeluznates gritos, comencé a temblar pensando
qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera
vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirirgí a
una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento
del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación,
similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé
a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último
sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó
casi tanto como su morbosa causa-, comtemplé en toda su horrible intensidad
el iconcebible, indescriptible, inenarrable mostruo que, por obra de su mera
aprarición, había convertido una algre reunión en una horda
de deliriantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues
era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable.
Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación;
la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de
algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás.
Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-,
y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos,
con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminisencia de
formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad
que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un débil esfuerzo
hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo
romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin
nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que
los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras
el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de
levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el
brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento
fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboléandome, di unos
pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa
noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía
casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no
obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba
más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta
que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el
viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi
mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más
allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí
el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible,
la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome
de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese
bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé
lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció
en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí
de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente
a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí
los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de
piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo
castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones
y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las
catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth,
a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz
de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la
alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide;
y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de
la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero;
un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto
es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable
surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué
una fría e inexorable superficie de pulido espejo.
NUEVA LOGIA DEL TENTÁCULO