Como defensor del progreso de la humanidad frente a las fuerzas reaccionarias que nos quieren retrotraer a las cavernas, siempre he sido defensor de la Ilustración, del siglo de las luces que permitió a Europa dar un paso de gigante hacia el Futuro. Y desde luego fiel partidario de Voltaire. Y como él, daría mi vida por defender a quien piensa diferente a mi. Quede esto claro para no provocar malentendidos desde el principio. Quien es auténticamente demócrata, defiende sus ideas, pero también a aquellos que piensan diferente. Tolerancia es la palabra. Pero precisamente por ello, no se puede ser tolerante con los intolerantes que pretenden subvertir la democracia, las libertades, e incluso la vida de las personas. Porque ello sería permitir la vuelta a la barbarie. Por eso, yo siempre he respetado las ideas ajenas, aunque no las comparta. Pero nunca he admitido, ni admitiré, las ideas totalitarias. Soy progresista y atacaré las ideas de mis antípodas ideológicos, los conservadores, pero con respeto. Pero he combatido y combatiré las ideas totalitarias, sean de izquierda (comunismo o socialismo real), sean de derecha (fascismo y su forma extrema, nazismo), y he combatido y combatiré a los comunistas y a los fascistas, porque nos va en ello la democracia y hasta la vida. Por eso, mis hijos podrán estar orgullosos de mí cuando muera, y podrán poner en mi tumba este epitafio: No fue equidistante entre la civilización y la barbarie Los “buenos” alemanes que cerraban las ventanas cuando el hedor de los crematorios se hacía insoportable... ...sí que fueron equidistantes. Yo no.
No fue equidistante entre la libertad y la opresión
No fue equidistante entre la vida y la muerte
No fue equidistante entre la democracia y el totalitarismo
No fue equidistante entre los demócratas y los terroristas
los “buenos” americanos que se metían en sus casas cuando el Ku Klux Klan quemaba negros como rastrojos en el campo...
los “buenos” serbios que miraban para otro lado cuando Milosevic exterminaba croatas, bosnios y kosovares...
los “buenos” vascos nacionalistas que hablan de diálogo cuando los vascos no nacionalistas son acorralados y muertos como conejos en una cacería...
Dice el Libro que escribió al parecer el anciano Juan que, al llegar el fin del mundo, entre muchos signos y señales de tal presagio, destacará la presencia terrorífica de cuatro jinetes montados en horribles corceles. Se trata del Hambre, la Peste, la Guerra y la Muerte. Ellos anunciarán el Apocalipsis. Si la evolución humana ha permitido elevarse al hombre de su condición meramente animal hasta alcanzar las mayores cotas de ciencia, pensamiento y arte, ese progreso siempre ha estado combatido por las fuerzas reaccionarias, por el oscurantismo, la superstición, el racismo. Por tanto, no cabe duda que el fin del mundo no puede significar otra cosa que volver a las cavernas, destruir todo el caudal que ha logrado la civilización. Pues bien, es verdad que el siglo XX nos ha traído la sombra alargada del fin del mundo. Porque a golpe de trompetazo han aparecido cuatro tenebrosos jinetes que anuncian el apocalipsis, el fin del progreso, la vuelta a la barbarie. Son las fuerzas del Nacionalismo. Primero aparece la Lengua, entendida como elemento de exclusión y de marginación entre los seres humanos, y no de comunicación, la lengua como falta de alimento intelectual, como Hambre cultural. Pero a continuación viene cabalgando la Raza, ese orgullo de ser biológicamente diferente (lo que quiere decir superior) al resto de los humanos, la creencia en ser un pueblo elegido, esa terrible Peste que azota nuestros cuerpos. Luego se presenta la Tierra, con su siniestro impuesto de exigencia de sangre para los que no son autóctonos, para los que no han crecido como plantas en un determinado lugar, esa declaración de Guerra a los foráneos. Y tras ella surge la figura de la Religión, a la manera de dogma oscurantista y supersticioso, verdad revelada a los chamanes de la tribu, la religión como auténtica Muerte de la inteligencia. Estos cuatro jinetes del Apocalipsis, la Lengua, la Raza, la Tierra y la Religión, son los cuatro pilares sobre los que se eleva el templo del nacionalismo. No hay ningún nacionalismo que no haya basado su fórmula en una combinación de estos cuatro ingredientes, en diferentes proporciones según los casos históricos. Y por supuesto se aplica al nacionalismo alemán, al español, al vasco, al serbio y a todos los nacionalismos que en el mundo han sido. Aunque unos han causado muchas más muertes que otros.
Una lectura recomendable para los que buscan salidas en el laberinto vasco más allá de la política, entrando en los campos de la sociología, la psicología y la antropología, es la del libro titulado “El matriarcalismo vasco” del profesor de la Universidad de Deusto Andrés Ortiz-Osés, editado a primeros de los años ochenta. Partiendo de una interpretación discutible pero seria y consistente basada en la escuela de Eranos, heredera de Jung y Neumann, propone la hipótesis de la predominancia, aún en estos tiempos, de unos estratos psico-sociológicos en la mentalidad vasca tradicional de matriarcalismo preindoeuropeo, que hace que la cosmovisión de la etnia vasca (es decir, la Euskal Herria rural básicamente) sea muy diferente de la de la mayoría de las etnias que pueblan Europa., donde predomina la cosmovisión indoeuropea. De forma sintética, así podríamos definir los elementos fundamentales de la cultura vasca originados en el matriarcalismo, frente a los de la cultura indoeuropea predominante en la sociedad europea encuadrados en el patriarcalismo: Comunalismo frente a individualismo A pesar de que la tesis del autor es un canto a estos sustratos culturales preindoeuropeos, en su justa medida, como oposición a los de la civilización indoeuropea dominantes hoy en día excesivamente patriarcales, individualistas, racionalistas, etc, creo que objetivamente su análisis explica muy bien las causas antropológico-culturales del laberinto vasco. Porque todos esos factores culturales que muchos vascos han “mamado” en su familia, en su cuadrilla y en su escuela, son las base del nacionalismo étnico vasco, que se oponen no sólo a las visiones liberal-conservadora y socialista, sino también a la del nacionalismo no étnico, y por tanto europeo ilustrado, de un Joseba Arregi, por ejemplo. El que la Serpiente Vasca sea tanto según el profesor el símbolo de la cultura ancestral preindoeuropea, como el logotipo de la organización terrorista que lucha por la defensa de la etnia vasca de forma excluyente, no pienso que sea una casualidad, sino más bien una “causalidad”. Y además supongo que, a la vista de lo que en estos últimos veinte años ha producido esta terrible cuélebre, más bien deberíamos pensar que es preferible apostar por la cultura europea, una vez ilustrada, y limados los excesos patriarcalistas, que potenciar una cultura neolítica que produce la vuelta a las cavernas. Dicho de otra forma, en “la crisis de juventud” de la sociedad que supone el actual laberinto vasco, no debemos apostar por regresar a la infancia, como parece que propone Ortiz-Osés, y le toman la palabra hasta el límite la tribus del nacionalismo étnico vasco, sino progresar hacia la madurez. O sea, no volver al matriarcalismo neolítico, sino superar el patriarcalismo indoeuropeo por el camino emprendido por la Ilustración, hasta alcanzar una civilización andrógina culturalmente hablando.
Naturalismo frente a culturalismo
Irracionalismo frente a racionalismo
Telurismo frente a idealismo
Religiosidad frente a secularización
Tradicionalismo frente a progresismo
La familia y el clan frente al Estado
Lo autóctono frente a lo universal
La costumbre frente a la ley
Lo rural frente a lo urbano
El símbolo de la serpiente frente al del águila
Etc etc etc
La evolución del ser humano ha consistido en elevarse de su condición de mamífero primate hasta las más altas cotas que el pensamiento y el arte humanos han permitido alcanzar. Eso es el progreso humano, lo que ha logrado la civilización, si bien ello no quiere decir que el mundo sea maravilloso, porque bien sabemos que junto a lo bueno, lo bello y lo verdadero, conviven lo malo, lo feo y lo falso... El siglo XX que se ha despedido nos ha demostrado lo cruel y lo terrible que puede ser la Humanidad, con esos dos prototipos de fanatismo, intolerancia y totalitarismo que han sido, y son, el comunismo y el fascismo. El sueño de la razón produjo el monstruo del comunismo, un progreso entendido de forma fanática, gregaria y totalitaria. Y el sueño de la pasión produjo el monstruo del fascismo, lo reaccionario entendido de manera igualmente fanática, gregaria y totalitaria. En el fondo, comunismo y fascismo no son los dos polos extremos de una recta, sino el punto de salida y de llegada de un círculo: se ha recorrido una gran distancia, pero se ha vuelto al mismo sitio. Porque defender la vuelta a la caverna de primates, o caminar hacia el fin de la explotación del hombre por el hombre sobre millones de cráneos humanos, en el fondo es lo mismo.
La piedra angular del progresismo es la libertad. Sólo desde el respeto al individuo y su libertad se puede intentar construir un mundo mejor. Y también sólo desde ese respeto se puede defender la postura contraria, la de mantener el mundo actual, la del conservadurismo. Pero quede claro que el auténtico progresismo se basa en la democracia, y no tiene nada que ver con la izquierda totalitaria. Los cuatro pilares sobre los que se asienta el progresismo en los umbrales del siglo XXI son la libertad, la igualdad, la solidaridad y la sostenibilidad. Las dos primeras se pusieron en práctica a finales del siglo XVIII, con la revolución francesa. El decurso de la historia hizo necesario levantar una nueva bandera en los estertores del siglo XIX, la solidaridad, la justicia social, la defensa de los débiles frente a los poderosos, porque el socialismo demostró que la idealista fraternidad de los revolucionarios burgueses no era suficiente. Y el fin del siglo XX ha demostrado que es necesario luchar también por la sostenibilidad en el ámbito económico-ecológico, porque el hombre está destruyendo el medio ambiente. Pero todo ello comenzó con la Ilustración, con el esfuerzo de la humanidad por iluminar el progreso humano con la luz de la ciencia, el pensamiento y el arte. Y en contra del oscurantismo, de la superstición, de la tradición, de la religión, del racismo. Por abrirse al mundo y a lo ajeno. Y en contra del apego a lo propio, sea la raza, la lengua, la tierra o la religión. Alguien definió el nacionalismo como un atavismo que tiene su origen en el instinto de territorialidad de los mamíferos. Y creo que lo retrató fielmente, si nos referimos al nacionalismo étnico, aquel que de forma excluyente trata de organizar un Estado sobre una definición étnica exclusiva. Otra cosa es el nacionalismo cívico (en palabras de Joseba Arregi), que se asienta en el concepto de ciudadanía, y no en el de etnia, y que por tanto propugna un Estado plural. El nacionalismo étnico, la construcción de un Estado basado en la exclusividad de la raza, la lengua, la tierra o la religión propias, es un grito que surge de la caverna, en contra del progreso de la humanidad. El progreso es mestizaje, plurilingüismo, derrumbe de fronteras, triunfo de la ciencia sobre la religión. Por tanto, el nacionalismo étnico es lo opuesto al progresismo, justamente lo opuesto. Tanto si se formula desde la violencia (fascismo y nazismo), como si se define desde la aparente moderación y la democracia. Porque el peligro de todo nacionalista es desembocar en el nacionalismo étnico, como muchos socialistas acabaron históricamente en las garras del comunismo. Porque si se es nacionalista, si se está por la nación, se puede llegar a estar en contra del individuo, en contra de la libertad para no ser gregario. Justamente como los comunistas pusieron la dictadura de una clase social por encima del individuo. Por ello, el nacionalismo étnico con quien sí puede coincidir, y a lo largo de la Historia lo ha hecho, es con el comunismo, con el socialismo totalitario, porque en su odio a la libertad individual, uno puede basar la dictadura colectivista en una etnia o en una clase social, o en ambas cosas a la vez. El comunismo como teoría siempre fue internacionalista, pero en la práctica, todos los regímenes comunistas (una vez liquidado Trotski) se basaron en el “socialismo en un solo país”, y muchos de ellos cayeron en el nacional-comunismo, desde Stalin a Mao. Y recordemos el grito de guerra de Fidel Castro: ¡Patria o muerte! Igualmente, desde el fascismo, su facción más extremista fue el nacional-socialismo alemán, que también se reclamaba nacionalista y socialista a la vez. Dicho de otro modo, Stalin y Hitler, dos caras de una misma moneda. ¡Todo sea por enterrar la libertad individual!. En resumen, el auténtico progresismo, el progresismo democrático basado en el concepto ilustrado de ciudadanía, es el polo opuesto al nacionalismo étnico, el nacionalismo basado en el concepto de etnia, nación o patria. Y el progresismo, la izquierda democrática, siempre estará más cerca del conservadurismo y del liberalismo democráticos, mientras que el nacionalismo étnico y el fascismo siempre estarán objetivamente más cerca del socialismo totalitario, del comunismo. Así que los nacionalistas étnicos que se definen como progresistas, o los progresistas que se definen como nacionalistas étnicos, son como los círculos que se definen cuadrados. Pura “contradictio in terminis”.
Hace poco nos advertía el sabio polaco Ryszard Kapuscinski: La ideología del siglo XXI debe ser el humanismo global, pero tiene dos peligrosos enemigos: el nacionalismo y el fundamentalismo religioso. Los vascos lo sabemos bien: vivimos sin libertad, sometidos al fundamentalismo vasco, mezcla explosiva de ambos fanatismos, pues Sabino Arana era tan integrista católico como nacionalista vasco. Respetando todas las civilizaciones (la islámica, la sínica, la hindú, la africana, etc), pero no sus expresiones fundamentalistas, hemos de reconocer que Occidente hoy en día es la máxima expresión del dominio de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos, a pesar de todos sus defectos, nuestros defectos, que los tenemos. Y hemos de reconocer también que el fanatismo más extremista y letal, el fundamentalismo islámico, ha decretado la “yihad”, la guerra total a Occidente. Ese fundamentalismo que en muchos países, por ejemplo en Afganistán, ha instaurado una terrible opresión, donde un puñado de clérigos ignorantes y fanáticos tienen sometida a la mitad de su población, los hombres, al estado de súbditos de una dictadura que no de ciudadanos, y a la otra mitad, las mujeres, a la condición de auténticas esclavas sociales y sexuales, peor tratadas que las peores alimañas. Hay más de un demócrata europeo que no es consciente de esta realidad: nos han declarado la guerra, ellos, y no la ha declarado el cowboy Bush. Y Occidente debe defenderse, porque pueden destruir nuestra civilización, nuestra democracia, nuestra libertad. Nuestra sociedad abierta es más vulnerable que sus dictaduras fundamentalistas. La demolición de las torres gemelas es la demostración de que es posible la demolición de nuestra libertad. Tengo para mí que la situación es similar a la de los años 30 del siglo pasado: El nazismo amenazaba la democracia europea, y parte de los dirigentes políticos europeos trataban de, en nombre de la paz, hacer concesiones y más concesiones a la Bestia, al fundamentalismo nacionalista alemán. Pero la Bestia es insaciable, y siempre interpreta las concesiones como un síntoma de debilidad. La máxima expresión de la ignominia de los pusilánimes es Chamberlain, el dirigente británico pseudo-pacifista, que pactó con Hitler una vergonzante falsa paz. La realidad demostró el tremendo error de esa política, y la Bestia nazi fue devorando poco a poco a las democracias europeas. Y entonces surgió un líder, un auténtico político británico dispuesto a defender la democracia, Churchill, con su petición de “sangre, sudor y lágrimas”. A mí también me gusta la paz, y odio la guerra, pero no soy tan ingenuo como para no saber lo que nos jugamos en el mundo real. Me temo que nos han declarado la guerra, quieren destruir la democracia occidental, y debemos luchar. Utilizando la inteligencia, el diálogo cuando sea posible, respetando los derechos humanos, pero también sin duda deberemos aportar sangre, sudor y lágrimas, para combatir a la Bestia fundamentalista. Me resulta triste decirlo, pero mi provecta edad no me permite dudarlo. Los vascos lo sabemos muy bien: la rebelión democrática de la sociedad vasca contra el fundamentalismo vasco es un signo de no resignación ante la Bestia. Hay que combatir el fundamentalismo, y su expresión terrorista, y denunciar a los colaboradores del mismo. Son ellos los que nos piden paz, y somos los demócratas los que respondemos que no queremos la paz de los cementerios, una paz a cambio de perder nuestra libertad bajo un régimen etnicista vasco. Sólo hay auténtica paz como fruto de la libertad. Europa debe defender la libertad de Occidente, incluso si es necesario no renunciando a la guerra que nos ha declarado el fundamentalismo islámico. Europa no puede cometer el mismo error de hace 70 años: necesitamos un Churchill, y no un Chamberlain. Afortunadamente, la reunión de los jefes de estado y de gobierno de la Unión Europea va en esa línea, y ha proclamado sin fisuras su apoyo a USA, aunque con matices a la forma que debe asumir el combate. Combate total al terrorismo y al fundamentalismo que lo sustenta sí, una acto de guerra unilateral imperialista contra el mundo islámico no. Se debe formar una gran coalición de todos los países democráticos de Occidente, del Islam y Rusia, con la neutralidad de China, para erradicar el terrorismo y su base fundamentalista. Pero me temo que muchos ciudadanos europeos, y españoles, no son conscientes TODAVÍA de lo que nos jugamos, y muestran su oposición a “la guerra”. Hitler necesitó la atroz dictadura sobre sus ciudadanos alemanes, la anexión de Austria, la invasión de los Sudetes y la entrada en Polonia para que los europeos reaccionáramos. ¿Necesitarán algunos ingenuos europeos, y españoles, la matanza de miles de londinenses tras un ataque a “la City”, la masacre de miles de parisinos ante la demolición de la torre Eiffel, el asesinato de miles de madrileños bajo los escombros de la torre Picasso, para darse cuenta de lo que está en juego? Sé que no resulta fácil escuchar estas palabras en ciertos ámbitos de izquierda. Pero también en Euskadi, hace veinte o diez años algunos auténticos progresistas como Savater o el malogrado López de Lacalle parecía que clamaban en el desierto, al pedir una alianza de la derecha y la izquierda democráticas para combatir a la Bestia. Y el tiempo nos ha dado la razón.
A lo largo de la historia de ETA se ha podido observar cómo las facciones claramente marxistas (ETA berri, células rojas, ETA VI, Frente obrero, Poli-milis, EIA/EE...) iban siendo derrotadas y expulsadas una y otra vez en beneficio de las nacionalistas. Otra cuestión es que para buscar un espacio diferente - y complementario – al del nacionalismo conservador y clerical del PNV, ETA siempre se ha definido como izquierdista. Hoy en día es insostenible el mantenimiento del terrorismo en un movimiento como el MLNV en base a una ideología izquierdista clásica, aunque fuera el totalitario marxismo-leninismo, cuando la raíz de todo el tinglado político-mafioso-terrorista que tenemos en Euskadi es un nacionalismo etnicista, un nacionalismo de la tres “ex”, un nacionalismo excluyente, extremista y excéntrico. Ya desde hace años ETA, y el MLNV en general, se han nutrido no sólo de los aldeanos, boronos y caseros de la Euskadi profunda y pre-moderna que no tienen una razón ideológica, sino una pasión nacionalista (su paradigma sería Txomin Iturbe Abasolo), sino también de la juventud marginal de los pueblos y barrios vascos, con un fanatismo anti-sistema de estética okupa, y una mezcla muy primitiva de ideas extremistas basadas en el anarquismo y en el nacionalismo étnico (cuyo paradigma serían Permach, Otegi y Olarra). Según los estudiosos del tema, el segundo factor sociológico está ya predominando claramente sobre el primero en el MLNV actual. Históricamente cabe recordar que el anarquismo, prostitución del espíritu libertario como el comunismo lo fue del socialista, practicaba la llamada “acción directa”, es decir, el terrorismo. Y en cuanto a sus relaciones con el nacionalismo totalitario, podríamos recordar ciertas concomitancias entre el anarquismo español extremista ligado a la FAI y el movimiento fascista Falange Española, el cual tomó los colores rojinegros del primero, y absorbió ciertos militantes anarquistas tras la guerra. Lo que también es preocupante, es que esta teoría se ha confirmado por el comienzo - demostrado con pruebas – de una pequeña base sociológica de “kale borroka” en Cataluña, que actúa también de colaboradora de los asesinatos de ETA. La extracción social de esos colectivos estudiada por la policía es exactamente la misma que comentábamos para nuestro caso vasco. Según informaba el diario El País hace unos días en un magnífico reportaje, los pocos miles de personas involucradas en los colectivos anti-sistema que practican la “kale borroka” en Cataluña, y en algunos casos son colaboradores de comandos de ETA, están vinculados a minoritarios pero activos y violentos grupos okupas, anarquistas y ultra-nacionalistas catalanes. Tal pareciera que, una vez derrumbado el muro de Berlín, y desaguadas las diversas variantes del comunismo por las cloacas de la historia, dejando una factura de 100 millones de muertos, el etnicismo más extremista, demagógico y populista, el que basa su nicho sociológico en el izquierdismo, ha encontrado el fermento ideológico en un neo-anarquismo amalgamado con el nacionalismo étnico, todo ello bajo una estética anti-sistema, especialmente okupa. Podríamos denominar a esta nueva ideología totalitaria, excluyente, fanática y violenta con el nombre de ANARKO-NACIONALISMO. Probablemente se trata de la enfermedad senil, y esperemos que terminal, del izquierdismo totalitario.