Página creada el 5 de Octubre de 2003

EL CONCEPTO DE NACIÓN

La dicotomía del concepto de nación. El concepto de nación cívica, basado en la Ilustración francesa, frente al concepto de nación étnica, basado en el Romanticismo alemán. El concepto político de nación, nación como sociedad plural que iguala los derechos independientemente del origen étnico -y por tanto racial, lingüístico, cultural o religioso- de sus ciudadanos que son el único sujeto de derechos, frente al concepto cultural de nación, nación como etnia que implanta la supremacía de unos individuos frente a otros en base a su origen étnico, debido a que la etnia tiene un supuesto “volksgeist” o espíritu del pueblo que la hace merecedora de un derecho colectivo. He aquí una selección de artículos de prensa.


Ciudadanía contra sangre

HERMANN TERTSCH

El Parlamento de Budapest ha decidido por una aterradora mayoría (92% de los votos) que el Estado húngaro tiene cierta jurisdicción sobre los húngaros que viven en los países vecinos. Y no son pocos. Casi 3,5 millones de húngaros étnicos son ciudadanos de Rumania, Eslovaquia, Ucrania, Serbia y Croacia. Es sin duda una mala noticia para Europa, por mucho que la celebren quienes puedan para entrar, residir y trabajar en este país, uno de los candidatos a la primera ampliación al este de la UE.

Pese a todos los acuerdos sobre respeto a las fronteras existentes -en aquella región siempre discutibles- y la manifiesta voluntad de los Gobiernos de Budapest, Bucarest, Kiev, Bratislava y Belgrado, de no ponerlas en duda, la decisión del Parlamento húngaro dinamita el concepto que con más empeño quiere imponer la UE en su ámbito, que es el de la ciudadanía frente al supuesto derecho racial de sangre. Suena una vez más la alarma, no por limpiezas étnicas ni violencia, sino por resoluciones parlamentarias que socavan los principios de la Unión sobre los que construir una Europa democrática y abierta. Quien tenga sangre húngara, ciudadano de otros países no miembros de la UE, podrá gozar de permisos de trabajo durante tres meses renovables, formación universitaria gratuita y derechos como la asistencia médica.

Si eres de una ciudad de Transilvania como la llamada Cluj en rumano, Kolozsvar en húngaro y Kronstadt en alemán, desde el martes pasado y por decisión de un Parlamento extranjero, has de saber que tienes otros derechos que tu vecino según te llames. Son muchos los que han abandonado esta milenaria ciudad multiétnica en las últimas décadas. Los Maier, alemanes, se fueron en su mayoría aún bajo Ceaucescu. Los Radulescu (rumanos) se han de quedar o emigrar ilegalmente. Pero los Szabo (húngaros) tienen a partir de ahora un trato preferencial en la vecina Hungría. De ahí a pedirte un análisis de sangre en la frontera estamos a un paso.

Blut und boden (sangre y tierra) es un concepto muy poco correcto en la política actual, y aún menos en las instituciones, en países de la UE o candidatos a serlo. Desde el romanticismo alemán del siglo XIX, desde Fichte, también desde el revolucionario alemán judío Heine -a quien le dolía Alemania (a otros también)- y por supuesto desde Herder, el lema que glorificaba una cohesión suprasocial y cuasi mística de un pueblo en torno a características genéticas, sanguíneas, de lengua y vínculo sagrado a una tierra, es un mensaje no ya sospechoso sino comprobadamente peligroso. Desde entonces, el legado de aquellos poetas idealistas germanos no ha generado más que cierto placer literario y muchos ríos de sangre derramada en nombre del Rh.

Blut (sangre), boden (suelo, territorio), lebensraum (espacio vital). Son términos que hoy debieran repugnar a cualquier ciudadano que, consciente o inconscientemente, sea un seguidor del magnífico término de 'patriota constitucional', que en su día forjó en Francfort el filósofo Jürgen Habermas y que es la bandera de la sociedad civil frente a los nacionalismos oscurantistas, carlismos redivivos y mitologías raciales victimistas. En Budapest, en Bratislava o en Lasarte.

Por eso, no debe extrañar que haya escandalizado la decisión del Parlamento de Budapest. Cierto es que Hungría es un país en el que el trauma de sus compatriotas expulsados de la patria tiene un especial peso. El disparate del presidente norteamericano Wilson y las potencias vencedoras de la I Guerra Mundial en los Acuerdos de Trianon en 1920 sigue produciendo monstruos. Dos tercios de Hungría fueron arrebatados a la metrópoli en un acto de venganza implacable y entregados a supuestos o reales vencedores de la guerra contra las 'potencias centrales', Alemania y Austria-Hungría.

Pero el trasfondo histórico, de mucho calado, de este nuevo traspiés en la construcción de la Europa de los ciudadanos no debe hacer olvidar que los móviles de los nuevos desatinos son actuales. El Gobierno de Viktor Orban, del inicialmente liberal Fidesz en Hungría, ha pasado a ser un movimiento derechista que ha asumido muchos de los postulados de los más montaraces entre los nacionalistas magiares. Dice el Gobierno, a través de Janos Martonyi, ministro de Asuntos Exteriores, que la ley aprobada sólo intenta frenar la previsible afluencia de inmigrantes ante el ingreso de Hungría en la UE. Puede ser.

Pero ahora que Alemania está debatiendo por primera vez con seriedad desmantelar leyes anacrónicas que permiten a un supuesto alemán de Kazajstan con muy supuestos antecedentes alemanes adquirir la nacionalidad que se le niega a un turco cuya familia lleva tres generaciones en Alemania, resulta que Hungría, a punto de ingresar en la UE, acuerda el beneficio de la 'sangre magiar'. Aunque también hay que señalar que también España, por ejemplo, recurre a soluciones similares en la perplejidad que genera el terremoto demográfico que sacude al mundo desarrollado. Porque no es algo muy distinto el privilegiar a un ecuatoriano o argentino en el acceso a las Fuerzas Armadas o a la nacionalidad por 'afinidad de cultura'. Más afinidad hay sin duda entre los húngaros al norte y al sur de las fronteras artificiales y brutales creadas en 1920 entre la actual Hungría y Eslovaquia y Rumania. Hungría sufrió una amputación comparable a la que soportó España a lo largo del siglo XIX. Pero la sufrió en París en cuestión de semanas. Si España se deprimió con su última pérdida en 1918, Hungría quedó desgarrada tras 1929. En todo caso, la nueva reactivación de los derechos de sangre en Europa no augura nada bueno y da argumentos a quienes en distintos lugares del continente preguntan a un individuo nombre, religión, cultura y etnia para decidir en consecuencia el trato y los derechos a otorgarle.


Vivere libero

FERNANDO SAVATER

EL PAÍS, 6 de diciembre de 2001

Los términos políticos suelen ser más performativos que informativos: es decir, pretenden acuñar proyectos mejor que limitarse a nombrar realidades objetivamente establecidas. De ahí que no susciten meras objeciones por su falta de exactitud sino a veces alarmas y recelos de índole mucho más pugnaz. Algo de esto hay, por ejemplo, en el artículo que Jordi Solé Tura (EL PAÍS, 24 de noviembre de 2001) dedica a la expresión 'patriotismo constitucional', rótulo litigioso con el cual el PP va a presentar una ponencia en su próximo congreso. Hace años, en circunstancias que Solé Tura reputa difíciles pero distintas a las de hoy, también el PSOE recurrió a esa fórmula hecha célebre por Habermas aunque luego -según el articulista- renunció a ella porque no llevaba a ninguna solución concreta y se limitó sencillamente a aplicar el legado de la Constitución. Que el PP recupere ahora ese asunto, cuando la historia reciente ha dado ya varios pasos hacia donde sea, inquieta al senador catalán: 'Que haya incluido en el programa de su futuro congreso una ponencia sobre el llamado 'patriotismo constitucional', como si la Constitución esté (sic) en peligro de vida o muerte, y haya encargado de la redacción de la misma a un catalán y a una vasca, sólo puede significar que el patriotismo en cuestión es otra cosa y, de hecho, una andanada contra los nacionalismos de ambas zonas'. La verdad, no acierto a ver por qué razón hablar de patriotismo constitucional implica necesariamente la suposición de que la Constitución está en peligro -puede pretenderse sencillamente hacer explícita una forma determinada de vivir la adhesión a ella- ni mucho menos comprendo en qué medida el que sean catalán y vasca los ponentes certifica la voluntad de arrinconar a nadie en Cataluña o el País Vasco (¿el que fuesen un murciano y una extremeña hubiera parecido más tranquilizador a Solé Tura?). Pero sin duda el tema merece cierto análisis, ahora que estamos en fechas de conmemoración constitucionalista.

Lo que Habermas pretendió poniendo sobre el tapete la cuestión era reunir de nuevo la conciencia nacional y el espíritu republicano, disociados en Alemania desde 1848. La idea de patriotismo constitucional opone la nación de los ciudadanos al mito prepolítico del 'pueblo' como comunidad natural de lengua y cultura. Según Habermas, este tipo de patriotismo legitima y asume diversas formas de vida o cultura, aceptándolas todas en una república no excluyente abierta al más amplio pluralismo y a varias formas de mestizaje. Su planteamiento se define frente a las distintas advocaciones del pensamiento comunitarista, no sólo al nacionalismo sino también al patriotismo republicano tradicional, que él supone de origen aristotélico (MacIntyre y Taylor no parecen ajenos a este antagonismo). De lo que se trata, en suma, es de configurar un sentimiento de pertenencia que refuerce las razones abstractas de la ciudadanía participativa pero estilizado a través de la argumentación institucional de ésta: algo que vaya más allá del calor de establo de la tribu pero que no nos deje solamente en la fría compañía de la ley. Cosa urgente a su modo peculiar en la Alemania actual, pero que desde luego tampoco puede resultarnos ajena en otras naciones multiétnicas como la nuestra, donde no faltan pulsiones excluyentes que amenazan seriamente la convivencia.

Sin embargo, la respuesta de Habermas no es ni mucho menos la única posible ante el problema. La bibliografía reciente sobre el asunto es abundante y basta para hacerse una idea de ella darse una vuelta por el excelente número 24 de la revista Isegoría, editada por el Instituto de Filosofía del CSIC. Uno de los autores que figuran en ese número, Maurizio Viroli, ha publicado también un libro muy interesante (Por amor a la patria, Acento editorial) en el que defiende el patriotismo republicano que descarta Habermas. Viroli no lo entronca con Aristóteles, sino con autores de la república romana, de los que derivan las versiones modernas del patriotismo como la de Maquiavelo, que lo centró en el vivere libero, es decir en el amor a la libertad común y las instituciones que la sustentan pero no en la homogeneidad cultural o lingüística. Este patriotismo se opone a la visión nacionalista y 'la diferencia crucial reside en la prioridad de énfasis: para los patriotas, el valor principal es la república y la forma de vida libre que ésta permite; para los nacionalistas, los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo'. Los patriotas no nacionalistas entienden la virtud cívica como el apego a las libertades públicas y a las instituciones que las garantizan, nunca como la vinculación a la unidad étnica y religiosa de un pueblo. 'El patriotismo entendido como un deseo de libertad -recuerda Viroli- funciona como una fuerza que incluye y unifica; une, no separa o excluye'. Pero quizá el patriotismo progresista debe intentar una formulación más cálida, con mayor tono de afectividad concreta que la mera adhesión a los enunciados constitucionales propuesta por Habermas: 'La izquierda democrática tiene que combatir al nacionalismo en su propio campo; debe tener una respuesta a la necesidad de una identidad nacional, y su respuesta debe ser diferente a la del nacionalismo; no debe abandonar el campo de batalla pero no debe unirse a las filas del enemigo'. Que no se me olvide decírselo a Madrazo en cuanto le vea... Y Viroli concluye así su texto publicado en la revista del Instituto de Filosofía: 'La ciudadanía no nace de los lazos de la nacionalidad. Los pueblos más homogéneos cultural, religiosa o étnicamente no son los que tienen mayor espíritu cívico. Por el contrario, tienden a ser intolerantes, prejuiciosos y aburridos. La política, la verdadera política democrática, se basta para construir la ciudadanía. No necesita ayudantes incómodos'.

La postura de Dominique Schnapper, autora de La comunidad de los ciudadanos (Alianza ed.), difiere tanto de la de Habermas como de la de Viroli. Ella defiende el concepto mismo de 'nación' como comunidad de ciudadanos, sin implicaciones prioritariamente étnicas. Al contrario, a su parecer hablar de 'nación étnica' es una contradicción en los términos, ya que lo propio de la nación es arraigar reconciliadamente las identidades y pertenencias vividas como naturales por medio de la abstracción institucional de la ciudadanía. Por supuesto, señala, las etnias no son más 'naturales' que las naciones: también son construcciones históricas y a menudo más recientes que los propios Estados nacionales. Pero la nación subsume la diversidad étnica sin mutilar de emociones simbólicas a los ciudadanos: 'El reconocimiento político de las etnias, integradas en la nación, lleva a la desintegración y a la impotencia del Estado; el Estado, cuando se vuelve demasiado poderoso, tiránico o totalitario, absorbe a la nación y destruye la comunidad de ciudadanos. Entre la etnia y el Estado hay que dejar lugar a la nación'. De modo que entonces el nacionalismo no será algo negativo. Pero hay dos modelos de nacionalismo, que Schnapper -citando a Eric Weil- llama respectivamente el occidental y el de la Europa del Este: el primero es 'político, preocupado por la liberación del individuo, de intenciones cosmopolitas, que afirma la pluralidad de los valores de una sociedad evolucionada y que vive bajo una ley aceptada libremente (al menos en principio)'; el segundo es 'expresión de un sentimiento de inferioridad de grupos lingüísticos que no poseen una organización política propia, formado en el mito de un valor natural, en una prehistoria idealizante, en una 'conciencia de sí' que no comporta más que derechos (siempre desconocidos por los demás), en una ideología que no está destinada a justificar una realidad sino a transformar aquella ante la que se encuentra'. De nuevo la englobadora comunidad de ciudadanos frente a la disgregación en etnias comunitarias.

¿Patriotismo constitucional, patriotismo republicano, nación de ciudadanos? No sé cuál es la fórmula más adecuada -cada una tiene sus ventajas y sus inconvenientes- pero en los tres casos se trata de afrontar el mismo problema: el despedazamiento de los Estados de derecho pluralistas en nombre de la homogeneidad políticamente instituida de las identidades étnicas. O sea, cómo la sociedad de los iguales ante la ley podrá resistir a la sociedad de los idénticos según la peculiaridad de la pureza cultural. También ignoro el perfil que dará el PP a la ponencia de su congreso. Lo que me parece importante destacar es que los tres modelos comentados coinciden en que sus planteamientos patrióticos no se agotan en el enfrentamiento con la extrapolación del etnicismo: exigen también mecanismos prácticos de protección social y educación pública para luchar contra las dos lacras que imposibilitan la ciudadanía, a saber, la miseria y la ignorancia. Y presuponen un respeto a la legalidad compartida que veda los sectarismos partidistas, como los que hemos visto en correligionarios de los implicados en el caso Gescartera o en el de los fondos reservados. El vivir libremente de los ciudadanos es tan incompatible con la hipóstasis de las etnias como con la solidaridad de las mafias.


Por un nacionalismo político español

EDURNE URIARTE

Edurne Uriarte, profesora de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco, ha impartido un curso magistral en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo sobre «España: nación, patria o estado», cuyas tesis se recopilarán en un volumen publicado por Espasa Calpe antes de final de año.

Uriarte considera prioritario el fortalecimiento de España como nación, vertebrada por un nacionalismo de integración. Pero esta afirmación le impone realizar una distinción entre nacionalismo político y nacionalismo étnico. "Cuando hablo de fortalecer a España como nación estoy pensando en un concepto de nación política. Me parece importante distinguir los conceptos de nacionalismo político y el nacionalismo étnico. Creo que un nacionalismo político fuerte es necesario para una democracia fuerte".

Hablar hoy de nación trae inmediatamente a colación el concepto de identidad, impregnado de resonancias étnicas, cuando no racistas. Precisa Edurne: "En relación con la nación política me refiero a un tipo de identidad que es la del ciudadano que se percibe miembro de un proyecto político común, que en este caso se llama España, e incluye un sistema democrático fuerte. Cuando hablamos de identidad lo hacemos de identidad democrática, en el caso de ciudadanos que tienen la obligación de contribuir al sostenimiento de ese proyecto, y por supuesto no se trata de una identidad étnica, sino abierta a todos aquellos que quieran formar parte de ese proyecto democrático".

Alude también Edurne a las nociones de patria y nación y a su rechazo en lo que concierne a España. Para esta profesora, en la actualidad el patriotismo nos remite al concepto de nación política. "Para mí el patriotismo y el nacionalismo político son lo mismo. Tanto el concepto de patria como el de nación, referidos a España, no se utilizan. Sí se alude a ellos para hablar de los nacionalismos periféricos. ¿Por qué están tan poco asumidos? Por la forma en que hemos construido la democracia y sobre todo por la forma en que se hizo la transición. Hubo un papel determinante: el deseo de superar totalmente el franquismo. Lo que ocurre es que ese deseo positivo tuvo unos efectos negativos en este sentido, porque nos llevó a desaparecer la idea de España como nación; porque nos hizo pensar que cualquier fortalecimiento de la idea de nación era una vuelta al pasado franquista. Esa idea ha pervivido hasta nuestros días. Yo creo que ese complejo empezamos a superarlo ahora".


Yo también soy emigrante

JOSEBA ARREGI

El Diario Vasco, 26 de Abril de 2000

Sí, soy un inmigrante en Euskadi. Uno de esos muchos que, por lo visto, han impedido que los vascos de verdad, los naturales del lugar, hayan podido llegar a cumplir su destino natural: ser independientes. Soy un inmigrante a pesar de llamarme Joseba Arregi Aranburu Mendizabal Zabala Sasiain Garin Garagorri Ibarbia Leiaristi Armendariz Pagola Goya Ezama y no sé cuántas cosas más. A pesar de que mis cuatro costados me conducen sólo a Andoain, Villabona-Amasa, Goiherri y Régil. A pesar de que no consigo salir de Guipúzcoa. Soy un inmigrante porque creo que al ciudadano no lo constituye la naturaleza, ni el territorio (Francia), ni la sangre (Alemania). Porque creo que para ser ciudadano es preciso emigrar, de la naturaleza a la historia; porque considero que para llegar a ser ciudadano es preciso inmigrar del territorio al derecho, del país a la libertad, a la república. Porque considero que se nace natural y lugareño de alguna parte, pero se hace, se llega a ser ciudadano.

Soy inmigrante porque he elegido ser inmigrante, por entender que para mí, como persona y como ciudadano, lo importante y constitutivo no es el territorio, ni la naturaleza, ni la sangre (soy de grupo sanguíneo A y tengo el Rh positivo), sino las leyes que garantizan mis derechos y mis libertades, incluidos los de la participación política, en pie de igualdad con todos los conciudadanos, en los asuntos públicos, en el bien común.

Soy inmigrante porque entiendo que mi libertad está en juego si hay alguien en la sociedad cuya libertad y seguridad están amenazados, como es el caso en Euskadi.

Soy inmigrante porque entiendo que mi carácter de ciudadano está en peligro cuando en la sociedad en la que vivo alguien no puede expresar su opinión con libertad, sin sentirse amenazado. Soy inmigrante si el serlo es razón suficiente, en opinión de algunos, para no ser miembro en plenitud de la comunidad.

Soy inmigrante porque entiendo que es el ámbito de la política, y no el de la naturaleza, el del territorio, el que me constituye. Soy inmigrante porque en el ámbito de la política son las leyes, en cuya definición participo, las que mandan, y no la fuerza bruta, que es el principio que domina en el estado de naturaleza.

Soy inmigrante porque creo que caminar por vías políticas implica necesariamente la transformación de lo dado por la naturaleza, y su superación en lo construido por voluntad propia libre. Soy inmigrante porque creo que para la convivencia social en libertad y en derecho lo que importa no es ser 'natural de', nacido, descendiente, sino estar dotado de libertad y de derechos, con independencia de la proveniencia.

Soy inmigrante no porque crea que los humanos seamos ángeles sin raíces naturales ni referencias concretas. Sé perfectamente que cuando se ignora este hecho, las puertas quedan abiertas de par en par para que se imponga, desde la arrogancia de lo que se cree universal, la ley del más fuerte. Pero sí soy inmigrante porque creo que no estamos condenados a permanecer en el estado de naturaleza, sino que poseemos libertad para tratar de construir, con todas nuestras limitaciones, historias de libertad. Soy inmigrante, por fin, porque no puedo olvidar que la tradición cristiana, a la que tanto recurrimos los nacionalistas haciendo coincidir el día de la resurrección nacional con el día de la Resurrección de Jesús, nos enseña que todos, repito todos, somos peregrinos en esta tierra, en este mundo.

Y porque soy inmigrante creo que la virtud que debe caracterizar a los ciudadanos no es ni el valor, ni el atrevimiento, ni la valentía, ni el heroísmo, sino el amor a la libertad, el compromiso con la libertad, con la propia y con la libertad de los demás. En una cultura política en la que parece que la valentía, la osadía, el atrevimiento, la dureza, la radicalidad son los valores políticos más importantes, las categorías políticas al uso, reclamo la virtud y la característica del ciudadano, la virtud del inmigrante, que no es otro que el compromiso con la libertad y el bien común regido por las leyes y la participación política.

Por ser inmigrante creo en la tibieza como virtud, si tibieza significa compromiso, disposición al pacto, reconocimiento de la libertad y del derecho del otro. Porque soy inmigrante creo que la pusilanimidad puede ser entendida, en lugar de como algo despreciable, como prudencia cívica, como inteligencia, como compromiso con el bienestar de los otros, con sus derechos y sus garantías.

Por ser inmigrante estoy convencido de que Maurizio Virolli tiene razón cuando, refiriéndose al significado del amor de la patria en Rousseau, escribe: «El mundo, señala Rousseau, ha tenido demasiados héroes; nunca ha tenido suficientes ciudadanos» (Por amor a la patria, Acento Editorial, página 117).

No puedo olvidar que la época que en Europa mayor número de emigrantes políticos ha producido, amén de otras tragedias políticas, ha sido una época en la que, después de la experiencia de la Primera Guerra Mundial, la ideología del valor, del atrevimiento, de la fortaleza, de la dureza y de la radicalidad han constituido una cultura en la que crecieron con facilidad distintos tipos de fascismo.

Y porque soy inmigrante soy también nacionalista, de los que quieren no materializar una nación históricamente predeterminada, homogénea, pura. Nacionalista de los que, sabiéndonos todos inmigrantes, quiere construir nación cívica, un entramado de leyes, normas y cultura en la que nos reconozcamos todos en nuestras diferencias, nos hagamos sitio en igualdad unos a otros, nos respetemos en nuestras identificaciones. Nacionalista de los que creen que «nación» significa precisamente esas leyes, esas normas y esa cultura, esas diferencias, ese respeto, esa pluralidad de identificaciones.

Euskadi como nación de ciudadanos, como nación cívica, como nación de inmigrantes, en la que nadie tiene derecho de primogenitura. Euskadi como algo a crear entre todos los que estemos dispuestos a creer en ella, a reconducir continuamente nuestras naturalidades, nuestras etnicidades, nuestras territorialidades, a libertades y derechos de ciudadanía. Todo ello debiera ser posible por Euskadi; debiera ser posible por los ciudadanos vascos. Debiera ser posible por el propio nacionalismo, que de otra manera se está cortando sus propias posibilidades de futuro, por muy radical, duro y valiente que se figure a sí mismo.


Hablamos, pues, del nacionalismo

PILAR RAHOLA

El País, 7 de abril de 2001

¿Fue Roland Barthes quien, en su 'grado cero de la escritura', habló del sentido de los conceptos más allá del sentido que les damos? Sea como sea, es evidente que las palabras tienen alma propia, alma cargada de mucho uso, mucha historia, mucha densidad. Podemos asumirlas, modificarlas, completarlas, pero nunca podemos pretender que lleguen vírgenes a nosotros, como si fueramos sus primogénitos y no sus simples consumidores. Ni los escritores, esos arquitectos privilegiados de la palabra, consiguen depurarla de su indómita carga de significado. Doy la lata así de entrada -cual latoso 'abuelo Swartz', que diría Máximo-, quizá para justificar la reflexión que pretendo plantear. ¿Tiene sentido positivizar el concepto nacionalista, incluso cuando se hace con buenísima e izquierdosa intención? Es decir, a estas alturas de la vida me parece evidente que no es lo mismo un planteamiento democrático y abierto del nacionalismo, que las corrientes de pensamiento nacionalista que tan pesada carga -y a menudo sangrienta- han representado en la historia reciente. Como no es lo mismo defender los intereses colectivos de un pueblo -aunando sus derechos nacionales a sus derechos sociales-, que defender exclusivismos esencialistas de dudosa intención.

Alguien teorizó una vez que había dos tipos de nacionalismo: el defensivo -propio de naciones no resueltas- y el agresivo -es decir, el estatal-. Ciertamente, los Estados, especialmente los de raíz imperial, tienden a desarrollar una prepotencia colonial que se parece muy mucho a un agresivo nacionalismo institucional. Sólo que no se les nota; puesto que el nacionalismo de Estado se respira con el aire, es un elemento más del paisaje colectivo. ¿Qué hay más natural que sentirse orgullosamente holandés en Holanda? ¿Qué hay más natural, debe de pensar nuestro Cid Aznar, que sentirse orgullosamente español en España? En cambio, lo catalán, lo vasco..., conceptos esencialistas para tocar las narices. Si intimara con el catalán nos lanzaría la palabra: 'torracollons', eso somos... Sin embargo, lo sostengo: la lucha por mantener la cultura, la memoria, la lengua de un pueblo forma parte de la lucha por la biodiversidad del planeta, por la democracia. Es una lucha progresista y sólo desde el progresismo es fiable. Contrariamente, esos nacionalismos de derechas, que levantan banderas cuatribarradas para defender bolsillos privilegiados, nunca lo son. Vampíricos y prepotentes, se parecen a esas marcas de tabaco que, mientras hinchan de nicotina los cigarrillos del Tercer Mundo para garantizarse millones de enganchados, te aseguran que dedican el 0,7% a solidaridad. ¡Valiente cara dura!

Pero dicho todo, creo que no sirve. No vamos a conseguir, por mucho desgañite, que el concepto pierda su lado perverso y quizá llegó el momento de decir que el concepto nacionalista nunca estará limpio de su carga histórica. Es decir, Barthes dixit, nunca será virgen. Por tanto, nunca será útil en la defensa de los intereses catalanes. Tres son, desde mi punto de vista, las tres pesadas losas que lo inutilizan para un planteamiento racional y sobre todo solidario. Primera losa: la carga histórica. ¿Alguien pretende volver a reinventar, sano y puro, un concepto que ha marcado la historia más trágica de Europa? Por mucha positivización, por mucho victimismo, por mucha honestidad que una le ponga, el nacionalismo es lo que es, y en su expresión más pública ha matado mucho, ha ensuciado mucho, ha sangrado mucho. ¿Que somos otra cosa, que distintos, que buenos y demócratas, que...? Miren, si aquéllos eran nacionalistas, ya podemos inventarnos el vocabulario de nuevo, que el viejo se mantendrá con espantosa resistencia. No puede haber un nacionalismo malo y uno bueno si lo malo ha pesado tanto. Sin duda, tenemos que inventarnos otra cosa.

Pero hay dos losas más, quizá de uso más íntimo. Pesada carga es también lo que significa incluso cuando es bueno y demócrata. A diferencia del independentismo, el autonomismo, el federalismo y etcétera, que son expresiones de objetivos estratégicos y no ideologías más o menos sentimentales, el nacionalismo tiene mucho de sentimental y hasta algo de ideológico, sólo que configura la ideología en una triple base: un territorio, un pueblo y una idiosincrasia. Es decir, la ideología no es un modelo social, sino un entramado de emociones, ergo, su base no es la gente, sino la tierra. Más una geografía que una demografía, por muchos seis millones que nos publiciten. De ahí nacen luego los conceptos homogenistas, los exclusivismos, los miedos atávicos, porque para tener sentido el nacionalismo necesita de un pueblo definido, y no de un conjunto de gente en movimiento. A una tierra, una lengua, unos trazos, una única memoria, hasta una religión. Cuando ello falla es cuando el nacionalismo presenta su cara más antipática, ¡Ferrusolas y Barreras en la memoria!... ¡Ah!, y siempre, siempre, necesita una historia a la que engancharse, porque el nacionalismo, por pura supervivencia, mira mucho más al pasado que al futuro. Necesariamente romántico, épico, antimoderno. ¿Puede, por tanto, configurar una ideología renovadora lo que basa su cuerpo ideológico en una opaca red de emociones, lo que es pura esencia? Desde mi punto de vista, nunca. El nacionalismo no renueva la historia, intenta perpetuarla.

La tercera losa: el autismo. No hay aislante más eficaz de los flujos comunicativos que el nacionalismo. Expresión de reafirmación interior, obligatoriamente pone en guardia el exterior y complica la resolución de los conflictos. Al no ser un planteamiento racionalista de los problemas, sino una expresión sentimental, tiene muchas más posibilidades de intentar resolverlos por la vía violenta que por la dialogada. Es pasión, no palabra; memoria, no presente; homogeneidad, no heterodoxia; autismo, no vecindaje, y se alimenta del conflicto, porque lo necesita para tener sentido.

Por ello y mucho más, que no cabe en estos límites sobrecargados, creo que el nacionalismo no sirve para encarar la modernidad, y hubo un tiempo en que Cataluña eso lo supo. Por ejemplo, ¿Companys era nacionalista? En absoluto. Era un hombre de izquierdas que defendía Cataluña, algo que no tiene nada que ver. Sin embargo, lo que nos ha gobernado sí lo ha sido, por ello ha usado lo sentimental y no ha servido a lo social... Ha perpetuado el conflicto y no lo ha encauzado... Ha alimentado la frustración y no la ha neutralizado. La necesitaba...

A favor de Cataluña, no al nacionalismo. ¿Planteo una contradicción? No, planteo una salida del túnel.


¿Diez programas hacen un proyecto?

FÉLIX OVEJERO LUCAS

EL PAÍS | Opinión - 09-09-2003

Parece ser que los socialistas han perfilado un proyecto común para España. Lo han hecho con una rapidez admirable, inusual en asuntos de ideario y programa que requieren su debate y su matiz. Los pasos recogidos en un primer momento por EL PAÍS mencionan un núcleo muy atractivo: "que todos los españoles se sientan cómodos siendo lo que quieran ser", en un espacio común "habitable y aceptable para todos en un sistema de igualdad de derechos". No es poca cosa, la comodidad, y, desde luego, en cuestiones de patria, virtud principal. Todavía me parece insuperada la definición de patria que Cicerón reproduce: patria es ubiumque est bene, la patria está donde quiera que se esté bien.

A falta de mayor información sobre los principios inspiradores, sólo cabe la conjetura. En principio, se pueden contemplar dos posibilidades. La primera, que finalmente los socialistas en todas partes van a defender lo que los constituye como socialistas, un proyecto cívico, cimentado en principios de radical igualdad, y, por ende, críticos de los intentos de comprometer a las instituciones públicas o de vincular la "buena" ciudadanía con una particular identidad cultural. No sólo por razones de confort o vida muelle, sino más fundamentales: si hay ciudadanos de segunda, nadie es ciudadano. Asumido consecuentemente ese punto de vista proporciona pautas de por dónde ir y de cómo valorar las propuestas. Inmediatamente conduciría a oponerse, desde el principio, a cualquier intento de fundamentar en criterios de identidad, cultural o biológica, nociones básicas de la democracia como las de ciudadanía o soberanía: la ciudadanía es un concepto político que se pervierte en la medida que se le asocian requisitos identitarios; la existencia de un grupo humano con rasgos culturales o biológicos compartidos, reales o ficticios, no justifica ningún título de legitimidad de decisión, por eso, los rubios, las mujeres o los mudos, grupos con rasgos biológicos, culturales o -en el último caso- lingüísticos y perceptuales no constituyen "pueblos soberanos". Los socialistas, consecuentemente comprometidos con sus ideas, incluso para asegurar el respeto a la identidad de cada cual, deberían mostrase dispuestos a combatir políticamente los programas "nacionalistas" que, desde el arranque, desde su misma denominación, identifican su particular proyecto explícitamente identitario con el del conjunto de la "nación" o, lo que es lo mismo, dejan a quienes no lo comparten fuera de la comunidad política: de ahí que las descalificaciones nacionalistas consistan en hacer del rival político un extranjero o un invasor, un "sucursalista" o un "anticatalán", alguien, por tanto, de ciudadanía discutible.

La anterior interpretación explicaría la rapidez del acuerdo. Entre socialistas no habría intereses que defender o botines que repartir y, sobre todo, la existencia de un conjunto común de ideas acerca de en qué consiste la buena sociedad ayudaría a tasar las propuestas políticas. Si usted y yo estamos de acuerdo en cual es el modo justo de repartir quehaceres y cosechas, no habrá mucho que discutir. De hecho, se podría pensar que los socialistas estaban ahondando un principio que ellos mismos, no se olvide, recuperaron para el debate político: el patriotismo constitucional. En lo esencial, en su formulación original, esa propuesta venía a sostener que la identidad compartida de la comunidad política se debe asentar exclusivamente en principios democráticos cristalizados en la ley máxima como la participación, la tolerancia, el respeto a la dignidad de las personas o el compromiso activo con los derechos ciudadanos. La tesis casa sin excesivos problemas con una concepción de la democracia bien enraizada en la mejor historia de la izquierda, una concepción más fuerte que la interpretación liberal según la cual la democracia se limita a ser un conjunto de reglas de juego neutrales para seleccionar a los gobernantes. Explicablemente, la idea fue criticada por los nacionalistas, para quienes el fundamento de la comunidad política no es la ley, sino la cultura, y, en todo caso, la ley ha de estar al servicio de la cultura "nacional", una cultura que, por supuesto, era la que los nacionalistas dictaminaban. Menos explicablemente, los socialistas no defendieron su tesis ante las pseudoargumentaciones nacionalistas.

En fin, esa sería una interpretación muy razonable, compatible con un ideario no desportillado, con un ideal de autogobierno democrático presente en el socialismo moderno desde su nacimiento. Cierto es que no cabe ignorar la existencia de problemas, en especial los que derivan de la compatibilidad de la inspiración igualitaria con la existencia de mercados de votos de ámbito territorial limitado. Déjenme ilustrarlo con un ejemplo. Hace unos años, en una universidad de verano de los socialistas catalanes, en un debate en torno a la nueva economía y el futuro de la izquierda, un antiguo ministro socialista, después de algunas consideraciones iniciales no exageradamente precisas, acabó por centrar la polémica: según él, la pregunta fundamental era qué tenía que hacer Cataluña para ganar la carrera de las nuevas tecnologías. El problema con las carreras, claro, es que si uno gana, los demás pierden. Dicho de otro modo: esa propuesta no podía resultan simultáneamente exitosa en Andalucía o el País Vasco, lo que para un socialista no debería ser plato de fácil digestión. En todo caso, la dificultad, de calado, afecta a todos los hijos de la ilustración: la tensión entre un proyecto emancipador, igualitario, que no otorga valor moral al hecho de que uno nazca en un sitio u otro, y el ámbito territorial limitado, el Estado nacional, en donde se materializa el poder político que permite realizar el proyecto. La cristalización más dramática de esa tensión para la tradición socialista, hasta el punto de que la partió por la mitad, fue la Primera Guerra Mundial, que obligó a elegir entre el internacionalismo socialista y las urgencias políticas de propio país, los vientos nacionalistas de guerra.

Pero, por inevitable, al menos mientras no existan instituciones de ámbito planetario, ése no es un reto abordable ahora y aquí. Sobre todo porque, además, sospecho que la anterior interpretación del proyecto de los socialistas peca de optimista y que el territorio común al que han llegado los socialistas es que cada cual haga lo que quiera en su territorio, en su particular caladero de votos, incluido aquello que poco tiene que ver con las ideas socialistas. De esa manera, Bono podrá dedicarse tranquilamente a copiar el programa del PP, el modo más seguro de conseguir los votos del PP, su objetivo proclamado, y Maragall podrá seguir sin hacer un gesto público en defensa de los socialistas vascos en Cataluña, en el Parlament, cuando se les impida contarnos en alguna universidad que no pueden ser socialistas en el País Vasco. También ahora, desde premisas menos decorosas, nos explicaríamos la rapidez del acuerdo: la proximidad electoral no permite ir más allá de las tareas cosméticas para salir del paso, sobre todo cuando Zapatero se encuentra debilitado, como resultado, por cierto, de un conflicto que, con independencia de las circunstancias particulares, si algo ha mostrado es cómo la vida de todos la deciden unos cuantos desde trastiendas en donde actúan poderes no sometidos a control democrático. Poderosas razones para acordarse de la más clásica identidad de una izquierda que nació para acabar con eso, para impedir ese poder despótico que deja a los ciudadanos la decisión sobre el quinto decimal mientras los enteros, lo importante, queda en manos de quienes tienen el poder que otorga el dinero. Ha corrido mucho desde entonces, pero, ya ven, en bastantes cosas andamos donde andábamos. Y eso que no se ha parado de darle vueltas a idearios y proyectos.

Cuando Zapatero afirma que "todo el PSOE apoya las ideas de Pascual Maragall", a uno, el entusiasmo que le produce saber que el político catalán, que no abusa en sus intervenciones públicas de la vertebración, ni de la ideológica ni de la otra, la imprescindible, tiene un proyecto inteligible, se le atempera por la sospecha de que la libertad "para ser quien se quiere ser" es la libertad de escoger "un pueblo", en una suerte de grandes almacenes, a planta por identidad, en lugar de otra, más parecida a un zoco, para seguir con la imagen tendera, en donde cada cual escoge cada cosa -por ejemplo, la lengua con la que educa a sus hijos o con la que designa a su comercio- según sus gustos, intereses o necesidades, o los de aquellos con los que aspira a entenderse, dispuesto a transitar entre identidades que es lo mismo que decir, despreocupado de cultivar identidad alguna, sin que en ningún momento le aparezca el temor de que se juega la pertenencia a la comunidad política. La libertad, en fin, cosmopolita, ilustrada, la de Kant y la de la izquierda de siempre. Una izquierda para la cual hablar de "catalanismo de izquierda" -¿qué diríamos si el PP se presentara a sí mismo como "españolismo de centro"?- sonaría tan absurdo como hablar de "ciencia alemana". Y es que, como explicaba con su inteligencia de siempre uno de los autores que con mayor solvencia empírica y analítica ha pensado las relaciones entre socialismo y nacionalismo, el historiador Eric Hobsbawm, al final, la elección es entre la tribu o la ilustración. Y no hay más.


No hay derecho

AURELIO ARTETA

La gravedad del problema vasco no radica en la cuantía de lo que el nacionalismo pide, sino en que lo pide como un derecho. Y, a diferencia de un favor, un deseo o una aspiración que se ruegan o se negocian, el derecho se exige; llegado el caso, por la amenaza y la fuerza. Ése ha sido también el presupuesto del que arranca y el tono con que suena el desafío institucional del lehendakari Ibarretxe. De ahí que -por muy certeras que resulten como objeciones- no sean la oportunidad, los riesgos económicos, la traición a las víctimas, la lenidad con los criminales, el chantaje en sacar partido del terror reinante y tantos otros los argumentos que más han de hacerse oír en la réplica. O vamos a la raíz o ya hemos empezado a tragar el anzuelo. Hay que negar la mayor, no cualesquiera otras premisas menores, y responder con toda claridad que no hay derecho.

Claro que, cuando se habla de derechos, habrá que cuidarse mucho de ciertos equívocos. Pues no estamos ante un problema que sea primero de legalidad o de mera conformidad con la ley. Mejor dicho: apenas importa que aquella propuesta de co-soberanía (a la que seguirá la de independencia) no quepa en la Constitución; ¿cómo podría encajar en la legalidad vigente algo que busca, no ya modificarla, sino fundar otra nueva? Tampoco se trata tan sólo de una cuestión de legitimación, o del grado de apoyo que tal iniciativa suscite entre las gentes. Ni siquiera un eventual respaldo mayoritario, y menos si fuera exiguo y menos aún entre una población en buena parte amilanada, le otorgaría por sí mismo validez democrática. Lo que hay que juzgar ante todo y sobre todo de aquella propuesta es su presunta legitimidad, es decir, su justicia o su justificación moral razonable. Anticipemos el dictamen: ese plan es del todo ilegítimo.

Lo es por sus consecuencias, desde luego, pero no menos por sus principios. El lehendakari funda su proyecto en tres pilares, a saber: el Pueblo Vasco es un pueblo con identidad propia; que tiene derecho a decidir su propio futuro, y todo ello desde el respeto a las decisiones de los ciudadanos de los diferentes ámbitos políticos en que hoy se articula (2.1). La primera tesis es sencillamente falsa, y así lo reconocía tan a las claras como a regañadientes el mismísimo PNV en enero del año 2000. En su documento Ser para decidir recordaba el diverso grado de conciencia nacional e identidad entre los ciudadanos, hasta el punto de definir a la sociedad vasca por su 'pluralidad tanto de identidades nacionales como de proyectos políticos' (II, 3). Reiterada al menos en siete ocasiones, fíjense, semejante confesión admitía que la sociedad vasca rebasaba con mucho al Pueblo Vasco, que su pluralidad política requería un tratamiento pluralista y que su disparidad identitaria recomendaba posponer el anhelo soberanista hasta que la conciencia patriótica estuviera más extendida... Tal era el diagnóstico de hace dos años y nada indica que el paciente a uno y otro lado de las mugas con Navarra y Francia haya dado señales de mejoría. Será preciso concluir que el Pueblo Vasco -en esa forma mayúscula- o no existe o lleva una existencia bastante limitada dentro de su sociedad; en suma, que el éthnos no coincide con el démos.

Y aunque algún etnólogo local detectara la existencia de tal Pueblo o se hubiera culminado ya la artificiosa labor de su 'construcción nacional', el segundo principio también sería insostenible. Ni ésa ni ninguna otra etnia gozan del derecho a decidir su futuro, si por tal se entiende el derecho a su secesión respecto del Estado en el que se integran, como no aporten más razones que su mera voluntad unilateral. Una voluntad, además, que pretende romper el nosotros político y levantar nuevas fronteras en virtud de algún criterio natural, en modo alguno civil; que ha de invocar inefables derechos colectivos antes que individuales y un mítico pasado más que el presente efectivo.

Por eso, al proclamar por fin que ese hipotético Pueblo Vasco ejerce aquel derecho 'desde el respeto a las decisiones de los ciudadanos' que lo componen, la ilegitimidad se alía con el disparate. Se viene a decir que Pueblo y ciudadanos son actores distintos de decisiones diferentes, titulares respectivos de otros tantos derechos; pero también que el ente colectivo preexiste a sus habitantes y, contra toda evidencia, que aquél y éstos viven en perfecta armonía. Miren por dónde, lo que iba a autodeterminarse está ya predeterminado. He aquí el secreto del nacionalismo étnico: el sacrificio de la sociedad real al Pueblo ideal, la sumisión de los sujetos políticos a los designios del gran Sujeto..., que sólo se expresa a través de sus intérpretes nacionalistas. Con este tercer pilar cae por tierra el edificio entero.

Así las cosas, el Pacto que tan solemnemente se propone es ilegítimo porque sus fundamentos expresos no resisten un debate argumental sobre su justicia. No confundamos la licitud de este proponer, que sólo alude a la libertad de expresión, con la legitimidad de lo propuesto, que atañe a la cualidad moral de lo expresado. Un respeto para el principio de no contradicción, háganme el favor. No repitamos con el lehendakari la insensatez de que tan legítimo es este proyecto como su contrario. De tener sentido tal fórmula, que nadie se moleste en ponderar valores, en deliberar con vistas a elegir su conducta o a defender ciertos proyectos públicos frente a otros. Si todo es igual de justificable, entonces nada debe ser justificado y sólo el capricho o el mayor número nos dictará qué sea preferible... No son más que argucias para evitar la revisión pública de las propias ideas, para hacer valer los proyectos que valen menos o que no valen en absoluto.

Porque ese Pacto no se volvería legítimo por celebrarse, como asegura el lehendakari, en ausencia de violencia. Ciertamente, lo malo se hace aún peor cuando se impone por la fuerza, pero ni mejora ni se convierte en bueno tan sólo porque venga sin ella: a lo sumo, resulta más llevadero. Tan confundidos andamos por la violencia, que muchos se apresuran a calificar de democrático lo que es nada más que pacífico; tan cansados del terrorismo, que al incoherente tópico de condenar la violencia 'venga de donde venga' se le añade ahora el no menos repudiable de predicar la paz 'llegue como llegue' y al precio que fuere. Las vías pacíficas no santifican lo que dista de ser santo ni justifican lo injusto. Al contrario, es de temer que lo vuelvan más insidioso que si se presentara bajo modos violentos, porque así podrá engatusar mejor a los cuitados.

¿Qué da a entender, pues, Ibarretxe cuando solicita que se reconozca la nacionalidad vasca a efectos políticos... con toda naturalidad? Más que la naturalidad con la que debe reconocerse, se trata sin duda de la naturalidad con la que se reclama ese reconocimiento. He ahí la desarmante simpleza del ejecutor de una suerte de mandato divino, del protagonista de una misión histórica. Es la franca espontaneidad del que toma sin más lo que es suyo, la de quien no tiene que dar razones de su pretensión porque le ampara una verdad sagrada; en suma, la naturalidad del sujeto de un derecho natural. Que es lo mismo que la brutalidad de ese ser prepolítico cuya rudeza consagra su apetito como ley. Por decirlo con recientes palabras de Arzalluz, la naturalidad de quien valora su 'ser vasco' muy por encima del 'ser ciudadano vasco'.

Por eso nunca está de más insistir en algo que no puede refutarse sin autoengaño. Las diversas ramas del nacionalismo vasco no sólo comparten al menos los fines inmediatos y se benefician recíprocamente de los medios empleados por los otros; lo más decisivo es que se basan en el mismo presupuesto y comulgan en la creencia primordial: que existe un Pueblo Vasco dotado de derechos. Pues bien, mientras subsista una creencia tan arraigada, mientras se argumente desde esa premisa última y se vociferen discutibles aspiraciones como si fueran derechos irrenunciables..., no habrá paz estable ni justa entre nosotros. Con estas cartas, jugamos a un juego en el que ambos contendientes no pueden salir victoriosos, sino en el que uno debe ganar lo que al otro tocará perder. De modo que, órdago por órdago, se diría que la salida va exactamente en la dirección contraria a la marcada por Ibarretxe.

El paso necesario es el inequívoco abandono por parte del nacionalismo moderado de todo proyecto secesionista. Veinticinco años de drama colectivo han probado con creces que semejante exigencia, inicua amén de inalcanzable por cauces decentes, trae consigo el desgarramiento civil. Ah, ¿que no tenemos derecho a solicitarles tal cosa o que ésa es una reclamación propia de ilusos? Pues entonces seguiremos atrapados en este infierno: o ellos renuncian a los derechos que se atribuyen como nacionalistas o nos harán renunciar a nuestros derechos como ciudadanos. Por el bien de todos, no les pedimos despojarse de su ideología nacionalista, pero sí que empiecen a mudarla de étnica en cívica. En definitiva, que acepten pertenecer, antes que a esa comunidad particular de sus correligionarios, a esta otra más amplia y rica que forman con sus conciudadanos.

Volver a la Página 1
STARMEDIA        CERRAR