Página actualizada el 24 de Agosto de 2003

LA IZQUIERDA

Este es el primer tema de debate que traigo a colación, la opción ideológica que lleva siete años de oposición en España, cinco en Euskadi y otros siete en Navarra, y que se enfrenta a graves contradicciones que gravitan especialmente en torno al proyecto de España. ¿Casualidad o causalidad? A continuación se puede encontrar una selección personal de artículos de prensa sobre el tema.


¿Tú que vas a ponerte?

FERNANDO SAVATER

El Diario Vasco, 16 de agosto de 2003

Y para convencernos prometen algo peculiar y único, sea una reforma del Estatuto o una nueva interpretación de la Constitución o lo que se tercie con tal de probar que su modelito es distinto No sé si las cosas habrán cambiado, porque ahora hago poca vida social, pero hace unos años cuando dos señoras amigas y por tanto algo rivales sabían que iban a coincidir en una boda o un cóctel se llamaban la noche antes para preguntarse: «Oye, tú ¿qué te vas a poner?». Trataban de evitar a toda costa aparecer con el mismo modelito porque la seducción no es compatible con la producción en serie y siempre la uniformada que llegaba en segundo lugar creía hacer el ridículo ante el significativo cabeceo con que se acogía su atuendo, como diciendo: «esto lo he visto ya antes». Lo malo era cuando no tenía nada mejor que ponerse que lo ya lucido por la rival y entonces debían inventarse algún detallito original distinto para que no se las confundiese, aún a costa de estropear el conjunto... Me he acordado de estos azoros de las damas de antaño al escuchar a algunos dirigentes de PSE atareados en explicarnos que, aún estando contra el plan Ibarretxe como el PP y a favor del Estatuto y la Constitución como el PP, no se les debe confundir con el PP porque ellos visten y calzan de modo muy diferente. Y para convencernos prometen algo peculiar y único, sea una reforma del Estatuto o una nueva interpretación de la Constitución o lo que se tercie con tal de probar que su modelito es distinto y no siguen la misma moda que la competencia. Lo malo es que con tales esfuerzos no acaban de dar mayor impresión de personalidad sino de obsesión por el «¿qué dirán?» frente a quienes no quieren verles mejor vestidos sino totalmente desnudos...

No seré yo quien descarte que el PSE tiene de veras nuevas ideas inteligibles para mejorar el Estatuto y la Constitución. Como cuenta Borges que le decía su padre, «hijo, este mundo es tan raro que hasta puede que exista el Espíritu Santo». De modo que fíjate. También puede ser que tenga razón cuando se empeña en denunciar el «españolismo rancio», a pesar de que el argumentario de todos los nacionalistas o filonacionalistas -da igual que sean vascos, catalanes, gallegos, lo que ustedes quieran- siempre se remonta a raíces mucho más antiguas que la Constitución española en cualquiera de sus interpretaciones y por lo tanto es mucho más rancio que el «españolismo» y hasta tiene pasada la fecha de caducidad. Incluso estoy dispuesto a aceptar la oportunidad progresista del federalismo, a pesar de que en el país federal más importante de Europa -Alemania- haya muchos descontentos con él y hasta se hable de reformar próximamente la constitución germana para disminuir sus atribuciones (Dietrich von Kyaw, representante permanente de Alemania en la Unión Europea del 93 al 99, ha publicado hace poco un artículo en el «Financial Times» titulado «El problema de Alemania es el federalismo» en el que le atribuye parte de culpa en el estancamiento económico del país). Pero pudiera ser que lo que en Alemania es factor de estancamiento en España lo fuese de progreso: después de todo, somos expertos en dar lecciones al mundo y no en aprenderlas de los demás...

Sin embargo, aún aceptando todo eso y aún aplicando lo que el filósofo Donald Davidson llama el «principio de caridad» en la interpretación de la conducta ajena, la inoportunidad de hacer oír precisamente ahora voces al menos desconcertantes en defensa de tales tópicos parece fuera de duda. Precisamente ahora, es decir: cuando el lehendakari se dispone a hacer público un plan que radicaliza el soberanismo difuso con el que hasta ahora se contentaba el PNV y se avecinan meses en los que la colaboración institucional entre los dos máximos partidos del Estado va a ser imprescindible para disuadirle, si es posible, o cortocircuitar el intento secesionista si no queda otro remedio.

Ha dicho Patxi López que confía en que sea la sociedad vasca quien desautorice el plan Ibarretxe. En efecto, eso sería algo muy deseable pero da la casualidad de que precisamente media sociedad vasca esta amordazada por el terror, extorsionada por los asesinos que recaudan contribuciones bajo pena de muerte y descuartizada por quienes provocan el silencio o la huida de los disidentes activos frente al nacionalismo. Esa parte de la sociedad está a punto de rendirse, si no se ha rendido ya, y no quiere la paz sino que la dejen en paz al precio que sea. De modo que necesitan el apoyo de los partidos democráticos y la protección del Estado del que forman parte porque la sociedad vasca no es un reino de taifas separado del resto de España, crean los nacionalistas lo que crean. Por tanto los políticos constitucionalistas tienen que practicar una pedagogía social que dé ánimos a quienes se ven despojados de sus derechos y enviar mensajes inequívocos de confianza en las instituciones a la ciudadanía, no estribillos sectarios en los que resultan tan malos quienes toman medidas legales y policiales contra el chantaje político y quienes lo practican con sin igual descaro. Porque mañana no bastará con decir que no se está de acuerdo con el plan de Ibarretxe sino que habrá que aclarar qué se está dispuesto a hacer para que no salga adelante... A la turba que se manifestó el pasado domingo en Donosti no se la convence con medias tintas, salvo que aceptemos aquel principio enunciado hace muchos años por el canciller Adenauer: «La mejor forma de contentar a un tigre es dejándose devorar».

Por supuesto hay voces en el socialismo vasco que recuerdan estas verdades elementales. Y los dirigentes se lamentan de que tales críticos repitan «los mismos argumentos que el PP». Hombre, es que el PP no ha inventado el sentido común ni tiene todavía su monopolio: hay socialistas que lo manejan también como cosa propia, aun a riesgo de parecer del bando contrario. Yo creo que no se les debe hacer reproches por ello, so pena de que dentro de unos meses a los tránsfugas por razones inmobiliarias se les terminen uniendo tránsfugas por razones de sensatez...


La izquierda

ROSA MONTERO

EL PAÍS | Última - 03-06-2003

Hace unos días vi un titular a cuatro columnas en este periódico que decía: "Los grandes líderes de la izquierda de Latinoamérica dan su respaldo a Kirchner". Y los susodichos eran Fidel Castro, Lula, Chávez, Lagos y el ecuatoriano Gutiérrez. Y, la verdad, se me abrieron las carnes, porque me espanta que consideren al tirano de Castro y al energúmeno de Chávez como "grandes líderes de la izquierda", y aún me estremece más que los metan en el mismo saco junto a políticos que para mí son respetables, empezando por el brasileño Lula, que parece ser un tipo tolerante y elástico, un individuo deseoso de cambiar su sociedad pero manteniéndose dentro del marco democrático.

Un titular así (y que me disculpen mis compañeros del diario, que se han limitado a recoger lo que está en el ambiente), es el perfecto ejemplo del caos conceptual que nos embarga a los llamados progresistas; no es un problema de EL PAÍS, sino de este país, en donde reina la empanada más monumental sobre lo que es la izquierda. ¿Cómo podemos equiparar de modo tan campechano a un dictador abominable y a un dirigente que bordea el caciquismo con políticos demócratas? Si Castro y Chávez son los grandes líderes de la izquierda, yo me apeo de ese calificativo. Sea cual sea el color de sus ideas, para mí un tirano siempre será un tirano.

¿Qué es la izquierda hoy? Un absurdo y revuelto cajón de sastre en donde se mezclan ideologías incompatibles. Los matones nacionalistas de ETA se dicen de izquierdas, y asesinan a la buena gente de izquierdas como Lacalle. Y sin llegar a extremos tan dolorosos, resulta que hay gentes de izquierdas intolerantes y mostrencas, y gentes de izquierdas reflexivas y flexibles. Antes, cuando veía en el periódico que en tal o cual organismo había ganado el sector de izquierdas (en el rectorado de una universidad, en el colegio de médicos), siempre me alegraba, creyendo simplonamente que ganaban los míos. Pero ahora, cada vez que leo algo así siento un escalofrío y me pregunto: ¿será la izquierda bárbara y retrógrada de Castro, o la democrática de Lula? Por si acaso, y como no quiero compañeros indeseables, prefiero considerarme librepensadora.


Disputa

FÉLIX DE AZÚA

EL PAÍS

Sería una lástima que el cruce de guantazos entre Fernando Savater y Eduardo Haro quedara archivado como un conflicto entre 'dos fuertes personalidades', porque hay algo más. Son también dos modos opuestos de entender la responsabilidad cívica.

En la vida pública de Savater ha primado siempre el compromiso ético sobre la ideología política. Es un escritor más próximo a Camus que a Sartre. Si durante el franquismo no dudó en colaborar con los comunistas, ahora no duda en hacerlo con socialistas y populares vascos. El motivo no ha cambiado: defender las libertades individuales y luchar contra la muerte. Las opciones de Savater responden a situaciones concretas y elige a sus aliados según un criterio pragmático porque para él no hay ningún ente o esencia superior al individuo.

No es el caso de Haro, el cual pertenece a una tradición colectivista y gregaria de honda raíz católica. Fue gregario en su etapa franquista, colectivista en su etapa roja, y comprensivo con los totalitarios en la actualidad. Su convicción más profunda es que los individuos están al servicio de una razón superior, sea ésta la Nación, el Partido, el Pueblo o la Historia.

Durante años, individualistas y colectivistas se confundían en el conglomerado de la izquierda. Pero esa etapa pertenece al pasado. Los colectivistas, sean de añoranza comunista o de melancolía nacionalista, son ahora fuerzas conservadoras. Y el individualismo no tiene, en España, historia alguna. Nunca ha existido. Si alguien actúa por sí mismo, y no por disciplina, codicia u obediencia, provoca la suspicacia de los colectivistas, los cuales le acusarán de españolismo o derechismo. Como Haro a Savater y como los estalinistas a Camus.

Quienes opinamos en los diarios solemos caer en el exhibicionismo moral. Nos ponemos a la puerta del colegio con la gabardina abierta para dar en espectáculo nuestra grandeza de alma. Pero Savater se juega la vida por defender a sus vecinos. Mientras que Haro sólo se defiende a sí mismo por un sueldo. Yo también. Más nos vale mantener la gabardina cerrada. Corremos el riesgo de que se percaten del verdadero tamaño de nuestra alma.


La izquierda cartagenera

EDUARDO URIARTE

EL PAIS, 17/1/2003

La izquierda cartagenera ya se cargó la I República española y ahora no va por mejor camino, flirteando con un PNV, que antes se cortaría la mano que firmar la Constitución.

Como no podía ser de otra forma, la iniciativa de Eudel, como recogía EL PAÍS, para crear plataformas en los ayuntamientos de apoyo a los amenazados, pactada por Ramón Jáuregui con los nacionalistas cuando era presidente de la gestora socialista, ha resultado un fracaso. El alcalde socialista de Rentería explicaba este resultado porque las gentes nacionalistas se encuentran mejor apoyando a los de Batasuna que a los constitucionalistas.

Sorprendentemente, el caos promovido por Ibarretxe tiene su capacidad de seducción en la izquierda cartagenera (fue causa de la caída de la I República y motivo del desprestigio del federalismo en España), en algunos profesores de derecho constitucional, no de etnología, entre esos constitucionalistas que en vez de decir España dicen Estado, y en el socialismo federal-asimétrico catalán. Posiblemente, sean tantas las ganas de echar del poder al PP que, de la misma manera que éste hizo antes, no se fijen en los medios a emplear, en los aliados que buscarse, y en las teorizaciones anarconacionalistas sobre una España que parte de una situación vasca irreal. ¿Por qué los socialistas catalanes, que tanto les gusta relacionarse y simpatizar con los nacionalistas vascos, no lo hacen con los nacionalistas catalanes?. Porque allí son la alternativa electoral, la legítima y coherente posibilidad de cambio después de veinte años de nacionalismo. ¿Por qué aquí no?¿Qué pasaría si desde el socialismo vasco se dijera algo tan cierto como que ya se desearía tener aquí un nacionalismo como el catalán?.

Hace días, la visión de la situación política vasca y de la manifestación convocada por el lehendakari daba pié a una apología del nacionalismo, del PNV, las posibilidades de colaboración con él, y una condena del PP. Ese artículo me hizo dudar si vivo en este país, donde todos mis amigos van escoltados, donde después de haberme pasado doce años de mi vida colaborando con el PNV acabé descubriéndome un día puesto a los pies de los caballos, cuando decidió irse a Estella a romper con todo de la mano de los acólitos de la violencia. Qué tiene que ver mi percepción de la realidad con la de una persona, Antoni Castell, con el que debiera compartir una misma interpretación de la realidad.

En mi humilde opinión, el Pacto Antiterrorista, logro del PSOE, nunca podrá dar cobijo al PNV, al menos a este PNV. Sería posiblemente exagerado decir que ya es el pacto de los demócratas, visto los apoyos que ha tenido posteriormente de CiU y de CC. El PNV no va entrar en él ni con fórceps, lo mismo que se cortaría antes la mano que firmar la Constitución. Pero antes de lanzar la sospecha sobre la naturaleza democrática del PNV se prefiere denunciar la limitación del Pacto Antiterrorista por la ausencia del PNV.

La causa del tensionamiento de la vida política vasca no ha sido el PP. La nueva ejecutiva socialista que sucedió a Nicolás Redondo tenía todas las condiciones para acercarse al PNV, quizás es que el PNV ni quiso ni dio posibilidades para ello. Las iniciativas que han seguido al Pacto Antiterrorista no han sido porque el PP quisiera romper relaciones entre los socialistas y el PNV, que sería legítimo, sino porque el PNV se va en sus reivindicaciones cada vez más lejos sustituyendo a las que en su día mantuvo ETA, recibidas con todo apoyo, precisamente, según el Euskobarómetro, por el electorado de Batasuna. El Pacto de Lizarra fue sustituido por el Proyecto Soberanista, y éste por el Plan Ibarretxe. Pero si el Gobierno del PP promueve la ilegalización de Batasuna es porque demócratas como Ana Urchueguía son acosados, si promueve el endurecimiento de las condenas es porque un exconvicto salido en condicional acaba de matar al guardia civil Antonio Molina, no para sabotear acercamientos, no para tensionar la situación, sino para ponerle freno, aunque de todos es sabido que esas medidas son rechazadas totalmente por el PNV. ¿Está ahí la causa por la que el PSOE no se atreviera a solicitarlas antes perdiendo la iniciativa?. Creo que no, pero el socialismo en estos temas tiene sus problemas.

Al nacionalismo vasco no le tiene que venir el PP a echarle de la Constitución, se va por propia voluntad, y de la mano de los terroristas. Pero lo que me preocupa no es que el PNV reciba más piedad de la izquierda cartagenera que los de izquierdas vascos que aguantan entre funeral y funeral. Me preocupa mucho más que se utilice la política antiterrorista del PP, en gran medida consensuada con el PSOE, para atacar al PP, y de paso mostrar servilismo hacia el PNV. Y, mucho más todavía, me preocupa que se introduzca el debate de diferentes proyectos de España, lo que nos llevaría a la reforma constitucional, precisamente con el problema vasco, que al fin y al cabo no es más que el problema del terrorismo y del nacionalismo vasco, nada que ver con proyectos factibles, nada que ver con España y con posibles soluciones de futuro. Precisamente todo lo contrario, una buena introducción para crear, este sí, un buen conflicto civil.


Izquierda, nacionalismo y democracia

EDURNE URIARTE, profesora de Ciencia Política de la UPV

La reforma de la Ley de Partidos que se ha aprobado en el Congreso ha puesto de relieve la difícil relación que parte de la izquierda española, la más marginal, y una buena parte del nacionalismo, siguen manteniendo con la democracia. Los unos por la pervivencia de las resistencias del comunismo a la democracia liberal. Los otros porque siguen sacrificando la democracia a su concepto de nación étnica. Por eso, porque la democracia es secundaria, unos y otros parecen anclados en el discurso que les unió en el antifranquismo, y, como si este cuarto de siglo hubiera pasado en balde, defienden el mantenimiento en la legalidad de un partido antidemocrático y violento con el que no se sienten capaces de romper sus lazos más profundos.

El PNV, EA, IU, BNG, IC-V y CHA han mostrando estos días su oposición frontal a la nueva Ley de Partidos. Dicen que porque esta ley pretende ilegalizar ideas. Todos ellos saben que la única idea que pretende ilegalizar esta ley es la de la defensa del crimen para conseguir objetivos políticos. Y todos ellos saben también que esta ley ha nacido porque en España tenemos un grupo político conectado con el terrorismo y que hace apología del terrorismo. Saben también que esta ley tan sólo perjudicará a un partido político, Batasuna, y lo hará por sus vinculaciones con el terrorismo, siempre que se mantengan una vez que la ley haya sido aprobada.

Pero el problema para todos estos grupos es precisamente Batasuna. Porque lo que ninguno de estos grupos aceptan es que el partido que esta ley pudiera perseguir es Batasuna. Su preocupación no es la ilegalización de ideas, sino la ilegalización de un grupo con las ideas específicas de Batasuna, es decir, la lucha contra el capital y contra el Estado «centralista y opresor». Porque todos ellos hubieran votado a favor si estuviéramos hablando de un grupo neonazi violento, conectado con una organización terrorista con cerca de mil crímenes a sus espaldas y que tiene sumido en el terror al País Vasco.

A pesar de las condenas formales contra el terrorismo que todos estos grupos expresan tras cada atentado, en el fondo, hay en todos ellos una comprensión de lo que consideran causas políticas de ese terrorismo, un reparto de culpas entre la «derecha reaccionaria y franquista» del PP y la «socialdemocracia derechizada y casi igualmente españolista» del PSOE y ese grupo de «revolucionarios resistentes de ETA-Batasuna contra el autoritarismo del Estado y el gran capital que, aunque equivocados en sus métodos, son respetables en su utopía».

Por eso todos ellos simpatizan y colaboran con Elkarri, la organización que articula en la práctica la teoría del conflicto entre las dos partes que sólo cabe resolver con la negociación en la que el Estado y los partidos «españolistas» ceden en su intransigencia, conceden el derecho de autodeterminación y el perdón de todos los crímenes, mientras que ETA cede también y les deja de perseguir y matar.

La izquierda no nacionalista de este frente de defensa de Batasuna no puede reprimir sus simpatías hacia un grupo que ha incorporado toda la filosofía y terminología del comunismo clásico, que se opone con la misma vehemencia a España y los españoles y a los capitalistas y los poderosos. Porque Batasuna es un partido que lucha contra las élites económicas, políticas, culturales, contra el gran capital, contra el Estado, que está con los grupos feministas radicales, con los ecologistas, con la antiglobalización, y con el antiamericanismo. Y en todos esos frentes coincide con IU o con IC-V. En el País Vasco, la estética y el discurso comunistas se mezclan con los de Batasuna en ese campo común que les une más de lo que les separan los crímenes de ETA.

Pero incluso la xenofobia antiespañola de Batasuna recibe comprensiones en la izquierda radical española, porque tampoco esta izquierda tolera lo que ella considera la España dominada por los intereses de los poderosos, de los herederos del franquismo y de la democracia formal. Ahí confluye con todos los nacionalismos periféricos, en las tentaciones de ruptura, en la deslegitimación del Estado, e incluso gobierna con un partido como el PNV teóricamente tan alejado en el eje ideológico de Izquierda Unida.

Desde el lado nacionalista, y muy especialmente desde el nacionalismo conservador como el del PNV, el nacionalismo étnico hace que la repugnancia ante los crímenes tenga menos fuerza que la idea de que Batasuna, al igual que el PNV o que EA, o que el BNG, defiende el derecho de una nación a tener un Estado. Batasuna es para el PNV y para EA, sobre todo, «parte de los nuestros», y esa común nación es prioritaria sobre cualquier otra consideración. Y para los demás nacionalismos es al fin y al cabo una nación hermana que lucha contra el común enemigo español.

Es curiosa la forma en que el frente de defensa de Batasuna de nacionalistas, comunistas y nueva izquierda radical revive el antifranquismo, o recuerda más bien que para estos grupos la filosofía del antifranquismo que les unió no ha muerto, porque su discurso no ha variado sustancialmente desde entonces. Y no lo ha hecho porque, para todos ellos, entonces, como ahora, la democracia era secundaria. Porque había otros objetivos anteriores a la democracia, el enfrentamiento al capitalismo, o al Estado español. Por eso la profundización de esa democracia, su situación entre las más avanzadas del mundo les es indiferente. Porque la democracia no es su motivación más profunda.

Por eso, todos estos partidos se sienten cómodos en esa idea de Arzalluz de que las cosas no han variado mucho desde la guerra civil, por ese ambiente «de confrontación, de amenaza, de querer reducirnos, de que vayamos por donde ellos quieren». Por eso también, hubieran suscrito la afirmación de Atutxa de que «harán falta tanquetas para sacar a Batasuna del Parlamento», esas tanquetas, esa guerra civil, en la que su discurso sigue anclado con una mezcla de nostalgia e impotencia.

Quizá lo más curioso de esta alianza entre nacionalismo e izquierda radical es el papel del PNV. Porque, a diferencia de todos los demás, el PNV es un partido de gobierno que, en buena medida, se ha mantenido en el poder durante la democracia por su imagen de partido moderado y de orden. El PNV es, en el fondo, la nota más incongruente de este cuadro. Y el grupo más perjudicado. Porque su debilitamiento, su pánico a perder el poder, le ha llevado a esta peligrosa alianza por la que sus electores más moderados le pasarán factura tarde o temprano. CIU, inteligente y prudentemente, se ha aliado con la defensa de la democracia. El PNV acaba de hacer una visita oficial a Cuba y de recibir con entusiasmo al vicepresidente de la dictadura comunista. Es la nueva imagen absurda y patética de un partido definitivamente descarriado.


Humores vascos

VICENTE MOLINA FOIX

En algunos salones progresistas de Madrid y Barcelona es de buen tono, a la hora de los licores y el café, proclamar la absoluta necesidad de un diálogo sin límites con los terroristas de ETA, lamentando a la vez lo intransigente y furibundo que se ha vuelto ese Savater, antes tan libertario y finamente irónico. Las personas que así reaccionan son inteligentes, cultas, y se muestran horrorizadas como el que más cada vez que los asesinos dejan sobre la acera o el monte el cadáver de un españolista. Suele ser gente que lee, aunque no todo, porque eso sería imposible, con los millones de páginas que se imprimen constantemente en el mundo. ¿La tele? Apenas la ven, y sólo cuando hay una buena película clásica o un documental de la BBC.

Ni ellos ni yo, ni seguramente usted, lector de Andalucía, Valencia o Extremadura, podemos seguir al día los periódicos Deia y Gara, y tampoco la señal de Euskal Telebista llega a nuestros aparatos. Para remediar esas carencias del resto del Estado español, el colectivo vasco ¡Basta Ya! (formado por ciudadanos tan estentóreos, tan airados y tan amenazados de muerte como Savater) ha difundido un informe con recortes periodísticos y un vídeo que deberían ser de lectura y visión recomendadas en todos los hogares y colegios, y fundamentalmente en las sobremesas de esos dialogantes de guante blanco y conciencia no-perturbada por el antiestético grito de socorro de los coléricos como Savater.

Nunca he visto, ni en los tiempos de franquismo que me correspondió vivir, una intoxicación informativa tan funesta, tan -digámoslo con la palabra justa- criminal. En las páginas del diario Gara, al fin y al cabo correa de trasmisión de los violentos, no sorprende encontrarla. Lo escalofriante es descubrir con tus propios ojos el grado de incitación al odio y consigna discriminatoria en espacios de apariencia inocente (recreativos, culturales) habituales en el periódico portavoz de un partido (PNV) que gobierna y se dice democrático, y en una televisión pública sufragada por unos y otros vascos.

Los ejemplos escritos abundan, y van de lo grotesco a lo repugnante. Así, en Deia, Antonio Álvarez Solís, un columnista revenido (que sin duda cobrará sus numerosas colaboraciones), acusa de españolistas y de vendidos 'a tanto universitario que ha renunciado al arriesgado oficio del saber para asegurar la paga mensual'. Cierto Xabier Lapitz se burla de los intelectuales que sufren la terrible prueba de tener que salir a la calle con escolta; 'en Madrid, si eres vasco y no estás amenazado, no eres nadie'. Y hay un dibujante, Ripa, que día a día deshonra el independiente y noble arte del humor satírico con unas viñetas como la que muestra a una chica que le reprocha a otra salir con un ladrón de coches y violador, a lo que la amiga en cuestión responde: 'O sea, pues sí, pero como es del Partido Popular, él mismo, en un acto de gallardía y nobleza, se entregó a la policía reconociendo su culpabilidad. Otro en su lugar se lo habría callado. ¿A que es un tío guay?'.

Respecto a la televisión, no bastan las tendenciosas manipulaciones en los informativos, por desgracia igual de frecuentes en las dos cadenas de ámbito estatal controladas por el Gobierno de Aznar. En un concurso de rap para escolares presentado por Edurne Ormazabal, una canción llevaba como estribillo ¡Cóctel molotov, cóctel molotov!, y otra cantaba la incomodidad de tener que vivir entre españoles. Todo debidamente retransmitido por el primer canal de Euskal Telebista.

Y todo, naturalmente, en nombre de la patria, que hay que salvar de los que vienen de fuera y encima tienen voto dentro. ¿Cómo saldrán esos niños patrióticamente vascos? No todos tendrán la clarividencia de García Lorca, que en un escrito adolescente hasta hace poco inédito ya desconfiaba del patriotismo como sentimiento 'que tiene por espíritu a un trapo de colores, por voz una corneta desafinada'. Detrás de toda madre patria, sigue Lorca, hay unos tipos tiesos y campanudos tratando de hacer besar a los jóvenes 'una cruz infame formada por la bandera y una espada; es decir, la cruz de las tinieblas y de la fuerza'


El sistema

ROSA MONTERO

Los resultados de las elecciones francesas son un respiro, pero sólo eso. La subida de Le Pen y de toda la patulea de fachas europeos sigue siendo inquietante. Aunque también es algo natural: en una época de tan intensos cambios como ésta, es lógico que crezca un contrapeso retrógrado. No puede haber mutaciones sin tensiones.

Pero además es que todos estos bárbaros reaccionarios se apoyan en los desencantados del sistema. Y el sistema, ciertamente, ofrece multitud de razones para desencantarnos: la hipocresía rampante, el abuso de los poderosos frente a los débiles, las injusticias obvias y las espectaculares incongruencias. Por ejemplo, que Milosevic sea tratado como un criminal de guerra (con toda razón), mientras que Ariel Sharon pasa por ser un coleguilla un poco díscolo. No, desde luego no es fácil sentirse cómodos dentro del sistema. Es más, el sistema es un asco y hay que mejorarlo urgentemente. Y la derecha tradicional, que apoya el sistema sin matices ni críticas, no ofrece al ciudadano más espacio de intervención política que el de la náusea, que desemboca en el vómito de los partidos neofascistas.

Pero es que fuera del sistema (fuera de las convenciones democráticas) el mundo es aún mucho peor, mucho más inadmisible y carnicero. Y aquí nos topamos con otro de los ingredientes que han facilitado el ascenso de los lepenismos: la descomposición política de la izquierda y su falta de credibilidad moral e intelectual. Me temo que muchos de los líderes izquierdistas son alegremente, demagógicamente, progremente y bobamente antisistema. ¡A la izquierda de mí nadie!, se ufanan con pueril radicalismo; y arremeten globalmente contra la globalización, y contra los políticos, y contra la UE, y contra el sistema, como si no formaran parte de todo ello. Pero el caso es que sí formamos parte, el caso es que nosotros somos el sistema. Y hay que mejorarlo, desde luego, pero no destruirlo, porque extramuros el mundo es aún peor. Extramuros se agolpan los bárbaros como Le Pen: ellos sí que son verdaderamente antisistema, totalmente auténticos en su burricie. Los votantes medrosos reconocen la veracidad de la rebeldía retrógrada de los neofascistas, frente a la rebeldía de chichinabo de la izquierda demagógica. Y por eso les prefieren. Sigamos sembrando vientos y recogeremos huracanes.


Sobre Madrazo

CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN

La figura de Javier Madrazo sería sin duda motivo de particular homenaje por parte de los humoristas en una sociedad que no fuera la vasca, que tampoco tiene humoristas sino solamente caricatos, y varios de ellos en el Gobierno. En una entrevista a calzón quitado, Madrazo declaró que la cosa más arriesgada que había hecho en su vida era sorprender a la parienta comprando unos billetes para ir a París con las niñas. Como tantas de las suyas, esta ocurrencia sería muy celebrada de no ser por los miles de muertos, heridos y agredidos que ETA ha conseguido acumular. Y no es que el consejero Madrazo tenga algo que ver con todo eso -Dios nos libre-, sino que no tiene absolutamente nada que ver. Eso es lo malo. En un país de cuatro metros cuadrados donde miles de personas se juegan el físico todos los días, el mayor riesgo que corre Madrazo es improvisar una escapadita a París. Igualito que Alfredo Landa o Mr. Bean. No es de extrañar que ETA no se sienta amenazada por Madrazo ni por la sucursal de Izquierda Unida, llamada Ezker Batua. Y aquí radica el secreto de su éxito.

En las elecciones del 13-M se esperaba una bajada notable de IU-EB. Madrazo se quejaba amargamente de que la polarización entre nacionalistas y constitucionalistas perjudicaba grave e injustamente a la que definía como opción progresista de izquierda vasca rigurosamente democrática y dialogante, o algo así. Lo cierto es que IU hasta aumentó de votos, convirtiendo sus tres diputados en la nueva bisagra de Ibarretxe. A los de Basta Ya nos riñeron mucho por reírnos del personaje que, de creer a algunos, encarnaba un progresismo maravilloso que combinaba a Gandhi con Rosa Luxemburgo. El tiempo, que todo lo cura, ha dejado las cosas en su lugar. Madrazo no sólo es oportunista, confuso y vacío, sino todavía peor, como han terminado descubriendo con pavor sus compañeros de Izquierda Unida, con la lógica excepción de un Gaspar Llamazares que le debe el puesto y también, según algunas fuentes, quizás el 20 por ciento del presupuesto de su secretaría general. Si Javier Madrazo consiguió el 13-M más votos de los esperados es porque la suposición de que ocupaba un espacio intermedio entre PNV-EA y PP-PSOE se reveló falsa.

Lo suyo es más simple y picarón: ofrecerse al mejor postor. A Madrazo le votaron gentes que compran revistas alternativas, consumen alimentos biológicos y denuncian la prostitución en Bilbao pero la disfrutan en La Habana, gentes dispuestas a apoyar cualquier solución política que eluda el verdadero problema -el terrorismo- mientras sea ocurrente y colorida. «Rojos» de buena cuenta corriente y muchos enemigos imaginarios, pero ninguno en ETA.

Madrazo proviene del cristianismo de base. Estuvo en algún grupo pacifista de los que se formaron para ordeñar los presupuestos públicos dedicados a sosegar a la opinión. Encontró en Izquierda Unida su amor verdadero y la hizo suya. Se desembarazó de los pocos dirigentes de la izquierda excomunista que sobrevivieron a la transición, y ocupó con entusiasmo el nicho ecológico dejado por Nicolás Redondo cuando abandonó el gobierno de Ardanza. Incluso convenció a su partido para unirse algunos meses a la declaración de Lizarra. Durante la campaña electoral prometió que nunca entraría en un Gobierno Vasco únicamente nacionalista, luego que nunca sería consejero, y después que nunca se pondría corbata, única promesa que ha cumplido. Ha protestado ruidosamente contra el Pacto Antiterrorista, la Ley de Partidos Políticos y la ilegalización de Batasuna. Compite con Arzalluz, Egibar y Azkarraga en la emisión de difamaciones contra la democracia española. Se ha declarado «el rojo del Gobierno Vasco» como si fuera la guinda que corona el pastel, pero el punto bermellón que aporta más bien recuerda la nariz postiza de un payaso. Es verdad que el madracismo cabe en un taxi, pero eso no importa si el taxi es un cochazo oficial pagado por los contribuyentes. La vida sensible que queda en Izquierda Unida anda horrorizada con las implicaciones generales de la buena vidorra madracista. Rosa Aguilar y Francisco Frutos, entre otros, exigen de Madrazo la rectificación y retirada del Gobierno Vasco. No es para menos, visto el ridículo en que les ha sumido apoyando a Batasuna y acusando de prevaricador a Garzón justo cuando Llamazares nos había asegurado que si no votaba la ilegalización de Batasuna era por su virtuoso apoyo sin reservas a la acción penal de los jueces. La presión de los últimos días sólo ha conseguido que Madrazo retire el apoyo inicial a la pretensión de Atutxa de abrir una segunda demanda de prevaricación contra Baltasar Garzón. Pero van listos si esperan mucho más del avispado muchacho vizcaíno. Encontrará la manera de compensar a sus socios y señores del Gobierno Vasco, y colaborará otro poquito a hundir a Izquierda Unida en la insignificancia de lo caduco, rancio y superfluo.

Si le siguen presionando, Madrazo está dispuesto a hacer la segunda cosa más arriesgada de su vida: forzar un congreso extraordinario y escindirse de Izquierda Unida, recreando Ezker Batua como partido absolutamente vasco y libre de todo lastre españolista. Así conservaría el cargo con presupuesto y cochazo, y quizás pudiera pujar en la almoneda de votos batasunos, logrando llenar otro taxi que le lleve hasta el próximo gobierno. Y el trasfondo nacionalista de tanto ex comunista a la yugoslava quedaría expuesto a la luz del día. Siempre sería una arriesgada contribución a la clarificación de las cosas.


¿Qué IU es ésta?

ANTONIO GALA

El Mundo, 23/12/2000

Si hay algo que rechine -aún más- en el oxidado aparato de IU son los nacionalismos y el terrorismo como medio. Escalofría pensar hasta dónde ha llegado lo que creímos verdadera izquierda española. Ya no sirve ni para testimoniar. El que ahora la lleva, pisando sobre borrosas huellas, dice que el pacto PP-PSOE debería negociar su contenido con el resto de las fuerzas políticas. ¿Negociar la sangre? ¿Se cree una fuerza IU, que con tal propuesta pierde la poca que tenía? ¿Qué hace su representante en Euskadi alternando con EH? ¿Por qué no miran hacia atrás y ordenan su cabeza? Si es que les queda alguna idea clara.

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