| "ANNA KAZUMI STAHL" | |
![]() Dibujo: Hugo Lizzul (Córdoba) |
N O T I C I E R O |
Hoy, muy temprano, escuché el
noticiero: «Buen día, esta mañana, un tren atravesó la estación central de Retiro La
locomotora arremetió la boletería a 120 km por hora. Atravesó un bar por el medio hasta
la cocina. Dos hombres estaban allí, haciendo tostadas para las multitudes matinales». Y
el periodista de la radio hace un esfuerzo sobrehumano, pero no logra extraerle a ninguno
de los dos ni una palabra de su boca. La voz no les sale. El hombre de la radio dice:
«Señor, por favor, es para la radio, dígale al público lo que ocurrió esta mañana.»
Pero entonces sólo se escucha un silencio en el aire, y yo sentada aquí con una taza de
café (sin tren), en mi living (sin tren -y doy las gracias por ello-), me puedo imaginar
sus gestos débiles. El testigo del accidente, marcado por el trauma, araña el espacio y
carece de expresión.
Al final, sin embargo, uno dice algo: «Eran las siete y media», y, como arrancada
de un golpe,, la voz del otro hombre le hace coro diciendo: «No lo podíamos creer; no lo
podíamos creer».
Mientras los estoy escuchando, me pregunto si no hay un efecto colateral, específico del
shock, que hace repetir a la gente sus oraciones de esa manera.
«Siete y media», el primero está diciendo otra vez, y sigo preguntándome, mientras él
repite: «Sí, siete y media».
Informan que hubo una víctima. Alguien que estaba caminando por la estación, a las siete
y media, pasando inocentemente entre las boleterías y el área de los andenes, quizás un
poco dormido por la hora tan temprana, quizá con el diario bajo el brazo, o el almuerzo
envuelto en un paquete, caminando quizás apurado hacia el andén, muy sobre la hora, o
quizá pensando en un café, en tostadas quizás, cuando «blum». Fin de la línea.
¿«Fin de la línea»? Un chiste. ¿Un chiste? ¿Sobre algo como esto? ¿Y por qué no?
El locutor de la radio está ahora con un testigo un tanto más locuaz. Un adolescente que
vio todo describe lo que ha visto. «El tren venía como normal, ¿viste?, como cualquier
otro tren, pero éste venía como más rápido, ¿viste?, muy rápido. Me di cuenta de que
había algo mal cuando vi al tipo del ferrocarril hacer señales. Levantaba sus brazos y
todo, y ahí fue cuando empecé a pensar ¿cómo va a frenar?, ¿entendés? Y bueno,
entonces, bueno, no frenó. Siguió de largo, pasó por esa pared, la hizo mierda.» En
esa voz de chico, siento la tensión de una risa reprimida. Un tren atravesando una pared.
Una cosa cómica. Del tipo que uno ve en una película burda de Mel Brooks y todo el mundo
se ríe a carcajadas, porque no están pensando en lo que están viendo: veintitrés
heridos, un muerto. Una locomotora descontrolada embistió el hall central. Cuarenta
toneladas de metal pesado a más de cien kilómetros por hora, una de nuestras grandes
tecnologías, uno de nuestros pequeños milagros. Un triunfo sobre la naturaleza.
Ja, ahí va. La revancha. No te creas más grande que tus pantalones, dice la madre
naturaleza.
Una falla mecánica. Nunca podés saber cuándo te va a tocar. El destino es así: se te
rompe el alma tan fácil como los frenos.
Una vez, en un avión, el piloto sufrió un infarto. El avión se estrelló; todos a bordo
murieron. Nadie sabe si el piloto se habría recuperado del infarto si el avión hubiese
podido aterrizar.
Me acuerdo del periodista que hablaba con convicción del margen de «error humano» en la
producción mecánica y preguntaba: «¿Qué pasaría si pusiéramos robots a hacer ese
tipo de trabajos, eh?» «¿Pero no piensa usted en lo que dice?» «¿Qué pasaría?»
«¿Qué pasaría?» Digo: ¿qué pasaría en el caso de un robot con un tornillo flojo,
una válvula que se pega, las piezas movedizas mal alineadas? Perdóneme, señor, a veces
uno simplemente tiene que morir. ¿Y qué?