"ANNA KAZUMI STAHL"
wpe14.jpg (15331 bytes)

Dibujo: Hugo Lizzul (Córdoba)

N O T I C I E R O

Hoy, muy temprano, escuché el noticiero: «Buen día, esta mañana, un tren atravesó la estación central de Retiro La locomotora arremetió la boletería a 120 km por hora. Atravesó un bar por el medio hasta la cocina. Dos hombres estaban allí, haciendo tostadas para las multitudes matinales». Y el periodista de la radio hace un esfuerzo sobrehumano, pero no logra extraerle a ninguno de los dos ni una palabra de su boca. La voz no les sale. El hombre de la radio dice: «Señor, por favor, es para la radio, dígale al público lo que ocurrió esta mañana.» Pero entonces sólo se escucha un silencio en el aire, y yo sentada aquí con una taza de café (sin tren), en mi living (sin tren -y doy las gracias por ello-), me puedo imaginar sus gestos débiles. El testigo del accidente, marcado por el trauma, araña el espacio y carece de expresión.
Al final, sin embargo, uno dice algo: «Eran las siete y’ media», y, como arrancada de un golpe,, la voz del otro hombre le hace coro diciendo: «No lo podíamos creer; no lo podíamos creer».
Mientras los estoy escuchando, me pregunto si no hay un efecto colateral, específico del shock, que hace repetir a la gente sus oraciones de esa manera.
«Siete y media», el primero está diciendo otra vez, y sigo preguntándome, mientras él repite: «Sí, siete y media».
Informan que hubo una víctima. Alguien que estaba caminando por la estación, a las siete y media, pasando inocentemente entre las boleterías y el área de los andenes, quizás un poco dormido por la hora tan temprana, quizá con el diario bajo el brazo, o el almuerzo envuelto en un paquete, caminando quizás apurado hacia el andén, muy sobre la hora, o quizá pensando en un café, en tostadas quizás, cuando «blum». Fin de la línea. ¿«Fin de la línea»? Un chiste. ¿Un chiste? ¿Sobre algo como esto? ¿Y por qué no?
El locutor de la radio está ahora con un testigo un tanto más locuaz. Un adolescente que vio todo describe lo que ha visto. «El tren venía como normal, ¿viste?, como cualquier otro tren, pero éste venía como más rápido, ¿viste?, muy rápido. Me di cuenta de que había algo mal cuando vi al tipo del ferrocarril hacer señales. Levantaba sus brazos y todo, y ahí fue cuando empecé a pensar ¿cómo va a frenar?, ¿entendés? Y bueno, entonces, bueno, no frenó. Siguió de largo, pasó por esa pared, la hizo mierda.» En esa voz de chico, siento la tensión de una risa reprimida. Un tren atravesando una pared. Una cosa cómica. Del tipo que uno ve en una película burda de Mel Brooks y todo el mundo se ríe a carcajadas, porque no están pensando en lo que están viendo: veintitrés heridos, un muerto. Una locomotora descontrolada embistió el hall central. Cuarenta toneladas de metal pesado a más de cien kilómetros por hora, una de nuestras grandes tecnologías, uno de nuestros pequeños milagros. Un triunfo sobre la naturaleza.
Ja, ahí va. La revancha. No te creas más grande que tus pantalones, dice la madre naturaleza.
Una falla mecánica. Nunca podés saber cuándo te va a tocar. El destino es así: se te rompe el alma tan fácil como los frenos.
Una vez, en un avión, el piloto sufrió un infarto. El avión se estrelló; todos a bordo murieron. Nadie sabe si el piloto se habría recuperado del infarto si el avión hubiese podido aterrizar.
Me acuerdo del periodista que hablaba con convicción del margen de «error humano» en la producción mecánica y preguntaba: «¿Qué pasaría si pusiéramos robots a hacer ese tipo de trabajos, eh?» «¿Pero no piensa usted en lo que dice?» «¿Qué pasaría?» «¿Qué pasaría?» Digo: ¿qué pasaría en el caso de un robot con un tornillo flojo, una válvula que se pega, las piezas movedizas mal alineadas? Perdóneme, señor, a veces uno simplemente tiene que morir. ¿Y qué?

STARMEDIA        CERRAR